En el bar (final)

El sábado llegué puntual a la dirección que me indicaba la tarjeta.
Pulsé el timbre y me contestó Santiago. Cuando reconoció mi voz, la puerta se abrió y entré.
Al salir del ascensor me abrió la puerta del piso y nos estrechamos la mano.
Luego me condujo a la salita, en la que había una mesa preparada para dos personas.
Tras una copa de oporto, nos sentamos en la mesa mientras charlábamos de libros, música…

Mi anfitrión se encargó de servir los platos que traía de la cocina. La cena era magnífica y la disfruté a la vez que su conversación. Se trataba de un hombre capaz de hablar de cualquier tema y que sabía escuchar.
Luego, me sirvió un café que era tan bueno como los que servía en el bar y me preguntó:

– ¿Cómo están tus ánimos desde el último día?.
– Bien, muy bien. Tus palabras me fueron de maravilla.
– Me alegro. ¿Una copa?. Tengo un licorcito que es único. Lo guardo para mis amigos.
– Vale. Lo probaré.

Mientras traía las dos copas y la botella, empezó a hablar:
– Ante todo, perdóname porqué voy a acaparar la conversación. Quisiera contarte un secreto. Una historia que no suelo contar a nadie aunque sea esta mi verdadera razón de vivir.

– Adelante – le dije, tomando la copa que me daba -. Soy todo oídos.

– Verás Paco. Hace quince años estaba tan jodido como tú. Trabajar siendo despreciado y maltratado es un mal trago. Y lo peor fue el accidente de coche de mi esposa con los críos. Ya sabes que me quedé solo. Lo único que tenía era este piso y un trabajo mal pagado y con aquel cerdo machacándome. Luché para mantener mi fortaleza, mi dignidad y me hice una promesa: iba a devolver todo el mal que me hacía Horacio, a la inversa. Me prometí dar bien por mal, pero no sabía cómo.

– En aquellos tiempos – continuó – yo tenía una carencia: el sexo. Y empecé a frecuentar algunos pisos en los que se ejercía la prostitución. Pero aquello no era lo mío. Salía vacío de mis encuentros con aquellas chicas, ya que anhelaba algo mas que una simple relación carnal. Poco a poco fui descubriendo que cuando estaba con aquellas mujeres, prefería escucharlas a practicar el sexo. Me enteré de cómo las explotaban, de cómo las drogaban, de cómo tenían engañadas a las pobres inmigrantes, haciéndolas pagar su viaje a nuestro país, durante años y años de prostitución. Y fue ahí donde decidí canalizar mi promesa. Las quería ayudar. Sin embargo, un simple camarero no podía permitirse rescatar a esas chicas. Por ello decidí convertir mi casa en un burdel.

– ¿Un burdel? – salté-. ¡Pero si esto es lo mismo que ya tenían!.
– Si. Un burdel, pero diferente a los demás. En mi casa nadie las obliga a nada. Desde luego, todas tienen deudas que han de pagar, y han de ejercer esta profesión. Pero aquí yo me llevo una comisión ridícula. Lo justo para los gastos. Y son ellas las que llevan las cuentas. Además, y esto es importante, aplicamos lo que ví en Amsterdam, en el barrio Rojo: son mis chicas las que eligen al cliente y no al revés. No aceptamos a cualquier persona. Vienen personas con una condición única: ser de tu grupo, el tercero, como te decía el otro día. Gente profundamente humana, con capacidad de entrega.

– A casa la gente no viene a follar -prosiguió -. Vienen a estar con una persona que es humana como ellos, con problemas, con corazón, con sentimientos. Ellas no han tenido opción de elegir este trabajo y yo he querido que, dentro de lo posible, conserven su dignidad. Durante estos años me he peleado con muchos proxenetas para rescatar a esas chicas. Llevo incluso, bajo la barba, un par de cicatrices que me hicieron. Tampoco he podido evitar que alguna chica fuera asesinada por mi culpa, al intentar sacarla de la influencia del que la chuleaba. He pagado mucha cirujía para reparar las marcas hechas por esos degenerados.

Bebió un largo trago de su copa y sirvió más en ambas copas.
– Lo que estos años he aprendido es que el acoso que hemos sufrido tu y yo es un juego de niños comparado con lo que han pasado ellas. Si consideramos que nuestra dignidad está por los suelos, la de ellas está por debajo de la línea del metro.

– No es mala idea, visto así.
– Eso es lo que creo. En realidad estoy haciendo lo que debería hacer el gobierno con este tema. Legalizar y controlar. Incluso darles acceso a la sanidad. Las tengo con contratos de trabajo, como empleadas del hogar. Mis chicas no están mucho tiempo aquí…

El sonido de un timbre lo interrumpió.

– Son ellas – miró el reloj -, las doce. Seguro que son ellas.

Se levantó y fue a la puerta. Oí como lo saludaban y le daban besos. Volvió con cuatro chicas muy hermosas. Me levanté.
– Chicas. Os quiero presentar a un nuevo amigo. Se llama Paco.
Se acercaron y me dieron cada una de ellas, un par de besos en la mejilla. Luego se quitaron los abrigos, los metieron en un armario y se sentaron en el sofá.

Santiago les sirvió unas copas y siguió explicándome mientras ellas escuchaban atentas.

– Te decía que las chicas no suelen estar mucho tiempo. Cuando pagan sus deudas, algunas se ponen a trabajar, otras estudian y luego buscan trabajo y otras se casan, por cierto, la mayoría con clientes.
– Lo que me enorgullece – continuó -, lo que me hace sentir que el trabajo no ha sido en vano, es cuando aquellas que se marcharon vienen a visitarme al bar. Me cuentan como les va en sus nuevas vidas y me agradecen lo poco que les pude dar.

– ¿Poco? – dijo una de ellas – Nos das mucho. Nos sacaste del arrollo. Nos has presentado gente maravillosa y nos has permitido recuperar la dignidad. ¿Te parece poco?.
– Esta bien – dijo Santiago, levantándose – yo me voy a dormir. Chicas. Cuidar de nuestro invitado.

Me levanté y le estreché la mano. Luego, tras dar un beso a las chicas, fue a la puerta de entrada y salió del piso.

– ¿No vive aquí? – pregunté.
– No – me dijeron -. Hace tres años le regalamos un piso entre todas.

Estuve algo así como una hora charlando con aquellas mujeres encantadoras. Sonó el timbre un par de veces y conocí a dos hombres encantadores que, a poco rato de conversación, desaparecieron llevándose a una muchacha, a alguna de las habitaciones del piso.

Luego, una de las dos chicas restantes, se levantó. Me tomó la mano y me llevó a una habitación, de la que no salimos hasta la mañana siguiente, tras haber hablado, reído, llorado, amado y dormido.

Fue una noche mágica y detrás de ésta hubo muchas más.

En el bar (primera parte)

– Una copa más, Santiago.
– Llevas muchas, Paco – me contestó Santiago, el camarero y dueño del bar; me miró, abrió la botella y me llenó el vaso – , es la última. ¿Vale?.

Sacó de debajo de la campana del mostrador un plato con tortilla española, cortó una cuarta parte, que pasó a un plato y lo puso al lado de mi vaso. Luego cortó unos trozos de pan, los puso en otro plato y me lo dejó delante.

Santiago es un hombre bajo, algo regordete, con su cara oculta por una tupida barba blanca y aparenta tener unos sesenta años. Lo conozco desde hace muchos lustros y desde siempre ha existido una corriente de simpatía entre ambos. Es de los que saben escuchar y escucharlo a él, con aquella voz que tiene, grave y susurrante, es oir la voz de la experiencia.

– ¿Te gusta fría la tortilla, ¿verdad?. Cómela. Te hará un poco de cuerpo con todo lo que has bebido.
Le di las gracias con la mirada y empecé a comer.

– Y ahora dime, Paco. ¿Qué pasa?. No es normal que bebas de esta manera. Algo te está pasando.

Lo miré, mientras recordaba aquella terrorífica mañana en la oficina.
– En realidad no ha pasado nada que ya no te hubiera contado ya: la mala costumbre de mi jefe de intentar machacarme a mi y a todo lo que hago, el miedo de mis compañeros que les impide defenderme ó incluso hablarme siquiera. El problema soy yo. Hay días que no me siento con fuerzas para soportarlo. Lo peor es que he de llegar a casa “entero”. Desde hace años me propuse evitar que mis hijos se enteraran de lo del trabajo. Y estoy en uno de esos días en los que me siento incapaz de entrar en casa con la sonrisa en la boca.

– No creo que la ginebra te dé fuerzas para conseguirlo – me contestó Santiago -. Te servirá como mucho, para que tengas mas posibilidades de perder el control, delante de tus hijos. Te derrumbarás. Estás soportando demasiada presión. El trabajo, la mujer que te dejó con los niños…

– La verdad es que ya se me hace difícil andar por la calle. Desconfío de todos. Ya no me abro a los demás como lo hacía antes. Me cuesta incluso entrar en las tiendas. Ya solamente veo dos tipos de gente: los acosadores y los sometidos por ellos. Y los segundos son tan malos como los acosadores, ya que se limitan a ver y a callar. Si no les toca a ellos recibir, se mantienen al margen para que no cambien las cosas y se conviertan en víctimas.

– Tienes razón en lo que dices, pero no puedo permitir que desconfíes de todo el mundo. Sabes que puedo hablar de este tema, porqué como tú, lo he sufrido. Recuerda que cuando era un simple camarero, mi patrón, Horacio, también me machacaba y hasta que él se jubiló y me vendió el bar, no pude salir del agujero.

Acabé la tortilla y me metí el último trozo de pan en la boca mientras Santiago continuaba hablando:

– Te conozco desde hace años y me consta que no perteneces a ninguno de los dos grupos que me has descrito. No eres ni acosador ni sometido. Nunca te has dejado pisar, Tienes y mantienes tu dignidad. Siendo así, Paco, ¿qué te hace pensar que eres único?. ¿Hay dos ó hay tres grupos de gente en la sociedad?.

– Visto de esta manera, tres – le contesté -. Pero el tercero, muy reducido.
– Quizás sea reducido, pero hay gente, mucha más de lo que te piensas. Posiblemente lo que diferencia al sometido del que no se deja someter no sea otra cosa que el miedo. Bueno. En realidad se trata de la valentía lo que os diferencia, ya que los que no os dejáis someter sois personas que tomáis decisiones, que os enfrentáis a aquello que no os gusta, que no vivís pendientes de lo que puedan pensar los demás. ¿Me sigues?.
– Si…

– Pues continúo. Siempre me ha gustado tu integridad. Recuerdo que, cuando descubriste que tu mujer te estaba engañando, protegiste a tus hijos para que no se enteraran. Nunca hubo una discusión en casa, estando ellos. Recuerdo que una vez me dijiste que amabas tanto a tu esposa que eras incluso capaz de aceptar que fuera feliz con otro hombre. Eres de esas personas que son conscientes de que el matrimonio no debe destruir la individualidad de las personas. No eres ni posesivo ni celoso. No te gusta poseer, imponer tu voluntad. Tampoco crees en los celos, porqué sabes que no es más que un síntoma de falta de confianza en uno mismo.

– ¿Me vas a pedir en matrimonio, Santiago?.
– No, Paco. Simplemente te estoy haciendo ver que eres uno de esos seres a los que admiro. Y, por otra parte, te estoy restaurando la autoestima, que estaba un poco baja, por efecto de tanta ginebra como te has bebido.
– Pues tu conversación me ha bajado el índice de alcoholemia, lo juro.
– Me alegro – dijo Santiago. – Entonces ya sólo me falta conseguir tu sonrisa.

Sonreí. Y no fue una de esas sonrisas forzadas, de compromiso. Me salió de forma natural, agradecido como estaba con sus palabras. Luego me dijo:

– Ahora vete, Paco. Ya estás en condiciones de ir a casa y de sonreir a tus hijos.

Me levanté y dejé un billete sobre el mostrador.

– ¿Basta para pagar mi juerga contigo? – le pregunté.
– Y sobra – dijo, mientras tiraba de la cuerda de la campana de las propinas, haciéndola sonar.
– Gracias, Santiago – le dije yéndome hacia la puerta de entrada.

– ¡Espera Paco!.
– Dime – dije, volviendo al mostrador.
– ¿Se van los chicos a casa de su madre este fin de semana?.
– Si, ¿por?.
– Toma – me dio una tarjeta -, te espero el sábado a las diez de la noche en esta dirección. Cenaremos juntos.