Silvia, la ecuatoriana (primera parte)

Al entrar en el bar, encontré a Santiago en una mesa, charlando con una chica.
Ella tenía el pelo negro como el carbón, hasta media espalda. Sus ojos eran también negros y con rasgos orientales. Su boca, de labios carnosos, completaba el rostro de aquella belleza de mujer.
Vestía unos tejanos ajustados y una blusa de azul brillante que marcaba sus curvas, muy pronunciadas.

Saludé, y fui a la barra, pero Santiago me llamó:
– Ven a sentarte con nosotros, Paco. Te quiero presentar a Silvia. Es ecuatoriana.
La saludé y me senté con ellos. Santiago fue a la barra a servirme una caña y yo le pregunté a Silvia:
– ¿Cuanto tiempo llevas en España?.
– Cinco años – me dijo.
Santiago vino y tras dejarme el vaso de cerveza, se sentó.

– Silvia es una de mis mejores amigas – dijo Santiago -.Estuvo en mi piso unos tres años. Sin embargo ya no trabaja conmigo. La convencí para que dejara aquella vida. No fue fácil, pero lo hizo y ahora es muy feliz. ¿Verdad Silvia?.
– Si. Soy muy feliz, a cargo de mis hijos y mi marido. Gracias a ti, Santiago.
– No sabes, Paco, el trabajo que me dió.

– Cuando llegó a España – contó Santiago -, acababa de abandonar a su marido, dejándole a sus tres hijos. Te pongo en antecedentes. Ecuador es un país profundamente machista. El hombre tiene y mantiene la supremacía sobre la mujer. Esto se pone en evidencia cuando nos referimos a su sexualidad. Desde siempre se ha considerado que el hombre siente mayor necesidad de sexo, debido a su naturaleza. Hay muchísimos que piensan que si el hombre no da rienda suelta a sus necesidades, corre el riesgo de enfermar. Por eso, a los hombres se les permite tener aventuras fuera del matrimonio e incluso hay muchos padres que dan dinero a sus hijos varones para que vayan al prostíbulo y “se hagan hombres”. El arrojo y la valentía están asociados, en aquella sociedad, a la potencia masculina.

– Increible que eso exista en este siglo.
– La mujer ecuatoriana – continuó Santiago -, ha de llegar virgen al matrimonio. Quizás no en todo Ecuador, pero si en el pueblo en el que vivía Silvia, la mujer ha de ser pasiva, durante el encuentro sexual. Es el hombre quien manda en la relación. Es él quien ha de sentir placer e incluso está mal visto que la mujer disfrute con el sexo. Se considera malo, lógicamente, el orgasmo femenino.

– El marido de Silvia fue educado con esa mentalidad. Apenas trabajaba. Era ella quien sacaba adelante el pequeño negocio familiar, que consistía en una pequeña barraca en la que vendía ropa, cerca de la playa. Ella, cada mañana, cargaba la vetusta camioneta con el género y se dirigía al mercado, mientras su marido se quedaba durmiendo. Cuando el marido se despertaba, se dirigía a la tienda, comprobaba que todo estuviera en orden, ayudaba un rato a su mujer y luego se iba con los amigos a beber. Regresaba por la noche, muchas veces completamente borracho.
Si ella le reprochaba algo, éste la golpeaba, sin importarle siquiera que estuvieran los hijos delante.

– Menudo cabrón – se me escapó. Silvia me lanzó una mirada de reproche y dijo:
– No pienses eso, Paco. No sabía hacer otra cosa. Era lo que le enseñaron.

– Silvia vio como poco a poco, las ventas en la tienda iban disminuyendo y decidió tomar una decisión. Su carácter inconformista le hizo ver que se le presentaba una ocasión que tenía que aprovechar. No le gustaba la vida que llevaba. No le gustaba su matrimonio, a pesar de querer a su marido; no le gustaba vivir de aquel negocio que le daba tanto trabajo y tan pocos beneficios. Necesitaba encontrarse a si misma y alejarse de su familia por una temporada. Tenía un dinero oculto, dinero que con los años había ido guardando y decidió utilizarlo para viajar a España para ganar dinero – calló, me miró y dijo -. Paco. Sírvete otra caña. Tienes el vaso vacío.

Me levanté, fui a la barra y llené mi vaso. Luego regresé a la mesa. Santiago continuó con la historia de Silvia.

– Silvia se despidió de su familia y fue a la capital. Desde Quito, llegó a nuestro país sin apenas dinero. Los primeros días los pasó en una pensión de mala muerte, compartiendo habitación con otra chica. Esa chica se prostituía. Silvia buscó trabajo pero lo tenía difícil. Sin apenas estudios, es triste decirlo, pero solamente tenía una opción para salir adelante. Le costó un mes decidirse, a pesar de que su compañera se lo recomendaba cada día.

Silvia se resostó el pecho de Santiago y tomó su mano. Santiago le pasó los dedos de la otra mano por su mejilla y siguió:

– Trabajó unos seis meses en un piso cercano a la pensión. Esos seis primeros meses de ejercer la prostitución, Silvia no quiere ni recordarlos. Lo pasó verdaderamente mal, aunque ganó dinero. Luego cambió de piso y estuvo trabajando cerca de aquí. Venía a desayunar y fuimos trabando amistad – los ojos de Silvia brillaban y una lágrima se deslizó por su mejilla; Santiago le limpió la lágrima con su pulgar, la besó en la mejilla y continuó hablando -. La libré de las manos de unos hombres que querían sacarle un montón de dinero por conseguirle los papeles de residencia y le propuse que fuera a mi piso a trabajar. Aceptó. No le dije nada entonces, pero era para mi un problema tenerla en casa.

– Ya sabes como son las chicas que tengo, Paco – continuó -. Silvia se salía de lo habitual en aquel piso. Afortunadamente, las chicas decidieron ayudar a la recién llegada. Necesitaban cambiarle la mentalidad de aquella sociedad de la que venía, por la de aquí, teníamos que darle cultura, pulirla un poco.

– Los siguientes seis meses Silvia no trabajó porqué sus compañeras no se lo permitieron, aunque le dieron el dinero que le correspondía, como si lo hubiera hecho. Al igual que en Pigmalión, el libro de Bernard Shaw, Silvia aprendió historia, geografía, matemáticas, filosofía, gramática… Empezó a leer los libros recomendados por las chicas y por mi mismo. Más que leer, devoraba los libros. El cambio fue total. Sin embargo aún nos quedaba mucho por hacer.

– Nos quedaban pendientes los problemas de su sexualidad y su marido.

La Soledad

¿Por qué se rehuye la soledad?. Porqué son muy pocos los que se encuentran en buena compañía consigo mismos.
(Carlo Dossi)

Se trataba de una mujer fuera de lo común.

Morena, delgada, de ojos grandes, tenía todo aquello que un hombre podría desear de su pareja.
Podías hablar con ella de cualquier tema. Se expresaba con una riqueza de vocabulario impresionante, dada la cantidad de libros que devoraba sin parar. Le gustaba la historia, la música con mayúsculas, la ciencia, la filosofía, la cultura oriental…
Astuta, irónica, sacrástica, imaginativa, con un gran sentido de humor, siempre te sorprendía con su conversación.
Era coqueta, muy coqueta, de esas mujeres que saben que una mirada, un gesto, puede volver loco a un hombre y lo sabía utilizar a la perfección, por cierto.

La conocí cuando su vida no estaba yendo demasiado bien. Por lo menos como ella quería.
Acababa de salir de un matrimonio de veinte largos años, con un hombre que no había sido otra cosa que el fiel reflejo de su madre, una persona dominante, exaltada y bastante histérica, de ideas muy firmes, demasiado firmes, que le impedían siquiera concebir otros puntos de vista diferentes al suyo.

Lo que más me sorprendió, cuando la conocí, fue su incapacidad para estar sola. Al ganar su confianza, me contó que el día que su marido se marchó de casa, esperó media hora y salió a la conquista de otro hombre.

Su concepto del amor estaba muy ligado a los celos. Le gustaba provocar a otros hombres para medir los celos de su pareja. En función del tamaño de su reacción, se sentía más ó menos amada.
Debido a ello, discutía frecuentemente con su pareja y eso la hacía sentirse viva, amada.
Nunca tomaba decisiones abiertamente, pero tenía una capacidad innata para hacer que su pareja hiciera lo que ella quería, de manera que pareciera que era él quien quien tomaba la decisión.

Necesitaba estabilidad, salir de aquella soledad para siempre y pronto, encontró un hombre que respondía a sus necesidades.

Se trataba de un solterón bien situado, tranquilo, manejable y con muy poca confianza en si mismo, lo cual lo convertía en un ser terriblemente celoso. Era totalmente opuesto a ella. En su vida había leído otra cosa que la prensa deportiva, era fanático de su equipo de fútbol, le encantaban los programas basura de televisión y bebía como una esponja.

Salieron durante años. Realmente salir con una mujer como aquella, era una aventura continua.
Solían quedar los fines de semana, que pasaban juntos en el piso de él ó el de ella y ocasionalmente, se veían algún día entre semana.
De esta manera, él seguía manteniendo su vida tranquila, sin romper los hábitos de toda su vida de soltero.

Sin embargo, ella me confesó, aquello no era lo que quería. Necesitaba más. Buscaba el matrimonio.
Estaba harta de seguir estando sola durante toda la semana, hasta el viernes.

Un día descubrió que su pareja, entre semana, se dedicaba a chatear con otras mujeres e incluso, ocasionalmente, quedaba con ellas.
Lo sospechó, cuando le oyó decir – estaba él charlando por teléfono con un amigo, pensando que no era escuchado – el nombre de uno de esos foros a los que se conectaba. La tarde siguiente desde su casa, entró en el foro y se dio de alta. Esa misma tarde estuvo chateando con él, ya que lo reconoció sin problemas por su reducido vocabulario. Ella ocultó su identidad, quizás reduciendo también al mínimo, su rico vocabulario.
Acabó el chateo, quedando con él la noche siguiente, en un bar. Desde luego, no se presentó a la cita.

Aún así, ella quería retenerlo. Quería vivir con él. Era su pasaporte para huir de la soledad.

Hablé mucho con ella. Intenté convencerla de que antes de dar este paso, tenía que aprender a ser dueña de su vida, a tomar sus decisiones, a analizar y superar su pasado y sobre todo, salir de esa angustia que la soledad le producía, para poder amar a alguien sin condicionamientos.

No conseguí hiciera caso de mis palabras.
Comprendió que la única manera que tenía de estar con su hombre, era dándole un hijo.
Pero no consiguió quedar embarazada. Siguió un tratamiento de fertilidad bastante molesto, en vano.
Hubo de someterse a fecundación “in vitro” para conseguirlo.
Por fin lo consiguió: seis meses antes del parto, se casó con él.
A los nueve meses nació una hermosa niña.

Con su boda nos alejamos el uno del otro. Hubo un único encuentro y ella me contó que seguía sintiéndose sola. Tenía a su preciosa niña, pero su marido se había distanciado.

Tal vez aquel hombre descubrió que su matrimonio no era otra cosa que la manera que había tenido ella para superar la angustia de su soledad.
El siempre viviría con la duda de saber si su esposa lo amaba realmente ó simplemente lo necesitaba.
¡Que duro es sentirse solo cuando estás con otras personas!.

Mi opinión, si te apetece conocerla, amigo lector, es que lo amaba. Ella lo amaba de verdad.
¿Que cómo lo sé?.
Simplemente porqué la conocía y lo leí en sus ojos muchas veces.

Lo duro es pensar que ella, casada y con una hija, nunca dejará de sentir la soledad.
Simplemente ha cambiado el tipo de soledad.