Conversaciones en el hoyo 19: grandes empresas

— A veces me sorprende el morro que tienen las empresas—explicó Santiago—. Ya sabéis que en la pantalla de mi video portero el fabricante puso un anuncio que no he conseguido quitar. Lo de ahora ha sido recibir un email comunicándome un cambio unilateral de las condiciones del contrato de un lector de CD que había comprado hace quince años.
— Ojalá fuera solamente eso—añadió Pascual—. La semana pasada recibí una llamada de mi compañía de seguros diciéndome que habían cambiado las condiciones. Como es natural le dije a la mujer que me había llamado que me enviara las nuevas condiciones a casa por correo para que las pudiera revisar. No sabéis cómo se puso mi interlocutora: me dijo que podía consultarlo en la web. Yo le contesté: “Lo que me encuentre hoy en la web, mañana puede haber cambiado por completo”. Añadí que lo quería ver escrito en un papel, ya que eso no se puede cambiar. Ella me llamó anticuado por no aceptar las nuevas tecnologías. Lo que quería era grabar mi voz aceptando las nuevas condiciones. Y se lo dejé muy claro:no acepto las nuevas condiciones hasta que no las vea escritas en un papel. Luego colgué el teléfono. Y todavía no he recibido esas condiciones, claro.


— Considérate afortunado si recibes las condiciones en tu idioma—dijo riendo Juan—. Cada vez es más frecuente enviarlas en inglés.
— No me extraña. Todas las empresas están actuando de la misma manera: a base de prepotencia—comentó Inés—. Antes era el cliente quien tenía la razón y la empresa seguía sus indicaciones. Hoy en día el cliente no es más que un número que tiene que doblegarse a las pretensiones de la empresa. Cambian arbitrariamente las condiciones, elevan precios cuando quieren y ponen robots para contestar las llamadas de los clientes: pulse uno si tiene un problema de facturación, pulse dos si quiere consultar con soporte técnico, pulse tres si quiere hablar con un ser humano, que posiblemente estará ocupado durante un mínimo de media hora…


— Quizás nuestro problema es por culpa de utilizar empresas grandes—opinó Juan—. Una vez que una empresa ha crecido mucho, se olvida del cliente, ya que sabe que gastando un porcentaje en publicidad, no perderá clientes. Es el sistema estadounidense. No sé si os habéis fijado pero hoy en día haces una búsqueda en google y te salen diez resultados relacionados con la consulta que has hecho y cientos que no tienen nada que ver. Poco a poco se van relajando. No hace mucho intenté llamar a la empresa que hace el mantenimiento de mi caldera para poder hacer coincidir la visita del técnico el mismo día que le tocaba hacer la visita a un vecino y así ahorrarles desplazamientos. No había manera de poder conseguir que contestaran al teléfono. Eso si. Recibí varias llamadas de esa misma empresa para aconsejarme la instalación de un programa en mi móvil-es un programa gratuito, decían, aunque luego descubrí que al cabo de un mes dejaba de funcionar si no pagabas un alquiler- un programa para poder poner en marcha la calefacción desde el sofá. Vamos. Que ellos tienen líneas telefónicas y operadores para llamarte pero tú no puedes hacerlo con ellos. Eso pasa con la mayoría de las empresas. Para protestar por algo te sale más a cuenta hacerlo desde X. Me di de baja de la empresa, por cierto. Eso si. Me costó tres meses de emails y llamadas conseguirlo. Entras en un momento y pero todo son dificultades para darte de baja.


— Moraleja—dijo Santiago—. Nunca comprar o contratar empresas grandes. En las pequeñas te tratan como lo que eres: un cliente.

Conversaciones en el hoyo 19: Demo qué?

— Acabo de leer un artículo que me ha gustado—explicó Juan, añadiendo:— explica que tenemos la tendencia a juzgar el sistema político de un país en función de sus procedimientos: elecciones, separación de poderes, libertad de prensa…
— Claro. Esto es lo que demuestra si es ó no una democracia—dijo Santiago.
— El problema es que esos procedimientos no son garantía de la democracia, aunque los usemos para enjuiciar a otros países—continuó explicando Juan—. La pregunta clave es: ¿para qué sirve un gobierno?. En teoría, para solucionar los problemas de la sociedad. Este es el fin del gobierno. ¿Se cumple esta finalidad en los países “democráticos”?.


— Yo creo que no—contestó Pascual—. Votamos cada cuatro años pero el partido ganador de las elecciones, en lugar de cumplir sus promesas electorales, se dedica a acatar las órdenes de los mercados, las multinacionales, el gran capital… Vamos, que no cumplen con la finalidad del gobierno. Por eso, poco a poco se están cargando la sanidad, la educación, la vivienda ha dejado de ser un lugar para vivir y se ha convertido en un lugar para invertir, la prensa es la que decide que información consumiremos…
— Eso explica los porcentajes tan bajos de votantes—añadió Inés—. La gente es cada vez más consciente de que nuestras instituciones no son otra cosa que teatritos cuya utilidad es prácticamente nula. Que no son ellos quienes gobiernan.


— Exacto. Y ahora vayamos a China—siguió explicando Juan—. Ellos no cumplen con los procedimientos que nosotros usamos para juzgar a otros países.En realidad están obsesionados por los resultados. El gobierno busca cumplir con su finalidad: solucionar los problemas de su sociedad, los que implica mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos. Ha sacado de la pobreza a millones de ciudadanos, ha creado viviendas protegidas, ha mejorado la educación… Quizás porqué pueden – y lo han hecho- hacer una planificación sostenida durante décadas. Algo que las democracias liberales no pueden hacer, ya que un gobierno suele durar cuatro años y el siguiente gobierno lo primero que hará es cargarse las mejoras del gobierno anterior. Es cierto que en China no existe la libertad. Pero su gobierno ha dedicado su tiempo en ir mejorando a su sociedad. Quizás haciendo cosas que a nosotros nos repugnan. Pero si nos atenemos a los fines, China ha demostrado que la función del gobierno se ha de medir en base a si cumple su finalidad, que es mejorar a su sociedad.
— Es evidente que si nos atenemos a ese criterio, el de la finalidad del gobierno, ningún país occidental podría enorgullecerse de su democracia—añadió Santiago—. Y aún así nos dedicamos a asegurar que nuestro sistema político es el mejor.


— Y a impedir gobiernos no democráticos, como hace Estados Unidos, que es incapaz de aceptar otras ideas que las propias—dijo Pascual—. Así le va a Cuba, que lleva décadas bloqueada por USA, por tener ideas diferentes. Hoy en día, no hay país en el mundo, salvo China, capaz de establecer un sistema de gobierno que no sea esa pseudodemocracia que tenemos todos.
— Quizás tengamos suerte y ese payaso que han puesto de presidente acaba de hundir a su país, lo que beneficiaría al resto del mundo—indicó Juan, riendo.