Conversaciones en el hoyo 19: fútbol a saco

— Por fin se ha acabado el mundial de fútbol—comentó Juan—. ¿Quién ha ganado?.
Todos se miraron sonrientes. Ninguno lo sabía. Desde que habían eliminado de sus vidas la prensa y la televisión, vivían felices en su ignorancia. No se habían enterado de las miles de horas que la prensa y las cadenas de televisión habían dedicado a ese campeonato.
— Bueno. Supongo que habrá ganado un equipo y la siguiente vez ganará otro equipo—dijo Santiago—. Y conste que gracias a esos campeonatos me he ganado la vida en el bar. No sabéis la cantidad de gente que venía a ver los partidos y lo mucho que ganábamos.
— A mi me sorprende que ese campeonato se haya celebrado en Estados Unidos—añadió Juan—. Un país que ayuda a otro a cometer un genocidio. Lo lógico hubiera sido que no hubiera participado ningún país, como hicieron algunos países en Eurovisión. Hubiera estado bien que los países que llegaron a la final, en vez de jugar, se marcharan a casa sin enfrentarse entre si. ¡Menudo escándalo hubiera sido!.


— Lo que viene a demostrar que el “móvil” de un campeonato mundial no es ganar al resto de países. Se trata de ganar dinero—opinó Inés—. Y eso está por encima de cualquier consideración moral. Si para ello hay que seguirle la corriente al payaso que tienen de presidente en aquel país, adelante. Si hay que ignorar la ayuda que está prestando a Israel, no hay problema. Lo importante es ganar dinero y lo ganarán los de siempre, los millonarios que lo han organizado.
— Y los bares que nos hemos enriquecido con ello—apuntó Santiago riendo.
— Lo vuestro no es más que calderilla—le contestó Inés—. El verdadero dinero se gana con las retransmisiones, con las entradas en los estadios, con los artistas que actúan en esos acontecimientos. Vamos. Hay toda una industria detrás de un mundial.
— Creo que incluso hemos tenido que pagar el viaje del parásito de la casa real para ver el partido—apuntó Pascual.
— Supongo que te refieres al rey—contestó Santiago riendo—. En un país de parásitos, es difícil distinguir unos de otros. Y en la casa real, debe haber unos cuantos cientos de ellos.


— Si. Me refería al rey que elegimos los españoles—dijo Pascual con una carcajada y cara de susto—. ¡Ah, no!. ¡No lo elegimos los españoles!. Lo puso el dictador en los últimos años de su vida. Por eso tiene y retiene el título de parásito número uno, por no decir que también es el ladrón número uno y el mujeriego número uno.
— Creo que ahí te equivocas—le corrigió Santiago—. Según dicen el rey es gay.
— ¿Rey gay?—repitió Juan riendo, añadiendo—:¡Que bonito juego de palabras!. Conste que tiene sus ventajas. Si el rey es gay, no dejará por el mundo a un montón de hijos de todas sus infidelidades, como hizo su familia durante siglos. Casi me aventuraría a decir que una cuarta parte de los españoles tienen sangre de los Borbón.
— Yo me sigo preguntando por qué seguimos teniendo rey—dijo Inés.
— Para mi es la prueba de que no tenemos democracia—contestó Pascual—. Los que lo pusieron ahí, siguiendo las directrices del dictador, son los grandes empresarios, los millonarios del país. Y demuestra que son aún los que mandan en el país. Mientras tengamos a ese parásito como rey, la democracia no existirá. Viene a demostrar quien en realidad manda.

Conversaciones en el hoyo 19: Capitalismo feroz

— Me acaban de cambiar el video portero—explicó Pascual—. Y ¡oh sorpresa!, cada vez que abro la puerta a alguien, me aparece publicidad recomendándome un programa para poder abrir la puerta desde el móvil. Programa de esos que requieren el pago de un alquiler.
— ¿Lo instalaste para que desapareciera la publicidad?—preguntó Inés.
— Desde luego. Y no. No desaparece la publicidad aunque hayas instalado el programa. Me puse en contacto con el fabricante quien me aseguró que aquello no era publicidad. Que era una “pantalla informativa”. Lo que viene a demostrar que nos toman a los clientes por idiotas, cuando usan esos eufemismos. Les importa un rábano la opinión de sus clientes. Lo único que les interesa es ganar dinero. Hablé con el instalador y me sustituirá el telefonillo por uno que no tenga pantalla.
— Bueno. Quizás les importa algún cliente—corrigió Juan—. Los clientes importantes, aquellos que compran en cantidades industriales, seguro que no tienen el puto anuncio, quiero decir la “pantalla informativa”. Pero los “pringados” como nosotros no tenemos ese derecho a que eliminen la publicidad.


— Sospecho que el capitalismo norteamericano se está extendiendo por el mundo—apuntó Santiago—. Ese desprecio por los clientes, ese trato de los clientes como borregos, proviene de USA. Y ha llegado a nuestro país, al igual que a otros países. ¿Por qué, para que me funcione el robot que limpia mi piso, ó para encender y apagar las luces a distancia, ó para dispensar comida a mi gato, he de registrarme como usuario a la web del fabricante?.
— Supongo que para que el fabricante pueda vender tus datos—contestó Inés—. Quizás también para intentar venderte la versión “pro” ó “plus” del programa que venía con el dispositivo y que, previo pago mensual, te permitirá hacer lo que no podías con la versión “gratuita”. Lo que está claro es que esas tácticas están proliferando por el mundo. Las empresas evitan las críticas de sus clientes. Hay un montón de fabricantes que no permiten que los clientes expresen su opinión. Y los clientes seguimos comprando sin importarnos las condiciones de esas compras. La prueba son esos video porteros. Si la gente no aceptara esa publicidad el fabricante, hace años que hubiera quitado el anuncio.


— Táctica estadounidense. Prepotencia—añadió Juan—. Aún recuerdo las tácticas del principal vendedor de sistemas operativos. En lugar de convencer a los clientes de las “maravillas” de su sistema operativo, obligaron a todos los fabricantes a vender los ordenadores con su sistema operativo. Por cierto, me da pánico cuando aparece el mensaje de una actualización en windows. Te arregla cosas y te estropea otras. Y no puedes evitar esas actualizaciones.
— Ó empresas como Steam que vende juegos que nunca serán tuyos—Agregó Santiago, añadiendo—: Ó empresas como Amazon que venden libros digitales que tampoco serán tuyos. Se están cargando el concepto de propiedad y nadie protesta. Programas que no puedes comprar, sólo alquilar. Incluso hay coches que , además de enviar tus datos al fabricante, pueden ser bloqueados. Y toda la población lo acepta sin inmutarse. Lo que viene a demostrar que la gente somos una pandilla de borregos, que tragamos lo que nos echen.
— Quizás es debido a la cultura, ó quizás mejor dicho, a la incultura—concluyó Pascual—. Hoy en día apenas nadie conoce sus derechos. No es algo que se enseña en las escuelas. Al fin y al cabo, en las escuelas lo que se aprende es a ser dóciles y maleables. Y el resto de lo que aprenden nuestros hijos, viene a través de la televisión que por alguna razón es una copia de la televisión de Estados Unidos. Es decir, basura.