Conversaciones en el hoyo 19: educación

— No sé si os habéis enterado de que en Francia hay manifestaciones reclamando una educación digna—dijo Pascual.
— Lo que me sorprende es que no nos manifestemos por la misma causa—contestó Juan—. Estamos muy por debajo de la educación francesa.
— Supongo que a la gente poderosa no le interesa que la cultura se expanda a todas las clases sociales—añadió Pascual—. Por un lado por diferenciarse del resto de los ciudadanos. Ya sabéis que los ricos buscan siempre ser considerados una clase superior. Por su cultura, por sus coches, sus casas e incluso por su manera de vestir. Por otro lado saben que la gente sin cultura es mucho más dócil y obediente. Por eso vivimos en un país en el que cada legislatura modifica la ley de la enseñanza para que sea cada vez más deficiente eso sí, reduciendo a mínimos la escuela pública y dando subvenciones a la privada. No hay más que ver la poca motivación de los profesores de las escuelas públicas. Poco a poco han ido descubriendo que sus alumnos apenas aprenden nada. Los sientan delante de ordenadores para que aprendan las materias. El profesor ya no explica apenas nada y mucho menos escribe en la pizarra.


— En mi juventud— explicó Inés— el profesor explicaba las lecciones y sus alumnos tomábamos apuntes sobre lo que decía y lo que escribía en la pizarra.
— Pues eso se está acabando y dudo que un alumno sea capaz de tomar apuntes. Sospecho que no saben ni escribir—apuntó Pascual—. En mis tiempos nos hacían leer libros y analizarlos. Hoy en día no creo que lo hagan. Poco a poco se están cargando la enseñanza pública.
— Pues vaya la democracia que tenemos—dijo Santiago—. Se suponía que todo el mundo debía tener las mismas posibilidades para medrar en la sociedad. Ahora es evidente que eso no se cumple.
— Desde luego. Y si se dieran esas posibilidades a todos, tampoco servirían de mucho—explicó Inés—. Estamos en el país en el que lo único que cuenta son los contactos, los enchufes. Eso es lo que se tiene en cuenta. Notarios, procuradores, jueces, abogados, constructores, empresarios, médicos, etc. todos suelen haber empezado con la ayuda de alguien. Por cierto, ¿alguien sabe cuál es la utilidad de los procuradores?.


— Yo diría que es un tema desconocido, incluso para ellos—contestó Pascual—. Supongo que cobrar. Al fin y al cabo son una casta lo suficientemente poderosa como para que no les cuestionen su trabajo. Antes llevaban los documentos de un juzgado a otro. Hoy en día no son necesarios, pero siguen allí. Supongo que tienen la misma razón de ser que nuestro rey, que no hace nada y vive de nuestros impuestos. Es otro parásito. No me extraña que los reyes vivan tantos años. No tienen ningún desgaste.
— Volviendo al tema de la enseñanza—dijo Juan—. La cultura que le llega a un chaval hoy en, día es a través de Internet, de la basura de programas de televisión y poco más. No me extrañaría que en unos años ocurriera lo mismo que en Estados Unidos. Que eligieran como presidente a un tarado mental.
— No es por nada pero este año estamos a punto de hacerlo—contestó Inés—. Las encuestas ya le dan como ganador.

Conversaciones en el hoyo 19: grandes empresas

— A veces me sorprende el morro que tienen las empresas—explicó Santiago—. Ya sabéis que en la pantalla de mi video portero el fabricante puso un anuncio que no he conseguido quitar. Lo de ahora ha sido recibir un email comunicándome un cambio unilateral de las condiciones del contrato de un lector de CD que había comprado hace quince años.
— Ojalá fuera solamente eso—añadió Pascual—. La semana pasada recibí una llamada de mi compañía de seguros diciéndome que habían cambiado las condiciones. Como es natural le dije a la mujer que me había llamado que me enviara las nuevas condiciones a casa por correo para que las pudiera revisar. No sabéis cómo se puso mi interlocutora: me dijo que podía consultarlo en la web. Yo le contesté: “Lo que me encuentre hoy en la web, mañana puede haber cambiado por completo”. Añadí que lo quería ver escrito en un papel, ya que eso no se puede cambiar. Ella me llamó anticuado por no aceptar las nuevas tecnologías. Lo que quería era grabar mi voz aceptando las nuevas condiciones. Y se lo dejé muy claro:no acepto las nuevas condiciones hasta que no las vea escritas en un papel. Luego colgué el teléfono. Y todavía no he recibido esas condiciones, claro.


— Considérate afortunado si recibes las condiciones en tu idioma—dijo riendo Juan—. Cada vez es más frecuente enviarlas en inglés.
— No me extraña. Todas las empresas están actuando de la misma manera: a base de prepotencia—comentó Inés—. Antes era el cliente quien tenía la razón y la empresa seguía sus indicaciones. Hoy en día el cliente no es más que un número que tiene que doblegarse a las pretensiones de la empresa. Cambian arbitrariamente las condiciones, elevan precios cuando quieren y ponen robots para contestar las llamadas de los clientes: pulse uno si tiene un problema de facturación, pulse dos si quiere consultar con soporte técnico, pulse tres si quiere hablar con un ser humano, que posiblemente estará ocupado durante un mínimo de media hora…


— Quizás nuestro problema es por culpa de utilizar empresas grandes—opinó Juan—. Una vez que una empresa ha crecido mucho, se olvida del cliente, ya que sabe que gastando un porcentaje en publicidad, no perderá clientes. Es el sistema estadounidense. No sé si os habéis fijado pero hoy en día haces una búsqueda en google y te salen diez resultados relacionados con la consulta que has hecho y cientos que no tienen nada que ver. Poco a poco se van relajando. No hace mucho intenté llamar a la empresa que hace el mantenimiento de mi caldera para poder hacer coincidir la visita del técnico el mismo día que le tocaba hacer la visita a un vecino y así ahorrarles desplazamientos. No había manera de poder conseguir que contestaran al teléfono. Eso si. Recibí varias llamadas de esa misma empresa para aconsejarme la instalación de un programa en mi móvil-es un programa gratuito, decían, aunque luego descubrí que al cabo de un mes dejaba de funcionar si no pagabas un alquiler- un programa para poder poner en marcha la calefacción desde el sofá. Vamos. Que ellos tienen líneas telefónicas y operadores para llamarte pero tú no puedes hacerlo con ellos. Eso pasa con la mayoría de las empresas. Para protestar por algo te sale más a cuenta hacerlo desde X. Me di de baja de la empresa, por cierto. Eso si. Me costó tres meses de emails y llamadas conseguirlo. Entras en un momento y pero todo son dificultades para darte de baja.


— Moraleja—dijo Santiago—. Nunca comprar o contratar empresas grandes. En las pequeñas te tratan como lo que eres: un cliente.