Conversaciones en el hoyo 19: principios

— Día memorable—dijo Santiago, satisfecho con los 18 hoyos que acababa de jugar.
—Y que lo digas—añadió Juan—. Hoy todos hemos jugado muy bien. Nos salía todo lo que intentábamos.
—Imagino habéis visto que han retirado un montón de helados de la Innombrable, por tener óxido de etileno—dijo Pascual, que había trabajado en la multinacional muchos años.
—Pues ya tienen motivos para reducir el aumento de sueldo de sus trabajadores el año que viene—dijo riendo Santiago—. Por lo que recuerdo, los trabajadores de esa empresa hacían apuestas en el bar acerca de la excusa que iba a utilizar la Innombrable para reducir el aumento anual. Cuando hacía poco calor en verano y vendían menos helados esa era la excusa. O que el precio de la leche había subido. La cuestión era no subir el sueldo a sus trabajadores.


—Yo hace años que intento no comprar nada de esa multinacional. No sé si os habéis dado cuenta de que cuando pillan a empresas con irregularidades, la Innombrable aparece siempre. Ya sea por el aceite de palma, las avellanas turcas que compra, el agua que extrae en lugares con sequía, los despidos de trabajadores en Colombia por exigir sus derechos…—explicó Pascual—. Y lo peor es que los pillan siempre. Gastan millones en intentar convencernos de que tienen unos principios intachables y luego aparecen noticias en los pocos medios que no tienen controlados, explicando sus sucios negocios. Lo que está claro es que en cada país en el que tienen fábricas, sus principios cambian.
—¿Qué les pasa a las avellanas turcas?—preguntó Inés.
—Son recolectadas por empresas que tienen esclavizados a sus empleados, de los que muchos de ellos son niños—dijo Juan—. Turquía tiene leyes que prohiben esos abusos, pero los políticos hacen la vista gorda. La historia de toda la vida.

—Me chocó una cosa de esa empresa—apuntó Inés—. Tenían en el super donde compro una estantería con sus cafés. A un lado los cafés de siempre, supongo comprados en el mercado de cafés y en el otro lado bolsas de café hechas con aparentemente, papel reciclado en las que pone algo así como “cultivo sostenible”. Me sorprendió el hecho de que jugaran con dos barajas distintas: la del café sostenible y la del café no sostenible.
—Supongo que quieren pillar a todos los clientes posibles—dijo Juan, riendo—. Los que tienen principios y los que no los tienen. Así abarcan todo el mercado. Demuestra el único principio que tiene la empresa: ganar dinero. Lo demás son patrañas.
—Pues si aplicamos ese principio a la Innombrable y dada la cantidad de veces que han pillado a esta multinacional cometiendo irregularidades y mintiendo—razonó Santiago—, está muy claro que el contenido de esas bolsas de “café sostenible” tiene muchas posibilidades de no ser otra cosa que café comprado en el mercado de cafés y vendido como si fuera del otro tipo.
—Tienes razón. ¿Cómo fiarte de lo que dicen, si son unos mentirosos?—Inés lo tenía claro—. No pienso comprarles nunca más.

—El problema de estas empresas es que tienen tantas marcas distintas que si quieres dejar de comprar sus productos se hace muy difícil saber qué es de la Innombrable y qué no lo es—apuntó Pascual—. En el super en el que compro, casi diría que el 90 por ciento de sus productos son de la Innombrable.
—Es una sugerencia que voy a plantear a los chicos de Yuka—dijo Juan—. Que pongan en su programa a qué empresa pertenecen sus productos.
—¿Yuka?—preguntó Santiago.
—Ya os enseñé el programa—contestó Juan—. Vas al súper, escaneas el código de barras de cualquier producto y el programa te dice si el producto es saludable ó no, así como posibles alternativas.
—Espera un momento—dijo Inés mientras miraba en su móvil—. Sí que sale el nombre de la empresa de cada producto en Yuka.
—Si vas a Mercadona muchos de sus productos aparecen como marca propia, pero no te indican quién ha fabricado el producto—explicó Juan—. Y para los productos que no son marca blanca, te aparece el nombre del fabricante pero no a qué multinacional pertenece. Es a eso a lo que me refería.
—No lo tendrán fácil. Las multinacionales carecen de transparencia y entre ellas se traspasan las marcas con mucha frecuencia—comentó Pascual.
—Yo, por si acaso, lo voy a plantear en Yuka—dijo Juan—. El no ya lo tengo.
—¡En menudo jardín los vas a meter si quieren hacerte caso!—se rio Inés.

Conversaciones en el hoyo 19: medicina

— La verdad es que es endiablado eso del golf—Santiago no había tenido un día especialmente inspirado con su swing—.Menos mal que el juego corto me funcionaba…
— Has salvado un montón de pares para la birria de swings que te han salido—dijo riendo Inés.
— Gracias guapa. Lo tomaré como un cumplido—contestó Santiago—.Por cierto, he cambiado de dentista.
—¿No se suponía que estabas contento con el que tenías?—inquirió Pascual.
—Si, pero…—bebió un trago de cerveza y explicó—. Cuando ves que cierran el piso en el que tenían la consulta para abrir un enorme local tan iluminado que si te tiras una hora en la sala de espera acabas moreno, con un sinfín de enormes pantallas de plasma con publicidad continua de los excelentes tratamientos que hacen, así como de los maravillosos dentífricos de las farmacéuticas, te planteas la posibilidad de que aquello que antes era un servicio, ahora es un negocio.


—Lo puedo entender muy bien—dijo Inés, la doctora jubilada del grupo de amigos—.Cuando me jubilé ya estaba viendo la deriva de la medicina en este país. La tecnología tiene que ver con eso. Y la política. Y muchas cosas más.
—No acabo de pillar lo de la tecnología—dijo Juan—.¿No se supone que con los nuevos métodos de escaneado del cuerpo lo pueden pillar todo al milímetro?.
—Si. Es cierto—aclaró Inés—.Pero muchas veces, cuando te pillan, por ejemplo, algún tumor enano asintomático, en muchos casos optan por operar y eso te va a complicar la vida, ó llevarte al ataúd. Sobre todo si tienes una edad avanzada. Y eso ha ocurrido demasiadas veces. Quizás ese tumor, si lo hubieran dejado tranquilo, se hubiera quedado allí, sin molestar durante muchos años. Todo lo que tenían que hacer era hacerle un seguimiento. Total, el paciente se encontraba perfectamente. Pero tu médico te recomienda una cirugía “preventiva”. En cuanto te meten en quirófano, te joden -con perdón- la vida con el postoperatorio.


—Bueno. No creo que operen a muchas personas mayores—apuntó Pascual.
—Te llevarías una sorpresa si vieras las estadísticas—dijo Ines—.Imagínate que un hospital compra un robot para el quirófano. Nombrará de entre sus cirujanos a un especialista en el robot, que hará sus prácticas en el quirófano con el nuevo aparato y con pacientes de verdad. Luego el hospital querrá amortizar el aparato y le derivará pacientes a quienes les venderá la operación como “última tecnología”. Allí irán a parar aquellos cuya operación no es necesaria y cómo no, gente muy mayor, con escasas posibilidades de superar la cirugía.


—Y los políticos, ¿qué pintan?—preguntó Juan—. Antes los has mencionado como causa de la deriva.
—Pintan mucho. No solamente por privatizar hospitales. También por poner políticos en los cargos directivos. Es además evidente que los hospitales públicos se ahorran una fortuna en gastos de formación de sus médicos, ya que contratan a doctores experimentados de hospitales públicos. ¿Quién no conoce a un médico que no trabaje a la vez en la pública y también en la privada?. Y otra faena de los políticos son los “cribados poblacionales”.
—¿Qué es eso?—preguntó Santiago.
—Seguro que has recibido alguna vez una carta en la que te ofrecen de forma gratuita un análisis de heces ó de sangre para poder detectar un posible tumor oculto que puedas llevar—contestó Inés—. Ese cribado no sirve, salvo en los casos que presentan síntomas, para otra cosa que para hacer ganar dinero al laboratorio, quedar bien con la población y crearles un cierto grado de preocupación.


—Ya veo que la medicina actual se basa únicamente en el dinero—apuntó Juan.
—Y eso sin comentar otras cosas como el poder que tienen las farmacéuticas, los médicos que sólo cobran en efectivo, los cambios de rango de valores arbitrarios, los médicos que derivan a sus pacientes a un colega que les da una comisión, los que aumentan sin razón el número de visitas…
—¿Qué es eso del rango de valores?—preguntó Juan.
—El ejemplo más claro es el del colesterol. A finales del siglo pasado, el rango a partir del cual se contraía la “hipercolesterolemia” era de 240 miligramos por decilitro de sangre. Diez años después lo bajaron a 200. Eso afectó a millones de personas que de estar sanas, pasaron a que muchos de ellos tuvieran que medicarse. Pasa lo mismo con la hipertensión arterial. Antes era 16. Ahora es de 14. Y con la diabetes y la osteoporosis…


—Menudo panorama nos has pintado—dijo riendo Santiago—. Como para no ir al médico.
—Si no tienes síntomas, no vayas—aconsejó Inés—. Ah. Y me olvidaba de los creadores de enfermedades. Que también los hay, esos muchas veces, patrocinados.
—¿Quienes son esos?—preguntó Pascual.
—Eso deberías saberlo tú, como psicólogo que eras—dijo Inés riendo—. Por poner un ejemplo, mencionaré la disforia premenstrual.
—Ah. Lo pillo—contestó Pascual con una carcajada.
—Bueno. Ya os habéis reído—dijo Juan—. Ahora contarnos el chiste para que lo entendamos.
—La cosa consiste en lo siguiente—explicó Pascual—. Todos sabemos que poco antes de la menstruación las mujeres suelen cambiar un poco de carácter. Pues este hecho lo han convertido en enfermedad, quizás para vender más Prozac. Lo llevaron tan lejos que hoy en día, en algunos países la justicia lo acepta como atenuante en los delitos cometidos durante la “disforia premenstrual”.
—Y hay muchas nuevas enfermedades. La mayoría, para hacer negocio—dijo Inés—. Como decía Aldous Huxley, cada vez resulta más difícil ser normal.

Conversaciones en el Hoyo 19: criptomonedas

—¿Cómo le va a tu hermano?—preguntó Pascual a Juan—. ¿Sigue en tu casa?.
—No. Ya se ha ido, por cierto llevándose mi botella de whisky de Malta—contestó Juan—. No es que me importe demasiado, pero es significativo y refleja su forma de ser.
—¿A qué te refieres?—inquirió Santiago.


—Eso da para un estudio psicológico—explicó Juan—. Nuestra familia tenía mucho dinero, tanto por parte de nuestro padre como de nuestra madre. Crecimos en un mundo “pijo”, creyendo que teníamos la vida resuelta. Sin embargo la mala gestión por parte de la familia del dinero que habían ganado nuestros abuelos, la arruinó completamente. Es entonces cuando te das cuenta de que ya no tienes la vida resuelta y te has de espabilar. Alguien me dijo, años atrás, que lo que tenía que hacer era aceptar la nueva realidad y luchar para salir adelante—dio un trago a su cerveza y prosiguió—. En el caso de mi hermano, éste nunca aceptó esa nueva realidad e intentó seguir su vida de “pijo”. Siguió codeándose con la alta sociedad y mantuvo relación con sus amistades de las escuelas a las que había ido, escuelas de “pijos”, obviamente. Como profesionalmente no prosperó, tuvo que crearse una imagen que le permitiera mantener sus relaciones. Y eso es lo que ha dado como resultado su carácter actual: alguien capaz de tener un whisky caro para mantener su apariencia de “señorío”. Alguien que tiene que adaptar su actitud al carácter de sus relaciones. En resumen, alguien que no acepta su realidad y no la aceptará nunca; alguien que sigue pensando que está por encima de los demás. En fin. Una verdadera pena. Y ahora se dedica al blockchain.


—¿Mande?, ¿blockchain?—preguntó Santiago.
— Habréis oído hablar de las criptomonedas, ¿no?—contestó Pascual.


—Claro, el bitcoin—contestó Santiago.
—Y muchas otras monedas digitales—aclaró Juan—. Se trata de un sistema en el que se elimina la gestión de las transacciones por parte del los bancos. Son los usuarios quienes tienen el control de su propio dinero. Hasta ahora, cuando pagas un dinero a alguien, das la orden al banco, éste comprueba que tengas fondos, registra tu orden en sus libros y comunica al banco de ese alguien a quien le envías el dinero, que ha de añadir a sus libros la cantidad que le mandas. Y te cobra una comisión por hacerlo, e incluso, en función de la cantidad, avisa a hacienda de la transacción. ¿Hasta aquí bien?.
—Si.
— Ahora supongamos que creamos una base de datos encriptada y la repartimos a millones de usuarios de Internet. Cada uno de esos usuarios tiene una parte de esa base de datos. Cuando compras una moneda digital, lo haces de forma anónima. Tu cartera con esa moneda no es más que un número de veinticuatro dígitos, sin nada que relacione ese número contigo. Así, cuando le envías a alguien alguna criptomoneda, son los otros usuarios los que validan y registran tu transacción. Luego el procedimiento de minería es el que formaliza tu envío. Sin intervención de los bancos y a espaldas de hacienda, ya que tu cartera es un número que no está asociado a tu identidad.

— Empiezo a entender el nerviosismo de los bancos y los gobiernos de distintos países—dijo Inés—. Si se generaliza, los bancos desaparecerían y hacienda vería mermadísimos sus impuestos.
— Habrá más víctimas—añadió Pascual—. Y favorecidos: toda la gente que carece de un empleo estable, tiene problemas para abrir una cuenta bancaria y no digamos, para obtener una tarjeta de crédito ó débito. Para enviar dinero han de recurrir a esas agencias como Western Union, que viven de las altas comisiones que cobran por cada envío. Esas empresas desaparecerían, al igual que la necesidad de tarjetas de crédito ya que, podrías llevar en tu móvil la cartera con tus criptomonedas y desde ahí hacer todo tipo de transacciones y pagos.
— Y hay más cosas que la tecnología blockchain puede hacer. Japón la está utilizando para llevar un registro de la propiedad inmobiliaria de todo el país —explicó Juan—. También existen empresas que utilizan esa tecnología para hacer contratos de todo tipo, que quedarían validados y anotados en la cadena de bloques. Con eso acabarían con los notarios, por cierto.

— ¿Nada negativo, entonces?—preguntó Santiago.
— Claro que hay una parte negativa. Por un lado la minería, que es la que valida todas las transacciones en la cadena. Requiere ordenadores potentísimos y un gasto de energía desmesurado —contestó Juan—. Por otra parte, está la especulación. La gente compra y vende criptomonedas para especular. Diseñan programas que cuando detectan el alza de una moneda, venden y cuando baja, compran. Y luego están las administraciones, que ven peligrar su negocio de extorsión al ciudadano a base de impuestos. Si todos los poseedores de criptomonedas son anónimos, ¿cómo van a atrapar a los que las tengan?. En la India prohibieron las criptodivisas y la gente siguió controlando sus monedas en Pakistan. Aquí, en España, han anunciado multas desde seiscientos euros hasta diez millones a quien no declare tener criptomonedas y la comunidad europea está a punto de crear una moneda digital.
— Supongo que cada país depende de la capacidad de sus políticos para enfrentarse a esos avances —dijo Santiago.
— Pues aquí en España, estamos apañados—dijo Inés riendo.

— Tiene su parte positiva. ¿Cómo van a saber quién tiene criptomonedas y no las declara?. Es imposible. De todas formas —prosiguió Juan—, no os hagáis ilusiones. Cuando nació Internet, todos decían que sería una maravilla, que nos traería más libertad y ya veis: es un nido de publicidad, recopilación de datos de los usuarios y de noticias falsas. Puede pasar lo mismo con blockchain, y de hecho pasará. Es lo malo del ser humano, que tendemos a corromper lo que tocamos.