Reminiscencias del pasado

– ¡Vuelve a fibrilar!. ¡Apartaros! – dijo el doctor mientras aplicaba las palas del desfibrilador – No hay manera de que recupere…

– Haga lo que sea necesario – ordenó su jefe se servicio.

– Llevamos mas de cinco minutos intentando reanimar un cadáver.

– Insista. Su corazón aún late…

                                                          * * *

– ¿Donde estoy?.

– Acabas de morir, Claudia – le dijo una voz, a su lado.

La mujer miró hacia el origen de la voz y vio a otra mujer poco mayor que ella, vestida con una túnica blanca.

– ¿Quién eres? – preguntó.

– ¿Seguro que quieres saberlo?. Quizás mi respuesta te cree un cierto conflicto anímico.

– Venga ya. Lo soportaré. ¿Quién eres?.

– Soy tu madre.

– Y yo soy la reina de Inglaterra. No me digas que cuando uno se muere los otros muertos se dedican a gastarle bromas.

– Te digo la verdad, hija. Nunca te conocí, pero soy tu madre.

– ¿Nunca me conociste?. ¿Cómo se consigue eso?. Por si no lo sabías, soy hija de una marquesa. Vamos. Que conozco a mis padres de toda la vida y a ti no te he visto nunca.

– Tal vez debería contarte una historia. La historia de lo que ocurrió con tu nacimiento.

– Oh, si. Me encantan las historias. Cuenta, cuenta.

– Casi un año antes de que tu nacieras, Claudia, fui detenida en la universidad por la brigada social. En la época de la dictadura, esta rama de la policía se dedicaba a perseguir a toda persona que no estuviera de acuerdo con el régimen. Y lo peor es que tenían carta blanca para hacer lo que quisieran con sus detenidos. Era frecuente enterarte de que un detenido había “caído” por una ventana o que se había ahorcado en su celda. La cuestión es que una vez te detenían, desaparecías del mapa y era imposible que tu familia pudiera enterarse de tu paradero.

– Algo de eso he oído alguna vez pero nunca me lo he creído.

– Yo era una chica alocada como todas las de mi edad, romántica, idealista y al llegar a la universidad encontré a un montón de gente que luchaba contra la dictadura. A medida que iba conociendo gente, me fui involucrando con la lucha y, en una manifestación, fui detenida. Tras llevarme a una casa, desconocida, me condujeron a los sótanos y me encerraron en una habitación de apenas tres metros, donde pasé varios días, aislada por completo.

– Supongo que te lo merecías. Mi madre siempre me ha dicho que los rojos sois unos malnacidos. Ella no me deja ir a según que barrios y me relaciono solamente con los de mi nivel social.

– Luego vinieron los interrogatorios. Si no tienes inconveniente, intentaré no entrar en detalles escabrosos. Fue allí donde conocí al inspector Alfonso Santos, el mas sádico de todos los inspectores de la brigada social. Durante días y noches se dedicó a torturarme sin descanso. Tras desnudarme se dedicaba a explorar los puntos que consideraba más dolorosos de mi cuerpo. No quería sonsacarme nada. En realidad estaba disfrutando y notaba que mi dolor le excitaba sexualmente. Me violó varias veces durante esos días. Un buen día, sin darme explicación alguna me devolvieron mis objetos personales, me hicieron firmar un papel y me soltaron.

– Sigue contando – dijo Claudia muy seria.

– A los quince días me llegó una multa del Gobernador Civil de un importe enorme. Tuve que trabajar mucho para poder pagarla. Y poco después descubrí que estaba embarazada de aquel policía asqueroso llamado Alfonso Santos. Después de pagar la multa no tenía dinero para ir al extranjero a abortar así que dejé que mi hijo fuera creciendo en mi vientre y poco a poco me fui encariñando con él. Y, a los nueve meses, cuando llegaron las contracciones, un compañero me llevó a una clínica. Lo sorprendente fue que nada mas llegar, despacharon a mi compañero y me pusieron anestesia general. Cuando desperté en una habitación, ya no tenía a mi hijo en el vientre. Pregunté a una monja cómo había ido el parto y me contestó que había sido difícil y que mi hijo había nacido muerto. Dos días después me despacharon a casa.

– Bueno. ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?.

– Espera. Es obvio que no acepté lo que me había explicado aquella monja y, durante un mes fui cada día a la clínica a preguntar por mi hijo. Nadie me había dado su certificado de defunción y todas las monjas contestaban con evasivas. Pregunté al médico que me dijeron me había intervenido y me contó la misma historia que aquella monja. Luego pregunté a varios pacientes y alguno me insinuó que en aquella clínica ocurrían cosas raras. Que había un porcentaje altísimo de mujeres cuyos hijos nacían muertos. Al fin encontré a una monja que tenía conciencia y me explicó que había tenido una hija y que la había recogido una marquesa, que había pagado mucho dinero por ella.

– ¡Joder!.

– Fui a casa de la marquesa, que no me quiso abrir la puerta. Me puse a gritar desde la calle y al poco rato apareció un coche. Se bajó un policía: Alfonso Santos. Me esposó, me subió al coche y salió de la ciudad. Paró el coche en un descampado y me hizo salir. Me quitó las esposas y me disparó en la cabeza. Y eso es todo, Claudia. Saca tus conclusiones.

– No puedo creerte y sin embargo te creo – dijo Claudia. De pronto notó una sacudida -. ¿Qué me está pasando?. Noto unas sacudidas.

– Allá abajo están haciendo lo imposible para traerte de vuelta. Y creo que lo están consiguiendo.

– ¡No quiero volver!. ¡No dejes que me lleven!.

– No puedo hacer nada, hija. Ya me gustaría.

Claudia se arrojó en los brazos de su madre y la abrazó con fuerza.

– Por lo menos nos quedará este abrazo – dijo con los ojos llenos de lágrimas.

– Te quiero hija.

Claudia desapareció.

                                                                                * * *

– ¿Ves?. Te dije que aún la podías salvar.

– Ya se está estabilizando. Creo que lo hemos conseguido. Si no llega a ser la hija de esa marquesa, hace rato que estaría en manos del forense…

Un año mas tarde un suceso acaparó los titulares de la prensa del corazón: la casa de la marquesa había ardido por los cuatro costados, muriendo ella y su marido. Afortunadamente, su hija había ido con un amigo a un restaurante y gracias a ello había salvado su vida.

De lo que no se hizo eco la prensa fue del viejo que encontraron muerto en una cloaca y que a pesar de que el forense lo identificó como el comisario Alfonso Santos y también – recalcó – que había muerto envenenado, nadie se preocupó por él y ningún policía quiso abrir una investigación.

Al fin y al cabo, ¿a quién le importa que envenenen a un mal nacido?.

Genio y figura…

Cruzar toda la ciudad en el coche para llegar a la Innombrable era toda una hazaña. Cada mañana, Julian tenía que sortear multitud de obstáculos para recorrer los diez quilómetros que separaban su casa de la empresa: la infinidad de taxis y autobuses que campaban a sus anchas, entrando y saliendo del carril bus en función de sus necesidades; los cientos de coches conducidos por madres, llevando a sus hijos al colegio; el sinfín de motos y bicis que aparecían en tromba y que pugnaban por llegar los primeros al semáforo en rojo, pasando entre los coches a velocidades suicidas; todos los demás coches que circulaban en su misma dirección, la mayoría con un único ocupante, por regla general histéricos por ir a sus respectivos trabajos a los que, seguro llegaban tarde, ya que invariablemente tocaban la bocina en el preciso momento en que la luz del semáforo se ponía verde.

Y de toda esa fiesta, Julian disfrutaba cada mañana en su coche de gama alta. A su lado, medio dormitaba su secretaria, con el pelo aún mojado de la ducha que habían compartido, tras una noche de desenfreno sexual. La miró de reojo.

– La verdad es que esta tía es fantástica – pensó -. Llevamos años juntos y sigo deseándola como el primer día. ¡Que buena es en la cama!. Y, lo mejor, piensa como yo y no tiene ningún escrúpulo en joderle la vida a quien sea con tal de facilitarme el camino hacia la cúspide. Esa perrita es mi alma gemela: ambición desmesurada,  ética propia y cambiante en función de las necesidades del momento, es inteligente y hace todo lo que le pido. Es todo un tesoro.

Bajó la ventana e inició un sonido gutural. Ella abrió los ojos y le dijo:

– Espera – miró hacia la parte posterior, esperó a que apareciera alguna moto por detrás y cuando la vio aparecer, contó hacia atrás – tres, dos, uno, ¡ya!.

Julián escupió por la ventana, justo a tiempo para acertar en el depósito de la moto que pasó a su lado como una exhalación. El motorista no se percató de aquella mancha verdosa que ahora llevaba al lado de su rodilla derecha, capaz de hacer gritar de alegría a cualquier departamento de policía científica del país.

– ¡Le he dado!.

– Pues pisa el acelerador, que se te va a colar un taxi. Julián lo pisó a tiempo y el taxi no pudo cambiar de carril. Le hizo una peineta al taxista.

– Hoy voy a tener que “arrimarme” al director de producción, si queremos que apoye tu proyecto – dijo ella -. Es el único que se opone al mismo.

– Eso explica tu generoso escote de hoy – repuso Julián -. ¿Sala de reuniones tres?.

– Claro. Allí es donde tenemos la cámara. También tenemos pendiente echar a Miguel. Nos está investigando.

– ¿Ha conseguido algo? – preguntó Julian.

– No, pero se acerca.

– Y, supongo que con un polvo no basta.

– Ya sabes que no me acuesto con la tropa. Pero le he dicho a Felisa que lo trabaje a conciencia.

– Ah, Pobre Felisa, con esa cara de pasa. En fin. Esa traga con todo. Es una “todoterreno”. 

– ¡Acelera!.

Otro taxi se quedó con las ganas de salir del carril bus.

– ¡Cielos!. El director dice que los valores de nuestra empresa se han mantenido invariables desde hace ciento cincuenta años – leyó ella de la revista de propaganda de la Innombrable que estaba hojeando.

– Bien. Ya sólo falta que se los lean y apliquen alguno de ellos, por variar un poco. Calculo otros ciento cincuenta años más para que lo consigan. Menos mal que a pesar de ello, hay multitud de premios que le otorgan a la empresa. Premios de organizaciones, por cierto, que no conoce nadie. ¿Se jugarán al poker esos premios entre los directores de las principales multinacionales?. “Oye Martín, te veo el proyecto de full que dices tener si me das el premio del medio ambiente”. “Vale, si me otorgas el de empresa que más cuida la seguridad de sus trabajadores”. “Ala, que cabrón, Martín. Si se os han muerto este año mas de cien personas, sin contar a esos sindicalistas que extermináis en América”.  “OK. te subo la apuesta otro millón y me lo das”…   

– ¡Otro taxi!.

Julián aceleró para evitar se le colara el taxi. Sin embargo al tratar de impedir que se colara, ambos coches se golpearon. Julian bajó de coche hecho una furia y fue hacia el taxi. El taxista bajó de su automóvil.

– ¿Dónde cojones te enseñaron a conducir?, maldito cabrón. Seguro que la zorra de tu madre tuvo que hacer horas extras para que consiguieras el carnet – el taxista empezó a enrojecer de cólera -. ¿O fue tu hermana la que te lo consiguió?. Seguro que…

Todo sucedió en un momento. El taxista sacó de su bolsillo un cuchillo y se lo clavó en el pecho. Julián cayó al suelo, cerrando los ojos.

– Joder, cómo duele… – pensó. Abrió de nuevo los ojos y vio un corrillo de gente a su alrededor, muchos de ellos filmando con sus móviles. Notaba que estaba muriendo y aún así se esforzó por decir bien alto al taxista:

– ¡Joder!. Sabes que te pagaré lo que te debo. Siento el retraso.

Ella estaba a su lado. Le cogió la mano.

– Tranquilo. He llamado a una ambulancia.

– No será necesario. Me muero. 

– Encontraré a faltar eso que tienes entre las piernas.

– Por cierto. Gutierrez podría ser un buen sustituto mío. Es un alma gemela. Y me consta que le gustas. Cuídate, morena.

Cerró los ojos, tosió una vez y dejó de respirar. La policía que ya había llegado, la apartó del cadáver. El taxista fue esposado e introducido en el coche policial. Luego se dedicaron a tomar la declaración y los datos de la gente que había visto y filmado la escena.

Uno de los agentes se quedó con ella e intentó calmar su llanto mientras tomaba su declaración.

Lo cierto es que la puesta en escena de “viuda desconsolada” le estaba saliendo muy bien a la mujer.

– Creo que utilizaré este rol para conquistar a Gutierrez – pensó -. Mal rollo, tener que volver a empezar de nuevo. Por cierto, ¿para qué habrá dicho Julián eso de una deuda al taxista?.

Lo pensó un momento y luego tuvo que ocultar una carcajada.

– ¡Que cabrón!, así condenarán a veinte años al taxista con el agravante de premeditación, en lugar de los diez que le hubieran caído. ¡Que bueno eras, Julián, hijo de puta!.