Conversaciones en el hoyo 19: viejos verdes

— Gran día para todos—dijo Santiago, cuando se reunió con sus compañeros en el bar.
— Nunca pensé que estuviera tan afortunada con los chips—contestó Inés.
— Prácticamente los has dejado todos a un palmo del hoyo—añadió Juan—. Salvo ese par de chips que te han entrado directos al agujero.
—Tiene su lógica—explicó Inés—. Cuando llevas años sin hacer un buen swing, lo único que puede salvarte es el chip y por eso me sale tan bien: años de práctica.
—¡Uf!. ¡Los viejos verdes!—exclamó Santiago, señalando discretamente a cuatro hombres que se sentaban a una mesa del bar.
—¿Viejos verdes?—preguntó Juan.
—Si. Hará un par de semanas comí aquí con ellos—contestó Santiago—. Y eso es lo que son, viejos verdes. Tiene gracia lo que escuché en aquella comida. Para empezar hablaron sobre la incultura en nuestro país.


—Hombre, eso es verdad—dijo Pascual—. En nuestro país es escasa la gente que ha leído mas de un libro. Y con las redes sociales todavía menos. Y lo curioso es que la gente cuya cultura es nula se permite opinar sobre cualquier cosa.
—Bueno. Supongo que por eso hay tantos fascistas en los partidos políticos de derechas: gente ignorante que se traga cualquier noticia falsa—apuntó Inés.
—Si. La verdad es que quizás debido a eso se da tan poca importancia a la educación en nuestro país—explicó Juan—. Los políticos necesitan incultura para sobrevivir. Si la gente fuera culta los políticos desaparecerían.
—Toma, y las religiones—añadió Inés—. Pero volvamos a los tíos de aquella mesa.


—Ah, si—dijo Santiago—. Están preparando su enésimo viaje a Cuba. Ahora están comprando preservativos, viagra y prendas para las chicas que se van a tirar en aquel país. Como ellos dicen, dada su edad, quieren disparar sus últimos tiros. Durante aquella comida no hablaron de otra cosa que de las anécdotas de sus viajes anteriores. Al final tuve que decirles que dejaran de hablar del tema, ya que hacer alarde de sus correrías sexuales no hacía más que demostrar la gran incultura que tenían. Me miraron con cara de sorpresa. ¿Incultura?. Les dije que si, que lo único que me demostraban es el profundo machismo que tenían, que les llevaba a considerar a una chica cubana como un simple objeto.
—Bien dicho—dijo Inés—. Y si te vas de putas, no alardees de ello.
—Me dijeron que las estaban ayudando a salir adelante—continuó Santiago—. Que todas ellas trabajan pero que no les alcanza para poder vivir y que gracias a ellos lo consiguen. Yo les dije que estoy seguro de que si no tuvieran el recurso de vender su cuerpo, seguro que podrían buscarse otro medio para llegar a final de mes. Luego me salieron con que ellas se sentían atraídas por ellos y que el sexo “surgía” y les dije que se miraran al espejo. ¿Atraídas?. Si no hubiera dinero que ganar, ellas ni los mirarían.


—La verdad es que viéndolos en aquella mesa, ninguno de ellos está bien conservado—dijo Inés riendo—. Vosotros estáis mucho mejor. ¿Será el golf?.
—No lo creo—contestó Pascual—. Ellos también lo juegan. Y la verdad, es que todos nosotros tenemos caras de viejos simpáticos e incluso nuestros cuerpos están poco deteriorados, pero una cosa está clara: estamos fuera del mercado.
—Salvo que hagamos alarde de una gran fortuna—apuntó Santiago—. Y en este caso, ya sabemos de que palo van a ir las mujeres que podamos ligar.
—Hombre, tú lo tendrías fácil, teniendo en cuenta que te dedicas a salvar a chicas descarriadas—dijo Juan—. Al fin y al cabo tienes un piso en el que viven estas chicas.
—Error. Ya no tengo ese piso—aclaró Santiago—. Cuando dejé el bar, traspasé el piso a las chicas. Yo ya no pinto nada ahí, salvo una vez al año en el que celebramos una cena. Además, si me acostara con alguna de ellas, tendría muy claro que ella lo haría por agradecimiento ó por compasión. Nunca por verdadera atracción. Si de algo puedo sentirme orgulloso es de haber respetado a mis chicas siempre.
—Eres muy buena persona, Santiago—concluyó Juan—. Me siento orgulloso de ser tu amigo.

Conversaciones en el hoyo 19: natalidad

—Según parece está descendiendo la natalidad—dejó caer Santiago.
—Hombre, claro—contestó Juan—.¿A quién se le ocurre traer a este planeta a un futuro desgraciado más?. La última vez que leí la prensa, hace años, solamente había noticias desagradables: guerras, asesinatos, robos… salvo alguna, presentando el último vestido que se había puesto la esposa del rey impuesto por el dictador.
—Es curioso el hecho de que hoy en día es tendencia no leer la prensa ni ver programas de noticias en la televisión—apuntó Inés—. Creo que son los jóvenes quienes han renunciado a ello.
—No me extraña nada—explicó Pascual—. También existe una tendencia a evadirse de la realidad.
—¿Cómo?. ¿Evadirse de la realidad?—preguntó Inés.


—No sé si os habéis dado cuenta del enorme éxito que tiene hoy en día la literatura y el cine de los géneros de fantasía y ciencia ficción—explicó Pascual—. La gente está harta de temáticas que hablen de la guerra civil, de corrupción, de masacres e incluso de historias de sociedades como la norteamericana en las que los protagonistas no son más que policías, delincuentes, abogados, ejército patriótico y presidentes del gobierno.
—Y esta mierda llega a todo el mundo—ratificó Juan.
—Menudos ellos, los norteamericanos, que, según sus películas tienen unos pisos de como mínimo, trescientos metros cuadrados—comentó Inés—, y cuyo propietario ó propietaria lo primero que hace al llegar a casa es servirse una copa de vino.
—Ah. Recuerdo cuando nos machacaban con sus películas del oeste—dijo Santiago riendo—. Crearon un cine épico basado en unos garrulos venidos de Inglaterra, incultos en su mayoría, con armas de fuego. ¿Qué podía salir mal?. Que se lo pregunten a los ciudadanos que ya vivían en el país y que fueron masacrados por esos garrulos incultos para quienes la única ley era la de sus armas. Un país creado en base a una masacre.


—Bueno. También los españoles hicieron algo parecido en América—dijo Pascual.
—Si, pero no le hemos dado tanto bombo como los de Usa—aclaró Inés—. No hemos creado una historia épica de nuestras “hazañas”.
—Volviendo al tema de la natalidad—dijo Pascual—. También he observado la gran cantidad de libros de autoayuda que se venden en las librerías. Si la gente de este planeta fuera normal no haría falta que recurrieran a un libro que les enseñe cómo actuar en sus vidas para ser felices. Tiene gracia pensar que se está poniendo de moda la asistencia psicológica a las víctimas de hechos provocados por la mala gestión de la administración. En lugar de solucionar la causa del mal, dan ayuda psicológica a las víctimas, a posteriori. Que les pregunten a los familiares de los niños asesinados por sus compañeros de instituto. O a los familiares de las víctimas del atentado de las torres gemelas.
—Claro. Si América del Norte no se dedicara a crear guerras por el planeta, no sería atacada por el terrorismo—explicó Santiago—. Lo que pasó en nuestro país es la prueba clara. España decidió enviar tropas a Iraq y en poco tiempo tuvimos un atentado terrorista.


—Por eso digo que lo mejor es no leer la prensa ya que nos manipula—dijo Juan—. A raíz de la guerra de Ucrania nos han presentado al presidente ruso como si fuera un psicópata. Yo no estoy seguro de que lo sea. Si miramos hacia el otro lado, no veo diferencia entre el presidente ruso y el norteamericano. Lo mejor sería que fueran los rusos los que solucionaran sus problemas y que los norteamericanos dejaran al mundo en paz, sin meterse en los asuntos de los otros países, por muy beneficioso que sea para su economía. Estamos en un mundo en el que la hipocresía campa a sus anchas. Si un país habla de una forma y actúa de forma diferente, lo lógico es ignorarlo. Y así se va haciendo más grande la bola de nieve, a base de ir sumando hipocresías.
—Si ignoramos a los países que actúan de forma hipócrita, nos quedaremos sin interlocutores—explicó Santiago—. Quizás el problema está en los políticos, que son los que representan al país.
—Que prometen unas cosas durante la campaña y luego hacen lo contrario—dijo Inés—. Si tuviéramos una verdadera democracia los políticos estarían obligados a preguntar al pueblo antes de dar cualquier paso.
—Lo que me recuerda a ese presidente del gobierno que nos metió en una guerra sin preguntarnos primero—añadió Juan—. Y luego tuvimos el atentado.
—Moraleja—concluyó Santiago—: no traigas hijos al mundo. Les ahorrarás un montón de sufrimientos.