Conversaciones en el hoyo 19: Richard Wagner

— No ha sido un buen día. Nos ha ganado el campo—dijo Santiago.
— Lo que viene a demostrar que nunca podemos confiarnos—contestó Juan—. La última vez ganamos nosotros y por mucha ventaja.
— ¿Qué os ha parecido la noticia de que empieza el juicio del ex presidente de la Generalitat?— preguntó Inés.
— Han tardado trece años en convocar el juicio—repuso Pascual—. ¿Cómo puede ser que esperen tanto tiempo para iniciarlo?.
— Quizás, sabiendo que iba a explicar cosas que comprometerían a mucho político actual, intentaron retrasarlo el máximo posible—contestó Juan—. Él ya insinuó que si hablaba, caerían muchas cabezas.
 — Lo que está claro es que una justicia que se retrasa en función del acusado, tiene muy poco de justicia—opinó Inés—. Y ahora el acusado tiene noventa y cinco años y ya no está muy claro de mente. Les ha salido muy bien la jugada—dijo riendo, añadiendo—: aunque quizás ha escrito un libro aclarando las cosas…
— Bueno. Supongo que su libro tendría la misma credibilidad que el libro del rey emérito. Ninguna.— dijo Santiago.


— Estoy leyendo un libro sobre Richard Wagner— explicó Juan, cambiando de tema—. La verdad es que la vida de este compositor era fascinante.
— Sus óperas me encantan, aunque su antisemitismo nunca me ha gustado— dijo Inés—. También hay que reconocer que nunca reflejó su antisemitismo en sus óperas.
— Por lo que he leído, en la época en la que vivió Wagner, casi todo el mundo era antisemita y es lógico que él estuviera influido por ello—explicó Juan—. También, cuando vivió en París, tuvo que someterse a los designios de un tal Meyerbeer, que mandaba en el mundo de la ópera. No hace falta que os diga que Meyerbeer era judío. Y Wagner, en París pasaba hambre y frío. Tuvo que empeñar todo lo que tenía e incluso vender los boletos de la casa de empeños. Además, siendo como era Wagner bastante paranoico, éste pensaba que tanto la prensa, la crítica y las publicaciones musicales, estaban compuestas por judíos que conspiraban contra él. La verdad es que Meyerbeer colaboró con el estreno de alguna ópera de Wagner, aunque esa ayuda, a criterio del compositor, no llegó con la rapidez deseada. Otra de las razones de ese odio hacia los judíos por parte de Wagner se basa en el hecho de que hasta los cincuenta y un años no tuvo solvencia económica, lo que le obligó a tener que recurrir a préstamos y si tenemos en cuenta que la mayoría de los prestamistas eran judíos, eso impulsaba su odio hacia ellos.
— ¿Qué le pasó a los cincuenta y un años?— preguntó Santiago.


— El rey Luis II de Baviera le pagó todas las deudas pendientes—contestó Juan—. Y una más de las razones de su antisemitismo venía de su época de revolucionario.
— ¿Revolucionario?—inquirió Pascual.
— Si. Wagner, en su juventud era socialista. Participó en manifestaciones y era amigo de Bakunin, el anarquista ruso—dijo Juan—. Si os digo que la policía le buscaba y él tuvo que vivir en Suiza seis años para evitar la cárcel… Luego, ya más mayor, abandonó el socialismo aunque le quedó el odio hacia la propiedad. Él pensaba que la existencia de la propiedad es injusta, ya que él, que había dado tanto al mundo, merecía mucho más que aquellos millonarios que no aportaban nada a la humanidad. Y casualmente, esos grandes capitalistas, eran los banqueros internacionales, casi todos ellos judíos.
— Pues no se nota nada en sus óperas—indicó Santiago.
— En antisemitismo no aparece, aunque el socialismo si que aparece—contestó Juan—. Las óperas del Anillo del Nibelungo dejan claro que el capitalismo es la negación del amor y de la naturaleza. Algo que estamos viviendo hoy en día. El cambio climático no es otra cosa que la reacción de la naturaleza ante la degradación que el hombre está haciendo de ella. Y para esos millonarios internacionales, la palabra amor no existe.
— Y eso es lo que hace que las guerras todavía existan—añadió Inés.

Conversaciones en el hoyo 19: publicidad

— No puedo creer que hayamos jugado tan bien—dijo Santiago, contento.
— La verdad es que estábamos inspirados—contestó Juan—. Aunque no nos confiemos. Un día juegas bien y al siguiente no aciertas una. El golf es así. Hoy Pascual ha tocado un árbol con la pelota y el árbol la ha devuelto a la calle. Si hubiera tocado el árbol un milímetro más a la derecha, la bola hubiera ido al lago. Es pura suerte.
— Estoy de acuerdo contigo—añadió Pascual—.Hay días en los cuales cualquier fallo, por mínimo que sea, nos provoca verdaderas desgracias.


— Hoy he tenido problemas para leer la prensa—explicó Inés—. Cuando me he conectado a un periódico, me ha salido un mensaje diciéndome que tenía que desactivar la extensión de mi navegador que impide que me entren anuncios.
— Es bastante normal—contestó Juan—. La prensa vive de los anuncios. Lo cual quiere decir que no puede publicar nada que vaya en contra de sus anunciantes. Vamos. Que están sometidos a chantaje por parte de las empresas que ponen sus anuncios.
— Si sólo fuera eso…—dijo Pascual—. Estoy harto de recibir actualizaciones de mis programas que sólo son maneras subrepticias de endiñarme algún anuncio. Esa gente se las inventa todas.


— Pensad que el mundo se mueve gracias a la publicidad—añadió Santiago—. Todas las competiciones deportivas y musicales funcionan gracias a la publicidad, Internet se financia de lo mismo. Hay montones de personas que viven de los vídeos que suben a youtube, gracias a los anuncios que google publica en ellos. En nuestro país hay una ley que impide que la televisión pública emita anuncios de otras empresas y sin embargo han encontrado un resquicio en esa ley que les permite hacer y emitir anuncios sobre sus propios programas.
— Que son, en su mayoría, basura—apuntó Juan—. Yo entiendo que los anuncios sirven para decirnos que tal empresa ha sacado un determinado producto. El problema gordo es que esos anuncios están hechos por un montón de psicólogos. De alguna manera intentan crearnos necesidades que realmente no tenemos. Y eso es una manipulación que va en contra de nuestra libertad: imágenes atractivas, música pegajosa, mensajes emotivos… Quizás nosotros, dado que evitamos los anuncios, tengamos la suerte de no estar influenciados por ellos. Pero el montón de personas que se los tragan, están siendo condicionados por esos anunciantes que carecen de ética y que consideran a sus clientes como borregos a quienes hay que “educar”.


— Es triste que ocurra eso—añadió Pascual—. Cualquier gobierno que se precie, debería evitar esa publicidad psicológica con la que nos bombardean. Una cosa es comunicar la venta de un producto y otra cosa es intentar crearte la necesidad de ese producto. Claro que hace muchos años que los gobiernos no protegen a sus ciudadanos. La prueba está en la sanidad pública que cada vez está peor, en la educación que cada vez está más degradada…
— O en los datos que las empresas obtienen de nosotros sin permiso, con el consentimiento del gobierno—concluyó Inés—. Prefieren comprarles nuestros datos a esas empresas para hacer lo mismo que los publicitarios: analizar e intentar influenciarnos de cara a las elecciones.

— La semana pasada me compré un lector de libros digitales de la marca Kobo—explicó Juan—. Mi sorpresa fue que al arrancar el cacharro me pedía conexión a Internet. Había una opción de «no tengo Internet». Pulsé ese mensaje y me apareció un texto diciéndome que conectara el lector a un pc. Luego tenías que bajarte una aplicación para darme de alta como usuario. ¿Cómo iba a bajarme esa aplicación si no tenía Internet?. Acabé retrocediendo y aceptando que tenía Internet. Me di de alta en su web con una dirección de correo no oficial y entonces pude continuar configurando mi lector. Lo curioso es que en un momento dado tenía que «activar» el dispositivo. ¿Significa eso que el fabricante puede activar y desactivar un dispositivo que he comprado?. Evidentemente la web de Kobo no es más que una tienda de libros. Lo que me molesta es que te obliguen a darte de alta como usuario si quieres utilizar el dispositivo que has comprado.

— Eso va en contra de nuestra libertad. Obligarnos a registrar la compra de un producto para poder activarlo y así recibir la publicidad que ellos quieren—opinó Santiago—. ¿De qué país es esa empresa?.

— Inicialmente canadiense, pero fue comprada por Rakuten, una empresa japonesa— explicó Juan.

— Lo que demuestra que los abusos de poder de los norteamericanos se está extendiendo por todo el mundo—añadió Santiago—. Y nadie en la comunidad europea ha movido un dedo para evitar esos abusos. Si seguimos así nos ocurrirá con los coches, los televisores, los ordenadores…

— Ya está ocurriendo—repuso Inés—. Ya hay coches que se pueden desactivar desde fábrica, coches norteamericanos, por cierto; hay marcas de televisión que te obligan a registrarte para activar el cacharro y no tienes más que instalar Windows 11 para que te obliguen a registrarte, si quieres usar el ordenador.