Conversaciones en el hoyo 19: administración

—Creo que ya voy entendiendo un poco de política—dijo Inés.
—No te compliques la vida—repuso Juan—. Es mucho mejor vivir la vida y olvidarse de la basura que nos rodea. ¿Qué ha pasado?.
—Me ha tocado ser la presidenta de mi comunidad—explicó Inés.
—Eso lo explica todo—dijo Santiago riendo—. Una comunidad de propietarios es el camino perfecto para aprender política.
—Y que lo digas—contestó Inés—. Los miembros de la comunidad creen que por el hecho de haber contratado una empresa para que lleve la administración ya está todo resuelto.


—Y no es así, por lo que parece—añadió Pascual, mientras intentaba capturar una aceituna rebelde con el palillo.
—Todo va bien mientras no hay problemas—explicó Inés—. La empresa de administración cumple con su papel, que básicamente consiste en llevar la contabilidad y asistir a las reuniones anuales. Pero luego viene el covid19 y la crisis, lo que nos obliga a controlar los gastos. Si a eso le añadís un temporal que provoca una inundación en el aparcamiento que afecta al ascensor, cuyo foso se llena de agua, ya tenemos la tormenta perfecta.
—Sigue. Que esto se pone interesante—la animó Juan.
—La inundación requiere que venga un camión con una cuba para extraer el agua. Luego hay que reparar el ascensor, ya que su placa base se ha mojado, así como un montón de piezas más.
—Vamos… un pastón—apuntó Pascual.
—Se convoca una asamblea extraordinaria para comentar la situación y la empresa que lleva la administración aprovecha la reunión para colar a un comercial de la empresa que lleva el mantenimiento del ascensor—explicó Inés.


—Inés. Come un poco, que tanto hablar estás quedándote sin aperitivo—dijo Santiago—. Ya continúo yo con la historia. El comercial de la empresa de los ascensores os dice que la placa base jodida del ascensor ya no se fabrica y que sería una buena idea modernizar el ascensor, cambiando motor, circuitos y la botonera, dejándolo como para una película de ciencia ficción. Todo ello por un precio astronómico, pero claro, como somos unos buenos clientes, nos ayudará aplicando un descuento del cinco por ciento si lo aceptamos “ya” y abriéndonos una línea de crédito sin intereses. ¿Voy bien?.
—Sólo cambia el descuento—contestó Inés con la boca llena—. Es un diez por ciento.
—Bueno. En lo esencial he acertado—dijo riendo Santiago—. La pregunta es: ¿por qué la empresa de administración llevó a ese comercial a la reunión?.
—¿No lo sabes?—a Juan le encantaba contestar preguntas con otras preguntas—. Por la comisión. Estamos en un país en el que no se hace nada sin que haya de por medio una comisión. Hasta el rey cobra comisiones de todo. Y una empresa que se dedica a la administración de comunidades no llegaría a fin de mes sin esas comisiones. ¿Aceptasteis la oferta?.


—No. Y lo curioso es que esa empresa “logró” reparar esa placa base averiada y todo volvió a funcionar—dijo Inés.
—Bueno. Pues tema resuelto—indicó Pascual.
—No lo creas—Inés bebió un largo trago de su cerveza y continuó—. La compañía de seguros no quiere pagar la cuba para extraer el agua del foso. Según dice, el agua provenía del subsuelo y no de la lluvia. Además dice que ese día cayeron menos de cuarenta litros de agua de lluvia, que es la cantidad por la que se considera “anormal” la lluvia.
—Si no llegó a esa cantidad, es lógico que digan eso—dijo Pascual.


—Estuve mirando los datos de un observatorio meteorológico oficial de la zona. El día de la inundación cayeron noventa y cinco litros en una hora. Por otro lado, un vecino del aparcamiento filmó la entrada de agua del exterior a través de un extractor de humos. Y en el vídeo se ve que el agua entra a borbotones. Vamos, que eso del agua freática es una mala excusa…
—Yo de ti cambiaría de empresa de administración—dijo Santiago—. Y de aseguradora…

—Esta es la gracia de la democracia—dijo Inés riendo—. Eso se ha de aprobar por mayoría y la gente tiene mucho aprecio por la mujer que viene a las reuniones. Parecen dispuestos a mirar a otro lado, a pesar de que son incapaces de poner en su sitio a la compañía de seguros y arreglar la entrada de agua. Lo cómodo es no complicarse la vida y pagar por algo que debería pagar la aseguradora. Por eso os he dicho que estoy aprendiendo mucho de política. La gente elige una administración y no importa lo que haga luego. En mi edificio estamos pagando ochenta euros por cambiar una bombilla de la escalera que no vale más de cuatro.
—Y si eso lo extrapolamos a un país, podemos entender por qué la administración va como va—concluyó Juan.

Conversaciones interactivas por confinamiento: el coronavirus

—¡Hola a todos!—saludó Santiago al monitor de su ordenador en el que se veían los rostros de Pascual e Inés—. Sospecho que falta alguien por aparecer.
—Ni aparecerá—indicó Inés—. Juan está en su casa como pez en el agua, disfrutando del hecho de no tener que ver a nadie. Al fin y al cabo es un sociópata y como mejor está es sin ver a nadie.
—Lástima. Me gusta escucharlo—dijo Pascual—. Siempre es agradable conocer sus opiniones. Tiene la cabeza muy ordenada y ha leído un montón.
—Bueno. Pues ahora debe estar disfrutando alguna ópera de Wagner y leyendo algún ensayo, si no está jugando a algún juego por ordenador—explicó Inés, algo triste al pensar que tardaría tiempo en volver a verle.
—Me cuesta pensar que tardaremos en poder volver a jugar a golf—dijo Santiago, cambiando de tema—. Perderemos lo mucho que hemos ganado hasta ahora.
—Eso no se olvida, Santiago—le contestó Pascual—. Es como montar en bici ó conducir un coche.


—Bueno. Me gustaría continuar con lo que hablamos la semana pasada, sobre el coronavirus—dijo Inés y añadió:—dijimos que quizás la gente empiece a mejorar su higiene.
—No lo creo—dijo Santiago—. Esta mañana, yendo a hacer la compra, parado en un semáforo, se me ha ocurrido mirar por el retrovisor y el tío del coche de detrás estaba hurgándose las narices con verdadero ahínco. La gente no cambia. Mucho ponerse mascarillas, pero siguen siendo unos guarros.
—Pero supongo habrá algo positivo en esta crisis—protestó Inés.
—Pues mira—contestó Pascual—. De momento ha servido para que no tengamos que tragarnos las sandeces de los políticos infectados. También para descubrir que la privatización de la sanidad es una mierda que ahora estamos pagando. Y también para que no veamos la televisión ya que sólo hablan de este tema.
—Será en tu caso. Hoy he leído en la prensa que el ochenta por ciento de la gente está viendo cinco horas de televisión diarias—dijo Inés.
—Pues mira que hay alternativas para no perder el tiempo de esta forma—repuso Santiago.
—Todas las que quieras. Pero este país es así y la gente no se plantea la posibilidad de aprovechar para hacer algo que requiera disciplina—dijo Inés—. ¿Qué hacéis vosotros estos días?.


—Yo he empezado un curso de solfeo y me están volviendo loco los tresillos y los puntillos—contestó Santiago—. Ahora que domino las notas y los silencios se me hace difícil llevar el ritmo con estas alteraciones. Pero bueno. El que la sigue, la consigue.
—Yo estoy visitando el montón de pinacotecas que permiten las visitas online—dijo Pascual.
—Y yo estoy leyendo cuatro libros a la vez—añadió Inés—. Más que nada porque leer el mismo libro todo el día, te acaba cansando y así alterno ensayos con novelas policíacas, humor y alguna biografía interesante—lanzó una sonrisa irónica—. También limpio la casa, con la ayuda de Beethoven.
—¿Tu perro?.
—No. Escucho música de Beethoven. Es fantástica.

—Todos limpiamos la casa—dijo Pascual—. Pero además cada día me dedico a una única habitación que dejo impecable, me lleve las horas que me lleve. Aunque, lo de escuchar música mientras lo hago, suena muy bien.
—Me gusta la idea de habitación a fondo cada día—exclamó Inés—. Creo que voy a hacer lo mismo.
—Menos mal que el rey ha hablado y su discurso ha sido muy bien recibido por el pueblo—dijo Pascual con un toque de ironía, sabiendo que Santiago se mosquearía.
—¿El rey?—contestó Santiago encendido—. A ese tío lo que hay que hacer es enviarlo en visita oficial a alguno de los países de sus amigos y cuando esté allí, retirarle el pasaporte para que no vuelva. Y luego enviarle al resto de su familia. Seguro que sus amigos los cuidan.
—¡Brindo por ello!—Inés levantó su vaso de cerveza y bebió un trago, a la vez que sus amigos lo hacían también.


—Dejando a un lado las historias medievales me gustaría decir que estoy sorprendido con los chinos—dijo Pascual—. Es curioso como en poco tiempo, se han hecho con el respeto de los demás países. Lo que nunca han conseguido los Estados Unidos, a pesar de haber «llevado la democracia» al resto del mundo.
—Estoy de acuerdo contigo—afirmó Inés—. En esta crisis están demostrando verdadera solidaridad hacia el resto del mundo. Sus ayudas no paran de llegar.
—Ah. La eterna lucha del compañero abusón y el que es bueno y solidario—dijo Santiago—. Siempre acaba ganando el segundo. Por lo menos en el cole era así.
—En Estados Unidos, deberían poner la serie «El ala oeste de La Casa Blanca» en los colegios—apuntó Pascual—.Quizás así cambiarían de actitud y serían menos arrogantes.
—Incluso cerrarían Guantánamo—dijo Inés riendo—. Y dejarían de proteger a las farmacéuticas que bloquean los adelantos médicos que benefician al mundo.
—Hasta puede que retiraran las acusaciones a Snowden y Assange.
—Y tal vez cerraran la CIA.
—O eliminaran la venta de armas…
—O condenarían a los policías que asesinan a la gente de color.
—Incluso dejarían de apoyar al gobierno genocida de Israel.
—Eso, eso, seguir soñando—dijo Pascual riendo—. Eso no lo veremos nunca.

Conversaciones en el hoyo 19: sectas

—Toda una semana esperando para jugar al golf y seguimos con las ganas—dijo Santiago irritado. La lluvia, que había caído a mares les había impedido jugar. Al final quedaron en comer juntos en el restaurante de un campo de golf, aunque sin jugar. Fuera del local llovía a cántaros. Acababan de encargar la comida y mientras esperaban el primer plato, estaban dando cuenta del aperitivo.
—Pues yo he estado entrenando—contestó Pascual—. Hay campos que tienen cubierta la zona de entrenamiento de swing y no te mojas. Aunque el viento era fuertísimo y de vez en cuando hacía entrar agua en donde estaba entrenando. ¡Ah!. Es maravilloso ser libre para hacer lo que quieras.


—Es cierto. Somos libres por primera vez en la vida—contestó Inés contenta, mientras el camarero servía los platos de los cuatro amigos y retiraba las fuentes vacías del aperitivo, lanzando una sonrisa irónica a Inés, por su comentario. Ésta captó el mensaje y le dijo:—tranquilo, que algún día llegarás a la jubilación—el camarero, sonriendo con cara de sarcasmo, se fue hacia la cocina.
—Yo, cada vez al despertarme pienso en esa libertad que tenemos. Y realmente no acabo de creérmelo—dijo Juan—. Se acabaron las sectas y el teatro que eso conlleva.

—¿Sectas?—preguntó Santiago con incredulidad.
—Si hubieras trabajado en una multinacional lo entenderías—contestó Pascual—. Pero, teniendo un bar, es difícil verlo. Yo trabajé en la Innombrable y recuerdo que la gente se comportaba como en una secta: reuniones para fomentar el amor a la empresa, asambleas de equipo fuera de las horas de trabajo, actividades los fines de semana para fomentar el «team building», es decir el buen rollete entre los integrantes de un departamento de la empresa… Trabajando en recursos humanos descubrí que nunca contrataban a gente que tuviera criterio propio, gente que cuestionara las cosas. Querían borregos.
—Desde luego que lo vi, en al bar—protestó Santiago—. Casualmente mi bar estaba al lado de la Innombrable y los empleados venían podía escuchar lo que decían. Muchas veces venían departamentos enteros a celebrar una boda, una jubilación, cualquier cosa.

—Eso me recuerda a los años mozos—dijo Juan—. En mi primer año en la universidad estuve viviendo en un colegio mayor del opus. Si querías seguir viviendo allí tenías que cumplir con las actividades de tal lugar: asistir a la tertulia que se hacía después de comer, presidida por el director del centro, que siempre la iniciaba con alguna oración; el rosario por la tarde a última hora; la misa de cada mañana a las siete, por cierto en latín y una vez al mes, algo que llamaban «vela», que consistía en hacer guardia toda la noche en la capilla en la que exponían una eucaristía. Se establecían turnos y te tocaba levantarte de madrugada para estar una hora dormitando en la capilla. Y no todo acababa aquí. También tenías que ir a ver al cura cuando él te llamaba ó aguantar las comidas de coco de algún estudiante a quién le habían asignado la salvación de tu alma y que, primero captaba tu amistad y luego intentaba convertirte.
—Eso si debía ser vida sana—dijo Pascual, riendo.
—Ojalá. Había además muchos detalles que acentuaban el mal rollo de vivir allí—repuso Juan—. Tener que sacarte de encima al idiota que pretendía salvar tu alma, los cortes de corriente que ocurrían «casualmente» cuando en la tele daban un programa de variedades, en que aparecían chicas ligeras de ropa, cerrar la residencia a las diez de la noche para que no te fueras de juerga…
—Vamos. Un paraíso—dijo Inés riendo.

—Pero no hay que ir tan lejos—apuntó Santiago—. En el bar teníamos muchas veces el televisor encendido y ver a los políticos en las ruedas de prensa rodeados por sus altos cargos también es una muestra del sectarismo. No sé si os habéis fijado en las caras de los que rodean al que está hablando. Todos ellos se dedican a asentir a todo lo que se está diciendo y de vez en cuando se ponen a aplaudir, cuando la parida que ha soltado su jefe es de campeonato.
—Es lógico. Les va el sueldo con ello. Si no están de acuerdo y cometen el error de decirlo, se quedan sin trabajo—dijo Inés—. Y eso es extrapolable al mundo de la empresa. Si no estás «alineado» con la empresa te quedas sin trabajo. Y eso significa tener que asistir a todas las reuniones de adoctrinamiento y a las actividades de los fines de semana. Y pobre de ti si te vas a tu hora.


—Moraleja: jubílate si quieres ser libre—concluyó Pascual—. Y mejor dejamos este tema tan sórdido y disfrutamos de la comida. Estamos en un golf, aunque no podamos jugar. Mejor hablamos de golf. ¿Os he dicho alguna vez que la dificultad de hacer un buen swing consiste en olvidarse del factor fuerza y limitarse a desgirar el cuerpo con suavidad?. Los palos hacen el resto.

—Creo que unas diez mil veces…