Conversaciones interactivas por confinamiento: el coronavirus

—¡Hola a todos!—saludó Santiago al monitor de su ordenador en el que se veían los rostros de Pascual e Inés—. Sospecho que falta alguien por aparecer.
—Ni aparecerá—indicó Inés—. Juan está en su casa como pez en el agua, disfrutando del hecho de no tener que ver a nadie. Al fin y al cabo es un sociópata y como mejor está es sin ver a nadie.
—Lástima. Me gusta escucharlo—dijo Pascual—. Siempre es agradable conocer sus opiniones. Tiene la cabeza muy ordenada y ha leído un montón.
—Bueno. Pues ahora debe estar disfrutando alguna ópera de Wagner y leyendo algún ensayo, si no está jugando a algún juego por ordenador—explicó Inés, algo triste al pensar que tardaría tiempo en volver a verle.
—Me cuesta pensar que tardaremos en poder volver a jugar a golf—dijo Santiago, cambiando de tema—. Perderemos lo mucho que hemos ganado hasta ahora.
—Eso no se olvida, Santiago—le contestó Pascual—. Es como montar en bici ó conducir un coche.


—Bueno. Me gustaría continuar con lo que hablamos la semana pasada, sobre el coronavirus—dijo Inés y añadió:—dijimos que quizás la gente empiece a mejorar su higiene.
—No lo creo—dijo Santiago—. Esta mañana, yendo a hacer la compra, parado en un semáforo, se me ha ocurrido mirar por el retrovisor y el tío del coche de detrás estaba hurgándose las narices con verdadero ahínco. La gente no cambia. Mucho ponerse mascarillas, pero siguen siendo unos guarros.
—Pero supongo habrá algo positivo en esta crisis—protestó Inés.
—Pues mira—contestó Pascual—. De momento ha servido para que no tengamos que tragarnos las sandeces de los políticos infectados. También para descubrir que la privatización de la sanidad es una mierda que ahora estamos pagando. Y también para que no veamos la televisión ya que sólo hablan de este tema.
—Será en tu caso. Hoy he leído en la prensa que el ochenta por ciento de la gente está viendo cinco horas de televisión diarias—dijo Inés.
—Pues mira que hay alternativas para no perder el tiempo de esta forma—repuso Santiago.
—Todas las que quieras. Pero este país es así y la gente no se plantea la posibilidad de aprovechar para hacer algo que requiera disciplina—dijo Inés—. ¿Qué hacéis vosotros estos días?.


—Yo he empezado un curso de solfeo y me están volviendo loco los tresillos y los puntillos—contestó Santiago—. Ahora que domino las notas y los silencios se me hace difícil llevar el ritmo con estas alteraciones. Pero bueno. El que la sigue, la consigue.
—Yo estoy visitando el montón de pinacotecas que permiten las visitas online—dijo Pascual.
—Y yo estoy leyendo cuatro libros a la vez—añadió Inés—. Más que nada porque leer el mismo libro todo el día, te acaba cansando y así alterno ensayos con novelas policíacas, humor y alguna biografía interesante—lanzó una sonrisa irónica—. También limpio la casa, con la ayuda de Beethoven.
—¿Tu perro?.
—No. Escucho música de Beethoven. Es fantástica.

—Todos limpiamos la casa—dijo Pascual—. Pero además cada día me dedico a una única habitación que dejo impecable, me lleve las horas que me lleve. Aunque, lo de escuchar música mientras lo hago, suena muy bien.
—Me gusta la idea de habitación a fondo cada día—exclamó Inés—. Creo que voy a hacer lo mismo.
—Menos mal que el rey ha hablado y su discurso ha sido muy bien recibido por el pueblo—dijo Pascual con un toque de ironía, sabiendo que Santiago se mosquearía.
—¿El rey?—contestó Santiago encendido—. A ese tío lo que hay que hacer es enviarlo en visita oficial a alguno de los países de sus amigos y cuando esté allí, retirarle el pasaporte para que no vuelva. Y luego enviarle al resto de su familia. Seguro que sus amigos los cuidan.
—¡Brindo por ello!—Inés levantó su vaso de cerveza y bebió un trago, a la vez que sus amigos lo hacían también.


—Dejando a un lado las historias medievales me gustaría decir que estoy sorprendido con los chinos—dijo Pascual—. Es curioso como en poco tiempo, se han hecho con el respeto de los demás países. Lo que nunca han conseguido los Estados Unidos, a pesar de haber «llevado la democracia» al resto del mundo.
—Estoy de acuerdo contigo—afirmó Inés—. En esta crisis están demostrando verdadera solidaridad hacia el resto del mundo. Sus ayudas no paran de llegar.
—Ah. La eterna lucha del compañero abusón y el que es bueno y solidario—dijo Santiago—. Siempre acaba ganando el segundo. Por lo menos en el cole era así.
—En Estados Unidos, deberían poner la serie «El ala oeste de La Casa Blanca» en los colegios—apuntó Pascual—.Quizás así cambiarían de actitud y serían menos arrogantes.
—Incluso cerrarían Guantánamo—dijo Inés riendo—. Y dejarían de proteger a las farmacéuticas que bloquean los adelantos médicos que benefician al mundo.
—Hasta puede que retiraran las acusaciones a Snowden y Assange.
—Y tal vez cerraran la CIA.
—O eliminaran la venta de armas…
—O condenarían a los policías que asesinan a la gente de color.
—Incluso dejarían de apoyar al gobierno genocida de Israel.
—Eso, eso, seguir soñando—dijo Pascual riendo—. Eso no lo veremos nunca.

Conversaciones en el hoyo 19: sectas

—Toda una semana esperando para jugar al golf y seguimos con las ganas—dijo Santiago irritado. La lluvia, que había caído a mares les había impedido jugar. Al final quedaron en comer juntos en el restaurante de un campo de golf, aunque sin jugar. Fuera del local llovía a cántaros. Acababan de encargar la comida y mientras esperaban el primer plato, estaban dando cuenta del aperitivo.
—Pues yo he estado entrenando—contestó Pascual—. Hay campos que tienen cubierta la zona de entrenamiento de swing y no te mojas. Aunque el viento era fuertísimo y de vez en cuando hacía entrar agua en donde estaba entrenando. ¡Ah!. Es maravilloso ser libre para hacer lo que quieras.


—Es cierto. Somos libres por primera vez en la vida—contestó Inés contenta, mientras el camarero servía los platos de los cuatro amigos y retiraba las fuentes vacías del aperitivo, lanzando una sonrisa irónica a Inés, por su comentario. Ésta captó el mensaje y le dijo:—tranquilo, que algún día llegarás a la jubilación—el camarero, sonriendo con cara de sarcasmo, se fue hacia la cocina.
—Yo, cada vez al despertarme pienso en esa libertad que tenemos. Y realmente no acabo de creérmelo—dijo Juan—. Se acabaron las sectas y el teatro que eso conlleva.

—¿Sectas?—preguntó Santiago con incredulidad.
—Si hubieras trabajado en una multinacional lo entenderías—contestó Pascual—. Pero, teniendo un bar, es difícil verlo. Yo trabajé en la Innombrable y recuerdo que la gente se comportaba como en una secta: reuniones para fomentar el amor a la empresa, asambleas de equipo fuera de las horas de trabajo, actividades los fines de semana para fomentar el «team building», es decir el buen rollete entre los integrantes de un departamento de la empresa… Trabajando en recursos humanos descubrí que nunca contrataban a gente que tuviera criterio propio, gente que cuestionara las cosas. Querían borregos.
—Desde luego que lo vi, en al bar—protestó Santiago—. Casualmente mi bar estaba al lado de la Innombrable y los empleados venían podía escuchar lo que decían. Muchas veces venían departamentos enteros a celebrar una boda, una jubilación, cualquier cosa.

—Eso me recuerda a los años mozos—dijo Juan—. En mi primer año en la universidad estuve viviendo en un colegio mayor del opus. Si querías seguir viviendo allí tenías que cumplir con las actividades de tal lugar: asistir a la tertulia que se hacía después de comer, presidida por el director del centro, que siempre la iniciaba con alguna oración; el rosario por la tarde a última hora; la misa de cada mañana a las siete, por cierto en latín y una vez al mes, algo que llamaban «vela», que consistía en hacer guardia toda la noche en la capilla en la que exponían una eucaristía. Se establecían turnos y te tocaba levantarte de madrugada para estar una hora dormitando en la capilla. Y no todo acababa aquí. También tenías que ir a ver al cura cuando él te llamaba ó aguantar las comidas de coco de algún estudiante a quién le habían asignado la salvación de tu alma y que, primero captaba tu amistad y luego intentaba convertirte.
—Eso si debía ser vida sana—dijo Pascual, riendo.
—Ojalá. Había además muchos detalles que acentuaban el mal rollo de vivir allí—repuso Juan—. Tener que sacarte de encima al idiota que pretendía salvar tu alma, los cortes de corriente que ocurrían «casualmente» cuando en la tele daban un programa de variedades, en que aparecían chicas ligeras de ropa, cerrar la residencia a las diez de la noche para que no te fueras de juerga…
—Vamos. Un paraíso—dijo Inés riendo.

—Pero no hay que ir tan lejos—apuntó Santiago—. En el bar teníamos muchas veces el televisor encendido y ver a los políticos en las ruedas de prensa rodeados por sus altos cargos también es una muestra del sectarismo. No sé si os habéis fijado en las caras de los que rodean al que está hablando. Todos ellos se dedican a asentir a todo lo que se está diciendo y de vez en cuando se ponen a aplaudir, cuando la parida que ha soltado su jefe es de campeonato.
—Es lógico. Les va el sueldo con ello. Si no están de acuerdo y cometen el error de decirlo, se quedan sin trabajo—dijo Inés—. Y eso es extrapolable al mundo de la empresa. Si no estás «alineado» con la empresa te quedas sin trabajo. Y eso significa tener que asistir a todas las reuniones de adoctrinamiento y a las actividades de los fines de semana. Y pobre de ti si te vas a tu hora.


—Moraleja: jubílate si quieres ser libre—concluyó Pascual—. Y mejor dejamos este tema tan sórdido y disfrutamos de la comida. Estamos en un golf, aunque no podamos jugar. Mejor hablamos de golf. ¿Os he dicho alguna vez que la dificultad de hacer un buen swing consiste en olvidarse del factor fuerza y limitarse a desgirar el cuerpo con suavidad?. Los palos hacen el resto.

—Creo que unas diez mil veces…

Conversaciones en el hoyo 19: política ¡¡no!!

—Empieza a hacer frío—dijo Santiago—.Vamos a tener que sacar los polos de manga larga.
—Y que lo digas—Inés estaba congelada, a pesar de haber llegado al bar muy acalorada.
—¿A qué te dedicas ahora, Juan?—preguntó Pascual—. Llevas tres semanas sin jugar con nosotros.
—No sé si decirlo—contestó—. En ciertos ámbitos podrían pensar que estoy delinquiendo—todos los demás dejaron de picar el aperitivo y se concentraron en él—. Esta bien. Os lo diré. Estoy recopilando fotos de agitadores en las manifestaciones de estos días.

—¿Participas en ellas?—inquirió Santiago.
—No. Pero me envían las fotos de todos los agitadores que montan pollos con la policía. Esos que hacen que una manifestación pacífica deje de serlo.
—Pero esa gente irá con la cara cubierta—apuntó Pascual.
—Es verdad. Pero entre los manifestantes hay pequeñas células de gente que se dedican a seguir a esos exaltados—Juan picó unas patatas, se las comió y dijo riendo—: me estáis haciendo hablar para acabaros el aperitivo. En fin. Esta célula de manifestantes llevan buenos equipos fotográficos y tarde o temprano pillan a los exaltados en algún bar, ó en alguna lechera -si son de la policía- con la cara descubierta, ya que es incómodo andar horas con un pasamontañas puesto.
—Y ¿tú que pintas en todo esto?—dijo Pascual, acercándole el plato de berberechos—. No vas a las manifestaciones, no perteneces a la célula de seguimiento de los exaltados…
Juan picó un par de berberechos y siguió explicando:
—Yo aporto la parte informática. Al fin y al cabo fue idea mía. No sé si sabéis que la aplicación «fotos» de Apple tiene reconocimiento de caras. Le plantas unas cuantas fotos y es capaz de encontrar los rostros de cada foto e incluso compararlas con otras fotos para decirte si son las mismas caras las que aparecen en ellas.

—Uf. No sigas—dijo Santiago—ve comiendo mientras intento adivinar el resto. Estáis haciendo una especie de base de datos de todos los exaltados. Un especie de historial para saber cuándo y dónde van montando los pollos. Y si los fotógrafos descubren que van a una lechera ó que charlan con policías, está claro que son policías también.
—De momento, de los casi cincuenta que han ido siguiendo, el noventa por ciento son policías.
—¡Pandilla de cabrones!—dijo Inés—. Al estado no les gustan las manifestaciones pacíficas. Por eso son ellos mismos los que montan los saraos… Y los que nos explican que el cloruro sódico puede servir para hacer una bomba y así tildarnos de terroristas.
—No en todos los casos—dijo Juan—. También entre los manifestantes hay mucha cabeza loca.
—Y ¿qué haréis con las fotos?. ¿Las vais a publicar en la prensa?—preguntó Santiago.
—Nunca nos lo publicarían. Dirán que por la privacidad, claro. Pero en realidad porqué la prensa sólo publicaría noticias en contra del independentismo. Nunca a favor. Todos sabemos lo «independiente» que es.
Bebió un largo trago de su cerveza. Dejó que el líquido se esparciera por su boca y lo tragó, cerrando los ojos. Era evidente que lo estaba disfrutando.

—En fin. No sé que harán con las fotos y esos historiales—dijo—. Lo que tengo muy claro es que el movimiento independentista no prosperará nunca. Las revoluciones nunca han funcionado.
—¿Y la revolución francesa?—preguntó Pascual.
—Tampoco funcionó. Tienen la misma mierda de democracia que nosotros, aunque tuvieron, eso sí, la satisfacción de cortarle la cabeza a un Borbón.
—Entonces, ¿tú que harías?—preguntó Inés.
—Buscad un pueblecito. Buscad gente en ese pueblecito con ganas de echar a todos los políticos profesionales. Y presentaros a las elecciones municipales. Si ganáis, crear una web en la que todos los vecinos puedan decidir lo que quieren para su pueblo y permitir que luego se pueda votar las distintas propuestas de los vecinos. El único trabajo del alcalde sería seleccionar a los profesionales que llevarían a cabo las propuestas. Quizás aparezcan propuestas para independizarse de la grandes compañías, como podría ser utilizar paneles solares en terrenos municipales, encauzar un mercado de productos de la zona, en resumen, conseguir un pueblo autosuficiente. Eso, para mi, sería democracia. Si este pueblo triunfa, pronto empezarían a hacer lo mismo otros pueblos y poco a poco irían desapareciendo los políticos de profesión, esos cuervos inútiles y esa dependencia que tenemos de las grandes empresas.
—Muy utópico, me parece—afirmó Santiago.
—Es verdad—contestó Juan—. Pero si lo consigues en tu pueblo, ¿qué más te da lo que ocurra en otros lados?. Tú si podrías sentir que vives en una democracia. Pequeñita, pero democracia al fin y al cabo.
—Me gusta la idea—dijo Pascual—. Sin violencia y de forma gradual.
—Pues vámonos, que ya se hace de noche, aunque sean las cinco—dijo Inés.
Se levantaron y, tras pagar en la barra se despidieron.