Conversaciones interactivas por confinamiento: libros

—Acabo de terminar el libro «Inferno», de Dan Brown. Me ha gustado—dijo Inés—.Engancha su lectura y me gusta como el autor resuelve el problema de la superpoblación mundial.
—Muy diferente de la versión de la película—apuntó Pascual—. En el libro el protagonista, Langdon, no puede evitar que se extienda una plaga biológica por el planeta, que lo que hace es modificar el ADN de un tercio de la población, causándoles la esterilidad. En la película, el virus pretende exterminar a la mitad de la humanidad y Langdon consigue evitar que la bomba que ha de liberar el virus, explote.
—Vamos. Que se han cargado la parte interesante del libro—comentó Santiago.
—Exacto—contestó Inés—. Me gustaría saber quien fue el «inspirado» guionista que cambió por completo la historia del libro. Quizás un puritano norteamericano…
—Yo diría que puritano y norteamericano significan lo mismo. La mayoría de la gente de ese país es puritana—dijo Santiago.

—Lo cual convirtió a la película en una especie de James Bond en la que hay un malo malísimo que ha robado unas bombas nucleares y amenaza con hacerlas explotar si no se atienden sus exigencias—rio Juan—. Hay un montón de esos malos malosos en las películas de James Bond. Parece ser que el guionista no se salió del guión.
—Bueno. Pero «Inferno» es mas del rollo «Indiana Jones»—dijo Pascual—. Secretos escondidos en obras de arte y menos persecuciones.
—Vamos. Mejor quedarse con el libro y olvidar la película—resumió Pascual.

—Yo estoy leyendo G.K.Chesterton—comentó Juan—. Concretamente los libros del padre Brown.
—¿Tema religioso?—preguntó Santiago.
—No. El padre Brown es un sacerdote que resuelve crímenes—explicó Juan—. Y precisamente hay uno de sus casos que me ha hecho pensar en el coronavirus y sus efectos.
—Venga, explícate—apremió Inés, que ya estaba picada por la curiosidad—. ¿Cómo un escritor de principios del siglo veinte puede estar relacionado con el coronavirus?.
—El caso se llama «la muestra de la espada rota». El padre Brown investiga a un general que murió como un héroe tras ser derrotado en una batalla en la que perdió a más de la mitad de sus hombres. Por su patriotismo, tenía en Inglaterra varias estatuas. ¿Dónde esconderá una hoja el sabio?.
—¿Pregunta retórica?—preguntó Pascual.
—El sabio escondería una hoja en el bosque—aclaró Juan—. Resumiendo: el padre Brown descubre, aunque no puede demostrarlo, que el general Saint Clare, que es así como se llamaba, había asesinado a un oficial, con quien paseaba cerca del río, muy cerca del enemigo. ¿Dónde esconderá un cadáver un sabio?.
—¿Bajo tierra?.
—¿Lo tiró al río?.
—Lo escondería entre otros cadáveres—repuso Juan—. Lo que hizo el general fue volver al regimiento y organizar un ataque inmediato contra el enemigo, en el río. Los soldados lucharon con valentía pero sus pies se hundían en el barro y apenas podían moverse. Fueron masacrados por el enemigo y los escasos supervivientes, hechos prisioneros, por cierto, el general entre ellos.

—¿Y qué tiene que ver con el coronavirus?—preguntó Santiago.
—¡Espera!—saltó Inés—. Creo que ya lo pillo. La pandemia ha cambiado muchos de los protocolos médicos. Se han reducido las autopsias, los exámenes médicos, muchas veces, se hacen por teléfono. Ahora envenenas a alguien y cuando descubren el cadáver lo achacan al virus. No hay autopsia y el muerto es enterrado ó incinerado. Y el asesino nunca será descubierto. Incluso puedes ahorrarte el veneno, pillando alguna mascarilla de algún infectado y haciéndosela poner a tu víctima. O ese tío que sabe que tiene el virus y que va a la residencia a visitar a su padre ó abuelo para contagiarlo. Sabe que el viejo estará muerto en una semana y posiblemente, treinta ancianos mas, pero eso ya serían daños colaterales y no le importaría. Por no hablar de los gobiernos, que seguro aprovechan la pandemia para exterminar a los grupos sociales que no comulgan con sus ideas e incluso inmigrantes, presos políticos, etc. Y estoy segura de que si le damos más vueltas encontraríamos muchas otras maneras de matar a alguien aprovechando el desorden general.
—Ahí quería llegar yo—dijo Juan—. Tras la lectura del caso del padre Brown, pensé lo mismo que Inés. ¿Cuántos asesinatos se habrán cometido en el mundo, aprovechando la pandemia?. Y todos quedarán impunes.

—Por cierto. Si el general Saint Clare fue hecho prisionero, ¿de qué murió?—preguntó Pascual.
—La historia cuenta que fue el mando enemigo quién lo hizo colgar. Lo que descubrió el padre Brown es que mientras estaban prisioneros, uno de los oficiales-por cierto el oficial que estaba comprometido en matrimonio con la hija del general- descubrió la salvajada que había hecho Saint Clare para esconder el cadáver. Indignado, lo habló son sus compañeros y cuando fueron liberados, ahorcaron a su general. Luego decidieron ocultar el ahorcamiento, achacándoselo al jefe enemigo, para salvaguardar el honor de la hija de Saint Clare.
—¡Alucinante!. Menuda historia.
—Quizás sea más alucinante lo de aquí y ahora.
—Aunque nunca lo sabremos.

Conversaciones interactivas por confinamiento: putos virus

—Hola a todos—saludó Pascual—.¡Hombre Juan!. ¡Tú por aquí!.
—Hola, hola—contestó—. La verdad es que os echaba de menos.
—¡Hola guapo!—Inés estaba encantada—. ¿Cómo llevas el confinamiento?.
—De maravilla, salvo en una cosa—Juan levantó su taza de café para que todos la vieran—. El café que estoy tomando es una mierda. Es el típico de empresa grande, empresa que compra el café en la bolsa de cafés, por la cual pagan al agricultor menos de lo que le cuesta el cultivo y la recolección. No estoy acostumbrado a tomar esas porquerías. Estaba acostumbrado al café que tuestan en el bar al lado de casa y que, por razones obvias, ya no puedo comprar.
—Debo aclarar que Juan tiene una cafetera fantástica que hace un café delicioso—explicó Inés—. Además muele el café antes de hacerlo, que es la forma de que el café no pierda propiedades.
—Estoy totalmente de acuerdo—dijo Santiago—. Y eso que en el bar comprábamos café industrial. La empresa que lo vendía, nos enviaba a un experto cada mes para ajustar la cafetera y el grosor de la molienda.

—Y ¿cómo es que has aparecido por aquí, Juan?—preguntó Pascual—. Nos consta a todos que como mejor estás es contigo mismo.
—Anda que eres directo, Pascual—dijo Inés, riendo.
—La respuesta corta ya os la he dado—explicó Juan—. La larga es esta: a raíz de mi jubilación descubrí que las relaciones con los demás son ahora mucho más sencillas, ya que en el mundo de la empresa existían condicionamientos que ahora no tengo. Trabajar en un departamento de cualquier empresa es como una caja de sorpresas. Ese compañero que te cae bien y que cuando menos lo esperas te traiciona, o el típico pelota, el arribista, el jefe inútil, la compañera que se cree una top model… En la empresa hay ambiciones, envidias, celos, mentira, teatro, lucha, abuso y un largo sinfín de todo aquello que tiene el hombre reprimido en un rincón de su ser y que aflora en el trabajo.
—Estoy muy de acuerdo con tu explicación—repuso Pascual—. En mi profesión como psicólogo de empresa vi actitudes realmente patológicas y hace muchos años que me estoy planteando escribir un libro para intentar explicar qué es lo que tiene la empresa para sacar lo peor de sus empleados.

—Lo bueno de la jubilación es, precisamente, que tu relación con los demás ya no está viciada—dijo Juan—. El condicionamiento ha desaparecido y puedes tratar a los demás de igual a igual, sin tensiones de ningún tipo.
—Espero que no te encuentres a Aznar en Marbella—rio Santiago—. Se cargaría tu teoría del «igual a igual» si intentaras hablar con él.
—Ese es un caso patológico. Es el narcisismo elevado al máximo nivel—explicó Pascual—. Como en su día lo fue Hitler. Afortunadamente para nosotros, Aznar no llevó al país a los extremos a los que llegó Hitler.
—Bueno. A mi lo que me jode es que ese tiparraco esté jugando al golf cuando a nosotros no nos dejan hacerlo—dijo Santiago, irritado—. Si yo fuera policía le pondría una señora multa cada vez que saliera de casa, aparte de multar al campo de golf por dejarlo jugar.
—El país es así—dijo Inés—. Mucho hablar de igualdad y a la hora de la verdad, de eso nada. Siempre ha sido así. Parece ser que el coronavirus nos va abriendo los ojos.

—Yo tengo una teoría ó quizás sería mejor decir una sospecha, respecto al coronavirus—dijo Juan—. Pienso que nuestro planeta ha llegado al límite de su paciencia. Que una única especie de animales esté cargándose la naturaleza a marchas forzadas es una buena razón para defenderse. Y eso que se nos avisó, a base de temperaturas altas, deshielo en los polos (por cierto, ya hay países que se están planteando abrir allí nuevas rutas comerciales, cuando no haya hielo), tormentas devastadoras… Al final, si yo fuera este planeta, acabaría expandiendo un virus que diezmara a esos cabrones que se creen dueños de todo.
—Totalmente de acuerdo con tu teoría—dijo Santiago—. No creo que sea así aunque me gustaría.
—A mi también—dijo Inés.
—Bueno, chicos. He de dejaros. Toca balcón.
—¿Cómo?. ¿Vas a salir a aplaudir al personal sanitario?—preguntó Pascual.
—No—dijo Juan, riendo—. Desde hace días salgo al balcón a animar a mis vecinos con música. He instalado allí un teclado y un amplificador. Cada tarde, a las ocho, salgo a tocar alguna pieza. Y cuando salgo, ya están todos los vecinos en los balcones esperándome, a pesar del frío.
—¡Que gran idea!—alabó Santiago.
—Gracias. Ya veis que soy un sociópata bueno. Un sociópata «integrado».

Conversaciones interactivas por confinamiento: el coronavirus

—¡Hola a todos!—saludó Santiago al monitor de su ordenador en el que se veían los rostros de Pascual e Inés—. Sospecho que falta alguien por aparecer.
—Ni aparecerá—indicó Inés—. Juan está en su casa como pez en el agua, disfrutando del hecho de no tener que ver a nadie. Al fin y al cabo es un sociópata y como mejor está es sin ver a nadie.
—Lástima. Me gusta escucharlo—dijo Pascual—. Siempre es agradable conocer sus opiniones. Tiene la cabeza muy ordenada y ha leído un montón.
—Bueno. Pues ahora debe estar disfrutando alguna ópera de Wagner y leyendo algún ensayo, si no está jugando a algún juego por ordenador—explicó Inés, algo triste al pensar que tardaría tiempo en volver a verle.
—Me cuesta pensar que tardaremos en poder volver a jugar a golf—dijo Santiago, cambiando de tema—. Perderemos lo mucho que hemos ganado hasta ahora.
—Eso no se olvida, Santiago—le contestó Pascual—. Es como montar en bici ó conducir un coche.


—Bueno. Me gustaría continuar con lo que hablamos la semana pasada, sobre el coronavirus—dijo Inés y añadió:—dijimos que quizás la gente empiece a mejorar su higiene.
—No lo creo—dijo Santiago—. Esta mañana, yendo a hacer la compra, parado en un semáforo, se me ha ocurrido mirar por el retrovisor y el tío del coche de detrás estaba hurgándose las narices con verdadero ahínco. La gente no cambia. Mucho ponerse mascarillas, pero siguen siendo unos guarros.
—Pero supongo habrá algo positivo en esta crisis—protestó Inés.
—Pues mira—contestó Pascual—. De momento ha servido para que no tengamos que tragarnos las sandeces de los políticos infectados. También para descubrir que la privatización de la sanidad es una mierda que ahora estamos pagando. Y también para que no veamos la televisión ya que sólo hablan de este tema.
—Será en tu caso. Hoy he leído en la prensa que el ochenta por ciento de la gente está viendo cinco horas de televisión diarias—dijo Inés.
—Pues mira que hay alternativas para no perder el tiempo de esta forma—repuso Santiago.
—Todas las que quieras. Pero este país es así y la gente no se plantea la posibilidad de aprovechar para hacer algo que requiera disciplina—dijo Inés—. ¿Qué hacéis vosotros estos días?.


—Yo he empezado un curso de solfeo y me están volviendo loco los tresillos y los puntillos—contestó Santiago—. Ahora que domino las notas y los silencios se me hace difícil llevar el ritmo con estas alteraciones. Pero bueno. El que la sigue, la consigue.
—Yo estoy visitando el montón de pinacotecas que permiten las visitas online—dijo Pascual.
—Y yo estoy leyendo cuatro libros a la vez—añadió Inés—. Más que nada porque leer el mismo libro todo el día, te acaba cansando y así alterno ensayos con novelas policíacas, humor y alguna biografía interesante—lanzó una sonrisa irónica—. También limpio la casa, con la ayuda de Beethoven.
—¿Tu perro?.
—No. Escucho música de Beethoven. Es fantástica.

—Todos limpiamos la casa—dijo Pascual—. Pero además cada día me dedico a una única habitación que dejo impecable, me lleve las horas que me lleve. Aunque, lo de escuchar música mientras lo hago, suena muy bien.
—Me gusta la idea de habitación a fondo cada día—exclamó Inés—. Creo que voy a hacer lo mismo.
—Menos mal que el rey ha hablado y su discurso ha sido muy bien recibido por el pueblo—dijo Pascual con un toque de ironía, sabiendo que Santiago se mosquearía.
—¿El rey?—contestó Santiago encendido—. A ese tío lo que hay que hacer es enviarlo en visita oficial a alguno de los países de sus amigos y cuando esté allí, retirarle el pasaporte para que no vuelva. Y luego enviarle al resto de su familia. Seguro que sus amigos los cuidan.
—¡Brindo por ello!—Inés levantó su vaso de cerveza y bebió un trago, a la vez que sus amigos lo hacían también.


—Dejando a un lado las historias medievales me gustaría decir que estoy sorprendido con los chinos—dijo Pascual—. Es curioso como en poco tiempo, se han hecho con el respeto de los demás países. Lo que nunca han conseguido los Estados Unidos, a pesar de haber «llevado la democracia» al resto del mundo.
—Estoy de acuerdo contigo—afirmó Inés—. En esta crisis están demostrando verdadera solidaridad hacia el resto del mundo. Sus ayudas no paran de llegar.
—Ah. La eterna lucha del compañero abusón y el que es bueno y solidario—dijo Santiago—. Siempre acaba ganando el segundo. Por lo menos en el cole era así.
—En Estados Unidos, deberían poner la serie «El ala oeste de La Casa Blanca» en los colegios—apuntó Pascual—.Quizás así cambiarían de actitud y serían menos arrogantes.
—Incluso cerrarían Guantánamo—dijo Inés riendo—. Y dejarían de proteger a las farmacéuticas que bloquean los adelantos médicos que benefician al mundo.
—Hasta puede que retiraran las acusaciones a Snowden y Assange.
—Y tal vez cerraran la CIA.
—O eliminaran la venta de armas…
—O condenarían a los policías que asesinan a la gente de color.
—Incluso dejarían de apoyar al gobierno genocida de Israel.
—Eso, eso, seguir soñando—dijo Pascual riendo—. Eso no lo veremos nunca.