A veces me pregunto pa qué me pregunto tanto…

«No perdiste a nadie, el que murió, simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos.» Facundo Cabral

Acabo de enterarme de la muerte violenta de Facundo Cabral, el hombre que nos enseñó a vivir.
Rescato este artículo que escribí en 2007.
Descanse en Paz.

Debido a no haber sido capaz de transmitir en palabras lo que ahora siento, creo que las palabras de Josep Pamies se acercan bastante a mis sentimientos.
Pasaros por su página. Vale la pena.

Tendría diecisiete años; estudiaba en Pamplona. Dado el número de asignaturas que estaba estudiando en aquella época, no tenía demasiado tiempo para dedicarlo al esparcimiento, pero ocasionalmente, hacía alguna escapada al cine, al teatro ó iba de parranda con los amigos.

No recuerdo quien me convenció pero en una ocasión alguien me recomendó una actuación que daban en el teatro Gayarre. Se trataba de un cantautor. No tenía demasiada idea acerca de si me iba a gustar, pero el caso es que acabé yendo a aquel recital.
Durante dos horas aproximadamente, un hombre barbudo se sentó en una silla en el centro del escenario y con únicamente, la ayuda de una guitarra, nos deleitó con sus canciones. Entre canción y canción recitaba una poesía, contaba alguna historia ó nos hacía reir con su ingenio. Era argentino, por cierto.

Me sorprendió, en aquella época en que la libertad brillaba por su ausencia – Franco aún vivía -, que alguien pudiera hacer los comentarios sociales y políticos que hizo aquel hombre en un lugar público. Recuerdo que su actuación se llamaba “No soy de aquí ni soy de allá” y el nombre de aquel cantor era Facundo Cabral. Salí del teatro encantado por aquella actuación intimista y por pensar que, durante un rato, alguien me había hecho pensar.

Pasaron los años y casi treinta y cinco años después, mi amiga Chari me mencionó el nombre de aquel cantautor. Al oirlo recordé aquella vivencia de mi juventud y pensé que nunca, desde entonces había vuelto a oir hablar de Facundo Cabral. Empecé a indagar acerca de él…

Descubrí frases suyas:

Cada mañana es una buena noticia, cada niño que nace es una buena noticia, cada hombre justo es una buena noticia, cada cantor es una buena noticia, porque cada cantor, es un soldado menos…

Cuando me marché de mi casa, niño aún, tenía siete años, mi madre me acompañó a la estación, y cuando subí al tren me dijo: Este es el segundo y último regalo que puedo hacerte, el primero fue darte la vida y, el segundo, la libertad para vivirla.

La maestra de mi pueblo se llamaba Dorotea. Era muy respetada por todos. ¡Por eso se marchó del pueblo, para ver si tenía más suerte!.

La sociedad humana esta tan mal por las fechorías de los malos, como por el silencio cómplice de los buenos.

Lo que llamamos problemas son lecciones, por eso nada de lo que nos sucede es en vano.

Nacemos para encontrarnos (la vida es el arte del encuentro), encontrarnos para confirmar que la humanidad es una sola familia y que habitamos un país llamado Tierra. Somos hijos del amor, por lo tanto nacemos para la felicidad (fuera de la felicidad son todo pretextos), y debemos ser felices también por nuestros hijos, porque no hay nada mejor que recordar padres felices.

Escapa de los que compran lo que no necesitan, con dinero que no tienen, para agradar a gente que no vale la pena.

Un par de anécdotas:

Hace algunos años, cuando le diagnosticaron algunos pocos meses de vida, nadie se atrevió a pensar que llegaría a los 70. Y llegó.

Estaba en un escenario de Nueva York. Acababa de iniciar su actuación cuando alguien entró en el escenario y le dijo unas palabras al oído. Luego él se dirigió al público:


– Me acaban de comunicar que ha habido un accidente de avión y han muerto mi esposa e hija que se dirigían acá. Como ustedes acaban de pagar la entrada y han venido a verme, únicamente les pido un minuto de silencio. Luego continuaré con el show. El show debe continuar.


Tras el minuto de silencio, continuó con su actuación.

Vidas como la suya son un verdadero ejemplo a aplicar en nuestra vida.

 

Howard Roark, el arquitecto

Hay discursos que siguen vigentes, mucho después de cuando se formularon.
No hace mucho me recomendaron la obra de Ayn Rand (1905-1982).

«Los que vivimos» es un libro que narra la vida de una mujer independiente, en la Rusia totalitaria de los primeros años del comunismo.

Este libro fue «pirateado» por la Italia fascista de Mussolini, haciéndose dos películas basadas en el libro. Esas películas fueron todo un éxito en Italia y sirvieron de propaganda anticomunista.
Incluso se proyectaron en España, en época de Franco, con el mismo objetivo propagandístico que en Italia.
Fueron precisamente los alemanes de la Alemania nazi quienes descubrieron el verdadero alcance del mensaje de Ayn Rand, cuando recibieron de los italianos las dos películas basadas en el libro y las visionaron.
Inmediatamente recomendaron a los italianos su retirada de los cines.

El mensaje del libro no es únicamente anticomunista. También es anti-totalitario.
De ahí que los alemanes se enfurecieran al ver las películas.

«El manantial» narra la historia de un arquitecto con ideas propias. Su lucha por salir adelante manteniendo sus principios, en un mundo – el nuestro – en el que la innovación y la integridad no son aceptados por la sociedad.

King Vidor hizo una película sobre el libro, de la que he extraído el fragmento del discurso de Howard Roark, el arquitecto (Gary Cooper), al jurado que le juzga por dinamitar un edificio diseñado por él, pero cuyos planos fueron modificados por el ayuntamiento, sin su consentimiento.
Vale la pena leer el libro, por cierto.

Carta a Sara (final)

Llegados a este punto, estarás de acuerdo conmigo Sara, que tenemos dos tipos de acuerdos fundamentales:
Los acuerdos con la sociedad, con tus padres, amigos, pareja, hijos…
Los acuerdos que tienes contigo mismo, que vienen a ser tu personalidad. Estos acuerdos te dicen quién eres, lo que crees, qué sientes, como has de comportarte, lo que consideras real y lo que no, lo que puedo hacer y lo que no.

Muchos de esos acuerdos nos hacen sufrir, nos hacen fracasar en la vida, nos provocan miedos y nos desgastan, reducen nuestra energía.
De la misma manera, hay acuerdos, los que provienen del amor, que no nos hacen perder energía e incluso nos la aumentan.
Cuando no estamos satisfechos con nosotros mismos, y no nos gusta cómo llevamos nuestra vida, necesitamos cambiar acuerdos. Sin embargo es muy difícil hacerlo, ya que hemos dedicado nuestra vida, primero a crear los acuerdos y luego a mantenerlos.

El autor propone cuatro acuerdos, una ayuda que nos facilitará romper aquellos acuerdos que surgen del miedo y consumen nuestra energía.

1.- Se impecable con las palabras.

Las palabras no se reducen a sonidos o símbolos. Son una fuerza. Son el poder que tienes para expresar y comunicar, para pensar y lo mas importante, para crear los acontecimientos de tu vida. Pueden crear el sueño mas bello o destruir lo que te rodea. La palabra difunde ideas, opiniones, conceptos. Es una semilla que crece. Los seres humanos estamos continuamente plantándonos semillas unos a otros, dada la fertilidad del cerebro humano. No es difícil plantar en alguien la semilla del miedo o la duda y, es posible que la semilla germine con rapidez. Y, al germinar puede cambiar nuestras creencias, para bien o para mal.
Ser impecable con las palabras es no utilizarlas contra uno mismo. Si insulto a una persona, estoy utilizando mis palabras en hacerme daño a mi mismo, ya que mis palabras generarán el odio de esta persona hacia mi.
La acción provoca una reacción semejante. Si mis palabras son de odio, generarán odio, si son de amor, generarán amor, si son de gratitud, generarán gratitud.
Hay que eliminar totalmente los chismes de nuestra mente. Desde que éramos niños escuchábamos a nuestros mayores chismorrear sin parar acerca de otras personas. Incluso de aquellas personas que no conocían.
Y nosotros aprendimos que era la forma normal de comunicarse.
Viene a ser algo así como un virus de ordenador. Una mínima información errónea puede estropear la comunicación entre personas e infectar a aquellos a quienes toca, que a su vez contagian a mas gente.
Igualmente tenemos que ejercer este acuerdo también con las palabras que utilizamos con nosotros mismos, en nuestro diálogo interno. Siendo así, seremos inmunes a las palabras envenenadas que te lance alguien.

2 .- No te tomes nada personalmente.

Podríamos decir que es hijo del primer acuerdo. Durante nuestra infancia aprendimos a tomarnos todo como algo personal. Sin embargo, lo que nos dicen, no tiene que ver con uno mismo. Cada uno de nosotros sufrió su propia domesticación y las palabras que nos dicen los demás responden a los acuerdos que han establecido ellos con su propia mente. No te lo tomes como algo personal, ya que lo que te dicen, responde a sus propios sentimientos, opiniones y creencias.
Cuando alguien intenta enviarte su veneno, si te lo tomas personalmente, te lo tragas sin rechistar y lo conviertes en tu propia basura.
Cumpliendo este acuerdo, verás como tu rabia, tus celos y tu envidia irán desapareciendo. No necesitarás depositar tu confianza en lo que hagan o digan los demás.

3.- No hagas suposiciones.

Debido a, muchas veces, no preguntar, caemos en el mundo de las suposiciones. En muchos casos podríamos llamarlo expectativas.
Hacemos suposiciones acerca de lo que los otros hacen o piensan – nos lo tomamos personalmente -, y después, los culpamos y reaccionamos enviando veneno emocional con las palabras.
Suponemos que el resto del mundo ve las cosas como nosotros y tendemos a suponer que los demás se comportarán como suponemos haríamos nosotros mismos.
Un ejemplo claro podría ser decidir casarte con tu pareja, porqué supones que ve el matrimonio de la misma manera que tú. Despues, al vivir juntos, descubres que no es así.
Con una comunicación clara las relaciones cambian y no se cae en la suposición. Esto es lo que yo quiero, esto es lo que tu quieres.

4.- Haz siempre tu máximo esfuerzo.

Es la forma de vivir con intensidad. Hacer tu máximo esfuerzo significa actuar porqué amas hacerlo y no esperas una recompensa. Se trata de la acción por el puro placer de hacerlo. Viviendo así no importan los resultados, porqué te has entregado al hacerlo. Así no le das a tu juez interior la oportunidad de reproche alguno. También te ayudas a aceptarte a ti mismo, aunque aprendiendo de tus errores.
La inacción es nuestra forma de negar la vida.
Mediante la acción convertimos en importantes todos y cada uno de los actos de nuestra vida.
Una manera de vivirlo sería considerar todos nuestros actos como si fueran el último de nuestra vida. A esto lo llamaba Carlos Castaneda, “tener la muerte como consejera”, que además evita caer en algo en lo que caemos con frecuencia: los aplazamientos.
Es decir, dejar de hacer algo, pensando que ya tendremos tiempo de hacerlo.

Acabo, Sara. Ya he abusado bastante de tu paciencia.
Creo que encontrarás interesante este libro, de apenas unas cincuenta páginas.
Lo que me sorprendió del mismo, fue encontrar algo que con los años vas aprendiendo e intentando practicar, todo ello resumido en un solo libro.

Recibe un fuerte abrazo.