Conversaciones en el hoyo 19: el pro.

Una vez mas, sentados en la terraza de la casa club del golf. Esta vez eran cuatro. Acababan de jugar un pro-am y los tres amigos habían decidido invitar a una cerveza a su contrincante profesional. Como su nombre indica, un pro-am es una salida al campo en la que juegan amateurs junto a un profesional. En este caso, el profesional era Ernesto Padilla, la gran promesa del golf, campeón de varios campeonatos internacionales, entre ellos dos Masters.
—Muchas gracias por jugar con nosotros—agradeció Bronchales—. Sobre todo, por tu paciencia.
—No hay de qué—respondió Ernesto—. Me lo he pasado muy bien. Sois muy buena gente.
—¿Puedo hacerte una pregunta?—dijo Pascual.
—Sospecho cual será. Adelante. Dispara.
—¿Por qué dejaste de competir?.
—He acertado con la pregunta—repuso Ernesto—. Sabía que sería ésta. La versión resumida de la respuesta es porqué ya había ganado dinero suficiente para el resto de mi vida.

—¿Y la respuesta extendida?—preguntó Santiago.
—Esa te va a costar otra cerveza—contestó haciéndole un guiño a Santiago, que se giró hacia la barra del bar e hizo una señal al camarero—. La verdad es que estaba harto. No sabéis lo jodido que es tener que jugar casi todas las semanas del año. Tu físico se resiente, has de viajar sin parar, has de acceder a todas las entrevistas que quieran hacerte, con una sonrisa. Eso durante años y mas años. Con el tiempo pierdes la afición ya que cada swing que haces tiene un precio. Quizás por eso me lo he pasado tan bien con vosotros: porqué hemos charlado, nos hemos reído. En un Máster no puedes hablar con la persona que juega contigo, ya que éste está concentradísimo y tu has de concentrarte también. Sabes que si en un campeonato no sales en la televisión, vas a perder dinero y eso significa que has de estar entre los diez primeros si quieres que las cámaras se fijen en ti y así tus sponsors sigan pagando. Eso no es golf. ¿Os canso con lo que os cuento?.

—En absoluto. Sigue.
—También estaba harto de tener que llevar mi ropa llena de escudos y logotipos de marcas diferentes, de tener que jugar con el material que me hacían llevar. Con lo a gusto que estaba con mis palos de siempre que, por cierto son los que he llevado hoy. Resumiendo: estoy harto de tener que ser el mejor.
—Estoy de acuerdo contigo—dijo Pascual—. Nuestra sociedad quiere únicamente triunfadores. Son las únicas personas a las que valora. Yo todavía me sorprendo cuando veo a Nadal en una pista de tenis. Va de lesión en lesión, debido al machaque de todos los años que lleva jugando y el tío sigue jugando. Y que pena de tenis el de ahora. Ahora gana quien tiene el saque mas potente y poco mas. Antes había jugadas bonitas. Quizás por eso sólo veo partidos femeninos en los que juega mas el cerebro que lo físico.
—Pues te habrás dado cuenta—añadió Bronchales—de que las mujeres tenistas se pintan los ojos para jugar los partidos.
—Imposición de las marcas e incluso de los organizadores de los torneos—dijo Ernesto—así como todo ese lenguaje no verbal que los entrenadores obligan a hacer a los jugadores: esos puños cerrados tras ganar un punto con expresión de ser el mas macho o la mejor hembra de la manada…
—Hace años, los jugadores aplaudían las jugadas buenas de sus contrincantes. Ahora todo es espectáculo. Ya no es ni deporte—añadió Ernesto—. Fijaros en Jon Rahm. Es un buen jugador de golf y sin embargo no le dejan ser tal como es. Ya no puede cagarse en todo cuando falla un tiro, o tirar el palo al suelo. Ha de ser tal como los demás quieren que sea: nosotros te pagamos, tú haces lo que te digamos.

—Ya ves, Ernesto que estamos de acuerdo contigo.
—Eso merece otra jornada en la que podamos jugar de nuevo los cuatro. Propongo juguemos los cuatro una vez al mes—propuso Ernesto y además añadió—sin pagar un euro por jugar conmigo.
—¿Lo dices en serio?—preguntó Pascual, emocionado.
—Desde luego. Tengo unas inmensas ganas de disfrutar de la sensación de un buen swing, de un buen aproach, de un buen putt, sin importarme para nada si gano o pierdo. El deporte es eso: un conjunto de movimientos que te provocan una buena sensación, independientemente de si ganas o pierdes. Me encanta cometer un error para luego ponerme a prueba con el siguiente golpe: el reto de solucionar el error. Y eso no lo he experimentado hasta hoy— sonrió—. Bueno, también antes de ser profesional jugaba así. Pero ni me acordaba.
—Por mi parte no hay problema. Al contrario—dijo Pascual.
—Ni por el mío. Me encantará—añadió Santiago.
—¿Dónde hay que firmar?—preguntó riendo Bronchales.

Una noche en la ópera

Algunas veces me pregunto por qué sigo yendo a la ópera si cuando empieza, cierro los ojos y me dejo llevar por la música que llega a mis oídos y sólo los vuelvo a abrir al terminar cada uno de los actos, para volverlos a cerrar al reanudarse la ópera.

Quizás sería más barato recurrir al equipo de música y escuchar ópera sin salir de casa. Al fin y al cabo nunca suelo enterarme de lo que ocurre en el escenario.

Aquella noche, tras el segundo acto me levanté de mi butaca y cosa rara en mi, salí de la platea y me dirigí al vestíbulo, en el que, detrás de unas mesas, un grupo de camareros estaba sirviendo copas de cava al numeroso grupo de personas que, enfundadas en sus mejores galas, lo solicitaban.

– Luis. Eres Luis, ¿verdad? – me giré y vi, detrás mío, a una mujer cuyos ojos azules estaban fijos en los míos. Era algo mas baja que yo, delgada y con el pelo castaño.
– ¿Nos conocemos? – le pregunté.
– Ya veo que no te acuerdas de mi. Me casé con uno de tus amigos.
– ¿Con Ramón?. ¿Entonces eres Marga?.
– Si.

A mi mente regresaron los recuerdos de la Universidad, cuando Ramón y yo éramos inseparables. Ramón era el típico niño bien de una familia muy acomodada, una persona con alma de líder, muy seguro de si mismo a quién desprecié desde la primera vez que lo vi, por su chulería y por su actitud autoritaria hacia todos. Y sin embargo, con el tiempo, empecé a apreciar aquella música que salía de su guitarra y acabamos cultivando una cierta amistad. Durante meses estudiábamos juntos en el colegio mayor en el que vivíamos. Y al terminar el curso regresamos ambos a nuestra ciudad y seguimos viéndonos, durante unos meses, hasta que me distancié de él debido a que no me hacía maldita la gracia dedicar nuestros encuentros a beber alcohol a ritmo desenfrenado hasta caer borrachos de madrugada.
Una noche me presentó a su novia, Marga que era su polo opuesto. Tímida, reservada, profunda, culta y sin embargo bastante inmadura y que sentía una admiración inmensa por él, que me hizo pensar que Ramón la manipularía, para adaptarla a su personalidad.

Luego me tocó hacer el servicio militar y eso nos separó, permanentemente, ya que a mi regreso, no volvimos a establecer contacto, hasta al cabo de doce ó trece años.

– Me alegra ver de nuevo a la persona que se cargó mi matrimonio – me dijo Marga con una sonrisa.
– ¿Perdona?.
– En realidad tu fuiste la gota que hizo desbordar el vaso. Las cosas no iban bien entre nosotros y cuando te negaste a hacerle aquel trabajo que te pidió, lo echaron de la empresa. Ahora, con la perspectiva de los años que pasaron desde entonces, me alegro mucho de que nos separáramos.
– No tenía ni idea. ¿Quién iba a decir que un reencuentro que duró dos tardes iba a romper un matrimonio?. Lo cierto es que me reí mucho el día que, tras tantos años de separación Ramón se topó conmigo en la calle. Aquella tarde me contó que era padre de tres niñas tan hermosas como su madre y que dirigía una empresa relacionada con la informática y yo le conté que trabajaba como programador y que tenía dos hijos, con quienes iba a compartir, a partir de la semana siguiente, mi mes de vacaciones.
Luego, Steerforth me propuso quedar al día siguiente y que me propondría algo.

– ¿Steerforth?.
– Oh, perdona Marga. Para mi, Ramón siempre ha sido Steerforth, el amigo de David Copperfield. El retrato que hace Dickens de Steerforth es clavado a Ramón. Volviendo a la historia: al día siguiente, en el bar en el que habíamos quedado, apareció Ramón con otra persona. Tras las presentaciones me contaron lo que pretendían que hiciera. Al parecer la persona que había traído Ramón había sido el encargado de una pizzería y quería montar una cadena de pizzerías. Tras sacar de una carpeta un montón de hojas impresas me empezaron a mostrar un sinfín de impresiones de pantalla de la pizzería en la que había trabajado el encargado. Querían que les hiciera un programa idéntico a aquel cuyos pantallazos habían impreso. Control de llamadas telefónicas para pedidos, control de la cocción de las pizzas, supervisión de los repartidores, facturación de los pedidos, gestión de stocks de materia prima, de las cajas para llevar las pizzas, contabilidad del local…

Sonó el primer aviso de que iba a empezar el tercer acto de la ópera.

– Despues de mostrarme todas las prestaciones del programa que querían que programase Ramón me dijo que me contratarían si lo hacía bien y rápido. En quince días tenía que estar listo. Los miré con cara de sorpresa y les dije: <<este programa tardaría en hacerse, por un equipo de programadores experimentados, de seis meses a un año. Y vosotros queréis que lo haga gratis en quince días, durante mis vacaciones>>. <<Bueno>> dijo Ramón. <<A ti te gusta programar>>. <<Desde luego, pero mi familia es mas importante que la programación y no pienso dedicar mis vacaciones a hacer un programa que ni en seis meses tendría acabado. Además mi trabajo tiene un valor. Pretender que os lo haga gratis es un insulto>>. <<Piénsalo bien, Luis. Te llamamos en un par de días y nos dices si te sumas al reto>>. Me llamaron durante días, intentando hacerme cambiar de opinión. Yo me mantuve firme y cesaron las llamadas. Nunca mas he sabido de Ramón.

Segundo aviso…

– Pues puedo aclararte lo que pasó entonces. Lo de la pizzería era la última opción que tenía Ramón de salvar su empresa, a punto de bancarrota. Al negarte tú, los socios lo echaron del negocio y ahí se acabó todo. Su trabajo y mi matrimonio.
– Lo siento.
– ¿Volverías a hacerlo si volviera a repetirse la historia?. ¿Sabiendo que tu amigo estaba al borde de la bancarrota?.
– Desde luego – repuse -. Mi familia sigue siendo lo mas importante. Y si Ramón estaba al borde de la bancarrota, algo debió hacer mal antes de encontrarse conmigo.

Sonó el tercer aviso y la gente empezó a dirigirse a sus butacas.

Marga se acercó y me dió dos besos. Al darme el segundo beso la oí decir:
– Lástima no haberte conocido antes que a él. Mis hijas hubieran tenido a un padre y yo a un esposo.

Luego nos separamos y regresé a mi butaca.
No he vuelto a verla.

La fórmula

Isidoro aparcó su coche en una explanada que estaba al lado del pantano. Bajó del vehículo con una cantimplora y se dirigió al embarcadero en el que reposaban varias embarcaciones deportivas. Miró alrededor y no vio a nadie. Sacó el tapón de la cantimplora, notando como se le aceleraba el corazón. Luego volvió a cerciorarse de que nadie podía verle y vertió en el agua el contenido de la cantimplora. Cuando acabó, respiró tranquilo.

Al fin había terminado con la tarea a la que había dedicado los dos últimos meses. A lo que había que sumar los años de su vida que había dedicado a crear, desarrollar y probar su fórmula. Luego vinieron los trámites para patentar su hallazgo, que fue denegado en el registro de patentes con comentarios displicentes acerca de la utilidad de su invento. Fue entonces cuando tomó la determinación que le ocuparía los últimos dos meses. Ideó y puso en marcha un concentrado de su fórmula, soluble en agua, indetectable en un análisis normal, para así extenderlo en la red de agua potable del país. Luego se dedicó a verter su concentrado en aquellos pantanos cuyo caudal abastecía de agua a pueblos y ciudades, tarea que le había hecho recorrer toda la geografía nacional. Isidoro regresó al coche y ya relajado, lo puso en marcha.

– Tarea finalizada – pensó relajado. Luego salió, camino de su casa.

Los efectos de la fórmula fueron graduales y he de decir que tampoco afectó a toda la población del país. Obviamente no produjo sus efectos a aquellas personas que bebían agua embotellada, principalmente los grupos sociales de mayor poder económico. El gobierno tardó en darse cuenta de que se estaba produciendo un cambio en la sociedad, a pesar de que solía alardear de estar siempre al tanto de la opinión pública. Quizás el problema estribaba en que para los dirigentes, el pueblo consistía únicamente en la alta sociedad y no en el pueblo llano, prioridad que tantas veces habían demostrado durante la crisis. Por eso fueron los índices de diferentes agentes sociales los que empezaron a reflejar los cambios. El primero de ellos fue el índice de audiencia de las televisiones que cayó estrepitosamente. El desmesurado aumento de horas dedicadas a navegar por la red de la población también sorprendió a los proveedores de Internet.

– ¿Qué demonios está pasando? – gritó el presidente al colgar el teléfono cuya llamada había interrumpido nada menos que un consejo de ministros -. Me acaba de llamar el director del ABC para decirme que ha vendido menos de mil quinientos ejemplares de su diario. Y los demás directores me han dicho lo mismo. Las ventas de la prensa han bajado casi el noventa por ciento.

– Curioso. Con lo que nos ha costado poner a nuestra gente en la dirección de los periódicos… – ironizó el ministro de cultura.

– ¡Déjate de sarcasmos! – le reprendió el presidente -. El horno no está para bollos. Si solamente fuera la prensa y la televisión… Pero están pasando muchas cosas anormales. La primera es que hace un mes que no hay manifestaciones en todo el estado. Antes teníamos cinco por semana y ahora, de pronto, ninguna. ¿Qué estarán tramando los del 15M?.

– Parece como si el mundo se estuviera volviendo loco – dijo el ministro de interior -. En la última manifestación los antidisturbios, en lugar de disolver a los manifestantes, acabaron filosofando con ellos, haciendo caso omiso de las órdenes de disolver la manifestación.

– A añadir también el montón de cooperativas que se han dado de alta el último mes -añadió el ministro de industria -. Parece como si la gente quisiera montar una economía alternativa. Ha habido un gran aumento de bajas en las compañías suministradoras de gas y electricidad.
– ¿Y de dónde sacan la energía? – preguntó el presidente.
– Se han pasado a la biomasa, a las placas solares o eólica.
– Les saldrá más caro, teniendo que pagar los peajes que les pusimos.
– No. Eso es lo curioso. Se han desconectado de la red y no pagan un solo euro en peajes.
– ¿Y qué hacen con el sobrante de la energía que consumen?.
– Usan acumuladores para guardarla.
– Mi ministerio tampoco se salva de estas anomalías – empezó el ministro de justicia -. Se han reunido a mis espaldas fiscales, jueces y abogados para analizar las leyes que hemos aprobado en esta legislatura y han presentado doscientos cincuenta y siete recursos al tribunal constitucional para anularlas.

– Pero los jefes de la fiscalía y de los principales tribunales los pusimos nosotros para que siguieran nuestras directrices… -protestó el presidente.

– El problema es que lo han hecho a espaldas de nuestros “colocados”.
– Pues que los echen de sus cargos.
– Presidente, ya sabe que estas cosas son lentas. Supongo vio que echar al juez que metió en la cárcel al amigo de la vicepresidenta nos está llevando muchos meses. Así, durante ese tiempo, los jueces se seguirán moviendo. Incluso han puesto en marcha una asamblea constituyente para redactar una nueva constitución.

– Imagino has enviado a la policía para disolver esa asamblea ilegal – preguntó el presidente al ministro de interior.

– Desde luego que la he enviado – contestó éste -. Lo malo es que en lugar de detener a los jueces, fiscales y abogados, se han añadido a la asamblea y ahora están ayudando a redactar el artículo diez de la nueva constitución. Hoy por hoy nuestro único aliado en la policía es Nuestra Señora María Santísima del Amor.
– ¿Cómo?. ¿Que no han obedecido las órdenes?. ¡Eso es sedición!. ¡Demonios!. ¡Pues enviar al ejército! – saltó hecho una furia el presidente.
– Ya lo hice – dijo el ministro del ejército -. Ahora nuestras tropas también están ayudando con el artículo diez.
– Pero, ¿alguien sabe qué es lo que pasa en este país? – preguntó el presidente.

– Quizás tengo una pista – dijo el ministro de cultura -. En todas las escuelas, ya sean públicas ó privadas, los profesores están saltándose a la torera los planes de estudios, debido a que los alumnos están ávidos por aprender cosas nuevas. Incluso los alumnos cuestionan las cosas que aprenden. Tienen un cierto espíritu crítico que antes no tenían. Además esta avidez por aprender afecta a la gran mayoría de la población. Precisamente ayer estuve hablando con un psicólogo que está estudiando a algunos sujetos afectados y lo describe como si de pronto se hubiera generado en ellos un vacío mental que les hace sentir una ansia intelectual desmesurada. Los hay que dicen llegar a sentir una sensación dolorosa parecida a la que todos tenemos cuando no hemos comido. Y el resultado es que nuestros ciudadanos están asaltando las pocas bibliotecas que no hemos cerrado con la crisis, o conectándose a Internet para instruirse.

– Pero esa ansia, supongo que tendrá una causa, ¿no?.

– No hemos conseguido dar con esa causa. Quizás sea un cambio genético.

– Pues no nos conviene – dijo el presidente -. Desde que existe el bipartidismo, la incultura ha sido nuestra principal baza para poder gobernar. No podemos permitir que nuestros súbditos adquieran cultura. Señora vicepresidenta, tiene que dar una rueda de prensa explicando que vamos a cerrar Internet por razones de seguridad, al igual que las bibliotecas. Hay que evitar que la gente se instruya, salvo en aquellas cosas que nosotros queramos que aprendan.
– Pero, no podemos cerrar Internet a estas alturas, cuando lleva operativo tantos años – indicó el ministro de industria.
– Pues eliminamos los foros, la wikipedia y todo aquello que pueda cultivar a nuestro país. Dejaremos las tiendas que no sean de libros, los juegos y la pornografía.

La vicepresidenta, terminado el consejo de ministros, se dirigió a la sala de prensa, tras dedicar una media hora en preparar su alocución. Sin embargo la sorpresa fue mayúscula cuando entró en la sala.

No había nadie en la rueda de prensa que había convocado. Quizás el escrito que había en su atril tenía que ver con la razón de ello:
“No hay preguntas, no hay periodistas”.

Pasaron los años y los cambios continuaron. Poco a poco fueron desapareciendo los políticos profesionales y con ellos, las ideologías. El pueblo consiguió el poder de participar en las decisiones de su país. La sanidad volvió a ser completamente gratuita, sin restricciones. El plan de estudios de las escuelas fue creado por los verdaderos expertos: los maestros, eso si,  con la ayuda de las asociaciones de padres y sin directriz alguna por parte de los políticos y la verdad, es que fue todo un éxito. La justicia al fin obtuvo medios materiales y humanos y eso propició la fuga de la mayoría de los corruptos del país. Incluso las diferentes comunidades religiosas fueron desapareciendo, a medida que la cultura iba ganando terreno. La mujer al fin consiguió la igualdad por la que tantos años llevaba luchando. Y también los homosexuales. La violencia de género fue desapareciendo. Y el racismo.

 Epílogo.

Es obvio que el poder no podía quedarse con los brazos cruzados. Necesitaban a toda costa mantenerse en sus poltronas con sus prevaricaciones, corruptelas, pelotazos, puertas giratorias y demás trapicheos. El golpe de estado que prepararon, tenía por fecha – ironías de la vida – un veinte de noviembre. Duró apenas unas horas debido a que los soldados, preferían continuar la lectura del libro que estaban devorando a salir del cuartel para dedicarse a disparar a sus conciudadanos. No sirvieron las amenazas de los mandos.

Al final fueron los generales, coroneles, tenientes coroneles y comandantes quienes salieron a tomar el Congreso en una gesta que los historiadores llamarían, años después, “la conjura de los sebosos”, cuya emisión por las pocas cadenas de televisión que quedaban provocó la hilaridad de todo el país que lo vio – apenas unos cuarenta ó cincuenta mil, ya que los demás estaban ocupados en tareas mas intelectuales.

– Corre por Internet  – le comento a Isidoro cuando voy a verlo a la clínica en la que tratan su alzheimer – una leyenda urbana, no demostrada de que ciertos animales cuyo hábitat es cercano a ciertos pantanos y embalses, se dedican a robar los libros que llevan las personas que van a pasar el día en sus inmediaciones.  Isidoro eleva la mirada de sus enormes ojos acuosos desde el suelo hasta mis ojos y se le ilumina el rostro al esbozar una amplia sonrisa.