Conversaciones en el hoyo 19: altivez

— Me encontré la semana pasada a un tipo que me recordó a tu hermano—dijo Pascual, mientras vaciaba el contenido de su botella de cerveza en el vaso previamente inclinado. Luego bebió un único y largo trago que retuvo en su boca para sentir expandirse la frescura del líquido por su boca. Sus compañeros no dijeron nada. Sabían que aquel era para Pascual, un verdadero disfrute, un momento mágico, una de esas pequeñas acciones que lo eran todo para él.
Cuando Pascual abrió los ojos, estaba radiante. Juan, cuando lo veía beber aquel primer trago siempre pensaba que la cara de satisfacción de Pascual no era muy diferente de la que tendría tras llegar al orgasmo.
—¿Quién era ese tío?—preguntó Juan.
—Un deportista. Hasta ahora siempre había pensado que ser un pijo era algo típico de la clase alta. Ahora he descubierto que no es así. He encontrado una excepción curiosa. Un tío que sin ser tenista ó golfista tiene un ego capaz de igualar al de tu hermano.


—¿De quién se trata?—preguntó Inés.
—No os voy a dar el nombre. Lo llamaremos con un nombre neutro—contestó Pascual—. ¿Qué os parece Tomás?. Pues bien, este Tomás es campeón mundial de alguna disciplina de bicicleta que no conozco. Bueno, en realidad mis conocimientos del ciclismo se reducen a cuando adelanto una bicicleta en la carretera.
—Como te gusta ir por las ramas—dijo riendo Santiago—. Venga, al grano.
—Resumiendo, tiene un ego gigantesco—explicó Pascual—. Publica sus logros por youtube e incluso lo entrevistan y no veáis las felaciones que le hacen los diferentes periodistas. Luego, en el pueblo, se permite el lujo de insultar a la policía cada vez que le ponen una multa por aparcar su camión delante de su casa. Vamos, una persona que piensa que por ser campeón del mundo de una disciplina que solamente conocen cuatro aficionados, se considera superior al resto de la población. Me da pena que haya gente así.


—Es la historia de este país—comentó Juan—. Todos buscan destacar en algo. Incluso cuando mueren. No hay más que mirar los cementerios que tenemos. El año pasado estuve en Estados Unidos y cuando visitas un cementerio, todo son lápidas y cruces. Si visitas un cementerio español te encuentras un montón de criptas que parecen verdaderas catedrales dedicadas a familias enteras. La cuestión es destacar, dejar huella, no permitir que el ego desaparezca después de la muerte.
—Quizás esa es la razón por la que tenemos un rey—añadió Inés—. Los grandes empresarios del país necesitan agrandar su ego a base de relacionarse con el monarca, ya que su fortuna no es suficiente para destacar. Necesitan de alguien por encima de ellos que los haga sentir superiores.
—Debe ser ésta la razón por la que hacen lo que sea para mantener la monarquía—dijo Santiago—. Es la única explicación que le veo a esa obsesión por sostener a un inútil como rey, frente al pueblo que no lo quiere ni ver.


—No te creas eso de que el pueblo no lo quiere—respondió Inés—. No me tildéis de clasista pero en su mayoría, el pueblo es una colección de borregos que tragan con todo. Cuando la periodista esa que se casó con el rey luce un nuevo vestido, la gente corre a comprarlo y lo agotan en las tiendas. Somos así. La mitad de nuestros paisanos necesitan seguir la vida de esta gentuza a través de la prensa del corazón.
—Supongo se debe a la incultura que tenemos—apuntó Juan—. Me gustaría conocer el porcentaje de gente que ha leído mas de diez libros en su vida que no sean bestsellers. Lectores de autores clásicos.


—Es curioso—Pascual reflexionó en voz alta—, Siempre he pensado que la gente que más lee son de izquierdas. ¿Os lo parece?.
—Yo diría que no se trata de izquierdas ó derechas—dijo Juan—. El problema es que la gente suele leer aquellos libros que cuadran con su manera de pensar. Y así se reafirman en sus convicciones sin ser capaces de leer algo que pueda hacer que las cuestionen.
—País…

Conversaciones interactivas por confinamiento: medidas disuasorias

Delante de sus monitores -nuevo confinamiento, claro- con sus respectivos aperitivos sobre la mesa, estaban nuestros tertulianos inmersos en una crítica aguda sobre, precisamente, las muchas declaraciones de los políticos en los medios.
— Es evidente que no dicen más que tonterías—apuntó Santiago.
— Desde luego. Es muy cansado oírles decir las chorradas que dicen—Pascual estaba indignado—. Cuando pones en marcha la televisión no hablan de otra cosa que del covid19 ó de los mitines que hacen los políticos en Madrid durante la campaña electoral. A los que no vivimos en Madrid nos importa un rábano esa campaña que hacen.
—La solución es fácil—dijo Juan—. Se apaga la televisión y se coge un buen libro.
—O se ve una buena serie—añadió Inés.
—La verdad es que estamos en un país en el cual lo único que hacemos es hablar—dijo Santiago—. Y a ser posible, criticar.
—Ya sabéis lo que pienso respecto a los medios de desinformación—Juan tenía las ideas muy claras—. Obviarlos y vivir nuestra vida sin prestarles atención es lo mejor.


—Hace años que pienso en una teoría—explicó Pascual—. Empecé a planteármela cuando conocí y sufrí el ego de un directivo de la Innombrable. El tío organizaba reuniones con el único objeto de demostrar lo inteligente, lo sabio, lo ocurrente que era. Es algo que en este país es habitual. Políticos, empresarios, tertulianos de televisión e incluso actores, cantantes y pseudo-intelectuales se afanan por demostrar que son lo mejor de nuestra sociedad. Fue entonces cuando se me ocurrió una forma de pararles los pies a estos sujetos y hacerles ver nuestro rechazo a sus palabras: un buen cuesco, sonoro y potente por parte de la audiencia los pondría en su lugar. Muchas veces he pensado que desde siempre, hemos dejado a un lado esa forma de expresión tan válida como la palabra. Ó quizás mas válida aún que la palabra, tal y como se utiliza en nuestro país.
—La verdad es que ningún libro sobre el lenguaje no verbal se refiere a los pedos como forma de comunicación—apuntó Santiago.
—Ya me imagino lo que sería el congreso de los diputados utilizando ese recurso, cada vez que un político hablara—dijo riendo Juan—. La primera vez, más de un periodista lo achacaría a un golpe de estado.
—Ó en una tertulia por televisión—rio Inés—. Quizás hasta ganarían algo de nivel.


—Yo me lo imagino en uno de esos mitines que hacen los políticos—añadió Santiago—. Tiene que ser descorazonador para uno de esos charlatanes el verse interrumpido su discurso por una atronadora salva de ventosidades.
—O en un acontecimiento deportivo, cuando ponen el himno—dijo Juan—. No sorprendería a nadie, por cierto, ya que muchos deportistas tienen su residencia fuera del país. Aunque me encantaría que lo hicieran en alguna final de la copa del rey. Ver a la policía intentando cazar a los “incívicos” que han “profanado” el himno tiene que ser divertidísimo.


—Tendríamos que dejar esta opción para después de acabar con el coronavirus. Sólo nos faltaría que los tertulianos empezaran a polemizar sobre la influencia de las ventosidades en la transmisión del coronavirus—añadió Inés—. Todo eso me recuerda una cosa. Muchas veces, cuando veo una película en la que, gracias a la poderosa imaginación de los guionistas, sale la típica escena en la que el protagonista corteja a la chica, cuando la música de fondo va haciendo subir la tensión para anticiparnos el beso inminente y lo que venga después, es cuando imagino un buen cuesco, lanzado por cualquiera de los dos enamorados, con la parte final de la obertura 1812 como música de fondo…
—Uf. Ahora entiendo la razón de tus risas cuando vemos una película—dijo Juan.
—Lo malo de esto es que todos nosotros, a partir de ahora, cuando veamos una escena como la que nos has descrito, recordaremos tus palabras, Inés—le reprochó Santiago.
—Desde luego—añadió Pascual, riendo—. La vida ya no será igual que antes.

Conversaciones en el hoyo 19: gámbito de dama

—Me encanta este club de golf—dijo Pascual emocionado.
—Será porqué has tenido un juego redondo—le contestó Inés, riendo.
—Ayer estuve viendo por la televisión un campeonato y me fijé en cómo hacían el swing los profesionales—explicó Pascual—. Teníais que haberme visto. Cada swing que hacían yo cogía un palo e intentaba imitarlo. Acabé agotado, pero aprendí mucho.
—En la mesa de al lado hay un tablero de ajedrez—dijo Santiago—. ¿Le apetece a alguien hacer una partida?.
—Me apunto—dijo Juan, levantándose, cogiendo el tablero y poniéndolo en la mesa—. Soy republicano y la verdad es que me encanta ver como acaban con un rey.


Tras poner las piezas en el tablero, Juan escondió un peon de cada color en sus manos, las puso detrás suyo, los cambió varias veces de mano y presentó los puños a su contrincante. Santiago eligió la mano izquierda y le tocó jugar con blancas. Tras poner los peones en su lugar, Santiago adelantó el peón de dama.
—Sospecho que habéis visto la serie de televisión—dijo Inés.
—Yo si que la he visto—dijo Santiago mientras movía su caballo—. Me gustó bastante.
—Yo también la he visto—Juan sacó el álfil—. Lo que me sorprende es el auge del ajedrez que ha provocado esta serie.
—El ser humano es altamente influenciable—explicó Pascual—. Un libro, una película, cualquier cosa es capaz de cambiarle la vida a uno.


—Recuerdo que uno de los factores que me impulsaron a estudiar medicina fue un libro—dijo Inés—. No me acuerdo del autor pero se llamaba “No serás un extraño”. Viví con Lucas, el protagonista, su dura trayectoria para ser médico y luego al ejercer como tal. Un muy hermoso libro. Os lo recomiendo.
—A mi me influyó un antropólogo para estudiar psicología—explicó Pascual—. Un tal Carlos Castaneda.
—Pero Castaneda hablaba en sus libros de magia, de realidades paralelas…—protestó Juan mientras veía como Santiago capturaba la única torre que le quedaba.
—Y de drogas. El humito, el peyote—contestó Pascual—. Sustancias que alteran la percepción de la realidad. Aldous Huxley escribió un estudio sobre la mescalina (el peyote de Castaneda). Todo eso me impulsó a estudiar la mente humana. Luego, una vez acabada la carrera, descubrí el mal uso de la psicología: la publicidad, la gestión del personal de las grandes empresas, las campañas políticas e incluso el cine. Desgraciadamente tenía que vivir y no tuve más remedio que trabajar en alguna empresa como la Innombrable, gran manipuladora de su personal, con verdaderos psicópatas de manual entre su personal. Por suerte, cuando conseguí que mi consultorio psicológico funcionara, pude mandar a la mierda a la multinacional.


—Yo no sabría decir cuales fueron mis influencias—dijo Juan, mientras veía como las piezas de Santiago iban arrinconando a su rey—. Quizás dos autores tan opuestos como Karl Marx y Ayn Rand. Como sabéis Rand es figura de culto del liberalismo y aún así me gustan sus libros. Yo diría que el equilibrio de los dos pensamientos es lo óptimo para el futuro del planeta.
—Yo no tengo muchas influencias que pueda verbalizar—explicó Santiago—. Tal vez la gente con la que hablaba en el bar, de todo tipo y condición, desde los jefes y empleados de la Innombrable hasta los indigentes que entraban en el bar ó incluso las chicas a las que ayudé a dejar la prostitución… Todos ellos me enseñaron algo. Por cierto, jaque ma… ¿Donde esta tu rey, Juan?.
—Lo he enviado a los países árabes—le contestó Juan riendo—. Era su única escapatoria. Muy buena partida, Santiago—le estrechó la mano—. Me has ganado con mucha solvencia.