Conversaciones en el hoyo 19: la plaza vacía

— No me quedó claro aquello que dijiste acerca de la “plaza vacía”—dijo Santiago.
—Es fácil de entender—contestó Juan—En Grecia se consideraba que para que existiera la democracia, la gente tenía que asistir a las reuniones sin ningún tipo de prejuicio. Hombres, mujeres, ricos, pobres, blancos, negros, religiosos, ateos… Cuando se habla de plaza vacía, nos referimos al parlamento, el lugar en el que la gente expone sus puntos de vista. De alguna manera cualquier asistente podría ser sustituido por otra persona sin que variara el contenido de las conversaciones. Esto sería la verdadera democracia. Sin reyezuelos, sin millonarios, sin grupos de poder. Solamente ciudadanos normales.
—Vamos, como tenemos en nuestro país—agregó riendo Santiago.
—En realidad ese parlamento vacío de ideologías debería ser aplicable a otros ámbitos: a la justicia, a las leyes, a la medicina, a la educación…—dijo Juan, añadiendo—: no es de recibo que varíe la aplicación de la justicia en función del nivel económico de a quien se juzgue. Si es alguien pobre, la justicia es inmediata. Si se trata de alguien con mucho dinero la justicia se dilata, quizás años, durante la instrucción de la causa. Lo mismo pasa con las leyes, escritas en un lenguaje críptico y que únicamente entienden los que se dedican a trabajar con ellas. Deberían escribirse en un lenguaje comprensible por todos y que sus contenidos no hicieran distinción entre sexos, culturas, poder adquisitivo, raza, religión…
—¡Exactamente lo que tenemos en nuestro país!—dijo riendo Inés—. ¿Y en qué afectaría a mi profesión?, la medicina.


—Esto se ve más patente en países como Estados Unidos—contestó Juan—. En aquel país si tienes dinero puedes afrontar los gastos médicos que pueden solucionar una enfermedad. Sin embargo si no tienes dinero, vas a sufrir tu enfermedad sin cuidados médicos y si la enfermedad es grave, morirás sin remedio. Tengo la sospecha de que en aquel país no se estudia el juramento hipocrático. Aunque si lo miramos bien, en nuestro país, en el que si se estudia, pocos se lo toman en serio. Que la industria farmacéutica te venda un medicamento a precio de oro imposibilita que una persona sin recursos pueda acceder al mismo. Y eso que tiran de dinero subvencionado por los diferentes gobiernos para investigar.
—Por lo que has dicho, la medicina debería ser gratuita, tal como tenemos en nuestro país—dijo Inés—. Aunque nuestros maravillosos políticos la están privatizando.
—¿Y la educación?—preguntó Pascual.
—Debería ser para todos los ciudadanos, en función de sus capacidades y no de su poder económico, como está pasando en nuestro país—contestó Juan—. Si naces en una familia sin recursos, aunque tengas aptitudes, no conseguirás hacer los estudios para ser un buen científico, médico, ingeniero ó cualquier otra carrera. Incluso si logras hacer y terminar tus estudios, en según que profesiones no podrás ejercer, ya que determinados grupos de poder sólo aceptan a los suyos.


—Moraleja. La verdadera democracia no existe—resumió Inés—. A pesar de que existió en Grecia.
—No te lo creas. Sócrates fue condenado a muerte por decir que la plaza vacía, no lo estaba en realidad—puntualizó Juan—. Estaba llena de capitostes, reyezuelos, millonarios, todos ellos incapaces de discutir con objetividad con el resto de ciudadanos. Lo que tenemos que tener claro es que para que uno pueda considerarse “ciudadano”, ha de dejar de lado todo elemento subjetivo como religión, sexo, dinero, poder…
—Y tener una cierta cultura. Estar bien informado—añadió Pascual.
—Teniendo en cuenta que los medios de comunicación pertenecen a grandes grupos empresariales, la manipulación es una constante—dijo Inés.

Conversaciones en el hoyo 19: Richard Wagner

— No ha sido un buen día. Nos ha ganado el campo—dijo Santiago.
— Lo que viene a demostrar que nunca podemos confiarnos—contestó Juan—. La última vez ganamos nosotros y por mucha ventaja.
— ¿Qué os ha parecido la noticia de que empieza el juicio del ex presidente de la Generalitat?— preguntó Inés.
— Han tardado trece años en convocar el juicio—repuso Pascual—. ¿Cómo puede ser que esperen tanto tiempo para iniciarlo?.
— Quizás, sabiendo que iba a explicar cosas que comprometerían a mucho político actual, intentaron retrasarlo el máximo posible—contestó Juan—. Él ya insinuó que si hablaba, caerían muchas cabezas.
 — Lo que está claro es que una justicia que se retrasa en función del acusado, tiene muy poco de justicia—opinó Inés—. Y ahora el acusado tiene noventa y cinco años y ya no está muy claro de mente. Les ha salido muy bien la jugada—dijo riendo, añadiendo—: aunque quizás ha escrito un libro aclarando las cosas…
— Bueno. Supongo que su libro tendría la misma credibilidad que el libro del rey emérito. Ninguna.— dijo Santiago.


— Estoy leyendo un libro sobre Richard Wagner— explicó Juan, cambiando de tema—. La verdad es que la vida de este compositor era fascinante.
— Sus óperas me encantan, aunque su antisemitismo nunca me ha gustado— dijo Inés—. También hay que reconocer que nunca reflejó su antisemitismo en sus óperas.
— Por lo que he leído, en la época en la que vivió Wagner, casi todo el mundo era antisemita y es lógico que él estuviera influido por ello—explicó Juan—. También, cuando vivió en París, tuvo que someterse a los designios de un tal Meyerbeer, que mandaba en el mundo de la ópera. No hace falta que os diga que Meyerbeer era judío. Y Wagner, en París pasaba hambre y frío. Tuvo que empeñar todo lo que tenía e incluso vender los boletos de la casa de empeños. Además, siendo como era Wagner bastante paranoico, éste pensaba que tanto la prensa, la crítica y las publicaciones musicales, estaban compuestas por judíos que conspiraban contra él. La verdad es que Meyerbeer colaboró con el estreno de alguna ópera de Wagner, aunque esa ayuda, a criterio del compositor, no llegó con la rapidez deseada. Otra de las razones de ese odio hacia los judíos por parte de Wagner se basa en el hecho de que hasta los cincuenta y un años no tuvo solvencia económica, lo que le obligó a tener que recurrir a préstamos y si tenemos en cuenta que la mayoría de los prestamistas eran judíos, eso impulsaba su odio hacia ellos.
— ¿Qué le pasó a los cincuenta y un años?— preguntó Santiago.


— El rey Luis II de Baviera le pagó todas las deudas pendientes—contestó Juan—. Y una más de las razones de su antisemitismo venía de su época de revolucionario.
— ¿Revolucionario?—inquirió Pascual.
— Si. Wagner, en su juventud era socialista. Participó en manifestaciones y era amigo de Bakunin, el anarquista ruso—dijo Juan—. Si os digo que la policía le buscaba y él tuvo que vivir en Suiza seis años para evitar la cárcel… Luego, ya más mayor, abandonó el socialismo aunque le quedó el odio hacia la propiedad. Él pensaba que la existencia de la propiedad es injusta, ya que él, que había dado tanto al mundo, merecía mucho más que aquellos millonarios que no aportaban nada a la humanidad. Y casualmente, esos grandes capitalistas, eran los banqueros internacionales, casi todos ellos judíos.
— Pues no se nota nada en sus óperas—indicó Santiago.
— En antisemitismo no aparece, aunque el socialismo si que aparece—contestó Juan—. Las óperas del Anillo del Nibelungo dejan claro que el capitalismo es la negación del amor y de la naturaleza. Algo que estamos viviendo hoy en día. El cambio climático no es otra cosa que la reacción de la naturaleza ante la degradación que el hombre está haciendo de ella. Y para esos millonarios internacionales, la palabra amor no existe.
— Y eso es lo que hace que las guerras todavía existan—añadió Inés.