Conversaciones en el hoyo 19: Reseñas

— Dígame…—el móvil de Santiago había sonado y éste había contestado la llamada. Sus amigos oyeron una voz de mujer—¿Que le gustaría que hiciera una reseña sobre las obras que me hicieron en el lavabo?…—preguntó—. ¿se refiere quizás a las chapuzas que hicieron en mi lavabo?. Y ¿dónde he de poner la reseña?… Ah. En su web. Es decir que si la reseña no les gusta la borrarían para no bajar la puntuación… ¡Ah!. También puedo dejar mi reseña en Google maps, que es “imparcial”. Pues es curioso porqué he visto mensajes allí de gente cuyos mensajes no se publicaron por ser negativos… Mire. Mejor lo dejamos. No pienso perder el tiempo en poner reseñas que no se publicarán. Buenas tardes—dijo Santiago antes de colgar su teléfono—. Me mosquea que me pidan una reseña favorable después de hacer la chapuza que me hicieron. ¡Gracias Paco!—le dijo al camarero que le había traído una botella de agua. El camarero regresó a la barra preguntándose por qué Santiago le había llamado Paco, siendo su nombre Ernesto.
— Yo nunca escribo reseñas—explicó Juan—. Las empresas nos piden reseñas. Si han hecho bien su trabajo, es su obligación. Y si la reseña es negativa, no se publica nunca, a pesar del mensaje “ayúdenos a mejorar con su reseña”. Es un timo. En su día miré los lugares en los que los usuarios dejaban sus reseñas y se notaba a las claras que se trataba de empresas que ganaban dinero representando a otras empresas que les pagaban por eliminar las reseñas negativas.


— Yo fui perseguido por una empresa que no me aceptó una reseña negativa. Durante semanas me machacaron a base de emails diciendo que lo reconsiderara—dijo Pascual—. Me plantee incluso denunciar a la empresa por acoso. Al final borré mi reseña y me dejaron en paz.
— En teoría una reseña explica la calidad de un producto ó de un servicio—añadió Inés—. Normalmente, antes de comprar algo ó aceptar un presupuesto, la gente se lee las reseñas para saber a qué atenerse antes de comprar.
— Y nos encontramos con todas las reseñas indicando las virtudes de las empresas—dijo Pascual—. No hay nada negativo que nos induzca a replantearnos la compra. Quizás porqué las que son negativas, son borradas por esas empresas. Lo que necesitamos son webs totalmente imparciales que no permitan a las empresas borrar nuestras opiniones. Quizás entonces podamos fiarnos de esas opiniones.
— Pero eso es poco probable que ocurra—opinó Inés—. En el concesionario al que llevo mi coche, me pegan en la factura una etiqueta en la que me recomiendan valorar al taller con un nueve ó un diez cuando te llamen por teléfono para que valores el trato, la gestión, etc. Y como les valoras por teléfono, no queda constancia de tu valoración, salvo una estadística, siempre favorable a la empresa.
— Estadística a la que no han añadido las valoraciones negativas—añadió Santiago.


— Las únicas reseñas negativas que he visto eran de Amazon—explicó Juan—. Yo nunca compro en esa empresa, ya que no me apetece permitir que una empresa norteamericana se lucre con mis compras. Suelo mirar en Amazon y cuando encuentro el producto que quiero comprar, lo busco en otras webs que es donde compro. Pero Amazon es de las pocas empresas, por no decir la única, en las que las reseñas son positivas y negativas.
— Pensando mal, quizás por no entender nuestro idioma—contestó riendo Pascual.
— Desde luego, se ve que las empresas nos toman por tontos—añadió Inés.
— No lo creas. En realidad lo somos—dijo riendo Pascual—. Nos tragamos lo que nos ponen delante. Hace treinta años ponías un teléfono en casa y en cuanto te daban línea ya podías usarlo. Hoy en día, compras un teléfono y si quieras usarlo has de darte de alta en la web del fabricante. De alguna forma ya están empezando a recopilar nuestros datos. Incluso te has de tragar esas aplicaciones que te vienen con el sistema operativo, que no usas para nada y que no puedes eliminar. Nos las cuelan por todos lados. No tardaremos en ver que cuando compremos una escoba nos hagan registrarnos en la empresa del fabricante para poder usarla.
— Somos así de estúpidos. E influenciables— añadió Juan—. Me hizo mucha gracia descubrir que, en un capítulo de la serie de televisión “Miércoles”, ó “Wednesday” en USA, aparecía un cubo rubik que, en lugar de tener los colores habituales, estaba hecho en escala de grises. Ese capítulo generó una gran demanda de cubos rubik grises y ahora hay un montón de empresas que los fabrican.
— Lo dicho: somos estúpidos—concluyó Pascual—. Preferimos dedicar nuestra existencia a comprar algo que hemos visto en una serie a intentar arreglar el montón de contradicciones de nuestra sociedad.

Conversaciones en el hoyo 19: obras

— ¿Cómo ha ido el arreglo del lavabo?— preguntó Inés a Santiago.
Santiago, tras el ictus que había sufrido, había sido convencido por sus “hijas” para que cambiara su bañera por una ducha. Podrás ducharte sin problemas, sin tener que levantar la pierna cada vez que entres en la bañera para ducharte.
— Pues ya está listo. Pero me ha llevado mucho tiempo—contestó Santiago, riendo—. Si no he vuelto a tener un ictus, ha sido un milagro.
— ¿Qué quieres decir?. ¿Qué ha pasado?—preguntó Juan, sorprendido.
— Una semana después de salir del hospital empecé a trabajar el tema del lavabo—explicó Santiago—. Un vecino me acompañó a una multinacional que se dedica a ello. La vendedora de L&M, que es como se llama esa empresa, me hizo números y me dijo que iba a enviar a una persona a casa, previo pago de 35 euros, para que viera el baño, tomara medidas y con esos datos me harían un presupuesto. Una vez con el presupuesto, fui al ayuntamiento a informar sobre la obra que iba a realizar. Y como el presupuesto excedía los cinco mil euros, me dieron un montón de papeles que tenía que cumplimentar, además de comunicarme que tenía que pagar al ayuntamiento por hacer la obra.


—¿Pagar por hacer obras en casa?—Pascual estaba sorprendido.
—Desde luego. Los políticos, pobrecillos ellos, han de vivir y eso cuesta dinero que han de sacar de alguna parte—respondió Santiago, riendo—, por ejemplo del incauto que quiere cambiar su bañera por una ducha.
—¿No les basta con lo que cobran por los sobornos?— preguntó Juan.
— Al parecer, no—contestó Inés.
—Continúo con la explicación—Santiago bebió un sorbo largo de su vaso de agua (la cerveza la tenía prohibida por el médico)y explicó—: Menos los antecedentes penales, el ayuntamiento pedía de todo, incluso el consentimiento de los vecinos para hacer la obra. Muchos de esos papeles los tenía que cumplimentar la empresa y por eso les llamé. Me dijeron que iban a desglosar el presupuesto en dos, ninguno de los cuales superaría los cinco mil euros, para no tener que pagar al ayuntamiento. Cuando me enviaron los presupuestos volví al ayuntamiento con uno de los dos presupuestos y me dieron los papeles que la empresa tenía que cumplimentar. Los envié a la empresa y ellos me dijeron que tenían subcontratada la obra y que no podían cumplimentar esos datos por razones de privacidad.


— ¡Anda la osa!— exclamó Pascual—. y ¿qué hiciste?.
— Pedí la devolución del dinero. Ya había pagado todo el presupuesto. Tardaron una semana pero lo conseguí. Luego me dediqué a buscar otras empresas que hicieran ese trabajo. Al final di con una que me gustó. Me hicieron los dos presupuestos y yo les envié los papeles que tenían que cumplimentar. Cuando los recibí regresé al ayuntamiento y, ¡oh sorpresa! me dijeron que yo no tenía que aportar esos papeles. Que según la normativa tenían que aportarlos las empresas, de forma telemática. Afortunadamente me dieron un teléfono de ayuda y me volví a poner en contacto con la empresa y se lo comuniqué, dándoles el teléfono que me había facilitado el ayuntamiento. Y ¡otra sorpresa!. Se acabaron los problemas y ya pude hacer la obra.
— y ¿todo bien?—preguntó Juan.
— Hombre. Si descontamos la gran polvareda que organizaron en casa… Incluso entró polvo dentro de los armarios cerrados. El chico que se encargaba de fregar no cambiaba nunca el agua de la fregona y yo tenía que decirle que lo hiciera. Por suerte terminaron en cuatro días.
— Tema solucionado, supongo— dijo Inés.
— No creas. Esperé unos días a que se secara todo y un día empecé a usar el cuarto de baño. ¡No salía agua caliente en el lavabo!. Llamé a la empresa y me enviaron a una persona. Resulta que había entrado tierra de la obra en el manguito del agua caliente y en el filtro del grifo. Una vez limpiados ya tuve por fin el cuarto de baño operativo. Más adelante descubrí que el marco de la puerta no encajaba. Les volví a llamar y vinieron. ¿Arreglaron el marco?. No. Se limitaron a poner silicona en los huecos que no encajaban con el marco. Como vi que aquella gente no daba para más, les dejé hacer la chapuza. Es evidente que carecen de un buen carpintero para arreglar semejante desaguisado.¡Gracias Paco! —le dijo al camarero que le había traído un vaso de agua.
— ¿Lo volverías a hacer?— preguntó Juan.
— ¡Nunca!.