Conversaciones en el hoyo 19: datos

— Me he dejado el móvil en casa—explicó Santiago, sonriendo—. Por una vez no sabrán donde estoy.
— ¿Quienes no sabrán dónde estás?—preguntó Inés.
— Los de Google. Teniendo un Android, está muy claro que son ellos los que recopilarán mis datos. Tanto Google como el fabricante del teléfono te incluyen en el sistema operativo programas que “supuestamente” te van a facilitar la vida, programas que no puedes eliminar y que envían tus datos. Saben cuando navego por internet y a qué webs accedo, tienen mi foto, mis huellas dactilares, mis comentarios en facebook y en X. Mis desplazamientos, y la música que pongo. Cuando uso el coche para ir a algún lado. Saben lo que compro y si pago con tarjeta, cual es mi cuenta bancaria. También leen los emails que envío. Los libros que leo y el capítulo en el que estoy. Vamos. Que pueden hacer todo un estudio de mi persona. Y tengo suerte de no utilizar esos relojes que te miden la presión arterial, el pulso y los posibles trastornos físicos que pueda padecer, ya que un montón de aseguradoras y mutuas disfrutarían al conocer mis dolencias. Y no digamos esos altavoces que te conectan con Alexa y que graban lo que dices en casa. O la televisión, que también recopila datos. Y si tienes un robot que te limpie en casa, posiblemente tendrán el plano de tu vivienda.¡Ya no existe la privacidad!.


— Pásate a Apple—apuntó Juan.
— ¿Tu crees que Apple es mejor que Google?—dijo Pascual—. Una cosa es lo que dicen que hacen y otra es lo que hacen en realidad. Forman parte del grupo que es llamado GAFAM: Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft. Si juntamos todos los datos recopilados por estas empresas, tendríamos nuestra biografía con incluso cosas que ya ni recordamos. No confío en estas empresas que actúan por encima de las leyes. Te hacen aceptar un contrato de catorce mil palabras, en inglés, que no hay ser humano que sea capaz de leer, ya que nos llevaría más de cinco horas su lectura. Siempre he pensado que la Comunidad Europea debería crear un formulario en el que estas empresas resumieran sus políticas. Un formulario de como mucho, dos páginas y en nuestro idioma, resaltando los puntos de sus políticas.
— Está claro que en todas esas empresas que ofrecen productos gratuitos, el cliente no somos nosotros—explicó Juan—. El cliente son las empresas de publicidad. Nosotros somos el producto que les venden. Y el problema es que no todas esas empresas son de publicidad. Muchas empresas utilizan nuestros datos para influirnos en temas de política, como ocurre en Estados Unidos y cada vez más en Europa. También venden esos datos a los gobiernos. Muchas de esas empresas utilizan inteligencia artificial para crear y enviar vídeos y audios falsos que influyen en la gente.


— Lo que demuestra que hay que cambiar las leyes—dijo Pascual—. Antes un vídeo ó un audio tenían consideración de pruebas en un juicio. Hoy en día, para que un juez los acepte, se debería probar que no han sido creados ó manipulados por una IA.
— Vamos a acabar como China, país que controla a su población al segundo— añadió Inés—. En función de los datos que recopilan, valoran a la gente y quien se “porta mal” no tiene acceso a muchos servicios. Hace años que estoy esperando un sistema operativo para el móvil que sea totalmente privativo. No sería mala idea que recuperaran el sistema de los antiguos Nokia. Los que no queremos redes sociales lo agradeceríamos. No me sirve decir que no me importa que recojan mis datos “porqué no tengo nada que ocultar”. En realidad, al aceptarlo, estás dando poder a esas empresas y gobiernos. Y dado que nunca han demostrado su buena fe, a saber que harán con ese poder. La democracia verdadera se basa en el poder del pueblo. Poder que debería funcionar sin influencias externas sin prejuicios. Y Cambridge Analytica, nos ha demostrado que mediante el análisis de los datos de Facebook y su clasificación, permite influenciar a la gente, cargándose uno de los pilares de la democracia que es el de “la plaza vacía”, es decir gente sin ideas preconcebidas y sin presiones de ningún tipo. Y, por el hecho de aceptar darles datos, nos estamos cargando la democracia. Y ningún gobierno nos protege.


— Porqué los gobiernos compran datos a esas empresas—apuntó Juan—. Están haciendo lo mismo que Cambridge Analytica con esos datos. Por eso no crean leyes para impedir el poder que tienen esas empresas. No hace mucho apareció una directiva que obliga a los fabricantes de móviles a cerrar el arranque de esos teléfonos para que nadie pueda cambiar el sistema operativo.
— ¿Qué quieres decir?— preguntó Inés.
— Hay mucha gente que hace modificaciones en el sistema operativo para eliminar el envío de datos a Google y esos programas inútiles que te colocan, que también recopilan datos—explicó Juan—. Ahora obligan a los fabricantes a impedirlo. Esto se debe a los atentados de las torres gemelas. Antes de ese atentado muchos organismos estaban dispuestos a impedir que los buitres de datos siguieran actuando. Y, debido al atentado, el gobierno Norteamericano creó la patriot act, que daba manga ancha a los buitres y aparcaba todas las denuncias contra la recopilación de datos, diciendo que eso serviría para detectar terroristas. Lo que está muy claro es que la conexiones a Internet, que en su día nos fueron vendidas como el acceso a la libertad, hoy en día sólo sirve para quitarnos libertades que antes teníamos.
— Dentro de poco hasta la escobas tendrán conexión Wifi para enviar datos— concluyó Santiago, riendo—. Y no digo nada de esos cubos de basura que nos hacen utilizar y que llevan un chip para identificarnos.

Conversaciones en el hoyo 19: Reseñas

— Dígame…—el móvil de Santiago había sonado y éste había contestado la llamada. Sus amigos oyeron una voz de mujer—¿Que le gustaría que hiciera una reseña sobre las obras que me hicieron en el lavabo?…—preguntó—. ¿se refiere quizás a las chapuzas que hicieron en mi lavabo?. Y ¿dónde he de poner la reseña?… Ah. En su web. Es decir que si la reseña no les gusta la borrarían para no bajar la puntuación… ¡Ah!. También puedo dejar mi reseña en Google maps, que es “imparcial”. Pues es curioso porqué he visto mensajes allí de gente cuyos mensajes no se publicaron por ser negativos… Mire. Mejor lo dejamos. No pienso perder el tiempo en poner reseñas que no se publicarán. Buenas tardes—dijo Santiago antes de colgar su teléfono—. Me mosquea que me pidan una reseña favorable después de hacer la chapuza que me hicieron. ¡Gracias Paco!—le dijo al camarero que le había traído una botella de agua. El camarero regresó a la barra preguntándose por qué Santiago le había llamado Paco, siendo su nombre Ernesto.
— Yo nunca escribo reseñas—explicó Juan—. Las empresas nos piden reseñas. Si han hecho bien su trabajo, es su obligación. Y si la reseña es negativa, no se publica nunca, a pesar del mensaje “ayúdenos a mejorar con su reseña”. Es un timo. En su día miré los lugares en los que los usuarios dejaban sus reseñas y se notaba a las claras que se trataba de empresas que ganaban dinero representando a otras empresas que les pagaban por eliminar las reseñas negativas.


— Yo fui perseguido por una empresa que no me aceptó una reseña negativa. Durante semanas me machacaron a base de emails diciendo que lo reconsiderara—dijo Pascual—. Me plantee incluso denunciar a la empresa por acoso. Al final borré mi reseña y me dejaron en paz.
— En teoría una reseña explica la calidad de un producto ó de un servicio—añadió Inés—. Normalmente, antes de comprar algo ó aceptar un presupuesto, la gente se lee las reseñas para saber a qué atenerse antes de comprar.
— Y nos encontramos con todas las reseñas indicando las virtudes de las empresas—dijo Pascual—. No hay nada negativo que nos induzca a replantearnos la compra. Quizás porqué las que son negativas, son borradas por esas empresas. Lo que necesitamos son webs totalmente imparciales que no permitan a las empresas borrar nuestras opiniones. Quizás entonces podamos fiarnos de esas opiniones.
— Pero eso es poco probable que ocurra—opinó Inés—. En el concesionario al que llevo mi coche, me pegan en la factura una etiqueta en la que me recomiendan valorar al taller con un nueve ó un diez cuando te llamen por teléfono para que valores el trato, la gestión, etc. Y como les valoras por teléfono, no queda constancia de tu valoración, salvo una estadística, siempre favorable a la empresa.
— Estadística a la que no han añadido las valoraciones negativas—añadió Santiago.


— Las únicas reseñas negativas que he visto eran de Amazon—explicó Juan—. Yo nunca compro en esa empresa, ya que no me apetece permitir que una empresa norteamericana se lucre con mis compras. Suelo mirar en Amazon y cuando encuentro el producto que quiero comprar, lo busco en otras webs que es donde compro. Pero Amazon es de las pocas empresas, por no decir la única, en las que las reseñas son positivas y negativas.
— Pensando mal, quizás por no entender nuestro idioma—contestó riendo Pascual.
— Desde luego, se ve que las empresas nos toman por tontos—añadió Inés.
— No lo creas. En realidad lo somos—dijo riendo Pascual—. Nos tragamos lo que nos ponen delante. Hace treinta años ponías un teléfono en casa y en cuanto te daban línea ya podías usarlo. Hoy en día, compras un teléfono y si quieras usarlo has de darte de alta en la web del fabricante. De alguna forma ya están empezando a recopilar nuestros datos. Incluso te has de tragar esas aplicaciones que te vienen con el sistema operativo, que no usas para nada y que no puedes eliminar. Nos las cuelan por todos lados. No tardaremos en ver que cuando compremos una escoba nos hagan registrarnos en la empresa del fabricante para poder usarla.
— Somos así de estúpidos. E influenciables— añadió Juan—. Me hizo mucha gracia descubrir que, en un capítulo de la serie de televisión “Miércoles”, ó “Wednesday” en USA, aparecía un cubo rubik que, en lugar de tener los colores habituales, estaba hecho en escala de grises. Ese capítulo generó una gran demanda de cubos rubik grises y ahora hay un montón de empresas que los fabrican.
— Lo dicho: somos estúpidos—concluyó Pascual—. Preferimos dedicar nuestra existencia a comprar algo que hemos visto en una serie a intentar arreglar el montón de contradicciones de nuestra sociedad.