Conversaciones en el hoyo 19: demo ¿qué?

—No sé si sabéis que se ha muerto la reina de Inglaterra—dijo Inés.
—¡No me digas!.¿Alguien no se ha enterado?—contestó Juan riendo—. Dos putas semanas no hablando de otra cosa. Hacía tiempo que no se hacía un espectáculo como ese.
—Lo que me ha sorprendido es la cantidad de gente que ha asistido a las ceremonias—añadió Pascual—. Parece mentira la cantidad de borregos que hay en ese país. Para mi, un país con monarquía es un país que no es demócrata.
—Hombre. Mira Suecia—objetó Santiago—. Allí son demócratas.
—No estoy de acuerdo—contestó Pascual—. Para que haya democracia se debe partir de la base de que todos han de ser iguales. Que nadie es más que otro. Y cuando una familia tiene privilegios de los que carece el resto de la población, ya no están cumpliendo con esa condición imprescindible de la democracia.


—Estoy de acuerdo contigo, Pascual—Juan bebió un trago de su cerveza—. Alguna vez ya os lo he comentado: no hay país en el mundo en el que exista la democracia. Algún que otro país ha creado un sucedáneo que se asemeja bastante, pero todos tienen errores importantes. En realidad deberían llamar a los distintos sucedáneos, “timocracia” ya que no es otra cosa que un engaño que hacen las clases dominantes a su inculto pueblo. En eso se basan, en la incultura de la gente, ya que no les conviene tener gente instruida. De ahí que estén dejando la cultura en las escuelas de pago, para gente de clase alta y se están cargando la escuela pública.
—Es curioso como se lo han ido montando, a través de los siglos—añadió Inés—. Han creado unas leyes que han escrito de la forma más críptica posible, para que sólo los abogados puedan entenderlas; ni que decir tiene el sistema tributario, hecho para que lo entiendan sólo los profesionales y calculado para que la gente rica pueda reducir sus impuestos.


—Bueno—aclaró Santiago—. Llevamos toda la historia de la humanidad en las mismas condiciones. La supremacía de un grupo sobre el resto. Nunca ha cambiado nada.
—Tal vez lo que ha cambiado han sido las excusas que utilizaban para engañar a la gente—añadió Juan—. Las palabras dios ó patria ya no tienen el significado que antes tenían. Si le dices a alguien que un rey es alguien elegido por dios, ese alguien se descojonará, lo mismo que si le hablas de patria. A no ser que seas ciudadano de Estados Unidos, donde el concepto patria te lo inculcan desde niño y acabas creyéndolo. Es el mismo sistema que utilizó la iglesia católica en los anteriores siglos: gran comida de coco cuando eres un niño y así acaban creyendo en sus cuentos de hadas.
—Pero ¿tiene arreglo este mundo?—preguntó Santiago.
—Yo creo que no. Mientras la gente carezca de cultura, seguirán creyendo que viven en países demócratas—repuso Juan—. Seguirán asistiendo a funerales de reyezuelos y leerán en la prensa el último modelito de alta costura que se ha puesto la puta reina de algún país y seguirán creyendo que viven en un estado que respeta los derechos humanos.

Conversaciones en el hoyo 19: altivez

— Me encontré la semana pasada a un tipo que me recordó a tu hermano—dijo Pascual, mientras vaciaba el contenido de su botella de cerveza en el vaso previamente inclinado. Luego bebió un único y largo trago que retuvo en su boca para sentir expandirse la frescura del líquido por su boca. Sus compañeros no dijeron nada. Sabían que aquel era para Pascual, un verdadero disfrute, un momento mágico, una de esas pequeñas acciones que lo eran todo para él.
Cuando Pascual abrió los ojos, estaba radiante. Juan, cuando lo veía beber aquel primer trago siempre pensaba que la cara de satisfacción de Pascual no era muy diferente de la que tendría tras llegar al orgasmo.
—¿Quién era ese tío?—preguntó Juan.
—Un deportista. Hasta ahora siempre había pensado que ser un pijo era algo típico de la clase alta. Ahora he descubierto que no es así. He encontrado una excepción curiosa. Un tío que sin ser tenista ó golfista tiene un ego capaz de igualar al de tu hermano.


—¿De quién se trata?—preguntó Inés.
—No os voy a dar el nombre. Lo llamaremos con un nombre neutro—contestó Pascual—. ¿Qué os parece Tomás?. Pues bien, este Tomás es campeón mundial de alguna disciplina de bicicleta que no conozco. Bueno, en realidad mis conocimientos del ciclismo se reducen a cuando adelanto una bicicleta en la carretera.
—Como te gusta ir por las ramas—dijo riendo Santiago—. Venga, al grano.
—Resumiendo, tiene un ego gigantesco—explicó Pascual—. Publica sus logros por youtube e incluso lo entrevistan y no veáis las felaciones que le hacen los diferentes periodistas. Luego, en el pueblo, se permite el lujo de insultar a la policía cada vez que le ponen una multa por aparcar su camión delante de su casa. Vamos, una persona que piensa que por ser campeón del mundo de una disciplina que solamente conocen cuatro aficionados, se considera superior al resto de la población. Me da pena que haya gente así.


—Es la historia de este país—comentó Juan—. Todos buscan destacar en algo. Incluso cuando mueren. No hay más que mirar los cementerios que tenemos. El año pasado estuve en Estados Unidos y cuando visitas un cementerio, todo son lápidas y cruces. Si visitas un cementerio español te encuentras un montón de criptas que parecen verdaderas catedrales dedicadas a familias enteras. La cuestión es destacar, dejar huella, no permitir que el ego desaparezca después de la muerte.
—Quizás esa es la razón por la que tenemos un rey—añadió Inés—. Los grandes empresarios del país necesitan agrandar su ego a base de relacionarse con el monarca, ya que su fortuna no es suficiente para destacar. Necesitan de alguien por encima de ellos que los haga sentir superiores.
—Debe ser ésta la razón por la que hacen lo que sea para mantener la monarquía—dijo Santiago—. Es la única explicación que le veo a esa obsesión por sostener a un inútil como rey, frente al pueblo que no lo quiere ni ver.


—No te creas eso de que el pueblo no lo quiere—respondió Inés—. No me tildéis de clasista pero en su mayoría, el pueblo es una colección de borregos que tragan con todo. Cuando la periodista esa que se casó con el rey luce un nuevo vestido, la gente corre a comprarlo y lo agotan en las tiendas. Somos así. La mitad de nuestros paisanos necesitan seguir la vida de esta gentuza a través de la prensa del corazón.
—Supongo se debe a la incultura que tenemos—apuntó Juan—. Me gustaría conocer el porcentaje de gente que ha leído mas de diez libros en su vida que no sean bestsellers. Lectores de autores clásicos.


—Es curioso—Pascual reflexionó en voz alta—, Siempre he pensado que la gente que más lee son de izquierdas. ¿Os lo parece?.
—Yo diría que no se trata de izquierdas ó derechas—dijo Juan—. El problema es que la gente suele leer aquellos libros que cuadran con su manera de pensar. Y así se reafirman en sus convicciones sin ser capaces de leer algo que pueda hacer que las cuestionen.
—País…