Conversaciones en el hoyo 19: cultura

— Entonces descartamos ese campo—concluyó Inés.
—Claro. Si no nos dejan jugar ahí…—contestó Santiago—. Mala cosa eso del handicap. Si no tenemos un handicap bajo no nos dejan jugar.
—Y como no competimos, no podemos bajarlo—dijo Juan—. A nadie se le ha ocurrido pensar que hay gente que juega, simplemente para pasarlo bien y hacer un poco de deporte, sin necesidad de competir con otras personas. Odio ver a la gente anotando la puntuación de cada hoyo.
—Si. Esa gente que tiene que demostrar que mea más lejos que los demás—añadió Pascual.
—Recuerdo que cuando era joven, mi deporte era la esgrima—explicó Juan—. Y era sorprendente la diferencia entre un entrenamiento y una competición. En el entrenamiento podías ver esgrima de verdad. En la competición sólo veías a dos tipos intentando pincharse como desesperados.


—Es curioso ver que en esta sociedad lo único que se promueve es la competividad—dijo Pascual—. Desde ganar unas elecciones a vender muchos ejemplares de un libro, a ganar una competición deportiva, un concurso de música, muchas visitas ó seguidores en una red…
—Supongo que está relacionado con la cultura—apuntó Inés—. No sé si habéis leído que nuestro país es de los que tienen el peor índice en la enseñanza de las escuelas.
—Lo entiendo. Seguro que nuestros políticos están orgullosos, ya que es la incultura lo que les permite mantenerse en sus cargos—explicó Santiago—. Si en este país hubiera cultura ya hace tiempo que tendríamos a gente competente en cargos políticos y nos ahorraríamos las broncas que esos inútiles suelen tener a diario.
—Y muchas cosas más. Por ejemplo ese fanatismo que existe hacia esa gente que destacó en alguna cosa—añadió Juan—. Me sorprende ver que aún se hable, veintitantos años después de su muerte, de Steve Jobs. O de Elvis Presley, muerto hace más de cincuenta años. Y no digamos de esos futbolistas que juegan bien.


—Desde luego, a la gente les gusta aferrarse al pasado. Quizás por eso tenemos un rey, mister Obvio, por cierto, ya que sus discursos no son otra cosa que obviedades—dijo Pascual—. Que en este siglo sigamos con una monarquía medieval dice mucho de este país. Nuestro país tiene una constitución contradictoria ya que en un artículo dice que todos somos iguales y en otro establece que el rey es diferente a los demás e incluso las leyes no le afectan.
—También el rey crea empleo—apuntó Santiago riendo—. Los que trabajan en su palacio, los cortesanos que se dedican a halagarlo, la prensa que se dedica a comentar la ropa, los peinados y las caras que ponen en los actos en los que actúan. Supongo que todos esos cobrarán por lo que hacen. Incluso el fotógrafo que hizo la foto oficial del monarca, que está colgada en todos los lugares oficiales del país. Por cierto, en ella aparece sentado en un sillón, a diferencia de su padre. Lo cual viene a ser una manera de decirnos de forma subliminal que es un vago, un mantenido que nunca en su vida ha hecho algo útil.
—Lo dicho. Si hubiera cultura de verdad, hace tiempo que nos habríamos librado de esas cargas—concluyó Inés.
—Y otras muchas—añadió Juan—. Religiones, guerras, ventas de armas… Quizás incluso desaparecerían los asesinos a sueldo.
—¿Asesinos a sueldo?—preguntó Santiago.
—Bueno. Me refería al ejército—aclaró Juan, riendo—. A diferencia de los sicarios a quienes les paga quien los contrata, al ejército lo paga el estado. Pero no dejan de ser asesinos a sueldo.

Conversaciones en el hoyo 19: privacidad

— Creo que ya estamos preparados para jugar al Wisconsin scramble—dijo Juan riendo—. Hoy hemos jugado todos muy bien.
— Recuérdame en que consiste esta modalidad—preguntó Santiago.
—Es lo mismo que hacíamos, pero en lugar de escoger la bola que ha quedado mejor colocada, jugamos la que esté peor—contestó Inés.
—Vamos, que en lugar de hacer menos cuatro, haremos un más cuatro—dijo Santiago, riendo.
—En absoluto. Tal como estamos jugando, todos pillamos calle y pocas bolas no van a dónde han de ir—contestó Juan—. Por eso he dicho que ya estamos en condiciones de jugar esta modalidad.
—Bueno. La mejor manera de saber si estamos preparados es probarlo—añadió Pascual—. Por cierto, tengo noticias nuevas acerca de la recogida de basuras de mi pueblo.


—Cuenta, cuenta—lo animó Inés.
—Os acordáis, supongo, de que se nos entregaron unos cubos que tenemos que sacar cada noche, en función del tipo de basura que toque ese día—explicó Pascual, después de dar un largo trago a su cerveza—. Resulta que en todos los barrios menos el mío, el ayuntamiento ha colocado unos módulos con ganchos para que cuelguen los vecinos sus cubos. Lo curioso es que en cada gancho hay una etiqueta indicando el número de edificio, el piso y la puerta.
—Vamos. Que cada vecino ha de dejar su basura en el gancho que indica su etiqueta—añadió Santiago.
—Exactamente—contestó Pascual.
—Y cuando fuisteis a recoger los cubos de basura al ayuntamiento, tuvisteis que dar el número de teléfono y la dirección de correo electrónico—dijo Juan—. ¿Verdad?.
—Si.

—Es decir que en vuestro ayuntamiento se están pasando la privacidad por el arco de triunfo—apuntó Inés, sacando conclusiones—. Por un lado tienen vuestra dirección de correo y el teléfono y por otro lado pueden revolver en vuestro cubo de basura para saber qué está tirando cada vecino.
—Alegan que si no controlan, la gente no recicla—añadió Pascual.
—Es decir: consideran que la totalidad de la gente del pueblo no recicla y por ello se cargan la privacidad—dedujo Juan—. Y ¿por qué en vuestro barrio no usan el mismo sistema?.
—Tal vez por ser un barrio rico y la gente se hubiera mosqueado—repuso Pascual.
—Es decir que consideran que los ricos reciclan bien y los pobres son sospechosos de reciclar mal—añadió Inés—. ¡Que pena de pueblo!. Seguro que el alcalde vive en el barrio rico.
—Pues si—contestó Pascual, añadiendo—: Lo peor es que la gente ni se ha planteado esta irregularidad. Han dado todos ellos sus datos y han aceptado las normas sin cuestionarlas.

—Cada vez perdemos más derechos—dijo Juan—. No sé si habéis leído en la prensa que la comunidad europea se está planteando prohibir la encriptación en los medios sociales: correo, mensajería… Alegan que es para pillar a los pederastas.
—Este país se parece cada vez más a Estados Unidos, ya que adoptamos las leyes más controvertidas—añadió Pascual—. Entiendo que en ese país, dada la incultura de su población, adopten medidas estúpidas, pero aquí en Europa, eso no tiene sentido.
—En España tiene sentido—contestó Inés—. No hay más que ver cómo nos las cuelan los políticos. Mienten, malversan y roban sin parar y aún así les votamos. Un país que no tiene noción acerca de lo que es la ética es un país inculto. Que un porcentaje tan alto de la población piense que si estuviera en el poder haría lo mismo que los políticos, indica el escaso grado de cultura de este país. La única noción de sociedad que tenemos es un puto trapo de dos colores del que dicen que representa la patria. Una patria creada con sangre y sin que los diferentes pueblos que la integran hayan decidido libremente si querían unirse al resto del país, da una noción bastante aproximada de cómo ha de funcionar nuestra sociedad: de puta pena.