Sergio y el patín

No es barato, pero vale la pena alquilar un patín y salir a dar una vuelta por el mar. Cada día a las seis de la tarde, Sergio subía en un monopatín y pedaleando, se alejaba de la playa. A sus treinta y pocos años le gustaba dedicar un par de horas diarias a fortalecer sus piernas.

Una vez mar adentro, se quedaba mirando aquellos puntos en que se habían convertido los bañistas y se dejaba llevar por sus pensamientos. A menudo pensaba que cada uno de los puntos que estaba viendo era un mundo de vivencias, totalmente diferentes a las del resto de los puntos.

Uno de aquellos puntos era la mujer gorda del toldo de al lado del suyo, con sus problemas, alegrías, frustraciones, ilusiones. En el toldo del otro lado estaba Eduardo con su mujer y sus hijos, mundo completamente diferente al resto. Sus vivencias eran únicas y diferentes a las del resto de los bañistas. Llevaban años luchando por la supervivencia de un hijo que tenía una terrible enfermedad…

– ¡Oiga!. ¡Por favor!. ¡Ayuda!.

Sergio miró a su alrededor y vió a unos quince metros una cabeza que salía del agua.

– Por favor, ayúdeme a llegar a la playa – dijo aquella cabeza -. La corriente me ha alejado del barco en el que estaba navegando.
Sergió pedaleó acercándose al desconocido, dispuesto a ayudarle. Cuando estuvo a unos cinco metros paró en seco.

– ¿De qué me suena su cara?. Lo he visto en algún lado y no sé dónde.
– En la televisión, quizás. Salgo en todos los noticieros – dijo el bañista -. Me llamo Arturo Fajín y soy presidente del partido Alianza Demócrata.

– Siempre me he preguntado cómo puede ser que un partido tan poco demócrata como el vuestro pueda utilizar la palabra «Demócrata» en su nombre.
– Dejemos las descalificaciones a un lado y ayúdeme – dijo Arturo nadando hacia el patín. Sergio pedaleó hacia atrás, alejándose de Arturo.

– ¡Pero!, ¿qué hace?. ¿Por qué se aleja de mi?. ¿Quiere que me ahogue?.
– Friamente, me apetece dejar que te ahogues. Pero por otra parte mi conciencia me dice que no lo haga. De todas formas no pareces estar a punto de ahogarte.

Arturo nadó hacia el patín y Sergio volvió a alejarse.

– Antes de rescatarte – dijo Sergio -, me gustaría saber una cosa. ¿Se trata del tres por ciento ó es más la comisión que os lleváis los cargos públicos?.
– El tres.
– No me lo creo. Dime la verdad ó vas a nadar hasta la playa.

– Es el treinta. ¡Te lo juro! – nadó hacia el patín de nuevo. Sergio volvió a alejarse.

– Tengo una duda – dijo Sergio -. ¿Qué pasa con el caso Castillo?. El empresario robó millones y sobornó a una gran cantidad de políticos durante treinta años. Y el único culpable es él. ¿Dónde están los políticos que sobornó?. ¿Por qué no están procesados?.
– No lo sé. Esto lo está llevando un juez. Por favor, ayúdame. Deja que ma agarre a tu patín.

– Échate hacia atrás, pon los brazos en cruz y relájate. Haciendo el muerto es difícil que te ahogues. Es curioso que alguien con mucho poder esté a merced de un don nadie como yo. ¡Lo que es la vida!. Contesta a mi pregunta.

Arturo hizo lo que le aconsejó Sergio y empezó a relajarse. Notó como sus brazos se lo agradecían.

– Está sub iudice – contestó.
– ¿Y la comisión del parlamento que la tenía que investigar?. ¿También depende del juez?. Quiero la verdad. Sabes que todo de lo que me cuentes va a quedar entre nosotros. ¿Qué más te da ser sincero por una vez?.

– Está bien. Seré sincero. Nos sobornó a todos. Prácticamente todos cobramos de Castillo. En la comisión, nadie puede decir que no recibiera favores del empresario. ¿Cómo quieres que salga algún nombre en esa comisión?. Si saliera la lista de nombres no quedaría ningún político sin salpicaduras. Yo mismo hice obras en mi casa con el dinero que me dio Castillo.

Sergio pensó en su vecino del toldo, Eduardo, aquel que había sacrificado todo durante años para salvar la vida de su hijo y sintió asco por aquel político que estaba nadando a su lado.
– Me voy.
– ¿Me dejas así?.
– Si. Llevo ya dos horas con este patín y he de devolverlo. Adiós – empezó a pedalear hacia la playa. A unos cincuenta metros se giró cuando oyó los lloros del político, que estaba desesperado.

– ¿Por qué no intenta – le gritó – ponerse en pie?. Debajo suyo hay un banco de arena.

Al llegar a la playa, devolvió el patín y miró hacia el mar. Luego puso cara de asombro cuando descubrió unos brazos, allá a lo lejos, haciendo aspavientos. En pocos minutos vio salir una barca hacia allí.

Luego se fue a su toldo, recogió sus cosas, se despidió de sus vecinos de los toldos contiguos y se marchó a su apartamento.

De fuera vendrán que bueno te harán

«Todos los hombres se parecen por sus palabras; sólo las obras evidencian que no son iguales». Molière

Estaba disfrutando. Sabía que no era el mejor de sus días, en lo que a correr se refiere, pero estaba en la primera posición. Su estrategia en la salida le había funcionado y no le costó demasiado mantenerse delante del resto de los coches.

El monoplaza iba redondo. Notaba como el motor le obedecía con un zumbido cuando reducía las marchas al aproximarse a alguna curva. Luego, al pisar el acelerador a mitad de curva, recuperaba casi de inmediato la velocidad. Inmediatamente detrás iba su compañero de equipo que hacía esfuerzos por no alejarse demasiado de él.

– Robert. Intenta economizar carburante – sonó en el auricular la voz de su jefe de equipo.
– Mierda pensó Robert. La palabra clave, «carburante», era la convenida para que cambiara la frecuencia de su emisora de radio y se pasara a otra, que solamente ellos podían escuchar. Contestó con un escueto «OK» y apretó un botón oculto en la trasera del casco.

– ¿Qué pasa? – preguntó.
– Robert. Soy Frank. Quiero que dejes pasar a tu compañero. Nos conviene que gane esta carrera.
– ¿Nos conviene?. ¿A ambos?. Sospecho que a mi no me conviene demasiado. Si gano estaré a dos puntos de ser primero en el mundial.

– Lo sé, Robert – dijo Frank -. Pero soy tu jefe de equipo y te ordeno que me obedezcas. Sabes que tienes un compromiso con la escudería y da la casualidad de que soy el jefe de la misma.

– ¿Compromiso?. Yo pensaba que el compromiso era algo recíproco, un acuerdo adoptado libremente por dos personas. Yo he cumplido mi parte. Tu nunca has pasado de las palabras, Frank. Hace un mes que me prometiste tendría montado el nuevo alerón y hasta hoy no lo he podido llevar. ¿Es eso cumplir tus compromisos?.
– No creo que sea este el momento para hablar de este tema – dijo Frank -. Como alguien pille este canal nos caerá una buena sanción.

– Y, ¿cuando quieres que hablemos de ello, Frank?. Llevas semanas eludiéndome. Únicamente nos vemos en reuniones semanales. No sé si te has dado cuenta que los compromisos son como el matrimonio. Hay que cultivarlos. Precisamente es la proximidad, el trato frecuente lo que cultiva el compromiso, lo que hace que no se venga abajo.
– Robert. Déjalo. Haz lo que te mando y cierra este canal.
– OK.

Al llegar a la curva, Robert clavó los frenos y se separó del centro de la curva. Su compañero de escudería lo adelantó atravesando el humo blanco de los neumáticos de Robert.

– Ya está, Frank. Ya he hecho lo que me has pedido. Tú sabrás las razones.
– Robert. Estás usando la banda de radio oficial. Nos oyen todos.

– De eso se trata, Frank. Cuando abandoné la escudería anterior estaba convencido de haber tenido el peor jefe de escudería de mi vida. Y el tiempo me ha demostrado que me equivocaba. «Otros vendrán que bueno te harán». Nunca he estado más de acuerdo con este refrán. A propósito, comunicarte que he firmado con otra escudería para el año que viene. Quizás pueda encontrar ahí cierta coherencia en mi nuevo equipo y por una vez, deje de ser el único que cumple con los compromisos.

Esperó unos segundos.
– Corto y cierro.