Conversaciones en el hoyo 19: idiomas

— Es curioso…—dijo Pascual, pensativo.
— ¿Qué es curioso?—preguntó Inés.
— No sé si os habéis fijado en ello—respondió Pascual—. Todos los grupos de jugadores que hemos ido encontrando en el campo hablaban entre ellos en castellano. Y cuando nosotros les interpelábamos, se pasaban al catalán a pesar de que iniciábamos la conversación con ellos en castellano.
— Desde luego que es curioso—contestó Juan—. ¿Cuál será la causa?.
—Sólo se me ocurre una—dijo Pascual—. El miedo social.
— ¿Y eso qué es?—preguntó Santiago.
— No es más que una teoría mía—repuso Pascual—. A todos nos gusta caer bien a los demás. La prueba son los millones de personas que viven pendientes de su aceptación en las redes sociales por los demás usuarios. Aquí en Cataluña está bien visto que hables catalán. Para muchos es una manera de diferenciarte de la “chusma” que no lo habla. Una manera de decir al interlocutor que tienes una cierta cultura que el otro no tiene. Me pregunto, ¿cuándo habláis en castellano y cuando lo hacéis en catalán?.


— Depende del interlocutor—contestó Inés—. Cuando te hablan en castellano contesto en castellano. Cuando lo hacen en catalán les hablo en catalán.
— Yo también—contestó Santiago.
— Y yo—dijo Juan.
— Y ¿en qué idioma pensáis?—preguntó Pascual.
— En castellano—repuso Inés—. En nuestra infancia el catalán estaba prohibido por el dictador y aprendimos a pensar en castellano. Es curioso, pero nuestra sociedad se mueve de forma pendular: vamos de un extremo a otro. Durante la dictadura no se podía hablar en catalán. Ahora estamos en el otro extremo y lo que está mal visto es hablar en castellano. Supongo que es obra de nuestros políticos que aún no se han dado cuenta de que la mayoría de la gente habla en castellano con los suyos…
— Y hablan en catalán con los desconocidos—puntualizó Pascual—. Para quedar bien.


— Y ¿qué os parece el asalto de la ultraderecha en el mundo?— preguntó Juan, cambiando de tema.
— Me parece curioso que tengan tantos votantes. Me recuerda un poco a la historia del emperador Claudio que narró Robert Graves— contestó Pascual—. Claudio era republicano. No le gustaba la figura del emperador, aunque no tuvo más remedio que serlo. Al final de su vida, se dejó envenenar por su esposa, que quería poner en su lugar a su hijo Nerón, un chico que estaba medio loco. Pensó que Nerón se cargaría la monarquía y así se restablecería la república. Y tengo la sensación de que la gente está actuando igual con la extremo-derecha: votar por unos años de desatino para al final volver a los cauces normales. De esta forma, en el poder, los “ultras” se desprestigiarán ellos solos, como pretendía Claudio con Nerón.
— Dudo que les funcione— puntualizó Inés—. Esos tíos son capaces de eliminar el mundo.


— Bueno. A nosotros nos da lo mismo—contestó Santiago—. Ya somos viejos y lo único que nos queda por hacer es estirar la pata. Por cierto, el otro día una operadora me llamó viejo porqué al llamarme para que aceptara las nuevas condiciones de mi contrato le dije que cuando me llegara el contrato por correo, me lo leería y decidiría si dar ó no mi consentimiento. Me dijo que hoy en día ya no se envían los contratos por escrito y que tenía que leerlo en la página web. Vamos. Que yo estaba desfasado y que soy viejo por no aceptar algo que hoy en día se hace. Le contesté que el contenido de una página web puede ser cambiado en cinco minutos de forma unilateral y que un contrato por escrito, firmado y en mi poder no puede ser modificado por nadie.
— Ah. El mundo está cambiando y para mal—contestó Juan—. Estoy de acuerdo con tu punto de vista. La de operadoras de telefonía que venden que tu contrato te mantendrá el precio “de por vida” y a los seis meses te suben el importe de la factura sin avisarte. O Steam que te vende los juegos que nunca serán tuyos ya que llevan drm y si no te conectas a esa empresa no podrás jugar, Ni venderlos ni regalarlos. Es un timo. Si hablaran de alquilar juegos y pusieran precios de alquiler, tendría más lógica. No hace mucho, Steam anunció que en caso de fallecimiento de un usuario, los juegos se perdían y ningún descendiente podría tener acceso a los juegos del finado. Y lo mismo pasa con Amazon que te vende libros que nunca serán tuyos por la misma razón. Menudo concepto tienen de lo que es la propiedad. Y lo peor es que los clientes no buscan alternativas a ese timo y siguen comprando en esas tiendas.
— Lo que yo digo: nos mean encima y nos hacen creer que llueve—dijo riendo Inés.

Conversaciones en el hoyo 19: cambios

— Me hizo gracia una cosa que leí—explicó Pascual—. Le preguntaban a una niña en qué sociedad le gustaría vivir y ella contestó que en la de Star Trek. Explicó que en la serie se veía que la pobreza ya no existía, ni las guerras y además las normas de la Federación eran muy humanas.
— Una niña muy lista, desde luego—contestó Pascual—. ¿Qué cambiaríais de nuestra sociedad si pudierais hacerlo?.
— Yo empezaría por eliminar todas las películas violentas—dijo Juan—. Estoy convencido de que un chaval, a los diez años ya ha visto miles de asesinatos y matanzas. Toda la basura que exporta Estados Unidos con su cine tiene que afectar a nuestros hijos.
— Y luego se extrañan de que un chaval vaya al cole y mate a compañeros y profesores—añadió Santiago—. Deben tener tan asumida la violencia que la deben considerar como algo normal.


— Y no sólo el culpable es el cine—dijo Juan—. El ochenta por ciento de los juegos de ordenador son violentos. Y lo peor es pensar que tanto en cine como en los juegos, cada vez más países se dedican a imitar esa basura norteamericana. Lo cual crea una sociedad que acepta y asume la violencia. Que en las clases de historia se estudien a los grandes conquistadores y no a las personas que han hecho avanzar a la humanidad es muy significativo.
— Quizás sin toda esa violencia que nos inculcan no habría guerras, ya que una sociedad pacífica en ninguna circunstancia aceptaría los conflictos armados—apuntó Inés—. Por añadir algo, al tipo de sociedad que me gustaría, también eliminaría la competividad, ya sea en el deporte como en cualquier ámbito de la sociedad: escritores, actores, cantantes…
— Supongo que la competividad es lo que nos queda de la época en la que éramos monos—añadió Santiago—. No hay más que ver los gestos y los gritos de nuestros deportistas cuando ganan un punto en cualquier competición. Parecen mandriles luciéndose ante la hembra de la manada.
— Yo propondría una cultura gratuita que estuviera basada en humanidades—dijo Pascual—. Una cultura que enseñe a nuestros hijos a pensar, razonar, cuestionar y sentir curiosidad.
— Yo suprimiría los desfiles del ejército y todos los actos militares incluso los que se hacen en las instituciones públicas—apuntó Juan—. No es bueno alardear de un ejército, de un armamento y de unos soldados obedientes que llevan el paso al unísono.
—Ya puestos, eliminaría la figura del rey—añadió Juan—. Por primera vez tendríamos una constitución que no sería contradictoria: todos seríamos iguales, sin las excepciones de los reyes.
— Yo propondría la objeción de conciencia para los policías, sin que afectara a su trabajo y a sus posibilidades de promoción—dijo Inés—. Ciertos servicios, como los desahucios pueden ir en contra de los principios de algunos policías.
— Hombre. Yo no estoy muy de acuerdo—respondió Juan—. Si tenemos en cuenta que en su mayoría, la policía está compuesta por delincuentes, el tema de los principios de estos sujetos, brilla por su ausencia. Quizás añadiría a la objeción de conciencia que propones, poder contratar a gente normal para ese trabajo. Gente con principios y no como hasta ahora, que buscan perfiles de psicópatas.


— Yo eliminaría la publicidad—añadió Santiago—. Si tenemos en cuenta que las empresas tienen detrás a un montón de psicólogos que se dedican a buscar y explotar las debilidades de la gente, no me parece demasiado imparcial.
— Yo tengo por norma no comprar nunca a aquellas empresas que ponen publicidad en internet—dijo Juan—. Ya me gustaría añadir en la lista a los anunciantes que ponen anuncios en la televisión, pero como no la veo…
— Sospecho que la propuesta de Santiago encarecería todo aquello de internet que ahora tenemos gratis—comentó Pascual.
— Particularmente preferiría pagar que tener que soportar la publicidad—repuso Juan—. Incluso agradecería encontrar un programa de móvil que recogiera una lista de las empresas que tiran de publicidad, para no comprarles nunca.
— Ya puestos en añadir ideas para mejorar nuestra sociedad propondría respetar nuestra privacidad—dijo Santiago—. No es de recibo que te hagan sacar la basura en un recipiente que lleva un chip que te identifica.
— ¡Um!. Y eliminar las cookies y los rastreos que te hacen cuando navegas por internet—añadió Juan—. ¡Que bonito!.


— El otro día traté de ver por televisión pública un programa de esos que puedes ver en diferido a través de internet y oh sorpresa. Si no te registras no puedes ver nada—explicó Inés—. Y os hablo de la televisión pública, que pagamos todos. Evidentemente no me registré ya que, a saber lo que harán con mis datos.
— En la televisión catalana no hay que registrarse, pero incluso viendo programas en diferido te cuelan anuncios. Y también es una televisión pública—dijo Pascual.
— Hombre. Yo diría que fue una buena idea la de suprimir la publicidad en la televisión pública nacional—comentó Santiago.
— Hecha la ley, hecha la trampa—repuso Inés—. No ponen anuncios de empresas comerciales, pero ponen anuncios de sus programas basura.
— ¡Que pena de país!—concluyó Santiago.