— No me quedó claro aquello que dijiste acerca de la “plaza vacía”—dijo Santiago.
—Es fácil de entender—contestó Juan—En Grecia se consideraba que para que existiera la democracia, la gente tenía que asistir a las reuniones sin ningún tipo de prejuicio. Hombres, mujeres, ricos, pobres, blancos, negros, religiosos, ateos… Cuando se habla de plaza vacía, nos referimos al parlamento, el lugar en el que la gente expone sus puntos de vista. De alguna manera cualquier asistente podría ser sustituido por otra persona sin que variara el contenido de las conversaciones. Esto sería la verdadera democracia. Sin reyezuelos, sin millonarios, sin grupos de poder. Solamente ciudadanos normales.
—Vamos, como tenemos en nuestro país—agregó riendo Santiago.
—En realidad ese parlamento vacío de ideologías debería ser aplicable a otros ámbitos: a la justicia, a las leyes, a la medicina, a la educación…—dijo Juan, añadiendo—: no es de recibo que varíe la aplicación de la justicia en función del nivel económico de a quien se juzgue. Si es alguien pobre, la justicia es inmediata. Si se trata de alguien con mucho dinero la justicia se dilata, quizás años, durante la instrucción de la causa. Lo mismo pasa con las leyes, escritas en un lenguaje críptico y que únicamente entienden los que se dedican a trabajar con ellas. Deberían escribirse en un lenguaje comprensible por todos y que sus contenidos no hicieran distinción entre sexos, culturas, poder adquisitivo, raza, religión…
—¡Exactamente lo que tenemos en nuestro país!—dijo riendo Inés—. ¿Y en qué afectaría a mi profesión?, la medicina.
—Esto se ve más patente en países como Estados Unidos—contestó Juan—. En aquel país si tienes dinero puedes afrontar los gastos médicos que pueden solucionar una enfermedad. Sin embargo si no tienes dinero, vas a sufrir tu enfermedad sin cuidados médicos y si la enfermedad es grave, morirás sin remedio. Tengo la sospecha de que en aquel país no se estudia el juramento hipocrático. Aunque si lo miramos bien, en nuestro país, en el que si se estudia, pocos se lo toman en serio. Que la industria farmacéutica te venda un medicamento a precio de oro imposibilita que una persona sin recursos pueda acceder al mismo. Y eso que tiran de dinero subvencionado por los diferentes gobiernos para investigar.
—Por lo que has dicho, la medicina debería ser gratuita, tal como tenemos en nuestro país—dijo Inés—. Aunque nuestros maravillosos políticos la están privatizando.
—¿Y la educación?—preguntó Pascual.
—Debería ser para todos los ciudadanos, en función de sus capacidades y no de su poder económico, como está pasando en nuestro país—contestó Juan—. Si naces en una familia sin recursos, aunque tengas aptitudes, no conseguirás hacer los estudios para ser un buen científico, médico, ingeniero ó cualquier otra carrera. Incluso si logras hacer y terminar tus estudios, en según que profesiones no podrás ejercer, ya que determinados grupos de poder sólo aceptan a los suyos.
—Moraleja. La verdadera democracia no existe—resumió Inés—. A pesar de que existió en Grecia.
—No te lo creas. Sócrates fue condenado a muerte por decir que la plaza vacía, no lo estaba en realidad—puntualizó Juan—. Estaba llena de capitostes, reyezuelos, millonarios, todos ellos incapaces de discutir con objetividad con el resto de ciudadanos. Lo que tenemos que tener claro es que para que uno pueda considerarse “ciudadano”, ha de dejar de lado todo elemento subjetivo como religión, sexo, dinero, poder…
—Y tener una cierta cultura. Estar bien informado—añadió Pascual.
—Teniendo en cuenta que los medios de comunicación pertenecen a grandes grupos empresariales, la manipulación es una constante—dijo Inés.