Conversaciones en el hoyo 19: timos online

— Odio la moda que están intentando imponer—dijo Juan, enfadado—. Resulta que ahora los programas de ordenador ya no se compran. Se alquilan.
—Y ¿qué más da?—preguntó Pascual—. Seguro que es más barato.
—A la larga, no—explicó Juan—. Muchas veces los usuarios queremos un programa cerrado, sin ventajas añadidas que no necesitamos y si estamos suscritos nos las tenemos que tragar con cada actualización. Además te obligan a darte de alta como usuario para poder utilizar la aplicación, lo que significa que cada vez que lanzas el programa, éste se conecta a la web de los desarrolladores y comprueba que has pagado. Lo cual significa que si un día esa empresa cierra, el programa dejará de funcionar. Por un lado, odio ese riesgo que me hacen correr sobre la supervivencia de la empresa. Por otro lado, odio la vulneración de la privacidad a la que me obligan. Y también odio que, sabiendo la empresa que te tienen pillado, suban el precio de la suscripción arbitrariamente. ¿Quieres seguir usando el programa?. Pues paga más.


—Eso me recuerda lo que contaste acerca de Amazon—añadió Inés—. Esos libros digitales que compras pero que nunca son de tu propiedad ya que es la propia tienda la que determina en qué ordenadores los puedes leer. Mi concepto de propiedad es distinto al de ellos. Para mi, un libro es algo que puedo prestar, vender ó regalar y eso no se puede hacer en Amazon. Si le pasas un libro a alguien, el drm impide que éste lo pueda leer.
—Yo, haciendo caso a vuestras sugerencias—explicó Santiago—he buscado libros digitales en webs diferentes a Amazon. Y, ¡oh sorpresa!, cuando pulsas la tecla “comprar” en esas webs, se te abre la página de Amazon con el libro para que lo compres allí.
—También me pasa a mi con las partituras que compro—añadió Juan—. Muchas tiendas de partituras te las venden pero no las puedes bajar a tu ordenador ya que te obligan a verlas online en unos casos o te llegan en un formato que te obliga a usar un determinado programa que “casualmente”, venden ellos mismos.


—Por no hablar de los juegos que vende Steam, también con drm—explicó Santiago—. Juegos que sólo funcionan si tienes en marcha el programa de Steam, registrado en una cuenta y teniendo ellos el número de tu tarjeta de crédito. El día que cierre esa empresa, millones de usuarios se darán cuenta de que en su día compraron aire en lugar de juegos.
—Todos ellos son unos timadores—sentenció Juan—. Y lo peor es que la gente les sigue el juego. Y no sólo los clientes. También los vendedores han de bajarse los pantalones y vender sus productos a través de esas empresas, que les sacan la comisión que les apetece.
—Hombre—aclaró Pascual—. Durante el confinamiento, el hecho de vender a través de Amazon ha permitido sobrevivir a muchas tiendas pequeñas.
—Totalmente de acuerdo contigo—dijo Juan—. Ahora, ya superado el problema, estas empresas deberían montar su venta online a través de su propia web e intentar salirse de las redes de Amazon, empresa que si ve que tu producto se vende muy bien, te lo piratea, lo fabrica y vende como propio.


—Es curioso el hecho de que una empresa que se vanagloria de evitar el pirateo de libros—rio Santiago—piratee a sus propios vendedores.

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