Conversaciones en el hoyo 19: patrias

— La verdad es que me dejó pasmado ver en una película de Estados Unidos a los niños de una escuela empezar el día recitando una fórmula de defensa de su país, la bandera y no sé cuantas cosas más—dijo Santiago—. Todos ellos, por cierto con la mano en el corazón. Me ha recordado algo que me contó mi hermano mayor: aquí en España, durante el franquismo los niños tenían que cantar el “cara al sol” en el patio de la escuela, antes de entrar a clase. Yo me salvé, pero mi hermano tuvo que levantar el brazo y cantar. Y eso con cinco años.
—Si eso no es adoctrinamiento…—contestó Pascual—. Los niños no deberían pasar por esas cosas hasta tener una edad de por lo menos, catorce ó quince años. Hasta esa edad son muy influenciables.
—De eso se trata—añadió Juan—. Esa es la política de ciertos países del mundo y también la de la iglesia católica. Si se intentara adoctrinar a partir de los quince años, sospecho que la cosa no tendría mucho éxito.


—Y probablemente no quedaría ni una sola religión—dijo Inés—. Por cierto, ya que estamos, el tío que inventó la palabra fe, si la hubiera patentado, se hubiera forrado. La de negocios que se han enriquecido gracias a esa palabreja.
—Y la de guerras que ha provocado, abusos a niños, persecuciones, torturas…—añadió Pascual.
—Siempre he pensado—dijo Juan—que los conceptos religión y patria deberían desaparecer. Nuestra única patria es el planeta. Los países son creaciones de los caciques locales para explotar a sus paisanos.
—Eso seguro que no cuela en Estados Unidos—dijo riendo Santiago—. Todos esos protocolos de las escuelas; los entierros de soldados muertos en combate… Cuando veo que incluso tienen una técnica de doblar la bandera para después entregársela a la madre ó esposa del fallecido, tras el toque de corneta de rigor y las salvas al aire, me parece fanatismo puro.


—Me encantaría que lo intentaran en nuestro país—rio Pascual—. Menudo el cachondeo se organizaría. Es curioso pero España es el único país que conozco del que sus paisanos hablan mal.
—En mi caso—explicó Juan—hace muchos años que no veo nada del cine de aquí, ni escucho su música y procuro no leer nada de autores españoles. Quizás porqué reflejan precisamente la parte más negativa del país: su analfabetismo, su humor simplón, la puta guerra del 36 que aún sigue generando libros y películas…
—Y nos faltan los personajes secundarios de películas y libros, que no pueden faltar—añadió Santiago—: los comparsas del protagonista, ignorantes, graciosillos. Generalmente hablan un andaluz cerrado por ser así más divertidas sus ocurrencias. Ojalá fueran como Sancho Panza, que por lo menos tenía algo de fondo; o quizás como el Leporello del Don Juan de Mozart.
—Es curioso lo que decís—observó Pascual—. No recuerdo a ninguno de esos secundarios en la literatura inglesa.
—Ni en la francesa—dijo Inés—. Parece que es una constante únicamente española.
—Supongo que es una manera de asegurar la venta de un libro ó una película—concluyó Juan—. Así consiguen que el pueblo llano se identifique con ese personaje.
—Vamos, otro tipo de populismo.

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