Candidato a político

«Los idealistas deben darse mucha prisa en cambiar el mundo antes de que el mundo les cambie a ellos». (Mafalda).

Manuel entró en el despacho de su jefa como una tromba.

– No me lo puedo creer – dijo -. Tanto tiempo dejándome los cuernos trabajando y tú vas y asciendes a Julia. No hay explicación posible.
– ¿Quieres la versión oficial ó te cuento la verdad de lo que me ha llevado  a tomar esta decisión? – contestó ella.
– Prefiero la tuya – contestó Manuel rojo como una grana, debido al cabreo que llevaba.

– Pues te cuento… – empezó la jefa – he estado mirando todos los trabajos que habéis estado haciendo durante los meses que he estado de baja y he de decir que son impecables…
– Claro. Puse en ellos los cinco sentidos.
– No. No me estoy refiriendo a los tuyos. Los que son verdaderamente impecables son los de Julia.

Manuel se revolvió en su asiento.
– Aunque no lo creas, durante este tiempo en el que no he trabajado, me han ido llegando voces acerca de lo que iba aconteciendo. Lo que más me ha llamado la atención es el menosprecio que has demostrado hacia lo que hacía tu compañera. Te hes dedicado a machacar de forma inmisericorde todo lo que ha hecho esta chica. Y cuando no has ido a por ella, la has ninguneado…
– Seguro que te lo ha dicho ella. Es una mala pécora.

– Te equivocas. Nunca hay que fiarse de una única campanada. Es más. Ella no me quiso decir nada sobre este tema. Al principio no di crédito a lo que me explicaron, pero un día me hicieron llegar la grabación de una de las reuniones en la que te despachaste con Julia de forma que rallaba la grosería.
– Quizás ese día yo estaba algo nervioso… – su voz era temblorosa.
– A raíz de esa grabación, pedí que me grabaran todas las reuniones y en todas ellas quedaste muy a gusto ridiculizando todo lo que ella decía. Y lo curioso es que tú no eras el único que iba a por ella. Tu gran amigo Lorenzo, actuaba igual. Por desgracia, él me ha venido impuesto. No puedo sacármelo de encima y eso que tiene la inteligencia de una sandalia… Ahora intenta acallar su conciencia ó quizás luche por su supervivencia y es amigo de todos a quienes antes vejaba. Pobre imbécil. ¿Quién le dio poder?.

Manuel no dijo nada.
– Continúo – dijo la jefa -. Cuando llegué, tras meses de ausencia, descubrí que el ambiente del departamento era tan tenso que casi se podía cortar con cuchillo. Un silencio generalizado. En las reuniones presidía un ambiente pesimista. No había ni un ápice de alegría, interés, espontaneidad, ilusión. Eran lo más parecido a un funeral. Todos se limitaban a asistir, con unas ganas locas de terminar el cónclave.

– ¿Y yo tengo algo que ver con eso?.
– Al principio pensaba que nada. Pero las grabaciones me han abierto los ojos. Durante esos meses os habéis dedicado a controlar a todos vuestros compañeros.
– Las estadísticas indican que el rendimiento de ellos es altísimo gracias al control que ejercíamos en su trabajo – dijo Manuel, irritado.
– Estás hablando de tus compañeros, que hacen el mismo trabajo que tu. Bueno, para ser exactos, debería decir que tu deberías hacer el mismo trabajo que ellos. ¿Quien te ha dado atribuciones para controlar a tus compañeros?.

– Pero las estadísticas…
– Las estadísticas me importan poco. Prefiero un departamento en el que haya ilusión, alegría, camaradería. Nunca se te ha ocurrido echar un cable a tus compañeros cuando han tenido problemas. Mucho organizar eventos en fin de semana para crear camaradería, pero a la hora de la verdad, para ti lo único que cuenta es medrar a costa de lo que haga falta. ¿Hay que pisar?. Pues se pisa. ¿Hay que menospreciar a alguien?. Pues adelante. ¿Hay que dar unos cuantos codazos?. Pues se dan.

– Pero la has ascendido y ahora es mi jefa.
– ¿A quien?. ¿A Julia?. Claro. Es una buena profesional y tiene capacidad de liderazgo.
– Pues voy a pedir el traslado. Si la tengo como jefa, se dedicará a joderme la vida.
– Te equivocas – dijo la jefa -. Julia tiene algo de lo que vosotros, los arribistas, carecéis. Ella tiene principios. Si te hiciera lo mismo que tu le hiciste, para ella sería ponerse a tu nivel. Se trata de una persona que no se considera superior a nadie. Se lleva bien con todos, les infunde alegría y siempre está ahí cuando alguien lo está pasando mal.

Manuel se levantó irritado.
– Espera. No he terminado – dijo la jefa -. Me falta hablarte de otra de las causas que han inclinado la balanza: la lealtad. ¿Cómo voy a ascender a una persona que ha dedicado todas sus energías a ponerme verde durante mi ausencia?. ¿Cómo quieres que confíe en una persona que se dedica a darme puñaladas cuando me doy la vuelta?. Quiero tener gente a mi alrededor que me sea leal. Que acepte que soy humana y me equivoco, pero que muestre hacia mi la lealtad que creo, merezco. Conste que es aún más grave lo de tu compañero, ya que ostenta un cierto poder y tiene mayores posibilidades de influir en los demás. Con él se queda corta la palabra miserable. Es el ejemplo por el cual no te he querido ascender. Sólo me faltaría que te convirtieras en algo parecido a él. Sólo pensar en tener dos jefes desleales me pone frenética.

– OK. Lo entiendo – dijo Manuel yendo hacia la puerta.
– Manuel. Deja que te dé un consejo. Dado tu perfil, en el que predomina el ego, lo ideal en los tiempos actuales, sería que te dedicaras a la política. Si te fijas en la prensa, verás que estamos gobernados a todos los niveles, por gente como tú. No pierdas el tiempo en la Innombrable. Si algo ha cambiado en esta empresa es que ahora quedan pocos dictadorzuelos en los departamentos. Todavía hay, pero la tendencia es ir eliminándolos.

Manuel abrió la puerta.
– Ahora haz lo que creas – le dijo la jefa -. Te dedicas a criticarme para salvar tu ego ó  piensas en el consejo que te he dado.

Por suerte para millones de ciudadanos, hoy por hoy, Manuel no ha dado el salto a la política. Sigue en la Innombrable, eso si, renegando contra todos sus jefes.
Él no tiene la culpa.
Es una víctima.

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Oniria
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Hola! decirte que trabajé en la Inombrable durante ocho años de mi vida, y me ha sido fácil ponerle rostros a tus personajes. Dices que las cosas van cambiando, pero yo no lo tengo tan claro: mientras sigan esos «dictadorzuelos» de medio pelo en los puestos que están, sin escarmiento ejemplar, no habrá cambiado nada de nada.
Un abrazo compañero!