La selección del nuevo empleado

Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas. (Mario Benedetti).

Pascual, psicólogo, abrió el sobre que le había entregado la secretaria. El resultado del PET era concluyente. Presentaba un índice de dopamina exageradamente superior al de la gente normal.

Ramona, la jefa de personal de la Inombrable, estaba con el ceño fruncido. No podía entender que el psicólogo hubiera hecho una prueba tan cara a un simple aspirante a entrar en la empresa. Eso estaba fuera del protocolo habitual.

– Ya me dirá para qué ha servido el análisis que pidió para el señor Ramírez – dijo enojada.
– Para mi es la confirmación de una sospecha que hace tiempo rondaba por mi cabeza. El hombre en cuestión es un psicópata.

– ¿Qué me está diciendo?. ¡Pero si es un tipo encantador!.
– Ese fue el primer rasgo que me hizo pensar en ello. Los psicópatas son por lo general, personas que, a simple vista son encantadoras y con un poder de seducción fuera de lo corriente. Su inteligencia, con frecuencia es superior al nivel medio.

– Entonces, una persona así puede servir para el cargo que ofrecemos, ¿no?.
– Según se mire – dijo Pascual -. Si lo que quiere es una persona que carece totalmente de empatía, que miente sin parar, que es totalmente egocéntrico, que carece de emociones, que es un perfecto irresponsable en sus obligaciones, que manipula a los demás, a quienes considera meros objetos para conseguir sus objetivos, usted verá lo que hace. Particularmente yo me alejaría de ese tipo de gente.
– No lo acabo de entender – dijo Ramona -. Se trata de una persona que parece muy emotiva y cercana…

– Carece de emociones y de empatía. Todo lo que usted ha visto en él, que le ha gustado, no es otra cosa que una impecable actuación. Esa gente tiene una gran facilidad para actuar y demostrar aquello de lo que carecen. Son expertos en la manipulación, ya que tienen una especial habilidad para clasificar a las personas y encontrar en ellas algún punto flaco en su personalidad.
– No puedo creer eso que me está diciendo, señor Pascual – dijo Ramona -. Yo pensaba que los psicópatas son los asesinos en serie.

– Muchos lo son. Sin embargo un uno por ciento de la población son psicópatas. Y entre ellos, la mayoría son gente que lleva una vida normal, eso si, destrozando la vida de las personas con quienes se relacionan. Se trata de sujetos que por lo general, han sufrido en su infancia y que, en parte debido a ello, se han creado sus propias normas que con frecuencia, contradicen las normas sociales. De ahí que cuando hacen alguna cosa mala no tienen el menor sentimiento de culpa, ya que lo único que les importa es no contravenir sus propias normas.

– ¿Son antisociales, pues?.
– Si. Tengo por casa las grabaciones que hizo una víctima de su jefe psicópata. Durante años estuvo llevando un reloj que grababa todas las conversaciones que tenía con su jefe y todavía me sorprende la gran cantidad de maldades que era capaz de hacer aquel hombre sin necesidad de recurrir a la violencia física. Mi paciente, la víctima, estuvo años siguiendo tratamiento para recobrarse de lo que le hizo aquel hombre. Aún hoy, cuando escucha ciertas grabaciones, sigue alterándose.

– ¿Tiene curación la psicopatía? – preguntó Ramona.
– No. Por lo menos, que yo sepa. Hay tratamientos experimentales, pero sin garantía de curación y que además, en algunos casos, peligrosos. Ya me gustaría que con reducir la dopamina se pudiera curar la psicopatía.
– ¿Dopamina?.
– Si. Precisamente es el índice de dopamina lo que he buscado en el análisis. Se trata de un indicador que se asocia a la recompensa. Es una sustancia que libera el cerebro y estimula las expectativas de recompensa del sujeto al hacer determinada acción. En los psicópatas esa posibilidad de premio les estimula de tal forma que desatienden todo lo demás.
– Es terrorífico todo lo que me ha contado – dijo Ramona -. ¿Que hago con Ramírez?.
– Todo menos dejarle entrar en la empresa – contestó Pascual, mientras entregaba el análisis a Ramona -. Siempre podrá dedicarse a la política, convertirse en soldado, policía antidisturbios, espía… Lo que tengo claro es que nunca hay que estar cerca de un psicópata y si por razones de trabajo no hay más remedio que tratar con él, que el trato sea mínimo y sin darle ninguna confianza.

Aquella noche, Ramona tuvo problemas para dormir. Cuando al final consiguió relajarse, cayó en un sueño profundo.
Tres horas más tarde el despertador empezó a sonar.
Cuando llegó a su despacho, una idea había tomado forma en su cerebro.
– ¿Dónde he visto ese papel? – iba diciéndose a si misma.
Abrió el armario de los expedientes de personal “relevante”, que por razones de seguridad estaban en su despacho.
Empezó a abrir carpetas y a pasar hojas.
Una hora más tarde apareció la hoja que buscaba. En su día, cuando vio aquella hoja en un expediente, no supo qué era ni lo que hacía en aquella carpeta.
Sacó la hoja y se la llevó a la mesa. La comparó con la hoja que le había dado Pascual y cuando leyó los números que hacían referencia a los índices de dopamina, empezó a reir de forma incontrolada, hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas.

Actualmente Ramona sigue dirigiendo su departamento de RRHH. Los que la conocen bien han notado en su rostro una cierta propensión a esbozar una sonrisa que algunos consideran irónica. Por lo demás, nada ha cambiado.
Salvo un reloj nuevo y moderno, regalo de su marido, que lleva a todas partes.

Ramona y la firma del convenio

Sonó el teléfono.

Juan alargó el brazo y lo descolgó.
– Si.
– Hola Juan. Dentro de media hora tenemos la firma.
– ¿La firma de qué?.
– La firma del Convenio.
– ¿Te refieres al Convenio ese, en el que no me han dejado participar y que aún no he visto?.

– Venga Juan. No te lo tomes así. Además te lo he dicho mal. No se trata de firmar el Convenio. Se trata de la firma de las actas de las reuniones del Convenio.
– Vamos. Que he de firmar las actas de las reuniones a las que no he asistido…

– Ya sabes que Ramona, la jefe de RRHH fue muy concreta a la hora de elegir a los negociadores del comité de empresa.
– De eso me quejo, Agustín. No es de recibo que la empresa negocie con los representantes que elige a dedo.
– No teníamos elección. Llevan meses despidiendo y prejubilando. Todos tenemos miedo a la posible llamada de Ramona para comunicarnos el fin de nuestra relación laboral. ¿Nos vemos en la sala de reuniones?.
– Vale. Allí estaré.

Ramona estaba satisfecha. Las reuniones para la revisión del Convenio habían salido a pedir de boca.

La campaña de miedo que había extendido a toda la empresa había dado sus frutos. En los últimos meses todos los empleados se habían convertido en simples corderitos mansos, incapaces de levantar su voz por duro que fuera lo que se les impusiera. Y ese era el caldo de cultivo que quería Ramona para negociar el Convenio.

Cuando apareció en la sala de reuniones escondió su sonrisa triunfal.
Doce personas la estaban aguardando.
Abrió la carpeta que llevaba y sacó unas hojas. Las puso sobre la mesa.
– Estas son las actas de las reuniones.

Uno a uno, fueron pasando los representantes de los trabajadores a firmar. Los cinco del sindicato y los siete de la otra candidatura, triunfadora en las últimas elecciones.
– Ahora viene lo bueno – pensó Ramona. Abrió de nuevo su carpeta y tiró sobre la mesa las hojas del Convenio, diciendo :
– Ya sólo falta firmar el Convenio. Como de costumbre, tenéis que visar todas las hojas y firmar en la última.

El silencio invadió la sala. Ramona observó las miradas de los miembros del comité de empresa. Tal y como esperaba, los cinco del sindicato fueron los primeros en hablar.
– Nosotros no aceptamos el Convenio y no lo vamos a firmar.
– Me lo imaginaba – contestó Ramona -. Ya podéis salir de la sala.

Una vez se hubieron marchado los cinco sindicalistas Ramona dijo:
– Ahora se pondrán a redactar un escrito que repartirán a todos los trabajadores en el que dirán que no están de acuerdo con el Convenio y así quedarán como los buenos de la película delante de sus compañeros y también del sindicato.

Tomó de la mesa el Convenio y se lo dio al que estaba a su izquierda.
– Venga. No perdamos tiempo, que tengo mucho que hacer. Firma.

Los siete representantes de los trabajadores firmaron el Convenio. De ellos, solamente dos, los que lo habían negociado – y, por cierto, cedido a todas las pretensiones de Ramona – lo habían leído.

Los cinco restantes no tuvieron el valor para decir que no podían firmar un documento que no conocían.

Cuando Ramona llegó a su despacho era la más feliz de las mujeres. Había conseguido eliminar un sinfín de privilegios que los trabajadores tenían desde hacía muchos años.
– ¡Bien por la política del miedo!. ¡Bien por la crisis!.

Juan no pudo pegar ojo en toda la noche. Sabía que había traicionado la confianza que le habían otorgado sus compañeros de la empresa.