Conversaciones interactivas por confinamiento: principios

—A tí te pasa algo, Santiago—dijo Juan—. Desde que te has conectado no paras de sonreir.
—Estoy contento. Hace años tenía un gusanillo que me provocaba un cierto desasosiego—explicó Santiago—. Y ahora me ha desaparecido por completo. Es una sensación como cuando el ó la protagonista de una película recorren un oscuro pasillo y la música de fondo te deja entrever que algo malicioso ronda por ahí, a punto de aparecer.
—Y ¿ahora te ha desaparecido, sin más?—preguntó Inés mientras lanzaba su mano hacia las patatas fritas.
—Es complicado, que dirían los estadounidenses. Os cuento—contestó Santiago—. Ya sabéis que tenía un bar al lado de la Innombrable y la gente de esa multinacional venía a tomar algo al terminar su trabajo. Una de esas personas que venía era Merche, una mujer encantadora y una bellísima persona. Muchas veces charlábamos y me contó que la jefa de su departamento hacía lo posible por amargarle la existencia. Quizás la razón de esa actitud de la jefa se debía a que Merche tenía mucha amistad con los pocos compañeros que cuestionaban las directrices del departamento.


—Vamos, los “rojillos” del departamento—apuntó Pascual—. ¿Quién era esa jefa?.
—Una tal Felisa, aunque sus subordinados se referían a ella como “la gamba”, ó “la golfa”— contestó Santiago, añadiendo:— lo de la gamba se debía a su eterno moreno corporal y al hecho de que hace veinte años tenía un cuerpo que, a decir de sus subordinados, se podía aprovechar todo, menos la cabeza.
—Ya sé de quién me hablas—añadió Pascual—. Era una mujer que entraba en bucle cuando hablaba y no paraba de repetir siempre lo mismo.


—La carrera de la tal Felisa fue meteórica. Empezó aliándose con un psicópata a quien le cedió gran parte de su poder, por lo cual pudo permitirse años de vivir como un Borbón—explicó Santiago—. Conste que Merche nunca me explicó nada, pero sus compañeros eran más explícitos y lo que me contaba uno y otro, sirvió para hacerme una idea acerca de la “calidad” de esa persona. Me contaron que era experta en mirar a otro lado cuando el psicópata se excedía en sus funciones. También me explicaron que se vestía como una niña, con una minifalda escandalosa, para satisfacer las miradas y quizás algo más de su director. Oi también que cuando ese director se jubiló, su sustituto, lo primero que hizo fue prohibirle llevar esas minifaldas. De hace unos diez años a esta parte fueron eliminando a aquellos “rojillos” que osaban cometer la osadía de pensar algo diferente a la corriente oficial. Jubilaciones anticipadas, despidos… Lo último que supe de Felisa es que estaba rodeada de un grupo de “trepas”, que le seguían el juego para tener un cierto poder. Susy, “el arribista”, “cara rata”, son sus apodos. El resto de sus subordinados son los típicos “si bwana” a todo. Son gente que ha aprendido a mantenerse a flote haya la corriente que haya.


—Más que una empresa, esto parece el congreso de diputados. Mis felicitaciones a Merche, que ha sabido resistir semejante ambiente—aplaudió Juan, seguido por sus amigos—. Y luego hablan de código de conducta empresarial, de principios…
—Ja, principios—añadió Pascual—. Esos principios que varían en función del país en el que tienen una sucursal. Si estás en un país del tercer mundo, puedes explotar a los niños. Pero nada de explotación de niños si estás en el primer mundo. Vamos. Unos principios que varían en función de dónde estés.
—No son principios. Esas empresas no los tienen. Es publicidad barata.

—Por cierto, en relación con los rojillos, os recomiendo una serie:»Rita». La protagonista es alguien que piensa, cuestiona las cosas, se salta las normas cuando considera que es necesario para ayudar a alguno de sus alumnos, porqué ella es profesora de una escuela danesa. Vale la pena. Os encantará.

Cambiando los principios

Santiago no prodigaba demasiado sus visitas al piso de las chicas. En su día había delegado en ellas su gestión, al tener plena confianza en su capacidad.

Sin embargo, le habían llegado algunos comentarios de amigos suyos que le impulsaron a dejarse caer por el piso.
Una cara nueva le abrió la puerta. Se presentó como Yolanda, la encargada.

Cuando pasó a la sala no le gustó las caras que vió. Acostumbrado como estaba a las risas, a los abrazos de sus chicas, esta vez se limitaron a forzar una sonrisa y largarle un escueto buenas noches.
– Algo está pasando aquí – pensó.

Se llevó a Yolanda al despacho, se sentó y le dijo:
– ¿Que pasa aquí, Yolanda?.
– No lo sé – contestó ella – parece como si las chicas hubieran perdido el interés por el trabajo. En las reuniones semanales que hacemos para intercambiar pareceres y hacer nuevas propuestas, ninguna de ellas participa. Se quedan calladas mirando al suelo.
– Hazme un favor, Yolanda. Voy a hablar con las chicas. Me las vas enviando una por una.
– ¿No es preferible organizar una reunión para que participen todas?.
– No. Una por una. Haz entrar a la primera.

Yolanda salió de la habitación y entró con Victoria, una chica morena con unos ojos enormes. Santiago recordó lo que había tenido que hacer para sacarla de las garras de su proxeneta. Yolanda se sentó a su lado.
– Yolanda – le dijo Santiago -. Por favor, déjanos solos.
El semblante de Yolanda cambió mientras se ponía en pie. Luego pareció que iba a decir algo, pero cambió de idea y con cara de pocos amigos, salió de la habitación. Santiago fue a sentarse al lado de Victoria y empezó a hacerle preguntas.

Durante las dos horas habló con todas las chicas, Santiago fue notando como una angustia iba creciendo. Luego notó como aumentaba su rabia e indignación y por último, una gran tristeza se adueñó de él.

Esperó media hora antes de llamar a Yolanda. Necesitaba tiempo para recomponer su cara cuajada de lágrimas.
Yolanda entró con unas carpetas bajo el brazo.
– ¿Cual es tu diagnóstico acerca de lo que pasa aquí, Yolanda? – preguntó Santiago con aire casual.
– Bueno. Creo que las chicas son unas desagradecidas a pesar de que he conseguido aumentar los beneficios – abrió una carpeta y extrajo una hoja con una gráfica en la que se veía claramente como cada mes aumentaban los ingresos.

Santiago miró la gráfica y preguntó:
– ¿Cómo lo has conseguido?. ¿Qué has cambiado para que se hayan duplicado los beneficios?.
– He cambiado los horarios. Ahora nos turnamos para que el piso esté siempre operativo y no solamente abierto por las noches. Ahora los servicios ya no son de dos horas, porqué que con veinte minutos nos basta y así tenemos más clientes.

– Pero, ¿las chicas tienen tiempo para estudiar?.
– Las chicas han dejado de estudiar. Era la única forma de que obtuviéramos beneficios.
– Entonces, ¿Rebeca tampoco puede ir al médico?.
– ¿Qué médico?.
– Rebeca tiene, desde hace años una hernia discal y ha de hacer recuperación. ¿No lo sabías? – le contestó Santiago -. ¿Y Mónica?. ¿Tiene tiempo para estar con su hija?.
– ¿Mónica?. ¿Tiene una hija?. No lo sabía. Supongo que con los turnos, no siempre puede verla.

– Me imagino que aún así te parecerá correcto lo que has hecho.
– Cuando asumí el puesto de encargada me fijé unos objetivos y los he cumplido. Soy una buena jefa.
– ¿Te parece de recibo que una buena jefa no tenga ni idea de como son sus subordinados?. ¿Te parece normal que el cumplimiento de tus objetivos no tenga en cuenta a tus subordinadas?.
– Tenemos el doble de beneficios.

– Y ¿para que queremos beneficios?. No tienes idea de la razón por la que monté este piso – Santiago miró a Yolanda encolerizado -. Aquí vienen chicas a las que he rescatado de las garras de algún proxeneta desalmado. Es cierto que aquí se sigue practiando la prostitución. Pero éste es un medio para que las chicas puedan estudiar, labrarse un futuro y así poder dejar esta mierda. Incluso, hasta ahora hemos sido selectivos con nuestros clientes. Buscamos a personas con principios, con corazón. Aquí no entra cualquiera. Por eso no nos anunciamos, porqué nuestros clientes ya nos hacen la publicidad e incluso la selección, aportando gente como ellos. Son gente que no siempre quiere sexo. Muchas veces necesitan simplemente cariño, conversación, tiempo, al fin y al cabo. ¿Cómo quieres que obtengan eso en veinte minutos?.

Santiago se puso de pie.
– ¿Cómo quieres que las chicas participen en reuniones y aporten algo si les has impuesto unos horarios que les impiden realizar sus actividades?. ¿Cómo quieres que te sigan si les has demostrado que no tienes madera de líder?. Un líder ha de conocer a sus subordinados, trabajar con ellos, escucharlos y servirlos. ¿Cómo puedes pensar que las chicas son unas desagradecidas cuando has sido tu quien, sin encomendarse a nadie, les has impuesto cambios que no querían e incluso has traído a dos nuevas compañeras que sólo han servido para darte mayor poder?.
– He mejorado el negocio – dijo Yolanda.
– Y te has cargado los principios del negocio. ¿Sabes?. Haz una cosa. Llévate tus maravillosos beneficios esta misma noche y no regreses más. ¡Ah!. Por cierto. Y llévate también a tus dos secuaces. Aquí no os necesitamos.

Una hora más tarde, Santiago se sentó a cenar con sus chicas. Pronto volvieron las risas y las bromas. Todas ellas prometieron continuar con sus abandonados estudios.

Cuando Santiago salió, notó una opresión en su corazón. Se dio cuenta de lo mucho que quería a aquellas chicas.
Para él eran como sus hijas.