Conversaciones en el hoyo 19: empresas

Por fin, superado el confinamiento, recuperada la «nueva normalidad», aunque Juan diría: «la vieja subnormalidad, que ésto es España», los cuatro amigos habían podido jugar al golf.
Ahora, tras dieciocho hoyos bajo un sol de justicia, era la hora del aperitivo.
—Perdonad el retraso—dijo Santiago, sentándose con sus amigos—. Resulta que me he encontrado en los vestuarios a mi agente de seguros y he aprovechado para cantarle las cuarenta. Mucha carta diciéndome que la compañía, debido al coronavirus, me permite aplazar el pago de la cuota pero no se les ocurre deducir de la póliza los dos meses que no hemos podido utilizar los vehículos.
—Son así. Mucho mensaje para quedar bien y decir que son solidarios pero no harán nada que les reduzca beneficios—añadió Inés—. Yo voy a cambiar de compañía porqué se les ha ocurrido cambiar los teléfonos de asistencia por 902.


—Nos tratan como a imbéciles—dijo Juan—. Es curioso el desprecio que muestran las grandes empresas por sus clientes. No hay más que ver los anuncios. Es obvio que el ser humano es un ser muy influenciable y se aprovechan de ello. Supongo que por eso las compañías de publicidad contratan a psicólogos para explotar los puntos débiles de la gente y así colar sus productos. De la misma forma que existe «Yuca», tendría que haber una aplicación que te informara de las empresas que hacen publicidad. En mi caso, para no comprarles nada, dado que con sus campañas, me están tratando como a un subnormal.
—¿Qué es eso de «Yuca»?—preguntó Pascual.
—Una aplicación francesa para móvil muy interesante. Cuando voy al super a comprar, la utilizo con frecuencia. Lees el código de barras de cualquier producto y te indica si es recomendable ó no para la salud—explicó Juan—. Gracias a esa aplicación he dejado de comprar mucho alimento que creía que era bueno pero que llevaba mierda por un tubo. Además, la aplicación te da alternativas a ese producto para que compres sano.


—Y ¿para qué quieres una aplicación que te diga qué empresas se anuncian si con poner en marcha la televisión ya lo sabes?.
—Juan utiliza el televisor como si fuera un monitor—aclaró Inés—. No tiene ninguna antena conectada. No ve anuncios. Salvo cuando navega por internet y ni siquiera entonces ve anuncios.
—¡Hombre!. Los anuncios están para que la televisión e internet sean gratis—protestó Santiago.
—De gratis, nada—Juan iba lanzado—. Permitir que taladren nuestro cerebro y el de nuestros pequeños con publicidad tiene un precio que no pienso asumir. Y en internet cobran por partida doble: publicidad por un lado y por el otro se hacen con nuestros datos de navegación. ¿Es eso gratis?. Cierto que no reducen nuestra cuenta corriente. Pero no es gratis—bebió un trago de su cerveza y añadió—: además, ¿quiénes se anuncian?. Las empresas que tienen dinero para hacerlo. Nunca veremos anunciarse a la librería de la esquina ó a la farmacia de la plaza. Y eso permite que las grandes empresas vayan acabando con los pequeños negocios. Cuando te has tragado mil quinientas veces el mismo anuncio, acabas cayendo.


—Me acuerdo, de joven, cuando ibas al cine, nos castigaban con Movierecord que te ponía anuncios de grandes empresas. Al acabar, pasaban diapositivas con anuncios de las tiendas del barrio—explicó Santiago.
—Uf. Como ha cambiado el mundo desde entonces—dijo Pascual—. Lo que es obvio es que no puede financiarse la televisión y la prensa a base de publicidad. Estoy de acuerdo contigo Juan, en que los anuncios llevan detrás a un montón de psicólogos cabrones que explotan todos los puntos débiles de las personas. Una cosa está clara: la gente es altamente influenciable. Nos lo tragamos todo. La prueba evidente es el resultado de las elecciones en los que la gente «olvida» las mentiras de los políticos y sus robos a manos llenas. Y seguimos comprando a una empresa que nos ha demostrado que es un parásito que está contaminando los ríos y llenando los mares de plástico. Somos así de burros y manipulables.
—Y no es de recibo que la prensa se nutra de anuncios. Nunca publicará una noticia en contra de la empresa que le proporciona sus ingresos. ¡Puñetera publicidad!.


—Y todos nosotros tenemos un iPhone…—dijo riendo Santiago.
—Touche—contestó Juan—. Pero se trata de móviles pensados.
—¿Pensados?.
—Si. Los de Apple piensan lo que hacen—explicó Juan—. Se nota que sus empleados utilizan Macs y iPhones. Todo está pensado para facilitar su uso, a diferencia de otras marcas. Si comparas el sistema operativo de un Mac con Windows, no tiene color. Se nota que el Mac está pulido hasta en los detalles mas pequeños, mientras que Windows es un sistema que parece hecho con los retales de otros sistemas operativos. Necesitan años y muchas actualizaciones para dejarlo pulido. Y mejor no hablar de Android, el recopilador de datos de sus usuarios. Y no hay más para elegir…
—Poco a poco vamos cayendo en las garras del gran hermano—dijo Santiago—. Saben dónde estamos, qué compramos, lo que decimos, lo que escribimos, incluso nuestra salud…
—Tal vez por eso se han ido creando dos grupos de compradores: los que usan Android y los de Apple—añadió Pascual—. Los primeros suelen ser de clase social baja ó media, gente a quienes les importa un comino que las empresas capturen y utilicen sus datos; y los de Apple, suelen ser gente de clase media y alta, a quienes sí les importa la captura de sus datos. Eso explicaría las campañas que ha hecho Apple sobre la privacidad y la verdad es que les está funcionando muy bien. Se están hinchando a vender móviles de más de mil euros.


—Lástima que no haya nada que respete la privacidad, realmente—contestó Inés.
—¿Cómo va a haber respeto por la privacidad si incluso los electrodomésticos de casa se conectan y envían datos a sus empresas?—apuntó Juan—. Frigoríficos, altavoces, robots de limpieza, bombillas…
—Moraleja: tenemos lo que nos merecemos—dijo Juan—. Si antes éramos capaces de comprar ropa con el logotipo de una marca y ahora compramos tecnología que nos espía, es porqué queremos. Somos así de «gilis». Estamos facilitando el camino de muchas multinacionales que obtienen ventaja frente a la pequeña empresa.

Conversaciones interactivas por confinamiento: putos virus

—Hola a todos—saludó Pascual—.¡Hombre Juan!. ¡Tú por aquí!.
—Hola, hola—contestó—. La verdad es que os echaba de menos.
—¡Hola guapo!—Inés estaba encantada—. ¿Cómo llevas el confinamiento?.
—De maravilla, salvo en una cosa—Juan levantó su taza de café para que todos la vieran—. El café que estoy tomando es una mierda. Es el típico de empresa grande, empresa que compra el café en la bolsa de cafés, por la cual pagan al agricultor menos de lo que le cuesta el cultivo y la recolección. No estoy acostumbrado a tomar esas porquerías. Estaba acostumbrado al café que tuestan en el bar al lado de casa y que, por razones obvias, ya no puedo comprar.
—Debo aclarar que Juan tiene una cafetera fantástica que hace un café delicioso—explicó Inés—. Además muele el café antes de hacerlo, que es la forma de que el café no pierda propiedades.
—Estoy totalmente de acuerdo—dijo Santiago—. Y eso que en el bar comprábamos café industrial. La empresa que lo vendía, nos enviaba a un experto cada mes para ajustar la cafetera y el grosor de la molienda.

—Y ¿cómo es que has aparecido por aquí, Juan?—preguntó Pascual—. Nos consta a todos que como mejor estás es contigo mismo.
—Anda que eres directo, Pascual—dijo Inés, riendo.
—La respuesta corta ya os la he dado—explicó Juan—. La larga es esta: a raíz de mi jubilación descubrí que las relaciones con los demás son ahora mucho más sencillas, ya que en el mundo de la empresa existían condicionamientos que ahora no tengo. Trabajar en un departamento de cualquier empresa es como una caja de sorpresas. Ese compañero que te cae bien y que cuando menos lo esperas te traiciona, o el típico pelota, el arribista, el jefe inútil, la compañera que se cree una top model… En la empresa hay ambiciones, envidias, celos, mentira, teatro, lucha, abuso y un largo sinfín de todo aquello que tiene el hombre reprimido en un rincón de su ser y que aflora en el trabajo.
—Estoy muy de acuerdo con tu explicación—repuso Pascual—. En mi profesión como psicólogo de empresa vi actitudes realmente patológicas y hace muchos años que me estoy planteando escribir un libro para intentar explicar qué es lo que tiene la empresa para sacar lo peor de sus empleados.

—Lo bueno de la jubilación es, precisamente, que tu relación con los demás ya no está viciada—dijo Juan—. El condicionamiento ha desaparecido y puedes tratar a los demás de igual a igual, sin tensiones de ningún tipo.
—Espero que no te encuentres a Aznar en Marbella—rio Santiago—. Se cargaría tu teoría del «igual a igual» si intentaras hablar con él.
—Ese es un caso patológico. Es el narcisismo elevado al máximo nivel—explicó Pascual—. Como en su día lo fue Hitler. Afortunadamente para nosotros, Aznar no llevó al país a los extremos a los que llegó Hitler.
—Bueno. A mi lo que me jode es que ese tiparraco esté jugando al golf cuando a nosotros no nos dejan hacerlo—dijo Santiago, irritado—. Si yo fuera policía le pondría una señora multa cada vez que saliera de casa, aparte de multar al campo de golf por dejarlo jugar.
—El país es así—dijo Inés—. Mucho hablar de igualdad y a la hora de la verdad, de eso nada. Siempre ha sido así. Parece ser que el coronavirus nos va abriendo los ojos.

—Yo tengo una teoría ó quizás sería mejor decir una sospecha, respecto al coronavirus—dijo Juan—. Pienso que nuestro planeta ha llegado al límite de su paciencia. Que una única especie de animales esté cargándose la naturaleza a marchas forzadas es una buena razón para defenderse. Y eso que se nos avisó, a base de temperaturas altas, deshielo en los polos (por cierto, ya hay países que se están planteando abrir allí nuevas rutas comerciales, cuando no haya hielo), tormentas devastadoras… Al final, si yo fuera este planeta, acabaría expandiendo un virus que diezmara a esos cabrones que se creen dueños de todo.
—Totalmente de acuerdo con tu teoría—dijo Santiago—. No creo que sea así aunque me gustaría.
—A mi también—dijo Inés.
—Bueno, chicos. He de dejaros. Toca balcón.
—¿Cómo?. ¿Vas a salir a aplaudir al personal sanitario?—preguntó Pascual.
—No—dijo Juan, riendo—. Desde hace días salgo al balcón a animar a mis vecinos con música. He instalado allí un teclado y un amplificador. Cada tarde, a las ocho, salgo a tocar alguna pieza. Y cuando salgo, ya están todos los vecinos en los balcones esperándome, a pesar del frío.
—¡Que gran idea!—alabó Santiago.
—Gracias. Ya veis que soy un sociópata bueno. Un sociópata «integrado».