A vueltas con la inmigración

Algunas veces me siento avergonzado de ser español.
Lo que sigue es una buena razón para ello.
Se trata de una carta de una chica brasileña. Quizás mi traducción del portugués deje bastante que desear, pero creo que se entiende bien. ¿Algún día se enterarán los políticos de que rigen la vida de seres humanos y no de ganado?.

Mi nombre es Patrícia Camargo Magalhães, tengo 23 años y soy licenciada en física en la USP. El día 9 de febrero embarqué en el vuelo IB6820 saliendo de Cumbica (Guarulhos) con destino a Madrid, donde haría escala y seguiría hasta destino final: Lisboa. En Lisboa iría a presentar mi trabajo de investigación en la conferencia Scadron70, que comenzó el día 11/02 y terminó el 16/02.

Sin embargo, la falta de documentos en mano que probaran mi estancia en Lisboa hizo que quedara retenida en la aduana, con el pretexto inicial de verificar la cantidad de dinero que yo llevaba. Aún sin entender demasiado lo que estaba ocurriendo, me dirigí al lugar indicado y esperé ser llamada.

Llegué al aeropuerto de Madrid a las 9h30 de la mañana del domingo. A las 13h30 aún esperaba que alguien viniera a hablar conmigo. Por diversas veces indiqué, de buenos modos, a la policía que perdería la conexión para Lisboa. La respuesta era siempre la misma: “Siéntate, espera y sí pierdes el vuelo ya te darán otro”.

Finalmente (después de cuatro horas esperando sin saber lo que podría ocurrir), un policía apareció con un pila de pasaportes en sus manos y fue llamando brasileños a los que dejaron marchar. Y entonces me di cuenta de que a todos los hombres los dejaron marchar y sólo quedaron las mujeres, en su mayoría negras y mulatas. Cuando, tras 5 horas de espera, llegó un otro avión de Venezuela, muchas otras mujeres se juntaron a nosotros y fuimos todas llevadas para el otro aeropuerto donde quedaríamos presas por 3 días hasta ser enviadas de vuelta, en la mañana de este martes (12) a la 11h35, en el vuelo IB6821.

Detenida conmigo en situación similar, Camille Gavazza Alves, de Bahía, de 34 años, estaba yendo a estudiar inglés a Dublin, Irlanda. Tiene un trabajo fijo en la Compañía Petrobrás y había conseguido una licencia de seis meses para asistir al curso. Tenía toda la documentación necesaria para demostrar la razón del viaje y fue deportada por el gobierno español bajo la acusación de no conseguir demostrar los motivos del mismo – la misma razón que alegaron para mi caso.
Como nosotros, había otras mujeres en situación parecida. Nádia, operaria pública en Maringá (PR), pretendía visitar su hija durante su mes de vacaciones. La hija de Nádia vive legalmente en España hace un año y medio y sería la primera visita de la madre a Madrid.

Quedamos presos en la última sala del aeropuerto, sin comunicación alguna con el mundo exterior a no ser por un teléfono público para el cual era preciso comprar tarjeta. Éramos hombres y mujeres de diversas nacionalidades, todos latinos y algunos africanos, en total más de cien personas. El consulado brasileño en España fue movilizado por nosotros y por Brasil, diversas veces y por muchas personas diferentes, y nada hizo frente a nuestra llamada de socorro. Ni siquiera respondió a nuestras llamadas.

Por el teléfono público de la sala, moví amigos que ya estaban en el congreso en Lisboa y familia en Brasil, para que me mandaran pruebas de que yo estaba debidamente inscrita en el congreso y poseía reserva en el hotel para el periodo del congreso.

Las 14h30 del lunes (11), por fin fui llamada para una entrevista con la policía, un abogado y un intérprete. La entrevista duró hasta aproximadamente las 16h y fue la primera vez, desde el domingo por la mañana, que fui oída por las autoridades españolas. Al final, leí mi testimonio cuidadosamente y por dos veces pedí que él fuera corregido. En él constaba mi profesión, el valor de la bolsa de máster, el motivo del viaje, la cantidad de dinero que yo llevaba, pruebas materiales como la copia de mi póster de presentación, el dosier de un artículo científico que llevaba mi nombre, además de teléfonos de muchas personas y lugares en Lisboa que podrían comprobar.

Sin embargo, de nada sirvió todo eso. Ninguna llamada fue hecha, mi carta estaba lista antes aún de terminar la entrevista (la hora del documento es de las14h). Cuando pregunté a la policía sobre ello, los agentes dijeron que nada podrían hacer y que quién decidía sobre quién sería enviado de vuelta o aceptado en el país era el jefe de la policía. Pregunté: “Pero donde está el jefe de la policía?” y pedí que especificaran qué documentos faltaban. Fui ignorada.

No firmé la carta de expulsión.
No consideraron mis explicaciones en momento alguno. Me dejaron detenida en una cárcel sin rejas pero con reglas. Fui privada de mi libertad y de mis objetos de higiene personal – no pude quedarme ni con mi cepillo de dientes, peine, o cualquier otro artículo de higiene. Tampoco aceptaron los documentos y certificados enviados por fax o contactaron con los teléfonos suministrados por mí para confirmar las informaciones. Hicieron la carta de expulsión antes aún de oírme cuando pude hablar.

Sobre las instalaciones de la cárcel sólo tengo a decir que se trataba de un ambiente degradante. El primer día, no había lugar para todos sentados y tuve que quedar una buena parte del día sentada en el suelo, inclusive en la hora del almuerzo. En la celda, hacía frío no quería comer en el suelo, entonces fui comer sentada en una bancada.

Todo esto es la clara demostración de prejuicio social y sexual, y aún una violación clara de los Derechos Humanos y del Tratado Fronterizo Shengen, que ellos mismos utilizaron para echarme de su país. El propio abogado presente en mi entrevista quedó irritado con la desgana para oír a las personas entrevistadas.

Algo ha de hacerse. El gobierno brasileño no puede permitir que sus compatriotas sean tratados de forma degradante. Por mi parte, estoy informándome para entrar con un proceso contra el gobierno español, vía Itamaraty o directamente en la corte española (con el abogado que me acompañó en la entrevista) para el reembolso del pasaje y daños morales. En Brasil, voy a procesar el servicio consular brasileño en España – que no hizo su trabajo.

Estoy a la disposición para otras aclaraciones.
Atentamente,
Patrícia Camargo Magalhães

Añado a la carta:

El profesor titular del Instituto de Física de la USP, Manoel Roberto Robilotta, 60, tutor de Patrícia y que fue uno de los conferencistas en el congreso que reunió investigadores de casi 60 universidades, supo del problema con su alumna el domingo. Envió fax a inmigración española en el aeropuerto de Madrid, confirmando que Patrícia participaría del congreso. La misma carta envió al consulado brasileño en Madrid. Él también se encargó de que el hotel en Lisboa enviara a la autoridades españolas la confirmación de la reserva de la alumna. No recibió respuesta alguna.

Don Mariano y los matrimonios de conveniencia

Don Mariano tenía el informe sobre la mesa, en un sobre cerrado que no se atrevía a abrir.

Recordó el desastre que había sido su matrimonio, acordado por sus padres. Nunca llegó a funcionar, pero les había permitido vivir en la abundancia.
Su trabajo como funcionario del juzgado era una forma como cualquier otra de ocupar su tiempo, ya que no necesitaba su sueldo para vivir.

Tenía un hijo, recuerdo de la única noche de pasión con su esposa. El resto de los encuentros, en sus veinticinco años de matrimonio, podían contarse con los dedos y habían sido desastrosos.
Dormían en habitaciones separadas y nunca se visitaban por la noche, salvo aquella ocasión en la que ella entró en su cuarto con aquel camisón transparente y que significó una noche única para él.
Pablito tenía ya quince años y en ese tiempo nunca se había repetido lo de aquella noche.

Don Mariano fue a la puerta, la abrió y le indicó al hombre que estaba esperando fuera que entrara.
Cuando Paco entró, el funcionario le señaló la silla y sentó al otro lado de la mesa.
Iba a iniciar el interrogatorio para averiguar si aquel hombre se casaba por conveniencia, si se trataba de un matrimonio pactado por dinero, para que su futura esposa – argentina – pudiera obtener los papeles de la nacionalidad española con facilidad.
Abrió la carpeta en la que aparecían las respuestas de ella a sus preguntas y la puso delante para compararlas con las respuestas que le iba a dar aquel hombre.

Primero le hizo las preguntas rutinarias. Nombre y apellido, hermanos, dirección, nombre de los padres… Todos los datos que tenía que saber acerca de su futura mujer.
Paco contestó sin vacilación a todas las preguntas.

– ¿Cómo es su cama?.
– Grande, de matrimonio – contestó Paco.
– ¿Tiene mesita de noche?.
– Si. Es cuadrada, con un cajón y una lámpara encima.

Don Mariano miró las respuestas de ella. Coincidían.

– ¿Tiene ella alguna marca en su cuerpo? – preguntó.
– La cicatriz de una quemadura en la mano – contestó Paco.
– ¿En que lado le gusta dormir cuando está con ella.
– En el izquierdo.

Hasta aquí todo coincidía.

– ¿Qué posturas prefieren cuando hacen el amor?.
– ¡Hasta aquí puedo llegar! – rugió Paco -. Sintiéndolo mucho no voy a entrar a relatar ni a usted ni a nadie, algo que pertenece a mi intimidad. A la mía y a la de ella. Entiendo que usted está haciendo su trabajo. No estoy ni nunca he estado de acuerdo en que alguien pueda juzgar y decidir sobre la intencionalidad de mi matrimonio y denegármelo en función de su juicio. Y, ¿llaman a éste el Estado de las Libertades?. ¿Libertad para qué?.

Don Mariano miraba con cara de asombro a su interlocutor sin atreverse a interrumpirlo.

– Trabajo en una empresa – continuó Paco – en la que tengo que aguantar las rarezas de mi jefe que es un enfermo que disfruta machacando a sus subordinados y sin que yo pueda hacer otra cosa que aguantarlo. Soy pacifista y he de permitir que parte de mis impuestos se vayan a financiar la compra de armas y un ejército que no deseo, así como para intervenir en guerras en las que nadie nos ha dado vela. Cuando viajo he de permitir que me registren en los aeropuertos como si fuera un delincuente. Cada vez que compro tecnología he de pagar un canon que presupone que voy a violar los derechos de autor. La mitad de mi sueldo se va en pagar una hipoteca…

– ¿Usted cree que eso es libertad? – continuó Paco -. Y cuando decido casarme, he de pedir permiso, no sea que esté haciendo negocio con ello. ¿Ha estudiado historia?. Entonces sabrá que el noventa y ocho por ciento de los matrimonios de familias reales, se han hecho y se hacen por conveniencia. ¿Les hacen pasar a ellos por un interrogatorio?.

Poniéndose de pie, Paco fue hacia la puerta. Se giró.

– Imagino que con lo que le acabo de decir, me he quedado sin boda. Que tenga usted un buen día.

Abriendo la puerta salió.

Don Mariano se quedó pensativo.
Estiró la mano y tomó el sobre que no se había atrevido a abrir antes.
Lo rasgó y leyó la hoja que había dentro. Era el resultado de un examen de ADN.
Se confirmaron sus temores. Su hijo no era su hijo. Aquella noche maravillosa que había tenido con su esposa no había sido otra cosa que una maniobra de ella, para ocultar que estaba embarazada de otra persona.
Llevándose las manos a los ojos se puso a sollozar.

En el bar, Santiago estaba limpiando la barra, minutos antes de cerrar.
Estaba pensando en Sonia, la chica argentina que tenía que haberse casado con Paco para normalizar su situación en el país. El se lo había pedido y Paco no puso ningún reparo, a condición de separarse cuando ella tuviera los papeles.
¡Que bocazas había sido Paco con el funcionario!. En realidad tenía razón con lo que dijo. Pero hubiera sido mejor que se hubiera ceñido al guión que habían estado preparando durante dos noches.
– ¡Santiago! – entró Paco corriendo – ¡mira lo que acabo de recibir!.
Le dio un sobre.
– ¡Me puedo casar!. ¡Aceptan mi matrimonio con Sonia!.

Santiago abrió el sobre y leyó la carta. Era cierto.
Lo celebraron con una cena en el piso, con todas las chicas, entre ellas Sonia.
Una semana más tarde se celebró la boda.

Ella se fue a vivir a casa de Paco por unos meses, para mantener las apariencias. Y ya no salió de aquella casa, salvo las dos veces que tuvo que ir a parir al hospital.
Fueron dos hermosas niñas, por cierto.

Don Mariano se divorció. Y siguió queriendo a su hijo, como si fuera suyo.
Suele ir al bar de Santiago a cenar y una vez por semana, al piso.
Sospecho que no tardará en casarse.