Magdalena y el asilo

La señora Magdalena aparecía por el bar de Santiago una ó dos veces por semana.

Pequeña, delgada, pelo blanco, con su rostro apergaminado, repleto de arrugas y de pecas, tenía ojos vivaces y una mirada cálida.
Santiago le servía la habitual manzanilla y luego se sentaba a charlar con ella.
Nunca le había preguntado la edad, pero Santiago le suponía unos ochenta y muchos años, muy bien llevados.

Con el tiempo había descubierto que era viuda desde hacía una veintena de años y que su único hijo, sacerdote, vivía en China, dedicado a la enseñanza.
Ella vivía en un pequeña y hermosa residencia de la tercera edad junto a otros venticuatro ancianos, cuidados por cinco enfermeras y un médico.

Aquella tarde la señora Magdalena le pidió a Santiago un carajillo, en lugar de la habitual manzanilla.
– ¿Está segura de que quiere un carajillo? – le preguntó.
– Si. Además que esté cargadito, Santiago.
Una vez servido, Santiago se sentó con ella.
– ¿Qué pasa?.
– No pasa nada – contestó ella.
– Mire. Estos ojillos pícaros no pueden engañarme – dijo Santiago -. A usted le pasa algo. Venga. Dígame. ¿Qué ocurre?.

– Nos van a cerrar el asilo. ¿Le hablé del señor Leandro, nuestro director?.
– Si.
– Pues verá. Nuestra residencia se nutre de una subvención del ayuntamiento que cubre casi el noventa por ciento de los gastos, de manera que a los residentes, únicamente nos tocaba pagar el diez por ciento restante. Agárrese, Santiago. El señor Leandro ha desaparecido. Hace un mes que no tenemos noticias suyas. Y lo peor es que la cuenta bancaria del asilo está vacía. Todo apunta a que nuestro director nos ha robado.
– ¿Lo han denunciado, supongo?.
– Claro. Y tengo una idea de dónde está.
– ¿Dónde?.

– En Estados Unidos. Tiene un hijo de unos treinta años. Tiene leucemia y los últimos meses han visitado a muchos especialistas. Su única solución era un trasplante de médula en la clínica Mayo. Seguro que está allí.
– Y, ¿les van a cerrar el asilo?.
– Si, a no ser que paguemos todas las deudas que hay pendientes y que crecen cada día. De momento, el médico y las enfermeras han aceptado seguir trabajando sin cobrar sus sueldos, pero dudo que podamos aguantar mucho.

– ¿Han pedido ayuda a las autoridades?.
– Si, pero nos han dejado claro que no es su problema, que nos hayan robado. Y en cuanto se marche el médico ó las enfermeras nos cerrarán la residencia, por no cumplir las normas.
– Deje que piense en ello, señora Magdalena. No se preocupe. Quizás pueda hacer algo.

Al día siguiente Santiago fue a la residencia. Se trataba de una torre antigua, pero hermosa y bien cuidada, rodeada de un jardín.
Santiago preguntó por la señora Magdalena y ésta le recibió en el despacho del director.

– Buenos días, Santiago. Estaba intentando poner un poco de orden en los libros de cuentas. Creo que ahora ya tengo claro cuales son los gastos mensuales de esta casa.
– ¿Y bien?.
– Son unos doce mil euros. Incluidos sueldos, medicinas, comida, gas, electricidad, agua…

Santiago sacó la cartera y extrajo de ella un talón.
– Tenga. Con eso podrá pagar los atrasos y los gastos del mes que viene.
– Gracias, Santiago. Pero no puedo aceptar ese dinero.
– Claro que puede, porqué no es un donativo. Es el adelanto de un trabajo que le voy a encargar. ¿Cuántos de sus compañeros están en condiciones de trabajar?.
– Deje que piense… Unos ventidós de los venticinco que somos.
– Bien. Déjeme organizar el asunto y no se preocupe. La mantendré informada. Por cierto. ¿Para que usan el cobertizo del jardín?.
– Para nada.
– Pues va a ser nuestra fábrica. Hasta mañana, señora Magdalena.

La policía detuvo al señor Leandro y a su hijo, ocho meses más tarde, al regresar de Estados Unidos.
La señora Magdalena fue a la comisaría, acompañada de Santiago y pidieron hablar con los detenidos.
Los llevaron a una habitación con cuatro sillas y una mesa, donde esperaron unos minutos.

Entraron padre e hijo, ambos esposados, sin atreverse a levantar la mirada. La señora Magdalena pidió al policía que les acompañaba, que les quitara las esposas.
Luego les hizo sentar.

– ¿Ha ido todo bien?. ¿Está curado su hijo, señor Leandro?.
– Si, señora. Todo fue bien. Y ahora tengo que pagar por el daño que he hecho al robar el dinero. ¿Han cerrado el asilo?.
– No. La verdad es que el asilo sigue funcionando.
– Le pido humildemente perdón por lo que hice, señora. Estaba desesperado y quería salvar la vida de mi hijo a toda costa. Lo cierto es que ni tan siquiera fui capaz de darme cuenta de las posibles consecuencias de mis acciones.

– No se preocupe, señor Leandro. No he venido a mortificarle por sus acciones. Conociéndole, soy capaz de darme cuenta de que su conciencia se lo habra hecho pasar muy mal.
– ¿Cómo puedo reparar el daño que les he hecho? – dijo el señor Leandro, con lágrimas en los ojos.

– Insisto. No nos ha hecho ningún daño. Me explico. Gracias a su acción tenemos un montón de amigos nuevos. Gente que nos ha ayudado. Desde que usted se marchó ahora tenemos un taller en el que diez compañeros se dedican a hacer unos muñecos que han sido un verdadero éxito comercial. Con el fruto de las ventas somos autosuficientes e incluso damos el sobrante a una ONG.
– ¿Cómo consiguieron la maquinaria?.
– Solamente necesitábamos máquinas de coser y un par de cacharros más. Y todo ello nos lo dieron los vecinos cuando se enteraron de nuestro problema, quienes incluso nos arreglaron el porche para hacerlo un lugar cómodo y cálido. También hemos creado un huerto en el jardín, que está a cargo de los otros diez compañeros. Ahora comemos lo que cultivamos. Incluso… – miró al policía que permanecía allí en pie – cultivamos alguna planta que ayuda a reducir la medicación de los que son diabéticos…

– Incluso la distribuimos – continuó, mirando de reojo al policía -. A pesar de que no es muy legal.
– Estoy muy sorprendido con lo que me ha dicho – dijo el señor Leandro.
– Y más que lo estará, cuando le diga que he retirado los cargos contra usted. Vengo de la fiscalía. Es usted libre…

Los ojos del señor Leandro e hijo estaban abiertos como platos.
– Siempre y cuando… – continuó la señora Magdalena – cumpla con una condición.
– Lo que sea, señora.
– No es usted quien la ha de cumplir. Ha de ser su hijo. Quisiera que, dado que ha estudiado contabilidad, sea él quien nos lleve las cuentas. Estoy harta de tener que hacerlo yo. Hay noches que sueño con números. Yo diría que, con dos horas a la semana, podrás hacerlo.
– Cuente con ello – dijo el chico.
– Y, tranquilo – dijo la señora Magdalena -. Si lo haces bien, te pagaré un sueldo, del que descontaré lo que se llevó tu padre.

Al salir de la habitación, el policía apartó a la señora Magdalena del grupo y le dijo:
– Respecto a la planta que ustedes distribuyen…
– Diga, señor – contestó ella asustada.
– ¿Ya no se acuerda de que fui yo quien le trajo las semillas desde Balaguer?.

Cuando la anciana salió de la comisaría, su rostro estaba iluminado por una gran sonrisa.

La redada

Humano: condición ocasional que alcanza una persona de vez en cuando, si le da el punto. (Miguel Brieva).

– ¡Policía, abran!. ¡Abran a la policía!.

Dentro de aquel almacén de la zona portuaria, Páez, el inspector, pudo escuchar ruido de exclamaciones, pasos apresurados y carreras. Hizo un ademán a los policías que le acompañaban y dos de ellos cargaron contra la puerta, abriéndola de golpe.

Una vez entró la policía dentro del almacén, no les fue difícil reducir a las personas que estaban dentro.
– ¿Donde está la autorización del juez para registrar este almacén? – dijo un hombre gordo, el único de los arrestados que llevaba corbata.
– Usted debe ser el señor Martos, me imagino, el dueño de todo esto. – miró a los policías y les hizo un gesto -. Meterlos a todos en aquel cuarto. Que no hablen entre ellos. Martos. Vamos a su despacho.

Ya dentro del despacho, Páez se sentó detrás de la mesa de Martos e hizo un ademán al detenido para que se sentara.
– Tengo varios cargos contra usted, Martos. Y da la casualidad de que es usted reincidente. Esas pequeñas minucias le servirán para ir a pasar a la cárcel, unos cuantos años de su vida. En concreto diez, con suerte y un buen abogado.
– ¿Qué he hecho esta vez?. ¿De qué se me acusa?.

– De lo habitual en usted. De dedicarse a la falsificación de medicamentos. ¿Sabe?. Existe algo a lo que llaman patentes. Y usted se las está pasando por el arco de triunfo – tomó de encima de la mesa un bote de pastillas y leyó la etiqueta – ¡Hombre!. ¡Justo lo que necesitaba!. ¡Un poco de viagra!. Debe estar forrándose fabricando esa mierda.
– ¿Mierda?. ¡Es idéntica al original!. No hago como otros, que venden pastillas sin los componentes correctos. Sepa usted que mi viagra es tan buena como la que venden en las farmacias.

– ¿Qué más da?. Falsificar un medicamento es un delito y usted es un delincuente. Ya sabe a qué se enfrenta.
– Lo sé. ¿No podríamos llegar a un acuerdo?. ¿Una cantidad generosa para que pueda usted pagar su hipoteca?. Además tendrá suministro grátis de viagra de por vida.
– Ni lo sueñe. No me gustan los sobornos. Además, ¿qué les diría a los agentes que han venido conmigo a hacer la redada. Ellos han visto las máquinas y las pastillas. ¿Les digo que eran caramelos para la garganta?. No. Eso no colaría.

– Entonces estoy perdido – dijo Martos hundiendo la cara entre sus manos.
– Quizás… – dijo Páez.
– Quizás – repitió Martos, levantando la cabeza.
– ¿Quizás sería capaz de hacerme un favor?.
– Lo que sea si me ayuda a salir de este lío.
– ¿Cuantas horas dedica usted en fabricar medicamentos al día?.
– Unas diez horas.

Páez sacó del bolsillo un papel y se lo tendió a Martos, quien lo tomó y leyó.
– ¡Pero si esta fórmula es de un medicamento para tratar el SIDA!. La patente es de los laboratorios…
– ¿Puede usted fabricarla?.
– Tendría que invertir una pasta en maquinaria nueva.
– Pues hágalo. Escuche. La cosa consiste en lo siguiente: yo hago la vista gorda, usted sigue fabricando viagra y, de esas diez horas que emplea en hacer pastillas azules, dedica dos horas a fabricar el fármaco de esta fórmula, que me entregará cada sábado por la mañana. Calculo que podrá fabricar unas cincuenta mil pastillas de viagra y unas diez mil pastillas para el SIDA.

– Y, ¿qué les dirá a los policías que han venido con usted?.
– Son de confianza. Sabían de antemano lo que le iba a proponer.
– ¡Que cabrón!. Era todo un complot.
– Si. Pero no me falle, Martos. Mírelo así. El fármaco contra el SIDA es su buena obra. En Africa se lo van a agradecer.

En el bar, Paco y Páez estaban sentados en una mesa, bebiendo sendas cañas. Paco hizo una seña a Santiago para que se uniera a ellos.
– ¿Que haces? – dijo Páez riendo – . ¿Quieres que venga ese proxeneta?. Me he enterado de que tiene un piso con chicas.
– Lo sabes desde hace años, Páez. Y te bastaba con ir una única vez al piso para descubrirlo. Y vas cada semana, pervertido.
Santiago se sentó con ellos.
– Pues – dijo – estoy empezando a plantearme si hacerle el cliente del mes. Las chicas le quieren mucho y además se sienten más seguras sabiendo que tienen cerca a un policía.

Páez levantó su vaso y dijo:
– Brindo por el nuevo socio que acabo de incorporar al club de fabricantes de fármacos. Con ese ya tenemos doce.
Chocaron los vasos y bebieron.
– ¿Asi que cayó también Martos?.
– Cayó.
– Javi estará contento – dijo Paco.
– ¿Javi? – preguntó Páez.

– Si. El hijo de Ernesto – dijo Santiago -. El que cultiva Artemisa Annoa en Africa. Javi es su hijo. Y es a él a quien enviamos los medicamentos contra el SIDA que él distribuye por los hospitales africanos. Antes se fabricaban en la India, ellos ignoraban las patentes, hasta que el gobierno norteamericano les forzó a dejarlo. Por cierto, en su última carta, Javi me contó haber conocido a un tal Ryan, canadiense. Un chico cuya historia es conmovedora. Algún día os la explicaré.

– ¿Y si nos pillan? – preguntó Páez.
– Mala suerte – contestó Santiago.
– Pero alguien lo tenía que hacer – dijo Paco .- Si tenemos que esperar a que los políticos den un paso para arreglar el mundo, estamos perdidos.
– Cuenta la historia de Ryan, Santiago.

Y Santiago contó la historia de un niño, Ryan, que a los seis años empezó su lucha por mejorar el mundo.
Cuando éste terminó de explicarla, los tres tenían los ojos llenos de lágrimas.