Conversaciones en el hoyo 19: un poco de azúcar

Tras una jornada de golf en la que los tres habían disfrutado de lo lindo. estaban sentados disfrutando del obligado aperitivo.
—Sigo sin entender—dijo Inés a Pascual—la razón de que no patees la bola, cuando está a un palmo del green.
—Porqué me gustan los chips. Ese hermoso vuelo de la bola que recorre un tercio del recorrido y después rueda hacia la bandera. Cuando te sale bien es un verdadero placer. A su lado, patear es muy aburrido. Bronchales hacía unos chips maravillosos. Sus bolas solían cruzar el green de lado a lado y la bola nunca quedaba cerca de la bandera. Eso si, cuando nos reíamos, solía decir: “pero, ¿a que ha sido bonito?” .


—Me pregunto para qué le ponen a esta lata enana un tapón de plástico para conservar el gas del agua mineral, si no da para llenar un vaso—dijo Santiago mostrando la lata del agua mineral que le habían servido.
—Para cobrarte mas. O para que creas que la empresa que vende esta lata se preocupa por sus clientes—contestó Inés.
—Si se tratara de una lata grande—protestó Santiago—podría aceptar que hayan puesto un cierre para poder repetir mas tarde un segundo vaso, pero esta latita no llena un vaso normal. Menudo tipo el que tuvo esta ocurrencia.
—Además, el cierre es de plástico. Medio mundo está luchando para reducir plásticos y a esa empresa no se le ocurre otra cosa que poner un cierre inútil y —recalcó— de plástico.
—Pues estoy seguro que detrás de esa estupidez hay varios departamentos que se han estado comiendo el coco para poner el plastiquito de marras—apuntó Pascual.
—Genios. Eso es lo que son. Con lo fácil que sería quitar el puñetero tapón y reducir costes e incluso el precio…
—Quizás sea una idea del director, que todos sus palmeros le han aplaudido—dijo Pascual.


—Lo que me recuerda lo leído en twitter la semana pasada—dijo Inés—. La Innombrable explicando a las madres que sus papillas son mas sanas que los alimentos naturales, por llevar menos azúcares.
—Leí algo de eso—confirmó Santiago—. Al parecer no hicieron distinción entre los azúcares naturales y los ultraprocesados. Y así, claro, ganan sus productos. ¡Menuda pillada!.
—Pero hay una diferencia entre el idiota que tuvo la genial idea de poner una tapa de plástico a una lata de agua y la empresa que vende su producto porqué dice, es mejor que el natural: en el segundo caso, hay mala fé—añadió Pascual—. Dudo mucho que una gran multinacional pueda equivocarse con su publicidad. Lo lógico es que nos han considerado a los clientes como gente inculta y han intentado colarnos la mentira. Y a saber cuántas mentiras nos hemos tragado sin saberlo, antes que esa.
—Bueno. A mi no me atrapan—dijo Pascual—. A pesar de haber trabajado para la Innombrable, nunca compro sus productos. Cuando le pierdes la confianza a alguien, es muy difícil recuperarla y esta empresa nunca ha tenido el coraje de reconocer y enmendar sus errores. Errores, por cierto, intencionados, con la esperanza de que pasen desapercibidos.
—Lástima que la gente no actúe en consecuencia. Si cuando se descubre una maniobra como esa dejaran de comprar los productos de la Innombrable, hace años que esa empresa habría dejado de existir.

Conversaciones en el hoyo 19: la política

—Bueno. La intención es lo que cuenta—dijo Bronchales, al sentarse con sus compañeros, tras un partido de golf desastroso.
—Tu quédate con el swing que has hecho en el catorce— le dijo Pascual—. Por un centímetro no ha sido “hole in one”.
—Desde luego que me quedaré con ese golpe. Ha sido el único swing decente que he hecho hoy.
—¡Camarero!. Por favor, apague la televisión, o por lo menos baje el volumen—gritó Santiago. Luego, bajando la voz dijo a sus amigos—. Sólo nos faltaba eso: tener que escuchar a unos tertulianos inútiles comentando las noticias.
El camarero quitó el volumen del televisor y luego activó los subtítulos por si algún cliente estaba siguiendo el programa.
—¡Gracias!—agradeció Santiago al camarero.
—Parece mentira—dijo Bronchales—. Que en un campo de golf, uno de los pocos lugares en los que queda aún un poco de paz, de sosiego y de tranquilidad, nos castiguen con un televisor en marcha…


—Yo, desde que me jubilé he dejado de interesarme por las noticias—explicó Santiago—. Si de algo me sirvió aprender historia, fue para constatar que se vive mejor sin leer la prensa y sin ver la televisión.
—¿Qué tiene que ver la historia con ello?—preguntó Pascual.
—Pues me dice que, políticamente, la humanidad no ha avanzado nada. Desde hace cinco mil años una minoría se ha dedicado a dominar al resto del personal. Y aún sigue siendo así. Religión, emperadores, reyes, cualquier excusa ha servido para mantener dócil a la mayoría. Han ido sofisticando el sistema, pero básicamente es lo mismo. Multinacionales, guerras, miedo, ese engendro al que llaman democracia, con el que los políticos se llenan la boca y que no paran de nombrar…
— Tenemos democracia—terció Pascual.
— ¡Exacto!. Gracias a ella los políticos hacen todo lo que les pide la sociedad—contestó Santiago, sarcástico—¿No es así?.
— Hombre. No exactamente.


— Entonces no tenemos una verdadera democracia. El poder en realidad emana de esa minoría: banqueros, empresas grandes, multinacionales…—añadió Santiago, ya lanzado—. Todo lo demás es una escenificación, una película que nos pasan para que estemos distraídos con la representación y nos mantengamos dóciles y sumisos. Conceptos como patria o bandera son algo que funcionaba bien en la edad media pero que ya no tienen sentido. La bandera servía para que el montón de analfabetos que tenían que luchar por su rey fueran capaces de distinguir a sus tropas de las del enemigo. Y el concepto patria es estúpido en un mundo cada vez más globalizado en el que deberían desaparecer las fronteras, ya que al fin y al cabo, somos ciudadanos del planeta Tierra.


Santiago bebió un sorbo de cerveza y añadió:
—Ya sabéis que lo que no se puede cambiar, no vale la pena criticarlo. No sirve de nada hacerlo y es el deporte nacional en nuestro país—miró a sus amigos y siguió diciendo—: Os voy a hacer una oferta. Los tres tenemos una jubilación decente. Por eso os propongo dejar de seguir la escenificación política y dedicar nuestras energías en cosas importantes: literatura, música, arte, ciencia, golf…
—Me gusta la oferta. No más prensa, ningún noticiero en la televisión o en la radio…
—Exacto. Basta de cosas sórdidas. Y vamos a disfrutar de aquello que ha hecho brillar a la humanidad y que nos hará creer de nuevo en el ser humano.
—Yo también me apunto—dijo Bronchales, ilusionado.
—Pues levantemos la sesión. Que luego la familia protesta…


Los tres se levantaron y se dirigieron a la barra a pagar. Sentados en sendos taburetes, dos hombres charlaban:
—El discurso del rey me pareció muy sobrio, con una visión muy clara de los problemas del país—decía uno, añadiendo—: El discurso de un verdadero estadista.
—Pues a mi me pareció idéntico al del año pasado, e incluso a los que hacía el rey anterior. Cuando lo oí, tuve la sensación de estar viviendo el “día de la marmota”.


Pascual recogió el cambio que le dio el camarero y los tres salieron del local.
—¿Veis lo que os decía?. A la gente les encanta malgastar su vida hablando de política. ¡Con la de cosas que realmente valen la pena!.

Conversaciones en el hoyo 19: el camarero

— ¡Vaya mierda de jornada! — dijo Bronchales, completamente indignado. Su ropa, como la de sus compañeros estaba completamente mojada, tras una jornada en la que no había parado de lloviznar —. No había forma de hacer rodar la bola por la calle.
— En estos casos, lo que hay que hacer es impedir que ruede, haciéndola volar — contestó Pascual, añadiendo: — hoy era el día de los globos. Había que olvidarse de hacer chips y hacer pitch.
— Nunca he sabido la diferencia que hay entre ellos.
— Para mí, el chip es un golpe en el que no doblas la muñeca: la bola vuela un tercio del recorrido y rueda los dos tercios restantes — explicó Santiago —. Con el pitch doblas la muñeca y la enderezas al golpear la bola, todo eso, abriendo la cara del palo previamente. Así la bola vuela casi todo su recorrido.

El camarero trajo y dejó las bebidas y los platos con el aperitivo sobre la mesa. Bronchales se quedó mirando la cara de éste.
— ¿De qué te conozco? — le dijo.
El chico levantó la mirada y miró a los ojos a Bronchales. Luego sonrió y contestó:
— He trabajado en la Innombrable, como usted. En mi caso, a las órdenes de Felisa, como técnico de sistemas.
— Creo que ya te recuerdo. Eras el mejor de tu departamento. Tenías por delante un buen futuro y un día decidiste marcharte de la empresa. ¿Qué pasó?.
— Bueno, trabajar en el departamento de Felisa era como hacerlo en una jaula de grillos. Todo estaba montado a salto de mata. No había ninguna planificación. Rara era la noche que no me llamaran para solucionar algún problema. Al final decidí que era más importante mi familia que un sueldo que me obligaba a trabajar dieciséis horas al día. Y aquí estoy: trabajando de camarero en el bar de un golf y saliendo al campo al terminar mi jornada. Eso, para mí, es calidad de vida.
— Recuerdo a Felisa — dijo Pascual —. Como psicólogo tuve que tratar a mucha gente de su departamento y todos ellos presentaban síntomas de ansiedad, depresiones ó cuadros similares. También la traté a ella, sin conseguir el menor resultado. Incluso te pedí — dijo dirigiéndose a Bronchales — que la echaras o que la ascendieras a algún cargo en el que no tuviera personal a su cargo.
— Lo recuerdo — repuso Bronchales —. Pero no lo pude conseguir. Tenía muy buenos padrinos.

El camarero se retiró a la barra del bar, después de dedicarles una sonrisa.
— A este chico lo traté. Tenía problemas — dijo Santiago —. Ya sabéis que, además del bar, yo tenía un piso con “chicas”. Al parecer sufrió abusos por parte de un sacerdote cuando era niño. Cuando llegó era prácticamente impotente y una de mis chicas le ayudó a recuperarse. No fue labor de un día. Tardó meses en superar su problema. Y tú también lo trataste, Pascual — añadió mirando al psicólogo — aunque no puedes hablar de ello por la confidencialidad que existe entre médico y paciente.
— Es cierto. Lo traté. Recuerdo que quedó destrozado cuando el obispo de la diócesis cerró la investigación y se limitó a enviar al cura a otro lugar, por cierto, al pueblo al que pertenece este golf — explicó Pascual.

— Y el año pasado, encontraron al sacerdote muerto – de un disparo en sus genitales – dentro de la iglesia. Murió desangrado. —continuó Pascual —. Con una nota manuscrita en la que se declaraba culpable de un montón de abusos a niños.
— Lo recuerdo. Salió en la prensa — dijo Bronchales —. Pero no vayamos a pensar que se lo cargó el camarero… Es cierto que ambos vivían en el mismo pueblo pero no es mas que una casualidad.
— ¿Tú crees que alguien en sus cabales elegiría para vivir el mismo pueblo en el que estaba el cura que convirtió su infancia en un infierno? — inquirió Santiago.
— Quizás no tuvo muchas ofertas para elegir un trabajo y sólo encontró la del golf… — apuntó Bronchales.
— Mirad. Algo en mi fuero interno me dice que fue este chico — dijo Santiago.
— Le dispararon con una escopeta de caza. De las de cartuchos. De esas que disparan unos ochenta perdigones — aclaró Pascual —. El cura salía a cazar y su escopeta estaba en la sacristía. Fue la que utilizó el asesino. Ah. Por cierto. A la hora del crimen, el camarero estaba en mi consulta. En la ciudad, lejos del pueblo.
— Entonces no tuvo nada que ver con el asesinato.
— A no ser que el médico que practicó la autopsia se equivocara con la hora de la muerte — insinuó Santiago.
— Claro. La hora de una muerte se establece en función de cuando aparece el rigor mortis y depende de la temperatura ambiente, que influye también en el tiempo de enfriamiento del cuerpo, que es básico para establecer la hora del asesinato.

— Recuerdo a ese cura. Lo veía en la subasta de pescado, al lado del puerto — explicó Santiago —. Cada martes yo iba a comprar para el bar y veía a ese cura, quien por cierto compraba mucho pescado. Debía comprar para todo el mes.
— ¡Escuchad!. Suenan las campanas — dijo Bronchales —. Ya son las doce. Tengo que irme.
— Para mí las campanas no son otra cosa que un aviso — dijo Pascual, riendo —: “Cuidado, pederastas sueltos”.

— Tengo una teoría sobre la muerte del cura — dijo triunfante Santiago — Si ese cura compraba tanto pescado, debía congelarlo. Luego, tenía un buen congelador. De lo que se deduce que es posible que el asesino enfriara el cuerpo en ese congelador. Horas después lo sacó y lo dejó en el suelo para que lo encontraran. El forense hizo sus cálculos y estableció una hora errónea. Entonces el posible asesino no pudo ser acusado, ya que a aquella hora estaba en la ciudad y tenía una coartada sólida.
— Quizás eso explique…— susurró Pascual — el hecho de que aquel día, en mi consulta, el camarero estuviera tan relajado, como si se hubiera librado de un gran peso.
— En fin — dijo Bronchales, levantándose —, me voy. Tengo que acompañar a mis nietos al mercadillo que hay en la plaza de los pederastas. Han de comprar un árbol de navidad. Por cierto, pago yo el aperitivo.
— ¿La plaza de los pederastas?.
— Bueno. La de la iglesia. Al fin y al cabo viene a ser lo mismo. ¡Feliz navidad!.
Pascual y Santiago se miraron.
— ¿Sabes Santiago?. Por una vez, creo en la justicia. A ese cura cabrón lo juzgará su dios y al camarero nadie. ¡Me encanta!.