La escuela de Pascual, el psicólogo

– Por aquí – Pascual abrió una puerta. Un largo pasillo repleto de puertas apareció delante de la chica.

– Todavía me pregunto qué hago aquí – dijo Penélope.
– Ya sabes que Santiago quiere que puedas tener una buena formación para que, cuando dejes la prostitución, te desenvuelvas con soltura. Incluso, trabajando en el piso de Santiago, te conviene tener una cierta cultura para que puedas tratar con los clientes de alto standing que vienen.

– Quizás tengas razón. Me estoy dando cuenta de que el sexo es lo menos importante, para los que van al piso de Santiago.
– Exactamente – le dijo Pascual -. Esa gente quiere compañía, conversación, cariño…

Pasaron por una puerta detrás de la cual se oyeron unas risas. Penélope miró por el cristal de la puerta. Dentro había unas cinco personas de unos treinta y tantos años. Tres hombres y dos mujeres. Pascual miró también a través del cristal. La clase parecía animada.

– Tengo alumnos con verdaderos problemas, comparado con los tuyos – le dijo a la chica -. Piensa que tu necesitas únicamente un poco de cultura, aprender a moverte bien en ámbitos selectos y a expresarte con soltura – sonrió -, aparte de perder esa manía que tienes de llevarte la comida a la boca con el cuchillo. Los de aquí dentro son casos bastante más graves. ¿Ves a esa chica que está en la segunda mesa?.
– ¿La de las cartucheras?.
– Me encanta esa forma que tenéis las mujeres de referiros a otras mujeres, resaltando los defectos. Podías haberla mencionado como la chica de la blusa verde, pero has preferido destacarla por la anchura de sus caderas.

Dejó de mirar por el cristal y Penélope hizo lo mismo. Siguieron andando.
– Esta chica de las cartucheras trabaja en una gran empresa desde hace diez años. Desde hace un par, es jefa de departamento. No sirve para dirigir a un equipo de personas. No sabe relacionarse con los demás y cubre su carencia intentando enemistar entre si a los que de ella dependen.
– Y, ¿quién la puso ahí?.
– Supongo que algún jefazo se benefició de ella…
– Vamos. Como yo misma. Ejerció de prostituta.

– No compares, Penélope. Si tuviera que elegir, me quedaría contigo. Ella tiene un montón de desajustes. Es una arribista. Nunca ha tenido en mente otra cosa que no sea escalar, tal vez para diferenciarse de sus padres, de origen humilde y desmarcarse del suburbio en el que creció. Y ahora que ha conseguido una cierta posición de poder, no es consciente del daño que puede hacer a sus subordinados.

– ¿Poder?.
– Tiene a doce desgraciados bastante amargados. Creeme cuando te digo que solamente se lleva bien con un par. Nunca se le ha ocurrido tener una charla informal con el resto de ellos. Lo único que es capaz de ver es su ombligo. Además se trata de una persona que carece de principios. Ni sus padres ni los diferentes centros de enseñanza en los que estudió, le inculcaron un solo principio. Así ella, cuando se relaciona con los demás lo hace en función de los beneficios que puede obtener para su carrera laboral. Las relaciones que no le puedan reportar beneficios no existen para ella y las ignora.

– Vaya joya – dijo Penélope -. ¿Tiene arreglo?.
– Me gustaría pensar que si, pero es difícil que lo consiga. Lleva muchos años en esta dinámica y le costará cambiar. Lo peor es que no es consciente de sus carencias y por mucho que le contemos, no nos cree. Quizás se deba a la influencia del jefazo que se la tiró, que es bastante parecida a ella.

– Entonces, ¿qué haces para cambiarla?.
– Bueno. Partiendo de la base de que es una persona totalmente inculta, ya que únicamente conoce su trabajo, los programas de televisión que ve y algo de futbol, le estamos enseñando que existe un Beethoven, un Mahler, un Shakespeare, un Maurois, un Picasso… Le estamos enseñando a relacionarse con la gente de cierto nivel, ya que lo hace con muy poca soltura e incluso delega esos contactos en otras personas. También la llevo algunas veces a dar algún paseo por barrios marginales.

– ¿Barrios marginales?. ¿Para qué?.
– Intento que conozca gente que las pasa muy negras. Le presento a mendigos, ladrones, prostitutas, drogadictos, proxenetas, parados…
– ¿Tu conoces ese tipo de gente?.
– A algunos. Y tampoco es problema, ya que me suelo enrollar con quien sea. Hasta ahora solamente he conseguido que ella se quedara como un pasmarote escuchando nuestra conversación. Lo que quiero es que poco a poco, se vaya interesando en lo que decimos y acabe teniendo un cierto interés por esas personas, que son tan humanas como tú ó yo mismo.

– Bueno – dijo Penélope -. Por lo menos va viniendo por aquí…
– No lo creas. Viene una de cada tres veces. No cree que le haga falta el curso. Y si ella no se da cuenta, poco aprenderá. No tiene ni idea de que siendo joven, tiene muchos años por delante para amargar la vida de sus subalternos. Yo ya me conformaría si únicamente aprendiera unas simples nociones sobre lo que es el respeto. Enseñarle a trabajar con un equipo de personas, confiando en ellas y dándoles también confianza, aceptando incluso otras opiniones tan válidas como la suya, ya me parece milagroso.

– ¡Que difícil lo tienes!.
– Si, pero por lo menos no es una psicópata. Con los psicópatas no hay nada que hacer. Sin embargo esta chica tiene sentimientos. Es a los sentimientos donde quiero llegar. Los tiene muy reprimidos, pero si consigo sacárselos, ganaré la batalla. Entonces será capaz de disfrutar con cualquier conversación, por intrascendente que sea y podrá descubrir que está en un mundo en el que todo ser humano es maravilloso.

Llegaron al final del pasillo. Paco abrió una puerta y dejó que pasara Penélope.
– Esta será tu clase. Hoy empiezas. Piensa que vas a estar aquí durante tres meses. Aprende todo lo que puedas. Te servirá para salir del agujero.

– Lo haré, Pascual. Muchas gracias. Pero, ¿qué pasará si no consigue triunfar con aquella chica?.
– Me quedaré igual, con la tranquilidad de haberlo intentado – Pascual se quedó mirando al infinito -. Sin embargo, la vida es sabia. Algún día, ella recibirá un golpe que le hará cambiar sus esquemas. Quizás un infarto, un cancer, la muerte de alguien querido…

Lena es engañada

– ¿Cuándo nos casaremos? – preguntó Lena.

Estaban desnudos, sobre la cama. Lena sabía que Javier no le iba a contestar. Llevaba meses esperando una respuesta afirmativa, pero él siempre había contestado con evasivas.

Lena llegó a nuestro país recién entrado el nuevo milenio.
A través de una mafia de su país consiguió dejar Rusia, país en el que tenía pocas posibilidades de salir adelante.

Sin embargo, cuando se encontró en España, descubrió que las cosas no iban a ser tan fáciles como pensaba.
Carecía de estudios y el hecho de no tener papeles le permitía acceder únicamente a trabajos mal pagados y con unas condiciones vergonzosas.

Sabía que la mafia rusa que la había traído, no iba a darle facilidades para devolver el dinero del viaje y fue entonces cuando se dio cuenta de que solamente podía hacer un trabajo para poder salir adelante y devolver el dinero: prostituirse.
Al fin y al cabo era ese el trabajo que Masha, su compañera de piso, ejercía y no le iba nada mal.

A sus ventitrés años, Lena era una mujer verdaderamente guapa y su cuerpo, bien proporcionado, atraía las miradas de los hombres con quienes se cruzaba por la calle.
Los principios fueron duros, muy duros para alguien cuya sexualidad significaba algo que reservaba para cuando apareciera el hombre con el que había soñado.
Sin embargo el tiempo y la práctica fueron eliminando aquellas barreras que ella había ido levantando en su adolescencia, respecto a sus relaciones sexuales.

El anuncio que publicó en Internet, incluyendo fotos de su hermosa anatomía, empezó a traer llamadas a su móvil.
A la vez que se le iba endureciendo la mirada, el dinero empezó a entrar a paletadas. En menos de un mes pudo devolver a la mafia rusa el importe que les debía.
Pronto encontró a un compatriota que tenía coche y que se ofreció para acompañarla en las frecuentes salidas a los hoteles y domicilios de sus clientes. Lena aceptó encantada aquel ofrecimiento, ya que así se sentía más segura y podía visitar a mas clientes.

Aquellos primeros años fueron agotadores. Su semana laboral duraba siete días. Prácticamente la totalidad de lo que ganaba lo enviaba a sus padres en Moscú.

Entonces llegó la crisis. Al principio apenas se dio cuenta, ya que seguía teniendo mucho trabajo. Sin embargo, a lo largo de los meses, las llamadas se redujeron a la mitad, luego a una cuarta parte…
El mercado se endureció de repente. Pudo ver como en sus anuncios las otras prostitutas empezaban a rebajar precios y a ofrecer lo impensable para atraer a los clientes.

La única salida que encontró Lena fue intentar obtener la nacionalización por medio del matrimonio y buscar trabajo.
El único cliente en quien confiaba era Javier, una persona comprensiva y cariñosa.

En una de sus visitas le explicó sus intenciones y le pidió ayuda. Él le dijo que se casaría con ella.
Los siguientes meses fueron un calvario para ella. Siguiéron viéndose con mayor frecuencia. Ella propiaciaba los encuentros e incluso dejó de cobrarle las relaciones. Y, sin embargo, Javier iba dando largas. Lena se deprimió. No se atrevía a salir de casa, por carecer de papeles. Solamente trabajaba cuando aparecía un esporádico cliente y el resto del tiempo bebía hasta emborracharse.

Pidió a sus padres los papeles que necesitaba para casarse y cuando los recibió, quince días más tarde, se lo comunicó a Javier, para intentar darle el empujón que pensaba le faltaba.

Su respuesta, por fin fue clara.

– No pienso casarme contigo. He estado haciendo indagaciones y tal como están las cosas no pienso complicarme la vida. No puedes hacerte una idea de como controlan los matrimonios por conveniencia. Y si nos pillan, la multa es sustanciosa, con cárcel incluso. Y a ti, lo primero que harán es deportarte a tu país.

– Entonces, todas tus promesas… – le miró a los ojos -. No pensabas cumplirlas. Durante meses me has utilizado para tener sexo gratis conmigo…
Notó como enrojecía su cara y luchó para impedir que las lágrimas fluyeran.
Javier saltó de la cama y empezó a vestirse.
– Supongo no querrás volver a verme – dijo Javier.
– ¿A ti que te parece? – Lena se puso un albornoz.

Cuando cerró la puerta del piso detrás de Javier, se puso a llorar, desconsolada.
Al regresar Masha, encontró a su compañera hecha un ovillo en la cama, inundada en lágrimas.
Al día siguiente la llevó al bar de un amigo, un tal Santiago.

Fue entonces cuando, por primera vez, Lena conoció a un hombre en quien podía confiar. Con su ayuda, no tardó en conseguir dejar aquella vida que odiaba.

Es curioso pero la vida nos devuelve las malas acciones, multiplicadas.
Javier trabajó durante muchos años en una gran empresa.
Vivió todo ese tiempo pendiente del ascenso que creía merecer. El jefe estaba muy contento con su trabajo y se lo decía con frecuencia.
Javier se dejaba las cejas trabajando horas y más horas, incluso los fines de semana, sin cobrar una sola hora extra.

Y el ascenso no llegaba. Su jefe le decía que aún no era el momento, que por circunstancias tenía que esperar, que el director tenía el ascenso sobre la mesa, pendiente de firmar…
Al igual que él había hecho con Lena durante meses, su jefe lo toreó durante muchos años.
Su esposa, harta de esperar el ascenso y cansada de estar siempre sola, lo abandonó.

Cuando Javier se dio cuenta de que había estado viviendo en base a unas expectativas que le había inculcado su jefe, fue cuando le comunicaron que ya no eran necesarios sus servicios en la empresa.

Ahora vive del paro.