Conversaciones interactivas por confinamiento: medidas disuasorias

Delante de sus monitores -nuevo confinamiento, claro- con sus respectivos aperitivos sobre la mesa, estaban nuestros tertulianos inmersos en una crítica aguda sobre, precisamente, las muchas declaraciones de los políticos en los medios.
— Es evidente que no dicen más que tonterías—apuntó Santiago.
— Desde luego. Es muy cansado oírles decir las chorradas que dicen—Pascual estaba indignado—. Cuando pones en marcha la televisión no hablan de otra cosa que del covid19 ó de los mitines que hacen los políticos en Madrid durante la campaña electoral. A los que no vivimos en Madrid nos importa un rábano esa campaña que hacen.
—La solución es fácil—dijo Juan—. Se apaga la televisión y se coge un buen libro.
—O se ve una buena serie—añadió Inés.
—La verdad es que estamos en un país en el cual lo único que hacemos es hablar—dijo Santiago—. Y a ser posible, criticar.
—Ya sabéis lo que pienso respecto a los medios de desinformación—Juan tenía las ideas muy claras—. Obviarlos y vivir nuestra vida sin prestarles atención es lo mejor.


—Hace años que pienso en una teoría—explicó Pascual—. Empecé a planteármela cuando conocí y sufrí el ego de un directivo de la Innombrable. El tío organizaba reuniones con el único objeto de demostrar lo inteligente, lo sabio, lo ocurrente que era. Es algo que en este país es habitual. Políticos, empresarios, tertulianos de televisión e incluso actores, cantantes y pseudo-intelectuales se afanan por demostrar que son lo mejor de nuestra sociedad. Fue entonces cuando se me ocurrió una forma de pararles los pies a estos sujetos y hacerles ver nuestro rechazo a sus palabras: un buen cuesco, sonoro y potente por parte de la audiencia los pondría en su lugar. Muchas veces he pensado que desde siempre, hemos dejado a un lado esa forma de expresión tan válida como la palabra. Ó quizás mas válida aún que la palabra, tal y como se utiliza en nuestro país.
—La verdad es que ningún libro sobre el lenguaje no verbal se refiere a los pedos como forma de comunicación—apuntó Santiago.
—Ya me imagino lo que sería el congreso de los diputados utilizando ese recurso, cada vez que un político hablara—dijo riendo Juan—. La primera vez, más de un periodista lo achacaría a un golpe de estado.
—Ó en una tertulia por televisión—rio Inés—. Quizás hasta ganarían algo de nivel.


—Yo me lo imagino en uno de esos mitines que hacen los políticos—añadió Santiago—. Tiene que ser descorazonador para uno de esos charlatanes el verse interrumpido su discurso por una atronadora salva de ventosidades.
—O en un acontecimiento deportivo, cuando ponen el himno—dijo Juan—. No sorprendería a nadie, por cierto, ya que muchos deportistas tienen su residencia fuera del país. Aunque me encantaría que lo hicieran en alguna final de la copa del rey. Ver a la policía intentando cazar a los “incívicos” que han “profanado” el himno tiene que ser divertidísimo.


—Tendríamos que dejar esta opción para después de acabar con el coronavirus. Sólo nos faltaría que los tertulianos empezaran a polemizar sobre la influencia de las ventosidades en la transmisión del coronavirus—añadió Inés—. Todo eso me recuerda una cosa. Muchas veces, cuando veo una película en la que, gracias a la poderosa imaginación de los guionistas, sale la típica escena en la que el protagonista corteja a la chica, cuando la música de fondo va haciendo subir la tensión para anticiparnos el beso inminente y lo que venga después, es cuando imagino un buen cuesco, lanzado por cualquiera de los dos enamorados, con la parte final de la obertura 1812 como música de fondo…
—Uf. Ahora entiendo la razón de tus risas cuando vemos una película—dijo Juan.
—Lo malo de esto es que todos nosotros, a partir de ahora, cuando veamos una escena como la que nos has descrito, recordaremos tus palabras, Inés—le reprochó Santiago.
—Desde luego—añadió Pascual, riendo—. La vida ya no será igual que antes.

Conversaciones en el hoyo 19: la política

—Bueno. La intención es lo que cuenta—dijo Bronchales, al sentarse con sus compañeros, tras un partido de golf desastroso.
—Tu quédate con el swing que has hecho en el catorce— le dijo Pascual—. Por un centímetro no ha sido “hole in one”.
—Desde luego que me quedaré con ese golpe. Ha sido el único swing decente que he hecho hoy.
—¡Camarero!. Por favor, apague la televisión, o por lo menos baje el volumen—gritó Santiago. Luego, bajando la voz dijo a sus amigos—. Sólo nos faltaba eso: tener que escuchar a unos tertulianos inútiles comentando las noticias.
El camarero quitó el volumen del televisor y luego activó los subtítulos por si algún cliente estaba siguiendo el programa.
—¡Gracias!—agradeció Santiago al camarero.
—Parece mentira—dijo Bronchales—. Que en un campo de golf, uno de los pocos lugares en los que queda aún un poco de paz, de sosiego y de tranquilidad, nos castiguen con un televisor en marcha…


—Yo, desde que me jubilé he dejado de interesarme por las noticias—explicó Santiago—. Si de algo me sirvió aprender historia, fue para constatar que se vive mejor sin leer la prensa y sin ver la televisión.
—¿Qué tiene que ver la historia con ello?—preguntó Pascual.
—Pues me dice que, políticamente, la humanidad no ha avanzado nada. Desde hace cinco mil años una minoría se ha dedicado a dominar al resto del personal. Y aún sigue siendo así. Religión, emperadores, reyes, cualquier excusa ha servido para mantener dócil a la mayoría. Han ido sofisticando el sistema, pero básicamente es lo mismo. Multinacionales, guerras, miedo, ese engendro al que llaman democracia, con el que los políticos se llenan la boca y que no paran de nombrar…
— Tenemos democracia—terció Pascual.
— ¡Exacto!. Gracias a ella los políticos hacen todo lo que les pide la sociedad—contestó Santiago, sarcástico—¿No es así?.
— Hombre. No exactamente.


— Entonces no tenemos una verdadera democracia. El poder en realidad emana de esa minoría: banqueros, empresas grandes, multinacionales…—añadió Santiago, ya lanzado—. Todo lo demás es una escenificación, una película que nos pasan para que estemos distraídos con la representación y nos mantengamos dóciles y sumisos. Conceptos como patria o bandera son algo que funcionaba bien en la edad media pero que ya no tienen sentido. La bandera servía para que el montón de analfabetos que tenían que luchar por su rey fueran capaces de distinguir a sus tropas de las del enemigo. Y el concepto patria es estúpido en un mundo cada vez más globalizado en el que deberían desaparecer las fronteras, ya que al fin y al cabo, somos ciudadanos del planeta Tierra.


Santiago bebió un sorbo de cerveza y añadió:
—Ya sabéis que lo que no se puede cambiar, no vale la pena criticarlo. No sirve de nada hacerlo y es el deporte nacional en nuestro país—miró a sus amigos y siguió diciendo—: Os voy a hacer una oferta. Los tres tenemos una jubilación decente. Por eso os propongo dejar de seguir la escenificación política y dedicar nuestras energías en cosas importantes: literatura, música, arte, ciencia, golf…
—Me gusta la oferta. No más prensa, ningún noticiero en la televisión o en la radio…
—Exacto. Basta de cosas sórdidas. Y vamos a disfrutar de aquello que ha hecho brillar a la humanidad y que nos hará creer de nuevo en el ser humano.
—Yo también me apunto—dijo Bronchales, ilusionado.
—Pues levantemos la sesión. Que luego la familia protesta…


Los tres se levantaron y se dirigieron a la barra a pagar. Sentados en sendos taburetes, dos hombres charlaban:
—El discurso del rey me pareció muy sobrio, con una visión muy clara de los problemas del país—decía uno, añadiendo—: El discurso de un verdadero estadista.
—Pues a mi me pareció idéntico al del año pasado, e incluso a los que hacía el rey anterior. Cuando lo oí, tuve la sensación de estar viviendo el “día de la marmota”.


Pascual recogió el cambio que le dio el camarero y los tres salieron del local.
—¿Veis lo que os decía?. A la gente les encanta malgastar su vida hablando de política. ¡Con la de cosas que realmente valen la pena!.

Conversaciones en el hoyo 19: el político

—Menudo nivel estamos teniendo, gracias a Ernesto—comentó Pascual mientras esperaban al contrincante con el que habían jugado aquella mañana, ni mas ni menos que un político que en aquel momento estaba en el aseo—. ¡Que paciencia tiene con nosotros!. Y vaya paliza le hemos pegado a González. ¡Le hemos ganado los tres!.
—Y no sabes la satisfacción que me ha dado machacarle—dijo eufórico Bronchales—. No por el hecho de ganarle a alguien, ya sabéis que me importa un bledo. Ha sido por ganar a un puto político, un vendedor de humo, a un adicto a la mentira, a un vendedor de motos…
—Chis, ¡que viene!. Por cierto, vaya cara de mal rollo lleva, jajaja.

Manuel González se sentó en la silla vacía y bebió un largo trago de su cerveza.
—¿Cómo estás, Manuel?. ¿Crees que podrás soportar la derrota?—Bronchales estaba disfrutando con la situación. Le encantaba ver como Pascual y Santiago hacían esfuerzos para no soltar la carcajada.
—Bueno. Es peor la derrota en unas elecciones—repuso el político.
—Si. Un salto de rana en unas elecciones ha de ser terrible—rió Santiago con mala leche—menos mal que nuestra democracia “con so li dada” lo aguanta todo—dijo con retintín.
—Claro—contestó el político, ignorando ó haciendo ver que ignoraba la puya de Santiago.

—Eso es lo hermoso de esa democracia que nos “hemos dado todos”—siguió Santiago con sorna—. Cuando el pueblo – que es poder – quiere algo, lo dice y el gobierno de turno obedece ese mandato sin rechistar… ¡ah! ¡no!. Que no va así. Para que el pueblo consiga algo ha de salir a la calle y, con un poco de suerte, a los seis meses de estar saliendo a manifestarse, puede que el gobierno obedezca el mandato. O puede que no. Me encanta la democracia consolidada.
—Siempre se puede proponer una iniciativa a base de recoger firmas. Luego se tramita por la cámara de diputados y…
—Y se llevan esas hojas repletas de firmas a los lavabos para que los señores diputados se puedan limpiar el trasero con ellas—interrumpió Santiago.
—Si eso falla, siempre puede buscar en los partidos, a uno que tenga en su programa esa iniciativa y votarlo—dijo el político.
—Exacto—respondió Pascual—. Luego, como está de moda hoy en día, el programa del partido es llevado a los lavabos de la Moncloa para que el gobierno lo utilice como papel higiénico.
—Hombre. Hay que tener en cuenta las circunstancias. Algunas veces no puede llevarse a cabo un punto del programa porqué las circunstancias no lo permiten.
—Y supongo, ese cambio de las circunstancias no se había dado en la campaña electoral. Al parecer las circunstancias tienen vida propia y cambian al día siguiente de las elecciones.
—Hombre, no es así. Muchas veces se cumplen los programas.

—Y yo me pregunto qué clase de democracia es esa que no permite a los catalanes votar sobre su futuro—terció Pascual.
—Bueno. La constitución no lo permite—se defendió el político.
—Entonces permitirás que me haga la siguiente pregunta—añadió Pascual—:¿qué mierda de constitución es esa que no permite que los catalanes ejerzan su derecho de votar lo que quieren hacer?. Y añado: ¿nuestra constitución es democrática?. Yo lo dudo.
—Tenemos una constitución al nivel de la inglesa, francesa…
—Ya tenía que salir la comparación con otros países—cortó Bronchales—, cuando no sabes contestar a la pregunta sobre si nuestra constitución es democrática.
—Claro que lo es. La votaron todos los españoles.
—Pero no permite votar a los catalanes… ¿Es eso democracia?.
—Eso por no hablar de la separación de poderes, que no existe—dijo Pascual—. Ni siquiera se cumple aquello de la igualdad.

—¿Cómo que no hay igualdad?—protestó el político.
—Que se lo pregunten a ese tarado mental que tenemos como jefe del estado, que está por encima de las leyes ó a ese puñado de políticos corruptos que no hay forma de meter en la cárcel, o a esa ley electoral que permite que un votante de un pueblito extremeño tenga mas valor que el de un habitante de Madrid. ¿Sigo?.
—Vosotros sabéis que los políticos estamos en ello y poco a poco vamos resolviendo esos problemas. Pero esas cosas llevan tiempo.
—Desde luego que llevan tiempo, No hay mas que ver que en ninguno de los programas de todos los partidos políticos aparece nada de lo que he mencionado—repuso Pascual, indignado—quizás dentro de un par de siglos abordéis alguno de estos temas.

—Dejarme que os diga algo y a ver si os enteráis de una vez—dijo el político para zanjar el tema—. Mi trabajo es hacer política y eso en un partido significa lo siguiente: un partido político es una empresa como cualquier otra y si quieres mantener el empleo has de hacer lo que te dice el jefe. Y has de decir lo que pone el argumentario que te pasan tus superiores. En el congreso se ha de votar lo que ellos dicen que votes. Has de llevarte bien con tus compañeros ya que si desprecias al pelota que le lame el trasero a tu jefe, cualquier día lo pueden ascender y tu acabas cayendo en desgracia. Eso es así. Aquí y en cualquier otro país del mundo. La única diferencia entre los partidos políticos del mundo es el nivel de estupidez de sus dirigentes, que es elevado en la mayoría de los casos. Y, es cierto: la democracia no existe en ningún país y en el nuestro menos aún. Pero es lo que hay y eso no va a cambiar porqué las empresas que se dedican a la política -los partidos- están para obtener beneficios de los ciudadanos y aparentar que se hace algo por ellos. Y nada mas.

—¡Al fin alguien que dice la verdad!—aplaudió Bronchales—. Deduciendo un poco, lo de la moción de censura que cambió el gobierno, no era otra cosa que una escenificación.
—Está claro. Se trataba de salvar al bipartidismo y la oposición se estaba hundiendo cada vez mas. Desde el cambio de gobierno, los socialistas…
—Por favor, no insultes al socialismo. Tienen de socialistas lo que yo de bombero—puntualizó Pascual.
—Está bien. Corrijo. Decía que el nuevo gobierno, de estar hundido antes de la moción de censura, es ahora la primera fuerza en intención de voto. Todo es una escenificación. Hay que repartir las ganancias y perpetuar la situación. Todos los partidos roban una buena parte del erario público. Ha sido siempre así. Al fin y al cabo es uno de los objetivos de las diferentes empresas-partidos que conforman este país. Así cuando les pillan, se protegen unos a otros. Y la prensa no pilla mas del cinco por ciento de esos robos, que luego son paralizados en los tribunales, años y años.

—Maravilloso el mundo en el que vivimos—susurró Pascual.
—Desde luego. ¡Menudo trago de realidad acabamos de tomar!—suspiró Santiago.
—No hace falta que os diga que yo no os he explicado nada—dijo el político—. Si alguien hace correr la voz, me quedo sin empleo.
—Tranquilo. No diremos nada—puntualizó Bronchales—,siempre y cuando cumplas con una condición: que vuelvas a jugar al golf con nosotros algún día. Nos encanta machacarte.
—¡Que cabrones sois—dijo el político riendo—. Aunque he de reconocer que me ha encantado jugar y perder con vosotros. Por mi parte, de acuerdo