Conversaciones en el hoyo 19: el político

—Menudo nivel estamos teniendo, gracias a Ernesto—comentó Pascual mientras esperaban al contrincante con el que habían jugado aquella mañana, ni mas ni menos que un político que en aquel momento estaba en el aseo—. ¡Que paciencia tiene con nosotros!. Y vaya paliza le hemos pegado a González. ¡Le hemos ganado los tres!.
—Y no sabes la satisfacción que me ha dado machacarle—dijo eufórico Bronchales—. No por el hecho de ganarle a alguien, ya sabéis que me importa un bledo. Ha sido por ganar a un puto político, un vendedor de humo, a un adicto a la mentira, a un vendedor de motos…
—Chis, ¡que viene!. Por cierto, vaya cara de mal rollo lleva, jajaja.

Manuel González se sentó en la silla vacía y bebió un largo trago de su cerveza.
—¿Cómo estás, Manuel?. ¿Crees que podrás soportar la derrota?—Bronchales estaba disfrutando con la situación. Le encantaba ver como Pascual y Santiago hacían esfuerzos para no soltar la carcajada.
—Bueno. Es peor la derrota en unas elecciones—repuso el político.
—Si. Un salto de rana en unas elecciones ha de ser terrible—rió Santiago con mala leche—menos mal que nuestra democracia “con so li dada” lo aguanta todo—dijo con retintín.
—Claro—contestó el político, ignorando ó haciendo ver que ignoraba la puya de Santiago.

—Eso es lo hermoso de esa democracia que nos “hemos dado todos”—siguió Santiago con sorna—. Cuando el pueblo – que es poder – quiere algo, lo dice y el gobierno de turno obedece ese mandato sin rechistar… ¡ah! ¡no!. Que no va así. Para que el pueblo consiga algo ha de salir a la calle y, con un poco de suerte, a los seis meses de estar saliendo a manifestarse, puede que el gobierno obedezca el mandato. O puede que no. Me encanta la democracia consolidada.
—Siempre se puede proponer una iniciativa a base de recoger firmas. Luego se tramita por la cámara de diputados y…
—Y se llevan esas hojas repletas de firmas a los lavabos para que los señores diputados se puedan limpiar el trasero con ellas—interrumpió Santiago.
—Si eso falla, siempre puede buscar en los partidos, a uno que tenga en su programa esa iniciativa y votarlo—dijo el político.
—Exacto—respondió Pascual—. Luego, como está de moda hoy en día, el programa del partido es llevado a los lavabos de la Moncloa para que el gobierno lo utilice como papel higiénico.
—Hombre. Hay que tener en cuenta las circunstancias. Algunas veces no puede llevarse a cabo un punto del programa porqué las circunstancias no lo permiten.
—Y supongo, ese cambio de las circunstancias no se había dado en la campaña electoral. Al parecer las circunstancias tienen vida propia y cambian al día siguiente de las elecciones.
—Hombre, no es así. Muchas veces se cumplen los programas.

—Y yo me pregunto qué clase de democracia es esa que no permite a los catalanes votar sobre su futuro—terció Pascual.
—Bueno. La constitución no lo permite—se defendió el político.
—Entonces permitirás que me haga la siguiente pregunta—añadió Pascual—:¿qué mierda de constitución es esa que no permite que los catalanes ejerzan su derecho de votar lo que quieren hacer?. Y añado: ¿nuestra constitución es democrática?. Yo lo dudo.
—Tenemos una constitución al nivel de la inglesa, francesa…
—Ya tenía que salir la comparación con otros países—cortó Bronchales—, cuando no sabes contestar a la pregunta sobre si nuestra constitución es democrática.
—Claro que lo es. La votaron todos los españoles.
—Pero no permite votar a los catalanes… ¿Es eso democracia?.
—Eso por no hablar de la separación de poderes, que no existe—dijo Pascual—. Ni siquiera se cumple aquello de la igualdad.

—¿Cómo que no hay igualdad?—protestó el político.
—Que se lo pregunten a ese tarado mental que tenemos como jefe del estado, que está por encima de las leyes ó a ese puñado de políticos corruptos que no hay forma de meter en la cárcel, o a esa ley electoral que permite que un votante de un pueblito extremeño tenga mas valor que el de un habitante de Madrid. ¿Sigo?.
—Vosotros sabéis que los políticos estamos en ello y poco a poco vamos resolviendo esos problemas. Pero esas cosas llevan tiempo.
—Desde luego que llevan tiempo, No hay mas que ver que en ninguno de los programas de todos los partidos políticos aparece nada de lo que he mencionado—repuso Pascual, indignado—quizás dentro de un par de siglos abordéis alguno de estos temas.

—Dejarme que os diga algo y a ver si os enteráis de una vez—dijo el político para zanjar el tema—. Mi trabajo es hacer política y eso en un partido significa lo siguiente: un partido político es una empresa como cualquier otra y si quieres mantener el empleo has de hacer lo que te dice el jefe. Y has de decir lo que pone el argumentario que te pasan tus superiores. En el congreso se ha de votar lo que ellos dicen que votes. Has de llevarte bien con tus compañeros ya que si desprecias al pelota que le lame el trasero a tu jefe, cualquier día lo pueden ascender y tu acabas cayendo en desgracia. Eso es así. Aquí y en cualquier otro país del mundo. La única diferencia entre los partidos políticos del mundo es el nivel de estupidez de sus dirigentes, que es elevado en la mayoría de los casos. Y, es cierto: la democracia no existe en ningún país y en el nuestro menos aún. Pero es lo que hay y eso no va a cambiar porqué las empresas que se dedican a la política -los partidos- están para obtener beneficios de los ciudadanos y aparentar que se hace algo por ellos. Y nada mas.

—¡Al fin alguien que dice la verdad!—aplaudió Bronchales—. Deduciendo un poco, lo de la moción de censura que cambió el gobierno, no era otra cosa que una escenificación.
—Está claro. Se trataba de salvar al bipartidismo y la oposición se estaba hundiendo cada vez mas. Desde el cambio de gobierno, los socialistas…
—Por favor, no insultes al socialismo. Tienen de socialistas lo que yo de bombero—puntualizó Pascual.
—Está bien. Corrijo. Decía que el nuevo gobierno, de estar hundido antes de la moción de censura, es ahora la primera fuerza en intención de voto. Todo es una escenificación. Hay que repartir las ganancias y perpetuar la situación. Todos los partidos roban una buena parte del erario público. Ha sido siempre así. Al fin y al cabo es uno de los objetivos de las diferentes empresas-partidos que conforman este país. Así cuando les pillan, se protegen unos a otros. Y la prensa no pilla mas del cinco por ciento de esos robos, que luego son paralizados en los tribunales, años y años.

—Maravilloso el mundo en el que vivimos—susurró Pascual.
—Desde luego. ¡Menudo trago de realidad acabamos de tomar!—suspiró Santiago.
—No hace falta que os diga que yo no os he explicado nada—dijo el político—. Si alguien hace correr la voz, me quedo sin empleo.
—Tranquilo. No diremos nada—puntualizó Bronchales—,siempre y cuando cumplas con una condición: que vuelvas a jugar al golf con nosotros algún día. Nos encanta machacarte.
—¡Que cabrones sois—dijo el político riendo—. Aunque he de reconocer que me ha encantado jugar y perder con vosotros. Por mi parte, de acuerdo

Conversaciones en el hoyo 19. La Independencia

Cualquier golfista siente un verdadero cariño por el hoyo 19, tras jugar los anteriores 18 hoyos, ya que éste es, ni más ni menos, el bar de la casa club, en el que se olvidan todos los problemas que han ido surgiendo en el recorrido del campo de golf.

Como todos los miércoles, sentados alrededor de una mesa estaban tres personas que sudados y cansados, acababan de completar el recorrido.
—Bueno. Por una vez os he ganado a los dos —dijo Pascual, antiguo psicólogo que había trabajado varios años en la Innombrable y que en la actualidad, estaba jubilado.
—Cuando te falla el putt, malo —contestó Santiago, dueño del bar situado al lado de la Innombrable al que frecuentaba prácticamente, toda la plantilla de la gran empresa. Poco a poco, Santiago se había ido retirando del bar, al encontrar a una persona, capaz de regentarlo con la misma dedicación que él mismo. Añadió —:Duele mucho llegar al green con pocos golpes, para luego cagarla al necesitar tres ó cuatro para embocar la bola.
—Ah. Algunas veces la vida es injusta —apuntó Bronchales, antiguo subdirector de la Innombrable, jubilado cuatro meses atrás y que había necesitado la ayuda psicológica de Pascual para adaptarse a su nueva vida. Había estado a punto de perder a su esposa, harta de tenerle todo el día en casa, sin nada que hacer. Pascual le había hecho crearse actividades, unas con su esposa y otras sólo para él y poco a poco, se había restablecido la vida y el matrimonio de Bronchales —. Tengo que comprar un carro eléctrico —añadió —. Arrastrar un carrito en un golf es mucho mas cansado que hacerlo en un pitch & putt. He acabado agotado.
—Demasiado tiempo jugando pitch & putt. Que no tiene apenas que ver con el golf —dijo Pascual.
—Es cierto —asintió Bronchales —. ¡Menuda diferencia!. Aunque a mi me ha ido bien para dominar el juego corto.

—Bien les hubiera ido a los políticos catalanes aprender juego corto —soltó Santiago con intención —. Quizás no habrían acabado en la cárcel.
—¿Qué quieres decir, Santiago? —inquirió Pascual.
—Que si tu bola está en medio de un montón de árboles, no intentes ir al green. Llévala primero a la calle y desde ahí podrás tirar a green con garantías.
—Lo cual, traducido, sería…
—No proclames la independencia de forma unilateral cuando quien manda en el país son los herederos de la dictadura. Y por si fuera poco los políticos catalanes esperan a la segunda legislatura de la caverna.
—Y, ¿qué mas da la legislatura? —preguntó Bronchales.
—Es importante. En la segunda legislatura ya tenían a la prensa comiendo de su mano, a sus afines en tribunales de justicia y en la fiscalía. ¿Qué podía salir mal?. ¡Todo!.
—Quizás tengas razón —contestó Pascual.
—Creo que los políticos catalanes pecaron de ingenuos. ¿Cómo pueden hacer política unas personas que no ven lo evidente?.
—Quizás no tuvieron mas remedio…—insinuó Pascual.
—¿Cómo?.
—Imagínate que tu partido es sospechoso de cobrar comisiones en la obra pública. El famoso tres por ciento. Durante décadas te has beneficiado de ello, con la complicidad de los partidos estatales. Sin embargo, toda asociación de delincuentes tiene algún eslabón débil y el pastel sale a la luz. Y descubres sorprendido que esos partidos que antes miraban a otro lado, ahora no tienen mas remedio que investigar tus tropelías. Como estás en el poder de la comunidad, intentas retrasar las instrucciones abiertas por la justicia, cambias el nombre del partido y por fin, cuando apenas te quedan cartas para evitar la debacle, se te ocurre la idea: vamos a reclamar la independencia. Si sale bien, podremos hacer leyes a nuestra medida para evitar las causas judiciales abiertas.
—¿Una ley de amnistía?
—Exacto. Y si sale mal, habremos organizado un “sarao” de agárrate y no te menees. Y, eso si, con el pueblo del lado del partido corrupto y a favor de la independencia.

—Yo soy mas partidario —apuntó Bronchales—de la hipótesis de que realmente fue el pueblo quien pidió la independencia. Primero exigiendo el referéndum y luego la declaración unilateral. De alguna manera obligaron a los políticos a dar estos pasos.
—Te la puedo aceptar —dijo Pascual .—Aunque con serias dudas. En mi profesión como psicólogo he estudiado algo llamado “la espiral del silencio” que podría invalidar tu argumento.
—Habla. Soy todo oídos —contestó Bronchales muy interesado.
—Es una teoría creada por Elisabeth Noelle-Neumann. Viene a decir algo así como que la opinión pública no es otra cosa que un control social mediante el cual la sociedad adapta sus opiniones y comportamientos a la visión de la realidad que expresan como mayoritaria los medios de comunicación.
—Vamos, que nos manipulan —terció Santiago.
—Si. Pero no es eso lo importante —continuó Pascual—. A raíz de ello, las personas que no están de acuerdo con esa opinión mayoritaria, tienden a callarse por temor a que sean excluidos socialmente ó incluso marginados. Y esa es la espiral del silencio. De ahí que tampoco pueda decirse que el pueblo ha exigido a sus políticos que tomaron cartas en el proceso de independencia. Quizás haya sido así, pero también es posible que estuvieran influenciados por la espiral del silencio.
—Eso explica el hecho de que en los partidos políticos apenas hay voces disonantes. La mayoría de ellos publican argumentarios en los que se indica lo que se ha de opinar en todo. Y pobre del que opine distinto: es machacado sin piedad por sus compañeros de partido.
—Bueno. ¿Y con que teoría nos quedamos sobre el tema catalán?.
—Hombre —rió Santiago—. Cada una con la que quiera. No vayamos a crear entre nosotros un argumentario sobre este tema.

El Nobel

– ¡Que forma más tonta de morir!.
– ¿Cómo sabes que estás muerto?, Pablo – preguntó la mujer que vestida con una túnica blanca estaba en aquel recinto sin límites, iluminado por una intensa luz blanca.
– Quizás porqué desde hace veinte años que no se me acerca una mujer tan bella como tú. Es lo que tiene eso de morir de viejo. Estar como una pasa no suele atraer a nadie a tu lado.
– ¿Cómo es que rechazaste el premio Nobel de literatura?.
– Me gusta creer que por humildad. Solamente pensar que a raíz de ese premio hubiera tenido que cambiar mi vida para asistir a recepciones, entrevistas, homenajes, etc. me quitaba el sueño. Me hubiera convertido en un ser vanidoso, de esos que disfrutan escuchándose a si mismos.
– Pero el premio es muy cuantioso…
– Si. Sobre todo para hacienda, que se hubiera quedado con mas de la mitad. Ese dinero recaudado hubiera servido para comprar mas armas para el ejército o para privatizar servicios públicos.
– ¿De qué país vienes? – preguntó ella.
– ¿País?. No debería haber países. Ese es un invento del hombre, tan dado a establecer fronteras. Si no fuera por las fronteras nos ahorraríamos un montón de guerras y un buen puñado de exaltados que sólo ven banderas y esa mierda a la que llaman patriotismo. Mi patria es la Tierra, el tercer planeta del sistema solar.

– Aún así, ¿en qué país has vivido?.
– Te lo plantearé como un acertijo. Te cuento las características y tu lo adivinas. ¿Te parece?.
– Si, me encantan los acertijos.
– Nací durante los últimos años de una dictadura. El dictador era un militar que, tras una sangrienta guerra, se hizo con el control del país y asesinó a quienes no pensaban como él. Por eso, cuarenta años después de su muerte, sus herederos intelectuales – si podemos llamar así al nulo intelecto del dictador y sus herederos – se hicieron con el poder, estableciendo un sistema político al que llamaron democracia, quizás por aquello de que votar cada cuatro años a dos partidos políticos prácticamente idénticos creen que puede llamarse democracia. Nunca se plantearon la separación de poderes, nunca se plantearon la libertad de prensa y como en la época del dictador, siguen persiguiendo la libertad de opinión.
– Voy haciéndome una idea…
– Se trata de un país muy hermoso, con un clima muy bueno, con mucho mar y montaña, de gente inculta pero muy agradable. Prácticamente, desde hace varios siglos existe una clase dominante, liderada por una monarquía, que se ha desenvuelto a su antojo, oprimiendo al resto de los ciudadanos. Y eso no ha cambiado en la época actual. Antes de morir, el dictador volvió a instaurar la monarquía, puso exactamente a la misma familia de tarados que habían reinado en siglos anteriores.
– Ya veo…
– Antes me preguntabas sobre mi rechazo al premio Nobel. Sólo pensar en que hubiera tenido que saludar al rey, al presidente del gobierno y al presidente de mi comunidad autónoma me provocaba nauseas. Yo no quería de ninguna de las maneras seguir el juego a esa gentuza. No quería tener que escuchar interminables discursos de aquellos que se creen importantes y que, además intentan demostrar con sus palabras que son personas cultas e instruidas. No gracias. Y otra cosa: quería cobrar mi pensión. Después de trabajar y cotizar cuarenta años había conseguido una pensión muy digna y no quería que me la quitaran por haber recibido el premio. En los veinte años que llevo jubilado he escrito varios libros y no he publicado ninguno. Y eso para no perder la pensión. Ahora que estoy muerto ya podrán publicarlos y los beneficios serán para mis hijos.
– Uf. Espero no equivocarme. Me has descrito España.
– ¡Acertaste!. No era difícil, ¿verdad?.
– Si quieres que te sea franca, ya lo sabía. Al fin y al cabo soy parte de ti.

Pablo miró los ojos de aquella mujer. La sentía como especie de extensión de su persona.
Quizás – pensó – me muestra aquel ideal de ser humano por el que he luchado siempre y cuya meta nunca había conseguido alcanzar. Sonrió feliz. Había valido la pena morir para sentir aquella plenitud.

– ¿Te puedo pedir un favor? – dijo él.
– No hace falta que me lo pidas – ella se acercó y lo abrazó con fuerza. Luego lo miró a los ojos y dijo: – Ahora es cuando dices que hacía veinte años que no te abrazaba una chica tan hermosa.
– ¡Me lees el pensamiento!.
– Claro. Y te he abrazado porqué me apetecía hacerlo.
– ¿A un carcamal como yo?.
– A alguien que tiene un buen corazón y además un físico fantástico. Mírate.
Pablo miró su cuerpo. Ya no estaba en los huesos, carecía de arrugas y de manchas en la piel. Su espalda no estaba arqueada y al pasarse la mano por la cabeza notó que tenía abundante cabello.
Se rio.
Luego se desvaneció a la vez que ella.