La cena de empresa

Patricia estaba deslumbrante cuando entró en el restaurante en el que se celebraba la cena de empresa.

Su vestido azul se ceñía a su joven cuerpo, realzando sus curvas. Sin embargo, lo que más llamaba la atención eran sus ojos, grandes y profundos, de un azul oscuro y enmarcados por su liso cabello negro.
Era la primera vez que acudía a una cena de empresa, ya que acababa de entrar en la Innombrable, su primer trabajo.

El restaurante era acogedor y su empresa había reservado una gran sala, con una barra de bar al fondo y una enorme mesa en la que ya estaban sentados algunos de los comensales.
Patricia saludó a sus compañeros y aprovechando la cantidad de sillas vacías, dejó su bolso sobre la mesa, en un lugar cercano al de los compañeros que mejor le caían.
Luego fueron llegando el resto de los comensales y cuando llegó el jefe, comenzó la cena.

Casi dos horas más tarde, superados discursos triunfalistas, conversaciones intrascendentes monopolizadas por los mandos y servidos los cafés, los camareros apartaron la gran mesa y montaron en pocos minutos un equipo de música. Luego habilitaron una zona, apartando sillas, para el baile.

Una hora mas tarde, Patricia fue hacia la barra y pidió un zumo. Estaba acalorada de tanto bailar. Se sentó en uno de los taburetes altos y bebió un trago de la copa que le acababan de servir.

– Sospecho que has quemado la totalidad de calorías que te has metido esta noche con la cena.

Patricia giró la cabeza y vio a su interlocutora, una chica algo mayor que ella, delgada, rubia y con unos ojos que reflejaban sinceridad. La había visto varias veces por el departamento aunque nunca la había tratado.
– Pues si. Me siento como si hubiera corrido una maratón – contestó.
– Creo que es tu primera cena de empresa, ¿no?. Ah, por cierto, me llamo Cristina.
– Encantada de conocerte, Cristina. Pues si, es mi primera cena de empresa.

– ¿Qué te ha parecido?. Sospecho que ha sido una experiencia única.
– La verdad es que no sé que decirte, Cristina.

Cristina lanzó una profunda mirada a la chica.
– Es curioso. Podías haber contestado a mi pregunta con cualquier respuesta tópica y sin embargo has optado por no darme una respuesta. De lo que deduzco que en este momento no sabes a qué atenerte conmigo. ¿Puedo confiar en ella?, estarás pensando.
– Tienes razón. Perdóname.

– No tengo nada que perdonar, Patricia. Yo también actúo así. Tengo la ventaja de que te he observado durante la cena y el baile y he podido hacerme una idea de cómo eres. Incluso he visto la cara de asco que has puesto cuando el «pulpo», tu jefe, ha intentado manosearte al bailar un lento contigo. ¿No te has fijado en que casi de inmediato han puesto un baile rápido?. Casualmente yo estaba con el DJ y no me ha costado convencerle para que cambiara la música.
– Muchas gracias, Cristina. No sabes el favor que me has hecho. Conste que ya había parado los pies al jefe y espero no me lo tenga en cuenta.

– Tranquila. Mañana no se acordará de nada, dada la tajada que lleva. Por cierto. Creo que ya hemos superado con creces el tiempo de presencia aquí. ¿Nos vamos?. ¿Tienes coche?.
– Buena idea. Si. He venido en coche. Si quieres te acompaño a casa.
– De acuerdo. Vamos.

– Odio las cenas de empresa. Son una farsa – dijo Cristina, sentada a la derecha de Patricia, que iba conduciendo -. Cada año asisto a un montón de cenas que organizamos aquellos que tenemos una cierta amistad. Sin embargo, las cenas oficiales son un desastre. Tener que aguantar a gente con la que no sientes la menos afinidad…
– No vayas, pues.

– No es tan fácil. El mundo empresarial se divide en dos tipos de empresas: las grandes y las pequeñas. En estas últimas te contratan para hacer un trabajo, es tu trabajo lo que vas a hacer durante muchos años y es, precisamente tu trabajo, lo que hará que estés bien valorada. Sin embargo en las grandes, lo que prima es tu actitud, tu sumisión, tu forma de llevarte con los jefes y compañeros. Para tener posibilidades de futuro has de tragarte tu ego y seguir las directrices de los superiores. Cuando en una empresa como la nuestra, ya se han recortado gastos, incrementado ventas y optimizado la burocracia, lo único que les queda a los directores para hacerse valorar, es llevar a cabo pseudofilosofías, proyectos de adoctrinamiento… Pretenden convertir el trabajo en una especie de religión, intentando crear grupos de trabajo imposibles. Son incapaces de darse cuenta de que las relaciones humanas han nacido siempre de forma espontánea.

– Voy entendiendo la razón por la que no puedes dejar de ir a las cenas de empresa – dijo Patricia.

– Si no fuera, sería tildada de «no alineada», rara, poco sociable y muchas otras cosas más. Son tan miopes que no valoran cualquier forma de pensar distinta a la oficial. Ellos quieren un pensamiento único y al hacerlo se cargan la individualidad. Luego venden al mundo la idea de que fomentan la diversidad. Lo peor es que incluso tienen un departamento de publicidad interna para vender la maravilla que supone trabajar en la Innombrable. ¿Crees que es necesario hacer publicidad de algo que es verificable?. Si gastan dinero en ese tipo publicidad, es porqué no es cierto lo que venden. Intentan hacernos creer, a base de machacarnos con frases repetitivas, que la nieve es negra. Pensamiento único: si la nieve es blanca es porqué no estás alineado con los principios de la empresa. De ahí que yo decidiera aprender el arte del «desatino controlado», es decir jugar a su juego, como quien actúa en una obra de teatro, sin dejar de ser yo misma. Gracias a eso he llegado a ser jefa.
– ¿Eres jefa?.
– Si. Lo que viene a demostrar que soy buena actriz.

A la mañana siguiente, Patricia se despertó y empezó a pensar en todo lo que le había contado Cristina. ¡Que buena persona es! – pensó -. Recordó las horas que estuvieron hablando, aparcado el coche delante de la casa de Cristina y lo que ocurrió después.
Patricia se acercó al cuerpo desnudo de Cristina y sintió su calor mientras pensaba «hoy es sábado, no tengo que madrugar».
Después de apretarse a su nueva amiga, volvió a dormirse.

 

Formación del espíritu de empresa

A las ocho de la mañana, Felisa iba a toda prisa por el pasillo. Acababa de recibir la orden de su director para que fuera a su despacho.

Cada vez que se cruzaba con alguien, lo saludaba golpeando el filo de la palma de su mano con el centro del pecho, mientras maldecía para sus adentros aquel estúpido saludo que se le había ocurrido a su jefe que indicaba estar «alineado» con los principios corporativos de la Innombrable. Algunos de sus subordinados decían medio en broma, que en realidad aquel gesto no era de «alineación», que era de «alienación».

Quince ó veinte saludos más tarde y un cierto dolor entre las costillas y llegó al despacho de su jefe, el director.
La secretaria la acompañó hasta la puerta y tras llamar y oir el «adelante» de su jefe, abrió la puerta, se hizo a un lado para que Felisa entrara y cerró la puerta a su espalda.

Felisa no se inmutó cuando vio a su jefe sentado, en mangas de camisa y sin zapatos, en el suelo, con las piernas cruzadas sobre una pequeña alfombra. Encima de su mesa humeaban dos barritas de sándalo. En las paredes apenas había espacios vacíos por estar cubiertas de carteles y posters anunciando los proyectos que el director había impulsado, siguiendo las recomendaciones de la central. «Team building», «Lean thinking», «Alto rendimiento», «ICE» (Innombrable Continuous Excellence), «Goal Alignment» eran los textos que aparecían en muchos carteles, así como diversas fotos de grupos de personas, todas ellas con una gran sonrisa que venía a certificar los maravillosos efectos que se habían operado en ellos al participar en esos proyectos.

Felisa permaneció de pie, esperando a que su director saliera del estado de trance en el que estaba. Por un momento recordó el comentario que le había hecho un día, en una reunión:
– Hola Felisa, ¿vas de Shakira hoy?.

Ella no entendió el comentario y tuvo que ser uno de sus subordinados quien se lo explicara: que ya no tenía edad para ir con aquellas minifaldas y generosos escotes que tanto habían cautivado a su anterior jefe. Le costó una fortuna cambiar su vestuario, aunque su hija, de unos veinte y pocos años, se lo agradeció, al estar harta de los frecuentes hurtos de ropa que le hacía su madre.

Un sonoro cuesco del director le indicó a Felisa que su jefe ya había conseguido la relajación total y que pronto saldría de su trance.

– Ah, Cupo, ya estás aquí… – dijo el director, medio somnoliento.
– ¿Cupo?.
– Claro. Es la única razón por la que eres jefe, ya que por capacidad… – el director se levantó y fue a su mesa. Sacó de un cajón una caja de toallitas de papel, la puso en la mesa y se sacó la camisa.
– No entiendo – dijo, mientras sacaba una toallita de la caja y empezaba a frotarla por su axila izquierda – como es posible que no hayáis terminado el proyecto del cambio de las antenas de Wifi N en el edificio.

– No había nadie que lo pudiera hacer. Tenía a la mitad de mis subordinados haciendo el curso de coaching y el resto estaba en el curso de ICE – repuso Felisa mientras miraba el torso de su director. Era bajo pero regordete, de cabello rizado como ella, aunque moreno y a pesar de ser lampiño, llevaba algo que un optimista hubiera llamado barba.
– ¿Están «alineados» tus subordinados, Felisa? – preguntó el director mientras empezaba a frotarse la axila derecha con la toallita -. Empiezo a pensar que no lo están. ¿Qué problema hay en que trabajen después de los cursos que están haciendo?.

– Hay una empresa subcontratada. Mis subordinados solamente han de dar instrucciones a los operarios.
– Bueno. Pues que venga esa empresa después del curso – el director tiró la toallita a la papelera.
– No es posible. Nos cobran casi el doble, al ser fuera de la jornada laboral y yo no tengo presupuesto para pagarles – contestó Felisa.

– Entonces que lo hagan tus chicos – el director se estaba enfadando. Empezó a ponerse la camisa -. Te pago para que lleves a cabo los proyectos que te encargo y no para que me traspases tus problemas. Si eres jefa es para que los resuelvas tu. Si me toca solucionarlos a mi, vete haciendo la idea de que vas a terminar montando esas antenas.
– Está bien. Lo arreglaré. Pero quizás sea necesario que mis subordinados aplacen los cursos que tienen previstos para esta semana…

– ¿Qué me estás diciendo?. Los cursos son lo más importante que les da la empresa. Esos cursos sirven para crear en todos los empleados una conciencia de equipo, una forma de trabajar involucrándose con el espíritu de la Innombrable, en una nueva forma de desarrollar el trabajo. Forja, además, una personalidad diferente que sirve para mejorar incluso, la vida personal.

Felisa permaneció callada, mirando como el director se ponía la camisa.

– Piensa – continuó el director – que todos los cursos e iniciativas que proponen desde la central europea, son casi una religión. En mi vida, podría decirse que hay un antes y un después de los cursos. He cambiado, gracias a haberlos seguido y mi cambio ha sido para bien. De ahí que quiera extenderlo a todos los ámbitos. En fin, Felisa. Tampoco lo entenderías. Quiero que el proyecto Wifi N esté listo esta semana.

Felisa asintió y fue hacia puerta. Allí se dio la vuelta y mirando al director hizo su saludo de «alineado». Luego salió.

Cuando el director se conectó al correo tenía cerca de setenta mensajes.
Sin embargo uno de ellos le llamó la atención sobre el resto: era de la central. Inconscientemente hizo su saludo de «alineado» y con las manos temblorosas lo abrió.
Sus ojos se agrandaron cuando empezó a leer el escrito. ¡Un nuevo proyecto de formación!. Lo leyó con avidez.
Al terminar de leerlo, sus ojos tenían lágrimas. El proyecto era sencillamente perfecto.
Cerró los ojos y meditó lo que acababa de leer. Casi de inmediato notó como algo se endurecía entre sus piernas.

La secretaria del director estaba charlando con una compañera cuando sonó el teléfono.
– Perdona. Es el jefe – le dijo, mientras descolgaba el auricular – Si, diga señor director. Ahora mismo – colgó, descolgó de nuevo y pulsó una tecla del teléfono. Al momento oyó una voz – señora, su esposo quiere hablar con usted. Si. Le paso -. Pulsó una tecla y dijo – señor director le paso con su esposa -. Luego colgó.

– Uf – dijo aliviada a su compañera -. Sospecho que hoy toca sexo. Lo cual suele coincidir con los nuevos proyectos que le encargan desde la central. La última vez, la esposa del dire me preguntó por qué había tan pocos proyectos en la Innombrable.