Jugando con la publicidad

De: Comunicacion@la innombrable.com
Para: Federicomalditoito@jemail.com
Asunto: Muchas gracias!

Estimado/a señor/a:
Somos Blanca y Guillermo desde La Innombrable.
En nombre de todo el equipo, queríamos expresarle nuestra más sincera gratitud. Esperamos, sinceramente, que disfrute del producto que nos ha comprado, por mucho tiempo.
A propósito, si es no es mucha molestia, agradeceríamos que dejara un pequeño comentario en nuestra página de vendedor, el gesto nos ayudaría muchísimo. Aquí le dejamos el enlace directo:  https://www.La Innombrable.es/gp/ feedback/leave-consolidated- feedback.html
Dándole una vez más las gracias de antemano, le deseamos un muy feliz día. No olvide ponerse en contacto con nosotros en cualquier momento para cualquier consulta o sugerencia, o si vuelve con nosotros, es posible que tengamos alguna promoción para usted.
Blanca y Guillermo
La Innombrable

De: Federicomalditoito@jemail.com
Para: comunicación@la innombrable.com
Asunto: re: Muchas gracias!

Estimados Blanca y Guillermo:
 
¿Debo entender en su escrito que quieren que les haga publicidad gratuita?. ¿No les basta con gastarse en publicidad el montón de millones que gastan anualmente en machacar a la gente en todos los medios de comunicación?.
Si leen la prensa, verán que hoy en día, los comentarios en Amazon se pactan con los usuarios y como todo en esta sociedad, se tiene que pagar un precio por los comentarios favorables.
Haciendo un enorme esfuerzo por mi parte, puedo llegar a aceptar toda la publicidad con la que insultan mi inteligencia en los medios.
Pero que pretendan que yo les siga el juego – y gratis – me parece que es llevar las cosas demasiado lejos.
 
Un saludo.
 
  Federico

De: Comunicacion@la innombrable.com
Para: Federicomalditoito@jemail.com
Asunto: Re:Re:Muchas gracias!

Estimado/a señor/a:

Somos de nuevo Blanca y Guillermo.
Hemos leído con detenimiento su respuesta y tras consultarlo, nos complace decirle que estamos dispuestos a aplicarle una serie de descuentos en nuestros productos si accede a dejar algún comentario favorable en nuestra página.
Blanca y Guillermo.

De: Federicomalditoito@jemail.com
Para: Comunicacion@la innombrable.com
Asunto: Re:Re:Re:Muchas gracias!
Estimados Blanca y Guillermo:
 
Su escrito me ha dejado un cierto mal sabor de boca. Si ustedes son capaces de ofrecerme una serie de descuentos a cambio de mis comentarios favorables, eso me hace deducir que, de los muchos comentarios que leo antes de comprar cualquier producto online, son pagados por las propias empresas, lo cual invalida la veracidad de los mismos y por lo tanto, invalida el propio sistema de comentarios que hasta ahora, me servía de ayuda para comprar productos.
Dado el historial de la Innombrable – que he investigado desde su último escrito – como líder de las multinacionales por el mayor número de irregularidades, – por no decir delitos – prefiero no ponerme a su mismo nivel ético y por ello no escribir comentarios favorables sobre una empresa que, sin duda, no se merece.
Lo que me extraña, es que hasta ahora no se les haya ocurrido algo tan sencillo como obligar a enviar esos mensajes favorables a sus empleados. Al fin y al cabo tienen unos cuarenta ó cincuenta mil por todo el mundo. Y ello cuadra mucho con su forma de actuar.
 
Un saludo.
 
Federico

El director dejó las dos hojas sobre la mesa. Se las habían enviado desde el departamento de “Comunicación”.
– No es mala idea – pensó. Levantó el auricular y esperó.
– Dígame, señor director.
– Quiero organizar una reunión con todos los directores de todos los países lo antes posible.
– Ahora mismo la organizo, señor director.
– Escríbame también un correo para todo el personal de nuestra empresa.
– ¿De todos los países?.
– Si. Diciendo que a partir de ahora, todos ellos han de poner semanalmente un comentario favorable acerca de nuestra empresa en todas las webs en las que tenemos presencia. Escríbalo con gracia y no lo envíe hasta que yo lo haya leído y corregido.
 
 
 

Una noche en la ópera

Algunas veces me pregunto por qué sigo yendo a la ópera si cuando empieza, cierro los ojos y me dejo llevar por la música que llega a mis oídos y sólo los vuelvo a abrir al terminar cada uno de los actos, para volverlos a cerrar al reanudarse la ópera.

Quizás sería más barato recurrir al equipo de música y escuchar ópera sin salir de casa. Al fin y al cabo nunca suelo enterarme de lo que ocurre en el escenario.

Aquella noche, tras el segundo acto me levanté de mi butaca y cosa rara en mi, salí de la platea y me dirigí al vestíbulo, en el que, detrás de unas mesas, un grupo de camareros estaba sirviendo copas de cava al numeroso grupo de personas que, enfundadas en sus mejores galas, lo solicitaban.

– Luis. Eres Luis, ¿verdad? – me giré y vi, detrás mío, a una mujer cuyos ojos azules estaban fijos en los míos. Era algo mas baja que yo, delgada y con el pelo castaño.
– ¿Nos conocemos? – le pregunté.
– Ya veo que no te acuerdas de mi. Me casé con uno de tus amigos.
– ¿Con Ramón?. ¿Entonces eres Marga?.
– Si.

A mi mente regresaron los recuerdos de la Universidad, cuando Ramón y yo éramos inseparables. Ramón era el típico niño bien de una familia muy acomodada, una persona con alma de líder, muy seguro de si mismo a quién desprecié desde la primera vez que lo vi, por su chulería y por su actitud autoritaria hacia todos. Y sin embargo, con el tiempo, empecé a apreciar aquella música que salía de su guitarra y acabamos cultivando una cierta amistad. Durante meses estudiábamos juntos en el colegio mayor en el que vivíamos. Y al terminar el curso regresamos ambos a nuestra ciudad y seguimos viéndonos, durante unos meses, hasta que me distancié de él debido a que no me hacía maldita la gracia dedicar nuestros encuentros a beber alcohol a ritmo desenfrenado hasta caer borrachos de madrugada.
Una noche me presentó a su novia, Marga que era su polo opuesto. Tímida, reservada, profunda, culta y sin embargo bastante inmadura y que sentía una admiración inmensa por él, que me hizo pensar que Ramón la manipularía, para adaptarla a su personalidad.

Luego me tocó hacer el servicio militar y eso nos separó, permanentemente, ya que a mi regreso, no volvimos a establecer contacto, hasta al cabo de doce ó trece años.

– Me alegra ver de nuevo a la persona que se cargó mi matrimonio – me dijo Marga con una sonrisa.
– ¿Perdona?.
– En realidad tu fuiste la gota que hizo desbordar el vaso. Las cosas no iban bien entre nosotros y cuando te negaste a hacerle aquel trabajo que te pidió, lo echaron de la empresa. Ahora, con la perspectiva de los años que pasaron desde entonces, me alegro mucho de que nos separáramos.
– No tenía ni idea. ¿Quién iba a decir que un reencuentro que duró dos tardes iba a romper un matrimonio?. Lo cierto es que me reí mucho el día que, tras tantos años de separación Ramón se topó conmigo en la calle. Aquella tarde me contó que era padre de tres niñas tan hermosas como su madre y que dirigía una empresa relacionada con la informática y yo le conté que trabajaba como programador y que tenía dos hijos, con quienes iba a compartir, a partir de la semana siguiente, mi mes de vacaciones.
Luego, Steerforth me propuso quedar al día siguiente y que me propondría algo.

– ¿Steerforth?.
– Oh, perdona Marga. Para mi, Ramón siempre ha sido Steerforth, el amigo de David Copperfield. El retrato que hace Dickens de Steerforth es clavado a Ramón. Volviendo a la historia: al día siguiente, en el bar en el que habíamos quedado, apareció Ramón con otra persona. Tras las presentaciones me contaron lo que pretendían que hiciera. Al parecer la persona que había traído Ramón había sido el encargado de una pizzería y quería montar una cadena de pizzerías. Tras sacar de una carpeta un montón de hojas impresas me empezaron a mostrar un sinfín de impresiones de pantalla de la pizzería en la que había trabajado el encargado. Querían que les hiciera un programa idéntico a aquel cuyos pantallazos habían impreso. Control de llamadas telefónicas para pedidos, control de la cocción de las pizzas, supervisión de los repartidores, facturación de los pedidos, gestión de stocks de materia prima, de las cajas para llevar las pizzas, contabilidad del local…

Sonó el primer aviso de que iba a empezar el tercer acto de la ópera.

– Despues de mostrarme todas las prestaciones del programa que querían que programase Ramón me dijo que me contratarían si lo hacía bien y rápido. En quince días tenía que estar listo. Los miré con cara de sorpresa y les dije: <<este programa tardaría en hacerse, por un equipo de programadores experimentados, de seis meses a un año. Y vosotros queréis que lo haga gratis en quince días, durante mis vacaciones>>. <<Bueno>> dijo Ramón. <<A ti te gusta programar>>. <<Desde luego, pero mi familia es mas importante que la programación y no pienso dedicar mis vacaciones a hacer un programa que ni en seis meses tendría acabado. Además mi trabajo tiene un valor. Pretender que os lo haga gratis es un insulto>>. <<Piénsalo bien, Luis. Te llamamos en un par de días y nos dices si te sumas al reto>>. Me llamaron durante días, intentando hacerme cambiar de opinión. Yo me mantuve firme y cesaron las llamadas. Nunca mas he sabido de Ramón.

Segundo aviso…

– Pues puedo aclararte lo que pasó entonces. Lo de la pizzería era la última opción que tenía Ramón de salvar su empresa, a punto de bancarrota. Al negarte tú, los socios lo echaron del negocio y ahí se acabó todo. Su trabajo y mi matrimonio.
– Lo siento.
– ¿Volverías a hacerlo si volviera a repetirse la historia?. ¿Sabiendo que tu amigo estaba al borde de la bancarrota?.
– Desde luego – repuse -. Mi familia sigue siendo lo mas importante. Y si Ramón estaba al borde de la bancarrota, algo debió hacer mal antes de encontrarse conmigo.

Sonó el tercer aviso y la gente empezó a dirigirse a sus butacas.

Marga se acercó y me dió dos besos. Al darme el segundo beso la oí decir:
– Lástima no haberte conocido antes que a él. Mis hijas hubieran tenido a un padre y yo a un esposo.

Luego nos separamos y regresé a mi butaca.
No he vuelto a verla.

Genio y figura…

Cruzar toda la ciudad en el coche para llegar a la Innombrable era toda una hazaña. Cada mañana, Julian tenía que sortear multitud de obstáculos para recorrer los diez quilómetros que separaban su casa de la empresa: la infinidad de taxis y autobuses que campaban a sus anchas, entrando y saliendo del carril bus en función de sus necesidades; los cientos de coches conducidos por madres, llevando a sus hijos al colegio; el sinfín de motos y bicis que aparecían en tromba y que pugnaban por llegar los primeros al semáforo en rojo, pasando entre los coches a velocidades suicidas; todos los demás coches que circulaban en su misma dirección, la mayoría con un único ocupante, por regla general histéricos por ir a sus respectivos trabajos a los que, seguro llegaban tarde, ya que invariablemente tocaban la bocina en el preciso momento en que la luz del semáforo se ponía verde.

Y de toda esa fiesta, Julian disfrutaba cada mañana en su coche de gama alta. A su lado, medio dormitaba su secretaria, con el pelo aún mojado de la ducha que habían compartido, tras una noche de desenfreno sexual. La miró de reojo.

– La verdad es que esta tía es fantástica – pensó -. Llevamos años juntos y sigo deseándola como el primer día. ¡Que buena es en la cama!. Y, lo mejor, piensa como yo y no tiene ningún escrúpulo en joderle la vida a quien sea con tal de facilitarme el camino hacia la cúspide. Esa perrita es mi alma gemela: ambición desmesurada,  ética propia y cambiante en función de las necesidades del momento, es inteligente y hace todo lo que le pido. Es todo un tesoro.

Bajó la ventana e inició un sonido gutural. Ella abrió los ojos y le dijo:

– Espera – miró hacia la parte posterior, esperó a que apareciera alguna moto por detrás y cuando la vio aparecer, contó hacia atrás – tres, dos, uno, ¡ya!.

Julián escupió por la ventana, justo a tiempo para acertar en el depósito de la moto que pasó a su lado como una exhalación. El motorista no se percató de aquella mancha verdosa que ahora llevaba al lado de su rodilla derecha, capaz de hacer gritar de alegría a cualquier departamento de policía científica del país.

– ¡Le he dado!.

– Pues pisa el acelerador, que se te va a colar un taxi. Julián lo pisó a tiempo y el taxi no pudo cambiar de carril. Le hizo una peineta al taxista.

– Hoy voy a tener que “arrimarme” al director de producción, si queremos que apoye tu proyecto – dijo ella -. Es el único que se opone al mismo.

– Eso explica tu generoso escote de hoy – repuso Julián -. ¿Sala de reuniones tres?.

– Claro. Allí es donde tenemos la cámara. También tenemos pendiente echar a Miguel. Nos está investigando.

– ¿Ha conseguido algo? – preguntó Julian.

– No, pero se acerca.

– Y, supongo que con un polvo no basta.

– Ya sabes que no me acuesto con la tropa. Pero le he dicho a Felisa que lo trabaje a conciencia.

– Ah, Pobre Felisa, con esa cara de pasa. En fin. Esa traga con todo. Es una “todoterreno”. 

– ¡Acelera!.

Otro taxi se quedó con las ganas de salir del carril bus.

– ¡Cielos!. El director dice que los valores de nuestra empresa se han mantenido invariables desde hace ciento cincuenta años – leyó ella de la revista de propaganda de la Innombrable que estaba hojeando.

– Bien. Ya sólo falta que se los lean y apliquen alguno de ellos, por variar un poco. Calculo otros ciento cincuenta años más para que lo consigan. Menos mal que a pesar de ello, hay multitud de premios que le otorgan a la empresa. Premios de organizaciones, por cierto, que no conoce nadie. ¿Se jugarán al poker esos premios entre los directores de las principales multinacionales?. “Oye Martín, te veo el proyecto de full que dices tener si me das el premio del medio ambiente”. “Vale, si me otorgas el de empresa que más cuida la seguridad de sus trabajadores”. “Ala, que cabrón, Martín. Si se os han muerto este año mas de cien personas, sin contar a esos sindicalistas que extermináis en América”.  “OK. te subo la apuesta otro millón y me lo das”…   

– ¡Otro taxi!.

Julián aceleró para evitar se le colara el taxi. Sin embargo al tratar de impedir que se colara, ambos coches se golpearon. Julian bajó de coche hecho una furia y fue hacia el taxi. El taxista bajó de su automóvil.

– ¿Dónde cojones te enseñaron a conducir?, maldito cabrón. Seguro que la zorra de tu madre tuvo que hacer horas extras para que consiguieras el carnet – el taxista empezó a enrojecer de cólera -. ¿O fue tu hermana la que te lo consiguió?. Seguro que…

Todo sucedió en un momento. El taxista sacó de su bolsillo un cuchillo y se lo clavó en el pecho. Julián cayó al suelo, cerrando los ojos.

– Joder, cómo duele… – pensó. Abrió de nuevo los ojos y vio un corrillo de gente a su alrededor, muchos de ellos filmando con sus móviles. Notaba que estaba muriendo y aún así se esforzó por decir bien alto al taxista:

– ¡Joder!. Sabes que te pagaré lo que te debo. Siento el retraso.

Ella estaba a su lado. Le cogió la mano.

– Tranquilo. He llamado a una ambulancia.

– No será necesario. Me muero. 

– Encontraré a faltar eso que tienes entre las piernas.

– Por cierto. Gutierrez podría ser un buen sustituto mío. Es un alma gemela. Y me consta que le gustas. Cuídate, morena.

Cerró los ojos, tosió una vez y dejó de respirar. La policía que ya había llegado, la apartó del cadáver. El taxista fue esposado e introducido en el coche policial. Luego se dedicaron a tomar la declaración y los datos de la gente que había visto y filmado la escena.

Uno de los agentes se quedó con ella e intentó calmar su llanto mientras tomaba su declaración.

Lo cierto es que la puesta en escena de “viuda desconsolada” le estaba saliendo muy bien a la mujer.

– Creo que utilizaré este rol para conquistar a Gutierrez – pensó -. Mal rollo, tener que volver a empezar de nuevo. Por cierto, ¿para qué habrá dicho Julián eso de una deuda al taxista?.

Lo pensó un momento y luego tuvo que ocultar una carcajada.

– ¡Que cabrón!, así condenarán a veinte años al taxista con el agravante de premeditación, en lugar de los diez que le hubieran caído. ¡Que bueno eras, Julián, hijo de puta!.