Conversaciones en el hoyo 19: Capitalismo feroz

— Me acaban de cambiar el video portero—explicó Pascual—. Y ¡oh sorpresa!, cada vez que abro la puerta a alguien, me aparece publicidad recomendándome un programa para poder abrir la puerta desde el móvil. Programa de esos que requieren el pago de un alquiler.
— ¿Lo instalaste para que desapareciera la publicidad?—preguntó Inés.
— Desde luego. Y no. No desaparece la publicidad aunque hayas instalado el programa. Me puse en contacto con el fabricante quien me aseguró que aquello no era publicidad. Que era una “pantalla informativa”. Lo que viene a demostrar que nos toman a los clientes por idiotas, cuando usan esos eufemismos. Les importa un rábano la opinión de sus clientes. Lo único que les interesa es ganar dinero. Hablé con el instalador y me sustituirá el telefonillo por uno que no tenga pantalla.
— Bueno. Quizás les importa algún cliente—corrigió Juan—. Los clientes importantes, aquellos que compran en cantidades industriales, seguro que no tienen el puto anuncio, quiero decir la “pantalla informativa”. Pero los “pringados” como nosotros no tenemos ese derecho a que eliminen la publicidad.


— Sospecho que el capitalismo norteamericano se está extendiendo por el mundo—apuntó Santiago—. Ese desprecio por los clientes, ese trato de los clientes como borregos, proviene de USA. Y ha llegado a nuestro país, al igual que a otros países. ¿Por qué, para que me funcione el robot que limpia mi piso, ó para encender y apagar las luces a distancia, ó para dispensar comida a mi gato, he de registrarme como usuario a la web del fabricante?.
— Supongo que para que el fabricante pueda vender tus datos—contestó Inés—. Quizás también para intentar venderte la versión “pro” ó “plus” del programa que venía con el dispositivo y que, previo pago mensual, te permitirá hacer lo que no podías con la versión “gratuita”. Lo que está claro es que esas tácticas están proliferando por el mundo. Las empresas evitan las críticas de sus clientes. Hay un montón de fabricantes que no permiten que los clientes expresen su opinión. Y los clientes seguimos comprando sin importarnos las condiciones de esas compras. La prueba son esos video porteros. Si la gente no aceptara esa publicidad el fabricante, hace años que hubiera quitado el anuncio.


— Táctica estadounidense. Prepotencia—añadió Juan—. Aún recuerdo las tácticas del principal vendedor de sistemas operativos. En lugar de convencer a los clientes de las “maravillas” de su sistema operativo, obligaron a todos los fabricantes a vender los ordenadores con su sistema operativo. Por cierto, me da pánico cuando aparece el mensaje de una actualización en windows. Te arregla cosas y te estropea otras. Y no puedes evitar esas actualizaciones.
— Ó empresas como Steam que vende juegos que nunca serán tuyos—Agregó Santiago, añadiendo—: Ó empresas como Amazon que venden libros digitales que tampoco serán tuyos. Se están cargando el concepto de propiedad y nadie protesta. Programas que no puedes comprar, sólo alquilar. Incluso hay coches que , además de enviar tus datos al fabricante, pueden ser bloqueados. Y toda la población lo acepta sin inmutarse. Lo que viene a demostrar que la gente somos una pandilla de borregos, que tragamos lo que nos echen.
— Quizás es debido a la cultura, ó quizás mejor dicho, a la incultura—concluyó Pascual—. Hoy en día apenas nadie conoce sus derechos. No es algo que se enseña en las escuelas. Al fin y al cabo, en las escuelas lo que se aprende es a ser dóciles y maleables. Y el resto de lo que aprenden nuestros hijos, viene a través de la televisión que por alguna razón es una copia de la televisión de Estados Unidos. Es decir, basura.

Conversaciones en el hoyo 19: privacidad

— Estoy harto—dijo Pascual, indignado—. Estamos regalando nuestra privacidad de forma masiva. Cada vez que aceptas una tarjeta de fidelización de una tienda es a cambio de tus datos. Por eso nunca las acepto y me indigna que la gran mayoría se crea que tendrán descuento por tener dicha tarjeta.
— Hombre. Supongo que tendrán descuento, aunque posiblemente en el precio ya habrán subido el porcentaje del descuento—contestó Juan—. Y así, todos contentos. El cliente por creer haber obtenido descuento y la tienda porqué ha sido capaz de engañar a los compradores y por haber conseguido los datos de los clientes con la tarjeta de fidelización. Ahora ya pueden vender esos datos a cualquier empresa.
— Y si compramos online, les estamos dando a esas empresas nuestros datos—añadió Santiago—.De la misma manera que cuando utilizamos la IA estamos regalando nuestros datos. Todo lo que sea utilizar un servidor es regalarles nuestros datos. Aunque sea una simple traducción.
— ¿Y qué pasa con las política de privacidad de las empresas?—preguntó Inés—. En teoría tienen que cumplirse, ¿no?.


— No sé si te has dado cuenta de que esas políticas se van cambiando en función de las necesidades de la empresa—explicó Juan—. Piensa que se trata de sociedades anónimas que pueden ir cambiando de accionistas, es decir de propietarios. Y si hoy el principal accionista es buena persona, mañana habrá otro que no lo será y que cambiará esas políticas a su antojo. Y a muy malas, si no quiere ó no puede cambiar aquello que indican las políticas de privacidad, siempre le queda la opción de vender los datos a un hacker y decir que ha habido un acceso “ilegal” a la base de datos de los clientes, y lanzar un par de discursos en rueda de prensa, indicando que se tomarán medidas para que no vuelva a ocurrir. Y ya está. Todo resuelto. Las empresas se las inventan todas para engañarnos.
— Por ejemplo esos contratos de mantenimiento y seguros de nuestras compras, que muy pocas veces necesitamos—añadió Santiago—. O esos programas informáticos que usas tres veces al año y por los que te hacen pagar una cuota anual. Y ha puestos, el hecho de que los electrodomésticos ya no llevan un fusible para evitar que una sobrecarga queme el dispositivo. Así consiguen obligarte a cambiar el electrodoméstico.
— Mira que sería fácil que la comunidad europea promulgara una directiva que impidiera vender dispositivos sin fusibles—apuntó Inés.


— Pero las empresas tienen un gran poder para impedirlo—añadió Juan—. Hay empresas que tienen la capacidad para comprar países enteros y no digamos para sobornar políticos.
— Desde luego debería haber una ley que evitara las grandes fortunas y la acumulación de capital de las multinacionales—observó Pascual—. Quizás poniendo un techo al capital acumulado y troceando empresas… E impidiendo tener la propiedad de los medios de comunicación.
— Yo tengo la convicción de que eso nunca ocurrirá—dijo Santiago—. Quizás por que leo mucha ciencia ficción que relata nuestro futuro a manos de esas multinacionales. Y, la verdad es, que si se cumple lo que hoy no es otra cosa que relatos surgidos de la imaginación, nuestro futuro será deprimente.