Conversaciones en el hoyo 19: Privacidad

— El otro día aluciné con el tema de la basura en mi pueblo—explicó Santiago a sus amigos—. Bajé muy tarde el cubo de basura (que en su día me había “regalado” el ayuntamiento) y estaban los basureros recogiéndola. No hubo problema y vaciaron mi recipiente. Sin embargo lo que me sorprendió fue que uno de los basureros acercó el brazo en el que tenía un dispositivo electrónico a mi cubo y extrajo algún dato del mismo. Vamos. Que el cubo de “regalo” del ayuntamiento lleva un chip que los basureros leen cada vez que recogen la basura. No sé si eso atenta a la privacidad. Al fin y al cabo, si saben cual es tu cubo de basura, pueden decidir un día rebuscar dentro para saber que comes, si fumas, qué papeles tiras…
— Eso de la privacidad es algo que la administración siempre se ha pasado por el arco de triunfo—contestó Juan—. Muchas palabras pero en realidad están más que interesados en controlar a la gente. No hay más que ver como miran a otro lado cuando saben que Google extrae todos nuestros datos a través de sus aplicaciones e incluso del sistema operativo de sus móviles. Es lo que hay.
— Quizás no extraen los datos particulares tuyos y los limitan a la zona en la que vives—indicó Inés.

— Tratándose de la administración, mi tendencia es pensar en el peor de los escenarios—aclaró Santiago.
— Entonces deberías intentar leer los datos de tu cubo de basura para saber qué leen los basureros—dijo Juan—. Posiblemente tiene un chip NFC y con tu móvil deberías poder leerlo. Eso si tienes Android, ya que los iPhones tienen restringido su uso y sólo funciona con sus aplicaciones.
— La verdad es que hay verdadero interés por parte de las empresas en obtener datos nuestros—explicó Pascual—. Para cualquier compra que hagas te suelen pedir tu dirección de correo, ofrecerte tarjeta de fidelización, pedirte una valoración de la compra que acabas de hacer…
— Yo lo tengo claro—dijo Juan—. Sólo valoro una compra ó servicio cuando es malo. Lo contrario, no deja de ser una obligación. Por cierto, si compras un ordenador, suele llevar instalado Windows 11, que sólo te funcionará si te registras y das tus datos a Microsoft.
— Algo que, por cierto, la administración permite, mirando hacia otro lado—comentó Pascual—. Te obligan a dar tus datos y nadie dice nada.

— Se trata de una multinacional, la que te vende el sistema operativo—explicó Juan—. No sé si recordaréis que desde hace años se la acusa de imponer a los fabricantes – de forma mafiosa – la inclusión de Windows en sus ordenadores. Y, tratándose de una empresa norteamericana, tiene todo el apoyo de la administración de su país. Aquí en Europa se intentó crear una empresa para competir con Amazon. ¿Alguien sabe la razón por la cual este proyecto no funcionó?. Probablemente la respuesta está en USA y no en la comunidad europea. Ya sabéis que la administración Norteamericana se dedica únicamente a ayudar a su élite a ganar dinero. Y, teniendo como tiene al resto del mundo obedeciendo sus órdenes, no le cuesta nada impedir la creación de empresas que puedan competir con las propias.

Conversaciones en el Hoyo 19: criptomonedas

—¿Cómo le va a tu hermano?—preguntó Pascual a Juan—. ¿Sigue en tu casa?.
—No. Ya se ha ido, por cierto llevándose mi botella de whisky de Malta—contestó Juan—. No es que me importe demasiado, pero es significativo y refleja su forma de ser.
—¿A qué te refieres?—inquirió Santiago.


—Eso da para un estudio psicológico—explicó Juan—. Nuestra familia tenía mucho dinero, tanto por parte de nuestro padre como de nuestra madre. Crecimos en un mundo “pijo”, creyendo que teníamos la vida resuelta. Sin embargo la mala gestión por parte de la familia del dinero que habían ganado nuestros abuelos, la arruinó completamente. Es entonces cuando te das cuenta de que ya no tienes la vida resuelta y te has de espabilar. Alguien me dijo, años atrás, que lo que tenía que hacer era aceptar la nueva realidad y luchar para salir adelante—dio un trago a su cerveza y prosiguió—. En el caso de mi hermano, éste nunca aceptó esa nueva realidad e intentó seguir su vida de “pijo”. Siguió codeándose con la alta sociedad y mantuvo relación con sus amistades de las escuelas a las que había ido, escuelas de “pijos”, obviamente. Como profesionalmente no prosperó, tuvo que crearse una imagen que le permitiera mantener sus relaciones. Y eso es lo que ha dado como resultado su carácter actual: alguien capaz de tener un whisky caro para mantener su apariencia de “señorío”. Alguien que tiene que adaptar su actitud al carácter de sus relaciones. En resumen, alguien que no acepta su realidad y no la aceptará nunca; alguien que sigue pensando que está por encima de los demás. En fin. Una verdadera pena. Y ahora se dedica al blockchain.


—¿Mande?, ¿blockchain?—preguntó Santiago.
— Habréis oído hablar de las criptomonedas, ¿no?—contestó Pascual.


—Claro, el bitcoin—contestó Santiago.
—Y muchas otras monedas digitales—aclaró Juan—. Se trata de un sistema en el que se elimina la gestión de las transacciones por parte del los bancos. Son los usuarios quienes tienen el control de su propio dinero. Hasta ahora, cuando pagas un dinero a alguien, das la orden al banco, éste comprueba que tengas fondos, registra tu orden en sus libros y comunica al banco de ese alguien a quien le envías el dinero, que ha de añadir a sus libros la cantidad que le mandas. Y te cobra una comisión por hacerlo, e incluso, en función de la cantidad, avisa a hacienda de la transacción. ¿Hasta aquí bien?.
—Si.
— Ahora supongamos que creamos una base de datos encriptada y la repartimos a millones de usuarios de Internet. Cada uno de esos usuarios tiene una parte de esa base de datos. Cuando compras una moneda digital, lo haces de forma anónima. Tu cartera con esa moneda no es más que un número de veinticuatro dígitos, sin nada que relacione ese número contigo. Así, cuando le envías a alguien alguna criptomoneda, son los otros usuarios los que validan y registran tu transacción. Luego el procedimiento de minería es el que formaliza tu envío. Sin intervención de los bancos y a espaldas de hacienda, ya que tu cartera es un número que no está asociado a tu identidad.

— Empiezo a entender el nerviosismo de los bancos y los gobiernos de distintos países—dijo Inés—. Si se generaliza, los bancos desaparecerían y hacienda vería mermadísimos sus impuestos.
— Habrá más víctimas—añadió Pascual—. Y favorecidos: toda la gente que carece de un empleo estable, tiene problemas para abrir una cuenta bancaria y no digamos, para obtener una tarjeta de crédito ó débito. Para enviar dinero han de recurrir a esas agencias como Western Union, que viven de las altas comisiones que cobran por cada envío. Esas empresas desaparecerían, al igual que la necesidad de tarjetas de crédito ya que, podrías llevar en tu móvil la cartera con tus criptomonedas y desde ahí hacer todo tipo de transacciones y pagos.
— Y hay más cosas que la tecnología blockchain puede hacer. Japón la está utilizando para llevar un registro de la propiedad inmobiliaria de todo el país —explicó Juan—. También existen empresas que utilizan esa tecnología para hacer contratos de todo tipo, que quedarían validados y anotados en la cadena de bloques. Con eso acabarían con los notarios, por cierto.

— ¿Nada negativo, entonces?—preguntó Santiago.
— Claro que hay una parte negativa. Por un lado la minería, que es la que valida todas las transacciones en la cadena. Requiere ordenadores potentísimos y un gasto de energía desmesurado —contestó Juan—. Por otra parte, está la especulación. La gente compra y vende criptomonedas para especular. Diseñan programas que cuando detectan el alza de una moneda, venden y cuando baja, compran. Y luego están las administraciones, que ven peligrar su negocio de extorsión al ciudadano a base de impuestos. Si todos los poseedores de criptomonedas son anónimos, ¿cómo van a atrapar a los que las tengan?. En la India prohibieron las criptodivisas y la gente siguió controlando sus monedas en Pakistan. Aquí, en España, han anunciado multas desde seiscientos euros hasta diez millones a quien no declare tener criptomonedas y la comunidad europea está a punto de crear una moneda digital.
— Supongo que cada país depende de la capacidad de sus políticos para enfrentarse a esos avances —dijo Santiago.
— Pues aquí en España, estamos apañados—dijo Inés riendo.

— Tiene su parte positiva. ¿Cómo van a saber quién tiene criptomonedas y no las declara?. Es imposible. De todas formas —prosiguió Juan—, no os hagáis ilusiones. Cuando nació Internet, todos decían que sería una maravilla, que nos traería más libertad y ya veis: es un nido de publicidad, recopilación de datos de los usuarios y de noticias falsas. Puede pasar lo mismo con blockchain, y de hecho pasará. Es lo malo del ser humano, que tendemos a corromper lo que tocamos.