Conversaciones en el hoyo 19: pajareros

— Una de las cosas que no entiendo—dijo Inés, mirando a Pascual— es el hecho de que te hicieras psicólogo. A pesar de que socialmente es aceptado como una ciencia, no es una ciencia y podría ser equiparado fácilmente con la quiromancia ó la astrología.
— Estoy de acuerdo contigo, Inés—repuso Pascual—. No hay apenas teorías que hayan sido demostradas de forma científica. Sin embargo, a sabiendas de ello, estudié psicología intentando entenderla ya que siempre me sorprendió que por el simple hecho de pagar y tumbarte en un diván, la gente es capaz de explicarle a un desconocido los detalles más íntimos de su vida.
— Supongo que debe ser la versión atea de la confesión en el cristianismo—opinó Juan, riendo.
— El problema no está únicamente en el diván—dijo Inés—. Nos afecta en otras esferas de la vida: por un lado con los anuncios de los productos de las empresas, en los que participan psicólogos, las burradas que dicen los políticos, asesorados también por psicólogos y ya puestos, la prensa y sus bulos, por no decir las sectas pseudo religiosas que emplean métodos psicológicos para anular la voluntad de sus víctimas.


— Mi trabajo en la Innombrable se ha limitado a la selección de personal—explicó Pascual—. Nunca he tenido que recurrir a teorías Freudianas para hacerlo. Principalmente porqué no creo en ellas: el complejo de Edipo, los traumas de la infancia que influyen en la personalidad de los adulto. Por ejemplo según Freud, los niños que han jugado con sus esfínteres buscando el placer mediante la retención y expulsión de sus heces, de mayores son propensos al orden, la limpieza y la minuciosidad de forma excesiva.
— Nunca se ha demostrado la veracidad de las teorías de Freud, Jung y otros. El problema es que la mayoría de los psicólogos nunca se han cuestionado esas teorías—dijo Inés—. Y las aplican a sus pacientes como si fueran ciertas.
— Y luego ocurre lo que ocurre—añadió Santiago—. Te tumbas en el diván y el psicólogo te dice que tienes traumas de la infancia por “resolver” y que los tienes “reprimidos” ya que, según ellos, el cerebro tiende a aparcar en el lugar más recóndito del cerebro las experiencias traumáticas. Lo cual no es cierto, ya que las peores experiencias son las que más se recuerdan.
— La gracia de este tema es que, dado que son hipótesis indemostrables, los psicólogos pueden elegir aquellas teorías que más se asemejan a su forma de pensar y desechar las que no les convienen e incluso crear nuevas para tratar a sus pacientes— dijo Pascual—. Y lo peor no es eso. Un psicólogo puede crear en el paciente, falsos recuerdos y hacerle creer que esos recuerdos han salido de él. Y no estoy hablando de hacerlo de mala fe. Algunas veces, sin saberlo pueden crear esos recuerdos en el paciente sin darse cuenta de ello. Por cierto, hay asociaciones de víctimas de esos falsos recuerdos, ya que afectan no solamente a los pacientes si no también a los allegados que aparecen en éstos. Por eso un psicólogo debería saber la gran responsabilidad que tiene frente a un paciente, ya que puede destrozar su vida. Elizabeth Loftus, una psicóloga y matemática, ha estudiado a fondo la implantación de falsos recuerdos y la manipulación de la memoria (de vez en cuando aparece una psicóloga competente, aunque no es la norma).


— Lo que viene a demostrar, una vez más lo débiles que somos mentalmente, ya que una persona con la misma credibilidad que un tarotista puede influir así en la vida de los demás—resumió Juan.
— Y además cobrando una buena pasta—añadió Pascual—. Pajareros, eso es lo que son.
— Lo peor es que muchas veces actúan como “expertos” en juicios—dijo Santiago—. Que la sentencia de un juez pueda estar influenciada por las palabras de un psicólogo como si fuera un científico… Si seguimos así acabaran declarando los tarotistas y astrólogos en los juicios.
— Lo que me preocupa es que cuando hay una catástrofe el gobierno siempre dice que enviará psicólogos a los afectados—dijo riendo Inés—. Pobres víctimas si han de ser “asistidos” por esa gente.
— Descubrirán traumas infantiles, recuerdos “bloqueados”, vamos un nuevo mundo ficticio—concluyó Juan riendo.

Conversaciones en el hoyo 19: reyezuelos

—Hoy vais a tener que invitarme al aperitivo—dijo Santiago riendo—. Estoy pagando los estudios de una de las hijas del Borbón, como no, en Inglaterra, en un colegio privado y carísimo. De ahí que no tenga demasiado dinero.
—Pero si está en el ejército, en la marina—apuntó Inés.
—No me refiero a la fea. Me refiero a la otra, su hermana pequeña es la que va a esa escuela, pagada por nosotros.
—Desde luego tienen arrestos al mandar a una chica al ejército—añadió Juan.
—Supongo que así aprende a matar de forma legal—propuso Pascual.
—O quizás la quieran utilizar como arma de combate—dijo Santiago riendo—. Sueltas a esa chica tan fea y tal vez el enemigo salga huyendo… Es curioso pensar que normalmente las chicas tienen una edad -normalmente durante la pubertad-en la que son atractivas y esa chica nunca lo ha sido.
—Supongo que esa carencia de la naturaleza queda compensada con el dinero que el abuelito ha robado en nuestro país y por el hecho de que será la reina de todos los aduladores del país—repuso Juan—. Por cierto, el abuelito ladrón ha creado una fundación para traspasar el dinero robado a sus hijas. Lo ha hecho en Abu Dabi para no pagar impuestos.
—Es curioso que la prensa siga convirtiendo en noticia el último vestido de la reina, ó su esmalte de uñas—añadió Pascual—. Y lo mejor del asunto es que si en esa noticia se indica en que tienda ha comprado su vestido, se hinchan a venderlo.


—Lo que demuestra el grado de estupidez de la gente—indicó Santiago—. Nos falta cultura. Y somos terriblemente influenciables.
—Desde luego. No hay más que ver como la gente acepta sin reservas la existencia de “asesinos legales” -el ejército y la policía-frente a los “asesinos ilegales”—añadió Juan—. Que acepten religiones basadas en pura mitología. Que acepten llamar democracia a la mierda de sistema que tenemos. Que acepte ser enviada a luchar en la guerra, solamente la gente más pobre del país, eso si, mandados por un montón de inútiles que creen en patrañas como el “patriotismo” y a quienes se les permite pegar un tiro a los soldados que retroceden durante el combate.
—¡Hombre!. Cualquiera que haya hecho el servicio militar tiene muy claro el grado de incompetencia de los militares y el gran abuso que hacían de su graduación—explicó Pascual—. No eran pocos los que hacían obras en sus casas con la mano de obra gratuita de los reclutas, que llenaban los depósitos de sus coches particulares con gasolina del ejército, enviaban al chófer de servicio a recoger a los niños y acompañar a la esposa para hacer compras.


—Hay un sistema para acabar con la guerra—anunció Inés—. Simplemente enviando a los empresarios, políticos que la han declarado y a los militares del culo gordo al frente. Y cómo no a la princesita fea.
—¿Militares del culo gordo?—preguntó Pascual.
—Generales y jefes—respondió Inés, provocando la carcajada general (nunca mejor dicho).
—Bueno. Con suerte nos matan a la princesita y se acaba la monarquía—dijo riendo Juan.
—Espero que cuando la entierren hagan agujeros en su ataúd—añadió Santiago.
—¿Para qué?.
—Para que los gusanos puedan salir a vomitar.