Conversaciones en el hoyo 19: arreglando el mundo

— Una pregunta curiosa—dijo Pascual, añadiendo —: ¿qué cambiaríais del mundo en el que vivimos?.
— Yo eliminaría las fronteras y los países—explicó Inés—. Y también esos trapos de colorines que los representan. Somos ciudadanos de nuestro planeta y la emigración debería dejar de existir.
— Yo eliminaría los ejércitos y las armas—añadió Santiago—. Parece mentira que los países se protejan a base de crear asesinos a sueldo. Ya puestos prohibiría toda la violencia que aparece en los libros, películas e incluso en los videojuegos. Eso convierte la violencia en algo cotidiano y la gente pierde con ello la posibilidad de utilizar la empatía con los demás.
— Yo lo llevaría más lejos—dijo Juan—. Establecería un mismo sueldo para todos los ciudadanos del planeta que trabajaran, ya sean empresarios, médicos, barrenderos, albañiles… Todas las empresas que obtengan beneficios, tras el pago de los sueldos a sus empleados y directivos, deberían entregar esos beneficios al estado que sería el encargado de mejorar las condiciones de los más necesitados e incluso de los países más pobres.


— Uf. Me parece una llamada a la corrupción de los políticos—protestó Pascual.
— No lo creas. La cosa consistiría en poner una IA que controlara todas las gestiones de los políticos y denunciara sus irregularidades—explicó Juan—. Incluso, a la larga podríamos prescindir de los políticos, ya que una IA podría distribuir los ingresos de una forma más racional. No es de recibo que haya personas con tanto dinero como para comprar países enteros. Ese dinero, bien utilizado serviría para ayudar a los países pobres.
— Y en lo que se refiere a mi profesión, la medicina—preguntó Inés—. ¿Ganaría un médico lo mismo que un barrendero?.
— Si. Los médicos actuales no tienen idea de lo que es el juramento hipocrático—explicó Juan—. Su trabajo no ha de ser ganar dinero, lo que han de hacer es ayudar a los demás. Y con un sueldo que les dé para vivir holgadamente. Tampoco es aceptable que las farmacéuticas, los científicos, los ingenieros, todo aquel cuyo trabajo pueda favorecer a la humanidad, patenten sus descubrimientos para obtener beneficios económicos. Todo avance médico, científico, etc. que pueda mejorar la calidad de vida de la gente, ha de ser compartida con el resto de la humanidad de forma gratuita.

— Ya puestos, en ese mundo ficticio que describes, la gente no debería trabajar más de cuatro horas diarias, para poder dedicarse el resto del día a la música, a la literatura, al arte y a la familia—añadió Inés.
— Desde luego. A saber cuantos Beethovenes, Mozarts, Shakespeares, Cervantes y Picassos nuevos tendríamos—afirmó Santiago.
— Con eso te cargarías las universidades privadas, los hospitales privados, las escuelas privadas… —observó Pascual.
— Hombre. No es muy normal que solamente tengan acceso a la educación buena aquellos que provienen de una familia adinerada—dijo Juan—. Y lo mismo pasa con la medicina. O tienes dinero o sufres de tu enfermedad e incluso te mueres por ser pobre.
— Yo añadiría a nuestras propuestas eliminar toda competición—propuso Santiago— Nada de premios, nada de campeonatos deportivos, nada que fomente el culto a los ganadores de cualquier disciplina. Hoy en día nos intentan presentar únicamente a quienes destacan en alguna cosa. Nos adoctrinan sobre la vida de cualquier ganador. Incluso, como en el caso de Steve Jobs, se dedican a resaltar anécdotas de su vida, muchos años después de su muerte. ¿Cuándo lo dejarán descansar en paz?. Yo no he visto ningún episodio de su vida por el que se le pueda admirar. De la misma manera que un futbolista, un tenista, un golfista no debería ser entrevistado para hablar de política, economía, sociedad, etc. Ya sabéis que tengo un vecino que fue en su día campeón ó subcampeón mundial de algún deporte. Ese tío es incapaz de escribir un texto inteligible. ¿Cómo le podrían preguntar sobre política?. Luego, esa gente que le admira, cree en sus palabras, en esas estupideces que ha soltado a un periodista. Quizás sea esta la razón por la que ha avanzado la extrema derecha en este país: unos líderes de opinión que son unos ignorantes y que aún así se ganan un buen puñado de acólitos, simplemente por haber triunfado en algún ámbito de la vida. Reclamo un culto a la mediocridad. Me encantaría poder ver por televisión la retransmisión de una jornada de golf de una persona normal que no se juega miles de euros por cada putt que hace.


— Sospecho que nuestros deseos no se van a cumplir nunca—dijo Inés riendo—. Si en varios miles de años nada ha cambiado, no creo que en los próximos veinte años, que es lo que creo que duraremos nosotros, lo lleguemos a ver.
— Bueno. Quizás haya una hecatombe y sobrevivan unas cuantas familias. Tal vez adopten nuestras ideas—sugirió Juan.

Conversaciones en el hoyo 19: periodismo

El periodismo justifica su propia existencia con los grandes principios Darwinianos de la supervivencia de lo más vulgar. Oscar Wilde.

Después del jaleo provocado por un hombre en el hoyo diecisiete, en el que se había desmayado y hubo que llamar a una ambulancia, nuestros amigos, al acabar de jugar se sentaron en el bar para hacer el aperitivo. Una mujer se les añadió. Dijo ser periodista.
— El hombre que se ha llevado la ambulancia era muy buena persona y nos saludaba siempre—explicó Pascual, riendo.
— Ah. ¿Lo conocíais?.— preguntó la periodista en un tono bastante pedante.
— No. Pero si vas a escribir un artículo sobre lo que ha pasado, siempre puedes poner mis palabras — repuso Pascual—. A los periodistas os encanta convertir en noticia cualquier chorrada.
— No pensaba escribir acerca del incidente—dijo la periodista—. Y no me gusta que critiquéis mi profesión.
— Quizás prefieres convertir en noticia la receta de un cocinero famoso, ó las opiniones de cualquier actor, persona famosa, deportista ó político acerca de cualquier tema del que no tiene ni idea y del que es incapaz de revelar su ignorancia—apuntó Juan, riendo.
— No nos dedicamos a eso—explicó la periodista.


— Pues es lo que descubro cuando leo la prensa—añadió Santiago—. Dos noticias importantes y el resto son recetas, consejos de médicos, economistas, psicólogos, mecánicos…; bodas de gente que no conozco, declaraciones de más gente que no conozco, tonterías dichas por políticos acerca de otras tonterías de otros políticos. Lo que cuentan ciertos presentadores de televisión, las obviedades que dice el rey, los zapatos que se pone su esposa ó el peinado que lleva… En fin. Todo basura. Y además se nota la tendencia política de cualquier periódico, que calla las noticias contrarias a su ideología ó pervierte aquellas noticias buenas que también son contrarias a su ideología.
El camarero trajo las bebidas y los platos con el aperitivo.
— ¿Se sabe quién era esa persona que se ha llevado la ambulancia?—preguntó Inés, indiferente.
— Parece ser un cantante famoso, que ha tenido una bajada de tensión—contestó el camarero—. Creo que lo han llevado al hospital San Eusebio—añadió.
La periodista se puso de pie.
— Siento dejaros pero he de irme—dijo, recogiendo su bolso—. ¡Hasta otra!.
Salió casi corriendo.
Inés dio un billete al camarero, que aún seguía allí.
— Gracias Javier—le dijo.
El camarero regresó a la barra tras una sonrisa.

— ¿Que me estoy perdiendo?—preguntó Santiago, intrigado.
— Nada—contestó Inés riendo a carcajadas.
— Conociendo a Inés como la conozco, algo ha hecho— dijo Juan—. Sospecho que el desmayado no era un cantante y sospecho también que no lo han llevado a ese hospital. Le ha dicho al camarero lo que quería que que contestara a su pregunta sobre aquel hombre.
Inés no paraba de reír. Cuando consiguió calmarse, contestó:
— Has acertado, Juan. Tenía ganas de quitarme de encima a esa pesada, aunque tengo que decir que me han encantado vuestras críticas sobre el periodismo. Se había puesto como una grana cuando os escuchaba.
— ¿Quieres decir que has enviado a esa tía al hospital de San Eusebio, a cincuenta quilómetros de aquí, para seguir una noticia inexistente?—preguntó Pascual, quién miró a Inés y cuando vio que empezaba de nuevo a reír, afirmando con la cabeza, se unió a las risas.
— He de reconocer que admiro a Inés—dijo Santiago riendo—. Tiene unas ideas maravillosas. Realmente la prensa ya no es lo que era. Y esa mujer nos lo ha confirmado al salir corriendo.