La conjura

Aquella reunión secreta, por no decir secretísima se celebraba en la residencia de uno de los asistentes a la misma.

Allí estaban, como figuras destacadas los dos ex-presidentes que habían gobernado el país, años atrás. A su alrededor estaban los barones del partido, aquellas personas que tenían un cierto poder en alguna de las autonomías del país. Tras una copiosa cena, habían dejado a sus mujeres en el salón de juego y se habían instalado en un gran salón de aquella enorme residencia. Tras servirse unas copas, se habían apoltronado en los mullidos sillones de la sala.

– Tenemos que hacer algo – dijo el primer ex-presidente, mientras perforaba la parte inferior de su habano -. La gente ya no traga como antes. Cualquier cosa que para nosotros era habitual hacer, ahora es visto por la sociedad como algo de mala fé. El partido se está yendo a pique. Cada vez que apoyamos a la derecha nos machaca la prensa – encendió el puro lentamente.

– Hombre. La verdad es que desde la primera república tenemos muy poco de socialistas – dijo el segundo ex-presidente.

–  Será porqué no somos un partido político – dijo el presidente de la comunidad A con una sonrisa cínica -. Somos un grupo de vividores que queremos disfrutar de la vida y del poder – lanzó una mirada a los demás -. Lo de la política es secundario.

– Pero se nos está acabando el chollo – dijo el presidente de la comunidad B -. Cada vez nos tienen mas calados.

– Pues tenemos que actuar ya, si no queremos perder los privilegios que ahora tenemos – dijo el representante del partido en la comunidad C -. Bueno. Todos nosotros, en realidad ya hemos llegado a una situación de desahogo económico envidiable, pero yo pienso en nuestros hijos y nietos que se merecen lo mismo que hemos conseguido nosotros. Y su futuro es ahora mas incierto que nunca, sobre todo si desaparece el partido…

– Pues si. La gente nos ve como a unos carcas y el hecho de que estemos impidiendo que entre gente joven en las direcciones del partido, nos hace ser aún peor vistos por nuestros votantes.

– Tal vez lo que tenemos que hacer es desaparecer, hacernos a un lado – dijo el segundo ex-presidente -, de forma discreta…

– Y dejar que entre sangre joven en los puestos directivos.

– Estoy de acuerdo, salvo en una cosa – dijo el anterior secretario general -. No tenemos que actuar de forma discreta. Si queremos recuperar votos, hemos de organizar un verdadero circo mediático.

– Sigue, explícate – dijeron todos.

– Lo primero que hemos de hacer es cargarnos al secretario actual. Es un verdadero inútil. Hay que ser muy tonto para querer montar un gobierno con las derechas y las izquierdas a la vez. Así le ha ido. Cada vez que hay elecciones pierde votantes.

– ¿Y cómo lo hacemos, para sacarlo de en medio? – preguntó en primer ex-presidente.

– Eso no es problema. Organizamos una votación en el consejo ejecutivo, una gestora tras su cese y unas primarias abiertas.

– Pero eso no servirá para renovar el partido – dijo el presidente de la comunidad B. -. Se presentarán los mismos.

– ¡Ahí está la jugada! – dijo el antiguo secretario general -. Por un lado nosotros haremos que se presente la jefa de la comunidad C.

– ¿Esa inútil?. Si es aún mas rancia que nosotros mismos. Si no vale ni para pegar sellos.

– De eso se trata. Esa mujer aúna lo mas rancio e inmovilista del partido. Cualquier miembro del partido la asocia con vieja guardia. Nosotros tenemos que hacer que se presente a las primarias y luego apoyarla públicamente.

– Joder, ¡que asco!.

– Salvar el partido no es fácil. En algo hemos de sacrificarnos – dijo el anterior secretario general -. Estoy convencido de que el secretario general depuesto se presentará a las primarias. Y las ganará, ya que polarizará a la gente de su partido: o votas la opción carca, más de lo mismo ó a la modernización del partido, en manos del secretario general depuesto, aparentemente de izquierdas.

– Pero ese tío es un veleta…

– De eso se trata – dijo el ex-secretario del partido -. Ya le caerán encima los del IBEX y harán que se baje los pantalones.

– Y ¿qué conseguiremos con eso? – preguntó el presidente de la comunidad B.

– Ni más ni menos que otros cuarenta años de supervivencia del partido. Es cierto que tendremos que dar unas pequeñas concesiones al pueblo, pero volveremos al bipartidismo que tan bien nos ha ido hasta ahora. Está claro que con los años, volverán a descubrir el engaño, pero los que estén entonces ya se espabilarán – el antiguo secretario general miró a todos -. ¿Qué os parece?.

– Tiene buena pinta.

– Si. Parece buena idea.

– Por mi, bien.

– Vale.

– OK.

– Pues empecemos a moverlo – dijo el ex secretario general.

La transición

Al abrir los ojos, una luz intensísima le hizo pestañear. Esperó a que sus ojos se adaptaran a esa luz cegadora y volvió a levantar los párpados. Entonces vio a una mujer en el centro de aquel pasillo de luz.
Vestía una sencilla túnica blanca y su rostro reflejaba una gran serenidad, principalmente a través de sus enormes ojos verdes y una gran sonrisa que mostraba sus blancos dientes.

– Estoy muerto, supongo – dijo Jorge.
– Si – contestó ella, sin dejar de sonreír.
– Me lo imaginaba. Nadie en su sano juicio pondría una luz tan potente en este recinto. En el país en el que he vivido hasta hoy, me hubieran pegado una clavada en la factura de la luz que hubiera necesitado dos vidas para pagarla. ¿Quién eres, por cierto?.
– He venido a recogerte, como hago con todos los que acaban su vida. Luego los llevo a su destino.

– Y ¿cuál es mi destino? – preguntó Jorge.
– Eso lo has de saber tú. Supongo sabrás si has sido buena ó mala persona.
– ¿En que influye mi comportamiento?.
– Conoces, supongo, lo que es cielo e infierno.
– ¡No me digas que esa pandilla de pederastas tenían razón! – gruñó Jorge indignado -. ¡Pero si no hay por dónde coger esa religión!. De todas formas, si esa religión es verdadera, me corresponde ir al limbo, al no estar bautizado. Aunque… ahora que recuerdo, lo abolieron. Vamos. Que tenemos un problema para saber donde encajo.

La mujer soltó una carcajada.
– Te estaba haciendo broma, Jorge. Aquí funciona la reencarnación, el Karma, el Dharma y el nirvana, por reducir un tema tan amplio a unos pocos conceptos.
– Budismo, vamos.
– No exactamente, pero coincidimos en lo básico.
– Es decir que me he de ir reencarnando y vivir otras vidas hasta llegar al nirvana…
– Exacto. Y limpiar el Karma que hayas ido acumulando en vidas anteriores.
– ¿Puedo elegir destino? – preguntó Jorge.
– ¿Cómo?.
– Me gustaría ir a un planeta civilizado. Donde no haya guerras, las personas sean humanas…
– Es imposible. Has de regresar a la Tierra.
– ¡Pues vaya mierda de destino!. ¿Podré elegir país, por lo menos?.

– Piensa que el Universo fue creado para que el hombre creciera. En todos los planetas habitados, hay una proporción exacta de seres humanos y psicópatas. Estos últimos están para crearle problemas al ser humano que, al superarlos, va creciendo y aproximándose al Nirvana, su meta. Respecto a elegir país, me temo que no es posible.
– Es decir – reflexionó Jorge en voz alta -, que habiendo nacido bajo un régimen fascista, vivido y muerto en un régimen fascista, he de volver a sufrirlo…
– Ahora hay democracia…
– ¡Y un cuerno!. Tenemos a los hijos y nietos de los fascistas de la dictadura. Casi preferiría ir al infierno de los católicos.

– Bueno. Hay un nuevo partido que quiere acabar con esos fascistas.
– ¿Tú crees que esa gentuza se quedará de brazos cruzados cuando los echen de sus poltronas?. Antes organizaron una guerra civil y ahora lo volverán a hacer. Y lo que es peor, con el beneplácito del resto del mundo, ya que los demás países tienen regímenes similares y nunca consentirán que en uno de ellos triunfe la verdadera democracia, porqué haría tambalear los privilegios de los mandatarios de los otros países.
– Muy negro lo ves, Jorge.
– ¿Puedo elegir en qué me quiero reencarnar?.
– ¿Cómo?.
– Si quiero ser hombre, mujer, pájaro, perro…
– Si. Eso si.
– ¿Ha de ser un ser orgánico?.
– No, necesariamente.

– Pues me pido ser una piedra. Concretando más, un canto rodado en el fondo de un río cualquiera.
– ¡Pero no alcanzarás nunca el Nirvana!.
– Ni falta que me hace. Por lo menos seré una piedra.
– ¿Qué quieres decir?.
– El ser humano nunca se conforma con aquellos con quienes se relaciona. Desde que naces, todos intentan forjarte a su manera: los padres, la escuela, la religión, el trabajo, los amigos, la esposa, los conocidos, la televisión, la prensa, la publicidad. Nadie te acepta como eres. Todos están dándote consejos acerca de lo que has de ser, de lo que has de hacer, de lo que has de decir, de cómo has de comportarte…
– Creo que te empiezo a entender – dijo la mujer.
– A una piedra nadie pretende cambiarla. Nadie le reprocha si es grande, pequeña, delgada, colorida, plana. La aceptan tal como es. Y eso es lo que quiero. Que me acepten como soy.

– Pero no tendrás un yo propio. Carecerás de conciencia.
– Lo cual me iguala a esos psicópatas que andan sueltos por el mundo. Eso si. Yo no haré daño a los demás.
– Como quieras.
– Venga. Vamos ya. Me muero de ganas por mi nuevo trabajo. No te tomes, por cierto, en serio lo de “morirme de ganas”. Yo ya no puedo. Es una frase hecha.

Jorge cerró los ojos y esperó la transferencia.
– Oye.
– Dime – abrió los ojos.
– Que…
– ¿Que qué?.
– Que te he engañado. No hay reencarnación.
– ¿Cómo?.
– Te estaba gastado una broma – dijo la mujer con cara de arrepentimiento -. En realidad soy tu subconsciente. Y siempre he formado parte de ti.

– ¡Vaya!. ¡Que cachonda la tía!. Y ¿cómo se acaba esto?.
– Simplemente se apaga la luz y tú y yo desaparecemos.
– Me parece la más plausible de todas las alternativas. ¡Vamos a ello!.
– ¡Espera!. Quería decirte que me ha encantado nuestra relación. Que eres un gran tipo. ¡Gracias por estos maravillosos años!.
– ¡Hombre!. Alguien que me acepta como soy. ¡He tenido que morirme para encontrar a alguien como tú!. ¡Gracias a ti!. Ya puedes apagar la luz. Que luego la factura se dispara. A saber cuantas centrales nucleares harán falta para iluminar este recinto. ¡Adiós amiga!.

Jorge volvió a cerrar los ojos y sintió unos labios en su frente.

Luego se apagó la luz.