Conversaciones en el hoyo 19: espartanos

— Es curioso que aún sigamos dos mil años después con las mismas actitudes de entonces— comentó Juan después de beber un buen sorbo de café.
— ¿A qué te refieres?—preguntó Pascual.
—Seguimos con los ojos cerrados ante los psicópatas que organizan las guerras.
—E incluso en la escuela no nos muestran apenas a las personas que han hecho avanzar a la humanidad, para hacernos aprender las “hazañas” de los militares que invadieron otros países y masacraron otras culturas—añadió Inés.
—La verdad es que nuestra cultura es bélica—dijo Santiago—. La historia se dedica a narrar las guerras, la literatura a explicar los “mejores” crímenes, el cine a recrear la violencia de las guerras y los crímenes y la prensa a contarnos lo que los tarados psicópatas del mundo han hecho últimamente. Por cierto, ¿quién ha hecho el servicio militar obligatorio?.
—Yo mismo—contestó Juan.
—Y yo.
—y yo.

Inés era la única que no había hecho el servicio obligatorio, por ser mujer, ya que cuarenta años antes no había mujeres militares.
—¿Y qué conclusiones sacasteis?—preguntó Santiago.
— Es un grupo de machistas—contestó Juan—. Además eso que tienen los militares de tener sus propias leyes y sus propios juicios es retrógrado.
—En Francia los delitos militares en tiempo de paz son juzgados por las leyes del país y los jueces ordinarios—explicó Inés—. Nunca por los propios militares, que ya sabemos de qué pie cojean.
— Me cuesta entender como la sociedad pueda incorporar a personas para dedicarse al ejército, sabiendo que las guerras sirven para incrementar el poder económico de los más ricos—añadió Pascual.
— Ya sabéis que la gente, por lo general se deja llevar por las directrices del gobierno—Aclaró Inés—. No hay más que ver la cantidad de inputs que les llegan por todos lados: historia, cine, prensa, juegos…
— Si nos vamos a Estados Unidos, la cosa es aún peor ya que este país vive de la industria de la guerra—dijo Santiago—. Incluso cuando hacen películas de militares, es el propio ejército el que permite ó no su filmación.


— Si tenemos en cuenta que USA es un país formado por garrulos que, salvo determinadas personas, jamás han leído un libro que no sea la biblia nos podemos hacer una idea de la calidad del país—. Eso que pasó en Rusia con la guerra de Ucrania que provocó un fenómeno migratorio formado por la gente que no quería alistarse en el ejército, en Estados Unidos es impensable.
— Y esa gentuza son los que quieren dominar el mundo—dijo riendo Inés.
— Quizás los países deberían plantearse aparcar las guerras y todo lo relacionado con las mismas, ejército incluido—añadió Juan.
— Somos así. Así nos han educado—dijo Santiago—. Por eso me hizo gracia al leer el libro “el problema de los tres cuerpos” que había sectores de la sociedad que querían el exterminio total del planeta. Nos lo merecemos.
— Me recuerda nuestra situación mundial a Esparta, país que sólo preparaba a su gente para la guerra. Supongo que la palabra cultura no existía en su idioma.
— Ya sabéis que hay un blog cuyo lema es “sólo discute quién está intelectualmente perdido”. Hoy en día sólo prosperan las amenazas, los ataques, las guerras—concluyó Juan—. Así es como vamos. Con lo fácil que es argumentar y razonar. Y eso ha desaparecido completamente, siendo como debería ser la única forma de funcionar racionalmente.

Conversaciones en el hoyo 19: cómo nos engañan

— Estoy leyendo “el problema de los tres cuerpos” y la verdad es que es un gran libro que te hace pensar—explicó Inés.
— Un muy buen libro. Que por cierto tiene una serie en Netflix—contestó Juan.
— ¿Qué queréis que os diga?—repuso Pascual—. Esa manía de cambiar la nacionalidad de los personajes del libro, que son en su mayoría chinos, por europeos y norteamericanos no me convenció. Luego descubrí que los chinos habían hecho una serie también basada en el libro. La serie es lenta pero es fiel al libro. Esa serie si que me gustó.
— Hablando de libros, acabo de descubrir que mi lector digital de libros envía datos a google—dijo Santiago.
— Hombre. Si compraste un Kindle es algo normal—repuso Juan—. Todos sabemos que Amazon recopila datos de sus usuarios, además de alquilar libros a precio de compra, ya que cuando “compras” un libro digital nunca será tuyo ya que les has de pedir autorización para cambiarlo a otro dispositivo. Los norteamericanos son un grupo de estafadores y lo peor es que el resto de países acatan las condiciones de sus tiendas. Pasa lo mismo con Steam, la tienda de juegos que también te alquila juegos a precio de compra. No los puedes traspasar a ningún familiar cuando estiras la pata y cómo no, también se dedica a recopilar datos nuestros.


— Mi dispositivo de lectura es un Kobo, que lo fabrica una empresa canadiense—explicó Santiago—. Y aún a pesar de ser canadiense, nos extrae los datos y los envía a Google. He tenido que desactivar mi conexión Wifi y borrar mi conexión por si, sin avisar, intenta conectarse.
— Eso me recuerda a Microsoft que hace lo mismo con su sistema operativo. Recopilar datos—añadió Inés.
— Eso es lo que hace ahora—aclaró Juan—. Antes se dedicaba a obligar a los fabricantes a instalar su sistema. Verdaderas tácticas mafiosas. Recuerdo que Dell fue la primera empresa que les plantó cara, poniendo sistemas Linux en sus ordenadores.
— No entiendo que en la comunidad europea no bloquean ese traspaso de datos a esa gentuza—dijo Inés.
— Quizás porqué los que la dirigen son políticos y todos sabemos que político es sinónimo de corrupto y sobornable. Si se ocuparan de los intereses de los ciudadanos en lugar de los propios otro gallo nos cantaría—contestó Juan.
— Y ya puestos a imaginar, a saber cuántos móviles y ordenadores envían datos nuestros a esas empresas norteamericanas—añadió Inés—. Cuando nuestros dispositivos utilizan sistemas operativos “cerrados”, nadie sabe lo que hay dentro…
— Coches, televisores, ordenadores, móviles, equipos de música, electrodomésticos, lectores de libros digitales, webs en las que si no te registras no entras…—dijo Santiago—. Y nadie protesta.