Sara y el miedo

Lo primero que vi de ella fueron sus ojos. Esos ojos reflejaban una vida de sufrimiento, pero a la vez mostraban paz interior y, sobre todo, tristeza, una profunda tristeza.
Volábamos por la noche sobre el océano y teníamos muchas horas por delante.
Las luces estaban apagadas y a nuestro alrededor todos dormían.
Me había dicho que su nombre era Sara, cuando descubrimos que íbamos a estar el uno al lado del otro durante el viaje e hicimos las presentaciones.
Me dijo que volvía a su país, a casa, tras una estancia de varios meses en Estados Unidos.
No parecía demasiado alegre por su regreso a España.
Encendí la luz de encima de mi asiento, y me puse a leer el libro que llevaba para el viaje.
Ella estaba sumida en sus pensamientos. Por el rabillo del ojo me pareció que aquellos hermosos y tristes ojos se llenaban de lágrimas.
No pude concentrarme en la lectura. Mi mente intentaba adivinar lo que podía estar pasando por la cabeza de aquella mujer.
Tras media hora de vanos intentos por entrar en la lectura de mi libro, volví a poner el punto, lo cerré y cuando iba a ponerlo dentro de mi bolsa de viaje, ella alargó el brazo hacia el libro y me dijo:
– ¿Puedo verlo?.
Se lo di y ella lo ojeó.
– Me gusta el autor. He leído algo de él. Creo que es el único filósofo que ha conseguido engancharme con sus escritos. “Anatomía del miedo”. No conocía este libro suyo.
– Ha salido este año. Es su último libro – le contesté yo -. Siempre he pensado que la vida del ser humano se basa en dos polos: amor y temor.
Me pareció notar que sus ojos escrutaban los míos. Continué hablando.
– Este libro además, tiene su historia. Recuerdo que un día saqué el tema miedo en la oficina. Hubo bastantes risas y, durante toda la semana me hicieron muchas bromas al respecto. El viernes, cuando me fui a casa, pasé por una tienda en la que tenía que recoger unos pantalones. Al llegar estaba cerrada. Era demasiado pronto y abrían media hora mas tarde. Fui paseando por la calle hasta que llegué a una librería de la que soy habitual. Entré y curioseé las secciones que suelo mirar, sin ninguna idea preconcebida. No buscaba ningún libro en especial. Miraba pero no veía ningún libro que me atrajera. Recuerdo que pensé que me estaba ahorrando una pasta, ya que, cuando se trata de libros, no reparo en gastos. Y ese día no me atraía ninguno. Cuando estaba a punto de salir de la tienda fue cuando lo vi: “Anatomía del miedo”, de José Antonio Marina. Recuerdo que estaba rodeado de otros libros, pero solamente veía éste. Mucha casualidad, pensé. Luego algo dentro de mi me hizo rectificar: causalidad y no casualidad. Compré el libro. Y es la segunda vez que lo leo.

Después de mi explicación me pareció notar en Sara que sus facciones se habían relajado y sus ojos habían adquirido una cierta calidez.
– El miedo es la constante de mi vida – me digo -, de ahí que me haya llamado la atención el libro, Luis.
– En realidad es la constante de todo. En este siglo es lo que está moviendo el mundo. La guerra de Iraq no hubiera empezado si no hubiera habido miedo en el mundo. Cuéntame, si quieres Sara, en qué te ha afectado el miedo.
Ella alargó el brazo y apagó la luz de mi asiento. Luego apretó el botón y reclinó su respaldo, ajustándose la manta. Yo hice lo mismo. Noté como se acomodaba y relajaba. Cerró los ojos, suspiró y empezó a hablar.
– Mis recuerdos de la infancia son bastante escasos. Dentro de lo poco que recuerdo de mi niñez, aparecen fragmentos de música mezclados con los gritos de mi padre. Este era un hombre muy colérico, egocéntrico y cruel. Le recuerdo al llegar a casa de la oficina. Abría la puerta de la entrada, daba un portazo que se oía en toda la casa y se encerraba en su despacho. Recuerdo las comidas, en las que solamente se le podía hablar cuando te preguntaba. Incluso mi madre tenía que obedecer esta norma. Y cuando ella, por algún problema hogareño, le hablaba sin permiso, él se encolerizaba e incluso llegó a ponerle la mano encima, en alguna ocasión. Cuando llegué a la adolescencia mi espíritu inconformista y rebelde de aquella edad, me ocasionó un montón de enfrentamientos y de broncas con mi padre. Mi madre, que se había criado en un ambiente similar, lo aceptaba porqué no conocía otra cosa. Incluso lo defendía.
– Aborrecía a mi padre con todo el alma – siguó ella -. Quise salir de casa pero solamente había una manera de hacerlo en aquella época. Mediante el matrimonio. Conocí a Jorge y sin pensarlo demasiado me casé con él. No puedes hacerte una idea, Luis, de lo duro que fue descubrir que, cuando el enamoramiento pasó, me encontraba con una persona que era muy parecida a mi padre. Colérico, machista, vanidoso y cruel conmigo. Puse todo de mi parte para salvar el matrimonio que se iba a pique. Incluso acepté quedar embarazada.

Noté como se extremecía bajo la manta y vi como le resbalaba una lágrima por su mejilla. Metí la mano bajo la manta y tomé su mano.
– Tuve una preciosa niña y ese fue el principio del fin. Porqué él quería un chico. Tenías que haberlo visto en el hospital gritando como un poseso delante de su hija. Y pensando en mi hija, decidí seguir aguantando mi matrimonio. La verdad es que – ahora lo pienso – tenía que haberme separado. Le hubiera ahorrado a Marta, mi hija, un montón de escenas de su padre. Yo le di a mi pequeña todo el cariño del mundo. Pasaron los años y Marta fue creciendo alta y hermosa. A los doce años perdió las ganas de comer, se cansaba y la llevé al médico. Tras hacerle un sinfín de pruebas el médico me comunicó el diagnóstico. Tenía una leucemia y le quedaba un año de vida, como mucho. Recuerdo como si fuera ayer la conversación con Jorge cuando se lo expliqué. ¡Se alegró!. Lo llamé de todo y se encolerizó. Empezó a pegarme, recuerdo que caí, dándome un golpe en la cabeza. Al despertar estaba sola en el suelo. Jorge ni se había dignado llevarme a la cama. Sonaba el teléfono sin parar. Contesté y era mi madre. Me dijo que mi padre había muerto de un infarto, hacía una hora.

Cerró los ojos y suspiró.
– Por lo menos mi padre tuvo el detalle de dejarme una buena herencia. Y ese dinero que codiciaba mi marido, sirvió para que pudiera llevarme a mi hija a Estados Unidos y le hicieran un trasplante de médula. Perdóname, Luis. He de ir al lavabo.
Me levanté y dejé pasar a Sara. Luego, cuando regresó y se hubo acomodado bajo la manta me dijo.
– Es curioso lo que nos cuesta romper las cadenas que nos atan al pasado. Miedo al cambio, miedo al enfrentamiento. Todo son miedos. Yo estoy maravillada de que huyendo de mi padre fuera a dar con una réplica idéntica a él, en mi marido. Ya ves, Luis. Los miedos han sido siempre una constante en mi vida.
– Tal vez sea cierto ese dicho: “el temor atrae lo temido” – le dije yo.
Me incorporé, abrí mi bolsa y sacando el libro le dije.
– Me gustaría que te lo quedaras. Sabes que este libro tiene una historia detrás. Además lo he traído al avión por error, porqué lo confundí con otro libro. Y si cogí éste y no otro libro para el viaje, es porqué había otra razón que se me escapaba. Y ahora veo muy claro que eras tú esa razón, Sara.
– Te lo agradezco, Luis. Lo acepto. Pero creo que ya no me va a hacer falta. Se han acabado mis miedos. Todos han desaparecido, porqué ya no me aferro a nada en la vida. Mi hija me ha enseñado que venimos al mundo sin nada. Que los seres y las cosas materiales a las que nos aferramos son lo que nos produce el miedo. Miedo a perder lo que tenemos, miedo a querer cambiar lo que no nos gusta, miedo al futuro.
Se guardó el libro, y me dijo que tenía sueño. Giró la cabeza y a poco, su respiración se hizo mas profunda.

Yo me quedé pensativo, hasta que me venció el sueño.
Horas mas tarde, tras el aterrizaje, fuimos juntos a recoger el equipaje. Una vez recogido y pasada la aduana, me miró por última vez, con aquellos ojos tristes y se despidió de mi.
La abracé y cuando nos separamos le pregunté si quería que la acompañara a casa.
– No, gracias. Tengo que ir a recoger a mi hija. Viajaba en la bodega del avión.

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5 Commentarios on "Sara y el miedo"

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Julia Alonso
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Me ha impactado mucho leer la historia de Sara. Es una historia que conmueve y a la vez nos da qué pensar. Estoy de acuerdo en que el miedo es la constante de nuestra vida, además no lo sabemos gestionar. Me vas a permitir Luis, que desde tu blog recomiende un libro sobre la gestión del miedo en las mujeres, (aunque también puede interesar a los hombres). Lo escribe una periodista catalana, profesora de la Pompeu i Fabra, Carme Garcia Ribas. El libro se titula “El sindrome de Maripili, el miedo de las mujeres a no ser queridas”.

Ludwig
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Estás en tu casa, Julia.Incluso te añado un link que comenta el libro:http://www.acosomoral.org/polemic25.htm

Laura Canet
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Hola Luís, Dicen que lo prometido es deuda. He leído de nuevo esta mañana la Historia de Sara y sus miedos y me ha impactado, me ha llegado al corazón.Entendido una de las partes, la de los miedos a los cambios, los miedos al futuro, a nuestro destino, creo que todos de alguna forma los tenemos. Pero lo que no he logrado entender es porque tanto sueño roto, que ha hecho esta mujer para merecer eso??.Cuando su vida podía empezar a tener sentido en la vida, cuando podia llenarse de ilusion y alegria, boom!!! se tuerce todo.Eso si que no… Read more »
Ludwig
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Pues no puedo, Laura, contestar a tus preguntas.El sentido de lo que nos ocurre, es algo que no siempre descubrimos.Con el tiempo, puede que cambie la perspectiva y entonces quizás podamos tener un atisbo del verdadero sentido de lo que ahora nos parece tan injusto.Tal vez lo que tenía que aprender es a romper los fuertes anclajes que tenía con el pasado y sin una fuerte “bofetada” no hubiera sido capaz.Conjeturas y mas conjeturas.Pero no creo que sea azar.

Esperanza
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Desgarrador

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