Conversaciones en el hoyo 19: cambios

— Me hizo gracia una cosa que leí—explicó Pascual—. Le preguntaban a una niña en qué sociedad le gustaría vivir y ella contestó que en la de Star Trek. Explicó que en la serie se veía que la pobreza ya no existía, ni las guerras y además las normas de la Federación eran muy humanas.
— Una niña muy lista, desde luego—contestó Pascual—. ¿Qué cambiaríais de nuestra sociedad si pudierais hacerlo?.
— Yo empezaría por eliminar todas las películas violentas—dijo Juan—. Estoy convencido de que un chaval, a los diez años ya ha visto miles de asesinatos y matanzas. Toda la basura que exporta Estados Unidos con su cine tiene que afectar a nuestros hijos.
— Y luego se extrañan de que un chaval vaya al cole y mate a compañeros y profesores—añadió Santiago—. Deben tener tan asumida la violencia que la deben considerar como algo normal.


— Y no sólo el culpable es el cine—dijo Juan—. El ochenta por ciento de los juegos de ordenador son violentos. Y lo peor es pensar que tanto en cine como en los juegos, cada vez más países se dedican a imitar esa basura norteamericana. Lo cual crea una sociedad que acepta y asume la violencia. Que en las clases de historia se estudien a los grandes conquistadores y no a las personas que han hecho avanzar a la humanidad es muy significativo.
— Quizás sin toda esa violencia que nos inculcan no habría guerras, ya que una sociedad pacífica en ninguna circunstancia aceptaría los conflictos armados—apuntó Inés—. Por añadir algo, al tipo de sociedad que me gustaría, también eliminaría la competividad, ya sea en el deporte como en cualquier ámbito de la sociedad: escritores, actores, cantantes…
— Supongo que la competividad es lo que nos queda de la época en la que éramos monos—añadió Santiago—. No hay más que ver los gestos y los gritos de nuestros deportistas cuando ganan un punto en cualquier competición. Parecen mandriles luciéndose ante la hembra de la manada.
— Yo propondría una cultura gratuita que estuviera basada en humanidades—dijo Pascual—. Una cultura que enseñe a nuestros hijos a pensar, razonar, cuestionar y sentir curiosidad.
— Yo suprimiría los desfiles del ejército y todos los actos militares incluso los que se hacen en las instituciones públicas—apuntó Juan—. No es bueno alardear de un ejército, de un armamento y de unos soldados obedientes que llevan el paso al unísono.
—Ya puestos, eliminaría la figura del rey—añadió Juan—. Por primera vez tendríamos una constitución que no sería contradictoria: todos seríamos iguales, sin las excepciones de los reyes.
— Yo propondría la objeción de conciencia para los policías, sin que afectara a su trabajo y a sus posibilidades de promoción—dijo Inés—. Ciertos servicios, como los desahucios pueden ir en contra de los principios de algunos policías.
— Hombre. Yo no estoy muy de acuerdo—respondió Juan—. Si tenemos en cuenta que en su mayoría, la policía está compuesta por delincuentes, el tema de los principios de estos sujetos, brilla por su ausencia. Quizás añadiría a la objeción de conciencia que propones, poder contratar a gente normal para ese trabajo. Gente con principios y no como hasta ahora, que buscan perfiles de psicópatas.


— Yo eliminaría la publicidad—añadió Santiago—. Si tenemos en cuenta que las empresas tienen detrás a un montón de psicólogos que se dedican a buscar y explotar las debilidades de la gente, no me parece demasiado imparcial.
— Yo tengo por norma no comprar nunca a aquellas empresas que ponen publicidad en internet—dijo Juan—. Ya me gustaría añadir en la lista a los anunciantes que ponen anuncios en la televisión, pero como no la veo…
— Sospecho que la propuesta de Santiago encarecería todo aquello de internet que ahora tenemos gratis—comentó Pascual.
— Particularmente preferiría pagar que tener que soportar la publicidad—repuso Juan—. Incluso agradecería encontrar un programa de móvil que recogiera una lista de las empresas que tiran de publicidad, para no comprarles nunca.
— Ya puestos en añadir ideas para mejorar nuestra sociedad propondría respetar nuestra privacidad—dijo Santiago—. No es de recibo que te hagan sacar la basura en un recipiente que lleva un chip que te identifica.
— ¡Um!. Y eliminar las cookies y los rastreos que te hacen cuando navegas por internet—añadió Juan—. ¡Que bonito!.


— El otro día traté de ver por televisión pública un programa de esos que puedes ver en diferido a través de internet y oh sorpresa. Si no te registras no puedes ver nada—explicó Inés—. Y os hablo de la televisión pública, que pagamos todos. Evidentemente no me registré ya que, a saber lo que harán con mis datos.
— En la televisión catalana no hay que registrarse, pero incluso viendo programas en diferido te cuelan anuncios. Y también es una televisión pública—dijo Pascual.
— Hombre. Yo diría que fue una buena idea la de suprimir la publicidad en la televisión pública nacional—comentó Santiago.
— Hecha la ley, hecha la trampa—repuso Inés—. No ponen anuncios de empresas comerciales, pero ponen anuncios de sus programas basura.
— ¡Que pena de país!—concluyó Santiago.

Conversaciones en el hoyo 19: monarquía

— Estamos desaprovechando una buena ocasión—soltó Santiago.
— Ocasión ¿para qué?—preguntó Pascual.
— Es el momento perfecto—contestó éste—. Tenemos a los reyes de visita oficial en no sé que país. Lo que tendríamos que hacer es invalidar sus pasaportes para que no puedan regresar a nuestro país. Así nos libraríamos de esos parásitos.
— Puestos ahí por un dictador—añadió Inés—. y sin tener la capacidad de estar a la altura que se espera de ellos.
— Hombre. ¿Cómo van a estar a la altura si son borbones—terció Juan—. Sólo saben robar y follar. Y encima teniendo la vida regalada gracias a nuestros impuestos.


— La verdad es que yo no soy capaz de entender cómo les permiten reinar en este país—añadió Inés—. No entiendo cómo no los echaron en su día, cuando el dictador estiró la pata. En lugar de eso, hicieron una constitución que los incluía y toda la prensa se dedicó a elogiarlos sin razón alguna.
— Pues deberías ver lo que dicen ahora de ellos—repuso Santiago—: “el nuevo peinado de la reina”, “el nuevo vestido de la reina”, “las obviedades que dijo el rey en su último discurso”, “el posible nuevo novio de la princesa”…
— Claro. Cada vez que la princesita está con un chico ya tenemos noticia—dijo Pascual, riendo—. No tienen en cuenta que se trata de una borbón y que el sexo, para ella, es tan necesario como el aire que respira. Luego, tal como ocurrió con el abuelo, sus “parejas” tendrán una cierta predisposición a saltar por las ventanas ó a sufrir fatales accidentes. Hay que ver la facilidad que tiene la policía para mirar hacia otro lado cuando se trata de investigar esos accidentes de los compañeros de cama de nuestra monarquía.
—Tiene su lógica—repuso Juan—. Sólo les faltaría a nuestros reyes que sus amantes se dedicaran a escribir libros narrando las “rarezas” que tuvieron que hacer en sus encuentros sexuales.

— Yo sigo preguntándome el porqué de esa protección de la monarquía—insistió Inés.
— Probablemente porqué la élite de este país, que al fin y al cabo son los que gobiernan, lo quiere así—contestó Juan—. El pueblo, “el tercer estado”, no pinta nada en esta democracia variopinta. Desde siempre los que han mandado han sido los ricos. Y el rey es el enlace entre la dictadura y lo que ahora tenemos. Un recordatorio para todos los que medraron en la dictadura, de que nada ha cambiado en realidad.
— Pues el rey emérito, ese que tuvo que irse de país, hasta que hacienda le “arregló” todos sus trapicheos, está preocupado con lo que ocurrirá cuando se muera—añadió Pascual.
— ¿Lo que ocurrirá con su dinero?—preguntó Santiago.
— No. Con su entierro—respondió Pascual.
— Que no se preocupe por eso. Nos enterrará a todos. Al fin y al cabo no ha sufrido ningún desgaste: no ha trabajado en su puta vida—respondió Inés, provocando la carcajada general.