Conversaciones en el hoyo 19: libertad

— Si algo bueno tiene la jubilación es que nos hace libres—comentó Pascual.
— Desde luego que somos libres—contestó Inés—. El problema lo tienen los pobres currantes, cuya vida han de dedicar al trabajo.
— Hombre. En este país tenemos una democracia—protestó Santiago—. Y eso significa libertad.
— ¡Falso!—dijo Juan—. Cuando una persona ha de dedicar ocho horas a trabajar (doce ó quince en nuestro país) para poder seguir viviendo, su decisión no es libre. Ha de elegir entre la esclavitud del trabajo durante muchas horas ó morir de hambre.
— Además, eso de que tenemos democracia tampoco está muy ajustado a la realidad—protestó Inés—. A no ser que llames así al ir a votar cada cuatro años a gente que nunca va a cumplir sus promesas electorales.
— También es cierto que tampoco podrían cumplir con sus promesas electorales, sobre todo si son para ayudar a la gente desfavorecida—añadió Juan—. Alguien lo impediría.


— ¿Alguien?, ¿quién?—preguntó Santiago.
— El país que domina al mundo. Capaz de hacer lo que sea para poder seguir robando y explotando a los países que no le son afines—contestó Juan—. Eso significa organizar guerras, golpes de estado, asesinatos de dirigentes, creación de grupos guerrilleros y muchas cosas más para que sus empresas puedan seguir accediendo a esos países. Imaginad por un momento que en nuestro país se eligiera un presidente de izquierdas y éste se dedicara a mejorar las condiciones de la gente más desfavorecida y a hacer pagar los impuestos que les corresponde a las grandes empresas. Lo primero que hará este país…
—Estados Unidos, supongo—apuntó Inés.
— Exacto. Ese país tiene por norma, cuando se genera un movimiento desde las clases bajas de la sociedad, llamar a este movimiento “comunista”, ya que lo que pretende es que la “prole” sea sumisa y que se inhiba de meterse en política. Lo que haría es intentar asesinar al presidente ó promover un movimiento revolucionario para acallar, posiblemente asesinando, a los líderes de la “prole” que han llegado al poder y que están restringiendo la libertad de las grandes empresas, muchas de ellas norteamericanas.
— Vamos. Llevar la democracia a nuestro país—dijo Santiago riendo—. Pero no la verdadera democracia, si no “su” democracia, es decir aquella que se basa en el mandato de las grandes empresas.


— Hemos de tener en cuenta que para Estados Unidos que haya ó no democracia, es algo secundario, ya que han permitido y fomentado dictaduras en muchos países—explicó Juan—. Para ellos lo importante es que sus empresas puedan establecerse allí y explotar y robar al país.
— Y ¿cuál sería la solución para evitarlo?—preguntó Pascual.
— Yo apostaría por dos caminos: la cultura y las cooperativas—contestó Juan—. Enseñar a nuestros hijos a pensar, a cuestionarlo todo y fomentar la curiosidad de éstos. Lo de las cooperativas podría ser una solución a largo plazo. Consistiría en empezar a sustituir los productos de las grandes empresas por otros similares, pero creados aquí, en nuestro país, por cooperativas, en las que los trabajadores sean también los propietarios. Poco a poco las grandes empresas irían perdiendo poder.
— La idea no es mala, aunque estoy seguro de que habría reacción por parte de Estados Unidos—opinó Pascual —. Esos cabrones no querrán perder su tajada del pastel.
— Es curioso que un país creado por los emigrantes más desfavorecidos que huyeron de Inglaterra, tenga totalmente abandonados a los más pobres—dijo Inés—. Es increíble pensar que en aquel país, si no tienes dinero, pobre de ti que caigas enfermo: es la tumba segura. Y no hablemos de la jubilación: es inexistente. Es curioso que lo que ha estado imponiendo en todo el mundo, la docilidad de las clases más bajas le esté fallando en el propio país. Está arrestando a los que se oponen al genocidio de Israel. Vamos, que el derecho a manifestarse brilla por su ausencia en ese país.
— Me alegro de no haber nacido allí—añadió Inés riendo.

Conversaciones en el hoyo 19: vagos

— ¡Menudo campo!. Sólo había hierba en los greens—dijo Inés.
— Es normal. La sequía se está notando—explicó Pascual—. Si quieres que no se estropee un campo de golf lo mejor es gastar la poca agua que tienes en conservar los greens. Recuerdo que, hace años alguien me dijo que hacer un green nuevo cuesta entre treinta y cinco a setenta mil euros. Es la parte mas sensible del campo. Por eso, dos veces al año tienen que pincharlos: para que pueda entrar agua y aire en las capas inferiores.
— Menos mal que nuestros políticos están luchando para evitar la sequía—dijo riendo Juan.
—Sospecho que es un sarcasmo—contestó Santiago—. Los políticos sólo piensan en ellos mismos. Lo que harán es obligarnos a reducir el consumo de agua mediante alguna ley y luego subirán su precio, para que puedan seguir ganando dinero. Y como es normal seguirán permitiendo a las empresas que se dedican a embotellar y vender agua, sigan extrayéndola sin límite, aunque los pueblos de los alrededores tengan restricciones.
—Una visión muy realista de nuestro mundo actual—añadió Pascual, riendo.


—Yo tengo una teoría—explicó Santiago—. Sobre la proliferación de los partidos de derechas. Los políticos actuales sólo saben hablar. Nunca actúan. Son capaces de convertir el parlamento en una taberna en la que discutir trivialidades, insultar a los oponentes y montar escenas estúpidas para llamar la atención. Y la gente está harta de toda esa mierda. Por eso votan a aquellos que actúan, que son capaces de salir a la calle para protestar, que proponen leyes que, aunque sean estúpidas, la gente sabe que las van a cumplir, que denuncian en los tribunales todo aquello que nos les gusta. Son populistas y llevan a cabo sus ideas. Eso es lo que tendrían que imitar los llamados partidos tradicionales de esos movimientos fascistas que están ganando elecciones en todo el mundo, si quieren gobernar. La gente quiere acción, no palabras. Siempre me ha sorprendido ver a los políticos aplaudiendo a su público, cuando salen al escenario. Deben aplaudirlos por pensar que se lo merecen, al creer tantas mentiras como les dicen ellos.
—Desde luego vivimos en un país en el que todo el mundo habla—opinó Juan—. Ya sea para comentar lo que ha dicho fulanito sobre menganito, para criticar cualquier hecho irrelevante, para aconsejar sobre lo que hay que hacer en determinada situación… Todo el mundo habla y habla y no para de hablar. Recuerdo que, cuando mis padres se separaron, en mi familia se organizaron reuniones semanales para decidir lo que se iba a hacer al respecto. Estuvieron años discutiendo alternativas…
—Y nunca decidieron nada, ¿verdad?—contestó Inés.
—Nunca—dijo Juan con tristeza—. En este país se habla mucho pero nadie actúa.