Conversaciones en el hoyo 19: sectas

—Toda una semana esperando para jugar al golf y seguimos con las ganas—dijo Santiago irritado. La lluvia, que había caído a mares les había impedido jugar. Al final quedaron en comer juntos en el restaurante de un campo de golf, aunque sin jugar. Fuera del local llovía a cántaros. Acababan de encargar la comida y mientras esperaban el primer plato, estaban dando cuenta del aperitivo.
—Pues yo he estado entrenando—contestó Pascual—. Hay campos que tienen cubierta la zona de entrenamiento de swing y no te mojas. Aunque el viento era fuertísimo y de vez en cuando hacía entrar agua en donde estaba entrenando. ¡Ah!. Es maravilloso ser libre para hacer lo que quieras.


—Es cierto. Somos libres por primera vez en la vida—contestó Inés contenta, mientras el camarero servía los platos de los cuatro amigos y retiraba las fuentes vacías del aperitivo, lanzando una sonrisa irónica a Inés, por su comentario. Ésta captó el mensaje y le dijo:—tranquilo, que algún día llegarás a la jubilación—el camarero, sonriendo con cara de sarcasmo, se fue hacia la cocina.
—Yo, cada vez al despertarme pienso en esa libertad que tenemos. Y realmente no acabo de creérmelo—dijo Juan—. Se acabaron las sectas y el teatro que eso conlleva.

—¿Sectas?—preguntó Santiago con incredulidad.
—Si hubieras trabajado en una multinacional lo entenderías—contestó Pascual—. Pero, teniendo un bar, es difícil verlo. Yo trabajé en la Innombrable y recuerdo que la gente se comportaba como en una secta: reuniones para fomentar el amor a la empresa, asambleas de equipo fuera de las horas de trabajo, actividades los fines de semana para fomentar el «team building», es decir el buen rollete entre los integrantes de un departamento de la empresa… Trabajando en recursos humanos descubrí que nunca contrataban a gente que tuviera criterio propio, gente que cuestionara las cosas. Querían borregos.
—Desde luego que lo vi, en al bar—protestó Santiago—. Casualmente mi bar estaba al lado de la Innombrable y los empleados venían podía escuchar lo que decían. Muchas veces venían departamentos enteros a celebrar una boda, una jubilación, cualquier cosa.

—Eso me recuerda a los años mozos—dijo Juan—. En mi primer año en la universidad estuve viviendo en un colegio mayor del opus. Si querías seguir viviendo allí tenías que cumplir con las actividades de tal lugar: asistir a la tertulia que se hacía después de comer, presidida por el director del centro, que siempre la iniciaba con alguna oración; el rosario por la tarde a última hora; la misa de cada mañana a las siete, por cierto en latín y una vez al mes, algo que llamaban «vela», que consistía en hacer guardia toda la noche en la capilla en la que exponían una eucaristía. Se establecían turnos y te tocaba levantarte de madrugada para estar una hora dormitando en la capilla. Y no todo acababa aquí. También tenías que ir a ver al cura cuando él te llamaba ó aguantar las comidas de coco de algún estudiante a quién le habían asignado la salvación de tu alma y que, primero captaba tu amistad y luego intentaba convertirte.
—Eso si debía ser vida sana—dijo Pascual, riendo.
—Ojalá. Había además muchos detalles que acentuaban el mal rollo de vivir allí—repuso Juan—. Tener que sacarte de encima al idiota que pretendía salvar tu alma, los cortes de corriente que ocurrían «casualmente» cuando en la tele daban un programa de variedades, en que aparecían chicas ligeras de ropa, cerrar la residencia a las diez de la noche para que no te fueras de juerga…
—Vamos. Un paraíso—dijo Inés riendo.

—Pero no hay que ir tan lejos—apuntó Santiago—. En el bar teníamos muchas veces el televisor encendido y ver a los políticos en las ruedas de prensa rodeados por sus altos cargos también es una muestra del sectarismo. No sé si os habéis fijado en las caras de los que rodean al que está hablando. Todos ellos se dedican a asentir a todo lo que se está diciendo y de vez en cuando se ponen a aplaudir, cuando la parida que ha soltado su jefe es de campeonato.
—Es lógico. Les va el sueldo con ello. Si no están de acuerdo y cometen el error de decirlo, se quedan sin trabajo—dijo Inés—. Y eso es extrapolable al mundo de la empresa. Si no estás «alineado» con la empresa te quedas sin trabajo. Y eso significa tener que asistir a todas las reuniones de adoctrinamiento y a las actividades de los fines de semana. Y pobre de ti si te vas a tu hora.


—Moraleja: jubílate si quieres ser libre—concluyó Pascual—. Y mejor dejamos este tema tan sórdido y disfrutamos de la comida. Estamos en un golf, aunque no podamos jugar. Mejor hablamos de golf. ¿Os he dicho alguna vez que la dificultad de hacer un buen swing consiste en olvidarse del factor fuerza y limitarse a desgirar el cuerpo con suavidad?. Los palos hacen el resto.

—Creo que unas diez mil veces…

Conversaciones en el hoyo 19: política ¡¡no!!

—Empieza a hacer frío—dijo Santiago—.Vamos a tener que sacar los polos de manga larga.
—Y que lo digas—Inés estaba congelada, a pesar de haber llegado al bar muy acalorada.
—¿A qué te dedicas ahora, Juan?—preguntó Pascual—. Llevas tres semanas sin jugar con nosotros.
—No sé si decirlo—contestó—. En ciertos ámbitos podrían pensar que estoy delinquiendo—todos los demás dejaron de picar el aperitivo y se concentraron en él—. Esta bien. Os lo diré. Estoy recopilando fotos de agitadores en las manifestaciones de estos días.

—¿Participas en ellas?—inquirió Santiago.
—No. Pero me envían las fotos de todos los agitadores que montan pollos con la policía. Esos que hacen que una manifestación pacífica deje de serlo.
—Pero esa gente irá con la cara cubierta—apuntó Pascual.
—Es verdad. Pero entre los manifestantes hay pequeñas células de gente que se dedican a seguir a esos exaltados—Juan picó unas patatas, se las comió y dijo riendo—: me estáis haciendo hablar para acabaros el aperitivo. En fin. Esta célula de manifestantes llevan buenos equipos fotográficos y tarde o temprano pillan a los exaltados en algún bar, ó en alguna lechera -si son de la policía- con la cara descubierta, ya que es incómodo andar horas con un pasamontañas puesto.
—Y ¿tú que pintas en todo esto?—dijo Pascual, acercándole el plato de berberechos—. No vas a las manifestaciones, no perteneces a la célula de seguimiento de los exaltados…
Juan picó un par de berberechos y siguió explicando:
—Yo aporto la parte informática. Al fin y al cabo fue idea mía. No sé si sabéis que la aplicación «fotos» de Apple tiene reconocimiento de caras. Le plantas unas cuantas fotos y es capaz de encontrar los rostros de cada foto e incluso compararlas con otras fotos para decirte si son las mismas caras las que aparecen en ellas.

—Uf. No sigas—dijo Santiago—ve comiendo mientras intento adivinar el resto. Estáis haciendo una especie de base de datos de todos los exaltados. Un especie de historial para saber cuándo y dónde van montando los pollos. Y si los fotógrafos descubren que van a una lechera ó que charlan con policías, está claro que son policías también.
—De momento, de los casi cincuenta que han ido siguiendo, el noventa por ciento son policías.
—¡Pandilla de cabrones!—dijo Inés—. Al estado no les gustan las manifestaciones pacíficas. Por eso son ellos mismos los que montan los saraos… Y los que nos explican que el cloruro sódico puede servir para hacer una bomba y así tildarnos de terroristas.
—No en todos los casos—dijo Juan—. También entre los manifestantes hay mucha cabeza loca.
—Y ¿qué haréis con las fotos?. ¿Las vais a publicar en la prensa?—preguntó Santiago.
—Nunca nos lo publicarían. Dirán que por la privacidad, claro. Pero en realidad porqué la prensa sólo publicaría noticias en contra del independentismo. Nunca a favor. Todos sabemos lo «independiente» que es.
Bebió un largo trago de su cerveza. Dejó que el líquido se esparciera por su boca y lo tragó, cerrando los ojos. Era evidente que lo estaba disfrutando.

—En fin. No sé que harán con las fotos y esos historiales—dijo—. Lo que tengo muy claro es que el movimiento independentista no prosperará nunca. Las revoluciones nunca han funcionado.
—¿Y la revolución francesa?—preguntó Pascual.
—Tampoco funcionó. Tienen la misma mierda de democracia que nosotros, aunque tuvieron, eso sí, la satisfacción de cortarle la cabeza a un Borbón.
—Entonces, ¿tú que harías?—preguntó Inés.
—Buscad un pueblecito. Buscad gente en ese pueblecito con ganas de echar a todos los políticos profesionales. Y presentaros a las elecciones municipales. Si ganáis, crear una web en la que todos los vecinos puedan decidir lo que quieren para su pueblo y permitir que luego se pueda votar las distintas propuestas de los vecinos. El único trabajo del alcalde sería seleccionar a los profesionales que llevarían a cabo las propuestas. Quizás aparezcan propuestas para independizarse de la grandes compañías, como podría ser utilizar paneles solares en terrenos municipales, encauzar un mercado de productos de la zona, en resumen, conseguir un pueblo autosuficiente. Eso, para mi, sería democracia. Si este pueblo triunfa, pronto empezarían a hacer lo mismo otros pueblos y poco a poco irían desapareciendo los políticos de profesión, esos cuervos inútiles y esa dependencia que tenemos de las grandes empresas.
—Muy utópico, me parece—afirmó Santiago.
—Es verdad—contestó Juan—. Pero si lo consigues en tu pueblo, ¿qué más te da lo que ocurra en otros lados?. Tú si podrías sentir que vives en una democracia. Pequeñita, pero democracia al fin y al cabo.
—Me gusta la idea—dijo Pascual—. Sin violencia y de forma gradual.
—Pues vámonos, que ya se hace de noche, aunque sean las cinco—dijo Inés.
Se levantaron y, tras pagar en la barra se despidieron.