Conversaciones en el hoyo 19: otro mundo

—¡Hombre, Esteban!. ¡Tú por aquí!—exclamó Pascual. Estaban sentados los cuatro amigos disfrutando del merecido aperitivo, tras su jornada de golf. Esteban estaba en la barra tomando una cerveza, se giró al oír su nombre y sonrió a Pascual—. ¡Vente un rato con nosotros!.
Mientras Esteban se acercaba Pascual dijo a sus compañeros de mesa, por lo bajini:
—Vale le pena conocerlo. Además de ser una bellísima persona, Esteban es un verdadero sabio. Os gustará.
Esteban llegó a la mesa y tras las presentaciones se sentó en una silla y dejó su vaso de cerveza encima de la mesa.

—Así que todos vosotros sois jubilados.
—Correcto—contestó Santiago.
—Mi enhorabuena a todos—continuó Esteban—. Estáis en la mejor época de la vida. Sois libres del todo, salvo en lo que respecta a pagar impuestos, claro—sonrió mirando a todos.
—Y a pesar de que ya empezamos a tener problemas físicos, debidos a la edad—añadió Inés.
—Bueno. Pero con suerte, vuestro cerebro sigue funcionando a pleno rendimiento—Esteban bebió un trago—. Estáis en la época en la que os podéis dedicar a todo aquello en lo que antes no teníais tiempo. Ahora podéis conocer la música, el arte, en todas sus expresiones, la filosofía, la ciencia…
—Más ó menos es lo que hacemos—apuntó Santiago—. Yo me dedico a conocer composiciones musicales, Inés lee todos los libros que no tuvo tiempo de leer antes de jubilarse, Juan es un verdadero fanático de las aves y Pascual es un gran conocedor de pintura. Incluso pinta, de vez en cuando.
—Pinto de pena, por cierto—añadió Pascual—. Aunque estoy aprendiendo. Siempre he pensado que cuando dejas de trabajar, has de especializar a tus neuronas en otras actividades, si no quieres que éstas acaben muriendo de aburrimiento.

—La verdad es que me encanta que tengáis estas actividades. Imaginad que los diez millones de jubilados de este país dedicaran su vida a lo mismo que vosotros. La sociedad mejoraría mucho—dijo Esteban—. Quizás, con los años, la dente empezaría a interesarse por la cultura, la ciencia, la filosofía y empezaríamos a dejar a un lado todas la burradas a las que ahora damos tanta importancia: televisiones, política, prensa, religiones…
—Siempre he imaginado este mundo ideal—dijo Pascual—. Un mundo en el que la historia elimine a todos los reyes, conquistas, guerras, revoluciones, etc. y que únicamente aparezcan los hechos que verdaderamente han hecho avanzar a la humanidad: los científicos, filósofos, compositores, escritores, poetas, médicos…
—Aquí, es poco probable—contestó Santiago—. No deja de ser curioso el hecho de que el único planteamiento económico de este país sea el turismo, que no requiere apenas cultura. Luego viene uno de esos fenómenos meteorológicos y todas las playas se van a tomar viento, junto con los edificios que hay a pie de playa. Quizás alguien debería haber pensado en otro tipo de economía alternativa al turismo.

—Imposible—contestó Esteban, sonriendo—. Aquí todo el mundo va a salto de mata. Eso de la planificación a largo plazo, no existe. Cuando hay una catástrofe, nos limitamos a pedir subvenciones y a arreglar los destrozos sin tener en cuenta que puede volver a ocurrir. Tenemos unos médicos excelentes, capaces de crear unos buenísimos equipos de investigación y de avanzar en la cura de enfermedades; científicos de primera; informáticos fantásticos, que crean aplicaciones y sobre todo juegos alucinantes. Si algo tiene este país es una capacidad de inventiva que supera a los demás países.
—Totalmente de acuerdo contigo—dijo Inés—. Y hablando de tecnología, estoy deseando desde hace mucho tiempo poder sacar a mi móvil de las garras de Google y su Android. Me pasé a Apple pero tampoco es que me fíe demasiado de esa empresa. Aplaudiría a la empresa que hiciera un sistema operativo para móviles que no fuera cautivo de esas empresas.
—En este país hay gente capaz de conseguirlo y estoy seguro de que arrasaría en el mercado—contestó Esteban—. Imaginad un móvil capaz de hacer sus funciones sin ceder un solo dato a las multinacionales.

—Parece que hoy tenemos el día utópico—rio Pascual, después de apurar su último trago—. Lo que está de moda es el «coronavirus».
—Es perfecto, si el gobierno quiere solucionar el problema de las pensiones—dijo Juan—. Dejan que se extienda y en un par de años se acabaron los jubilados que son, somos, los que tenemos el mayor riesgo de muerte.
—No lo digas muy alto, no sea que te hagan caso—repuso Esteban.
—¿Tú crees que no lo habrán pensado?—dijo Inés—. Dada la calidad de los políticos de este país, seguro que ya están haciendo cálculos sobre lo que podrían ahorrarse con una pandemia que afectara a los pensionistas.

—Estoy de acuerdo—apuntó Santiago—. Pero veamos el lado positivo. La higiene. La gente está comprando jabones desinfectantes a manos llenas. ¿Quién no le ha estrechado la mano a alguien y después lo ha visto tocarse las narices con esa misma mano ó rascarse el culo ó la entrepierna?.
—No sigas por ahí—dijo Inés con cara de asco—. Y eso que tienes toda la razón. Cuando alguien me da la mano, procuro no tocarme la cara con mi mano derecha hasta que no voy al lavabo. Y las mujeres lo tenemos peor ya que suelen saludarnos con un par de besos.
—Bueno. Quizás con la amenaza de ese virus, en este país nos volvamos un poco menos guarros—dijo Pascual—. Incluso sería fantástico que cambiaran las costumbres y el saludo fuera una leve inclinación de cabeza, a lo oriental.
—¡Firmo por ello!

Conversaciones en el hoyo 19: Tosca

—He visto la película que recomendaste, Pascual—dijo Inés.
—Yo no he acabado el libro y eso que es de los libros que cuesta dejar de leer—Santiago estaba eufórico, tras su jornada golfística—. Incluso he estado escuchando Turandot. Tiene momentos, por cierto, bastante duros, aunque hay otros que te ponen la piel de gallina.
—Supongo que eso forma parte de la música—analizó Inés, gran amante de la música clásica—. Diría que esos momentos duros, como tú los llamas, sirven para que cuando llegue aquel momento de gran lirismo, éste resalte mucho mas. Recuerdo que, de jovencita buscaba esos fragmentos hermosos y me saltaba todo lo demás. Y con el tiempo fui descubriendo que para llegar a apreciar una obra, había que escucharla entera, ya que las partes heavies te preparaban para las armónicas. Eso me lo enseñó Richard Strauss, cuya música es muy variopinta, con mezcla de lirismo y de disonancias.


—¿Habéis pasado por el control de la guardia civil cuando veníais?—preguntó Juan.
—Si
—Claro
—Si.
—Pues a mí me ha recordado aquellos tiempos del terrorismo—soltó Juan, indignado—. Volvemos a las andadas. Catalunya manifiesta su forma de pensar y el estado se dedica a recordarnos que no somos otra cosa que súbditos y la única política que son capaces de hacer es la del miedo. Menudos tarados tienen esos policías como jefes. Parecen miembros de la familia real.
—No te extrañe. En este país, que funciona a base de amiguismo, los que llegan a cargos importantes, no lo son por su valía, si no por sus relaciones e ideología—repuso Santiago—. De ahí que hagan lo que hacen esos inútiles que no ven mas allá de sus narices.
—Me recuerda aquellos maravillosos años de mi juventud. Debía tener entonces unos trece años—comentó Santiago—. Cuando iba a la biblioteca a estudiar, pasaba por la plaza Cataluña que muchas veces estaba literalmente tomada por la policía. No se veían peatones. Lo único que había eran las lecheras y cientos de policías preparándose para machacar a los asistentes a alguna manifestación. Tiempos franquistas que ahora vuelven… En aquellos tiempos se decía que un policía no era mas que un delincuente con trabajo.


—Pues a mí, este tema me recuerda Tosca—dijo Inés—. Lo reúne todo: policía corrupta, jefe psicópata, tortura y crimen.
—Te refieres a la ópera de Puccini?—preguntó Pascual.
—Si. Una verdadera maravilla. Sucede en la época en la que Napoleon conquista el norte de Italia e instaura la república. Austria, aprovechando la ausencia de Napoleon, que está de campaña en Egipto, vuelve a restaurar la monarquía y persigue a los republicanos. Y la historia de la ópera se centra en la huída de Angelotti, excónsul de la república de la cárcel para ir a parar a una iglesia, en la que está trabajando un pintor que lo ayuda a esconderse de la policía. La novia del pintor, pensando que éste tiene algún affaire con otra mujer, sigue a Mario, el pintor, hasta su casa de campo en la que el pintor pretendía esconder a Angelotti. Son detenidos el pintor y su novia. El jefe de policía, Scarpia intenta seducir a Tosca, la novia, haciendo torturar a su pareja. Y no sigo contando el argumento por no hacer spoilers…
—Es curioso—comentó Pascual—. Conozco muy bien la ópera, pero como tengo por costumbre escuchar la música sin entrar en la historia, no sabía que Tosca tuviera el argumento que has contado.


—¿Nunca has visto la ópera?.
—Nunca. Me gustan las óperas como quien escucha un concierto o una sinfonía, considerando la voz humana como un instrumento musical. Por eso nunca voy a la ópera. No quiero que el argumento condicione mi percepción de la música. Manías, supongo.
—No te lo voy a cuestionar—dijo Inés—. Lo curioso de esta ópera es que los hechos ocurren después de la batalla de Marengo, franceses contra austríacos, que ganaron los franceses. Sin embargo las noticias que llegan a Roma, inicialmente, hablan de la victoria de los austríacos. En ese contexto se mueve la ópera. Si las noticias que llegaron hubieran sido veraces, Scarpia, el jefe de la policía no hubiera podido ejercer como tal.


—Es interesante lo que cuentas, Inés. Creo que voy a ver esa ópera—dijo Santiago—. Por cierto hoy he leído que en nuestro país está aumentado la lectura de libros, la afición por la música, por el arte…
—No te extrañe con la mierda de programas de televisión que emiten—dijo Juan, añadiendo—: Groucho Marx decía “encuentro la televisión enriquecedora. Cada vez que alguien enciende la televisión me voy a otra habitación a leer un libro.
—Habrá que ponerle remedio. Un país culto será la mayor pesadilla del estado y los partidos políticos. Ellos viven gracias a la incultura de la sociedad—sugirió Pascual—. No sé si habéis visto una serie de televisión que se llamaba Ciudad K. Narra la vida en una ciudad formada por gente muy culta e inteligente. Allí no existía la política y el pobre cura no tenía un triste feligrés, salvo una mujer que se dedicaba a cuestionarle todos los escritos de la biblia. Las conversaciones de las mujeres en la peluquería eran verdaderamente hilariantes.
—¿Es aquella serie en la que los hombres que acudían al puticlub pagaban a las “chicas” en función del tema de conversación?.
—Exacto. Kant, Nietzsche, Descartes, Sócrates, Hegel… cada uno tenía un precio, en base a la teoría a desarrollar por la “chica” contratada. Entonces se enfrascaban ambos en una conversación surrealista—rio Santiago, recordando la serie.
—Bueno, chicos. Yo me voy. A comprar libros, por cierto—Inés se levantó riendo—.No sea que prohiban los libros—puso cara de estar angustiada y dijo con voz de desesperada—, tengo que comprar muchos libros.
Todos rieron, mientras se ponían de pie y se despedían.