Robots

1.Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

2.Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.

3.Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

(Normas básicas inculcadas en todos los robots)

Isaac Asimov (2 de enero de 1920 – 6 de abril de 1992), fue un escritor de obras de ciencia ficción y divulgación científica.

 
La foto del rostro de una chica negra en Nigeria. Destaca por su belleza: unos enormes ojos oscuros, una sonrisa franca en la que muestra unos blancos y hermosos dientes. Toda ella refleja felicidad. La persona que enseña la foto explica:
– En el momento de tomar la foto, esta chica tenía una hemorragia interna. No teníamos medios para salvarla y una hora después estaba muerta.

En un país árabe unas mujeres son atadas y enterradas hasta la cintura. Les ponen encima una tela blanca que les tapa desde la cabeza hasta la mitad del cuerpo, la parte que sobresale del agujero. Luego, la muchedumbre empieza a apedrearlas. A medida que las piedras hacen impacto, la tela blanca se llena de manchas rojas de sangre, que se van extendiendo hasta que aquella tela queda totalmente roja.

En un país europeo un hombre está en un bar, tomando un vaso de vino en una de las mesas de la terraza. Se acerca un chico de unos veinte años. Se para delante de su mesa. Lo mira y sin apartar su mirada, saca algo de la parte de atrás de su pantalón. Es una pistola. Apunta al hombre a la cabeza y dispara cinco veces, tomándose su tiempo para apuntar cada vez. Cuando el hombre está en el suelo, se acerca, le pone la pistola en la nuca y dispara la sexta bala. Luego, el chico se aleja tranquilamente sin que nadie haga nada para detenerlo.

Una oficina, en la que trabajan diez personas. Una de ellas, una mujer, no ha pegado ojo en toda la noche. Todos en la oficina la ignoran, ya que el jefe la desprecia y de vez en cuando sale de su despacho para machacarla con sus broncas, buscando herir su amor propio. Deliberadamente grita delante de sus compañeros, para hacerle más daño a ella. Los compañeros bajan la cabeza y simulan estar trabajando durante el chaparrón. Saben que son testigos de una injusticia pero piensan que si no fuera ella la víctima, les tocaría serlo a cualquiera de ellos.
Cuando el jefe regresa a su despacho, los compañeros actúan como si no hubiera pasado nada.
Y eso lo hacen mientras oyen llorar a su compañera.

Un hombre mira por la ventana, medio oculto por la cortina. Es el alcalde del pueblo y en el tiempo que lleva en la alcaldía, ha pasado de ser un electricista a convertirse en el mas rico del pueblo. Le han ayudado a serlo los trapicheos que ha ido haciendo. Recalificaciones, prevaricación, ha hecho prácticamente de todo para conseguirlo. Y ahora observa la actuación de la policía para sacar de su casa al que fue uno de sus mejores amigos, desauciado por no poder pagar la hipoteca de su casa. Medio pueblo se ha congregado allí. Están todos callados y solamente se oyen los llantos de los hijos de su amigo desauciado, incluso a través de la ventana del alcalde.
El alcalde regresa a su mesa, pensando que aquello no va con él, aunque sabe que por la noche tendrá que beberse un par de copas para poder dormir.

Tal vez deberíamos plantearnos empezar a utilizar nosotros mismos, aquellas leyes que Isaac Asimov creó para los robots.

El Mago

—Yo ya tengo once discos de cuentos —dijo un chico pequeño—, que puedo escuchar cuantas veces quiero. Antes me contaba cuentos mi papá, por la noche, cuando volvía de trabajar. Eso sí que era bonito. Pero ahora no está nunca. O está cansado y no tiene ganas.
—¿Y tu mamá? —preguntó María.
—También está fuera todo el día.

Momo – Michael Ende

Le llamaban “el Mago” y sin embargo no lo era. Debía este sobrenombre, a la cantidad de personas que había curado.
Porqué se dedicaba a curar. Sin embargo no llevaba, como todos los médicos, un maletín con estetoscopio, tensiómetro y demás intrumentos para diagnosticar enfermedades.
Sus pacientes no presentaban, generalmente, dolencias físicas.
Atendía a domicilio y por lo general, no era el propio paciente quien solicitaba su ayuda profesional. Solía ser su familia la que detectaba la enfermedad.

El paciente de “el Mago” era aquella persona que había sucumbido al mundo de las prisas, el trabajo, el poder, la carrera por el dinero. Gente incapaz de apreciar una puesta de sol, de contar un cuento a sus hijos, de perderse en la profundidad de la mirada de su esposa, viendo solamente rutina cada vez que regresaba a casa.
Dejaba de dedicar su tiempo a los seres queridos por preferir utilizarlo en “cosas útiles” y “necesarias”. Con los años se iba rodeando de una capa de insensibilidad que le alejaba de quienes no pensaban como él.
En último extremo, el enfermo o enferma acababa con un infarto, una depresión o con un grave alcoholismo.
Hijos que se sentían abandonados, esposas o esposos, que tenían a su lado el espectro de la persona a quien amaban, eran los que requerían los servicios de “el Mago”.

Recuerdo que tenía yo unos doce años. Conocí a “el Mago” el día que fui a visitar a unos compañeros del colegio.
Habían sido ellos quienes reclamaron la presencia de aquel hombre y, a poco rato de estar jugando, él llegó a la casa.

Vestía un traje de lana bajo el abrigo azul y llevaba un estuche en su mano izquierda. Su cara estaba oculta por una barba totalmente blanca, tan blanca como su cabello e incluso sus cejas. Pero lo que resaltaba más en aquel rostro eran sus ojos, que parecían capaces de penetrarle a uno y descubrir sus mas íntimos secretos.

Mis amigos, tras colgar su abrigo en la entrada, condujeron a “el Mago” a la salita, en la que estaba el padre, leyendo el periódico. “El Mago” les indicó salieran del cuarto, pero que estuvieran atentos a su llamada.

Al lado de la puerta solamente podíamos escuchar el murmullo de una conversación que no tardó en languidecer. Luego empezó a oírse un violín. Los primeros minutos, el violín tocó una pieza llena de estridencias que me pareció una jaula de grillos rabiosos. Cuando “el Mago” terminó la pieza, empezó a tocarla de nuevo. Pero esta vez, muchas estridencias habían desaparecido e incluso podía entreverse una melodía. Tocó la misma pieza durante casi una hora, pero cada vez que volvía a atacarla, iba sustituyendo las estridencias por armónicos. La melodía fue revelándose con cada vez, mayor firmeza. Era bellísima y nos sobrecogió a todos.

Al acabar, “el Mago” llamó a mis amigos y les hizo entrar. Yo me quedé fuera, viéndolos entrar en la habitación, con lágrimas en los ojos.
El padre seguía en su sillón pero ya no leía el periódico. Estaba llorando. Sus lágrimas arrasaban su cara y tenía temblores provocados por el llanto.
Mis amigos abrazaron a su padre y entonces “el Mago” volvió a ponerse el violín sobre el hombro y volvió a interpretar la pieza. Pero esta vez lo hizo con mayor lentitud, alargando las notas y también los silencios.
Los primeros compases me cautivaron por su belleza inusitada. Noté como mis ojos volvían a llenarse de lágrimas y no pude retener el llanto. Aquello era lo mas bello, lo mas hermoso que había oído nunca. Su lirismo, su magia, se habían adueñado de mi alma y me pareció no estar ya en aquella casa. Me sentía como transportado a un mundo en el que no había otra cosa que belleza, bondad, amor.

Cuando se acabó la melodía, “el Mago” guardó su instrumento en el estuche, se dirigió a la puerta de entrada y se puso el abrigo. Luego sacó una caja de un bolsillo y la dejó sobre la mesa. Después, abrió la puerta y se marchó.

Miré hacia la sala y vi que padre e hijos seguían abrazados. Me sequé los ojos y fui a la entrada. Miré la caja, sobre la mesa. Era de madera, con una cuerda en la parte de abajo. Era una caja de música. La abrí y volvió a sonar aquella música que había interpretado el mago. La cerré.

Luego me marché. En aquellos momentos estaba de más en aquella casa.