Pascual, el psicólogo

«¡Si no muriese! ¡Si me perdonaran la vida! ¡Qué eternidad! ¡Y toda
mía! Entonces cada minuto sería para mí como una existencia entera, no
perdería uno sólo y vigilaría cada instante para no malgastarlo»

Feodor Dostoyevsky – El Idiota

Al llegar a casa se alegró de que no hubiera nadie.
Fue a la salita y se sentó en su sillón. Sentía una angustia que apenas podía reprimir.
Por un momento recordó lo que le había dicho el médico.
Cáncer, metástasis…
– Siendo optimista – añadió el doctor – le quedan dos meses de vida.

No recordaba ni tan siquiera cómo se había despedido del médico.
Salió del consultorio y se dirigió a la calle con la mente vacía. No fue a la parada del autobús. Quería andar. Miró a la gente con la que se cruzaba. Le pareció sentir sus inquietudes, sus proyectos, sus miedos, sus alegrías, sus ilusiones, en sus miradas. A pesar de estar en el centro de una ciudad muy ruidosa podía oir los pasos de las otras personas sobre la acera, unos ágiles, otros lentos, unos suaves, otros pesados…

Luego levantó la vista y vio los árboles. Sus hojas tenían una riqueza de colores de la que nunca se había percatado. Desde el amarillo, pasando por el naranja y terminando en marrón, las hojas tenían un sinfín de tonos intermedios.
Dejó que su mirada se perdiera entre aquellos colores y, sin apenas darse cuenta, llegó a casa.
Ahora, sentado en el sofá, continuaba con la mente vacía. Por primera vez en su vida se había detenido el flujo de sus pensamientos.

Se levantó y fue al armario de los discos. Sacó un CD y lo puso en su equipo de música.
Tras pulsar el botón de play volvió al sofá y le empezaron a llegar los primeros compases del segundo concierto para piano de Ratchmaninov.
La música lo envolvió de inmediato. Se sintio en el centro de la orquesta y notó como todos y cada uno de los instrumentos sonaban individualmente pero también, como el conjunto de todos ellos tenía una sonoridad especial, única. El piano empezó a sonar acompañado por la orquesta y se sintió transportado al mundo de los sentimientos, de las emociones.

Compases apasionados eran sucedidos por otros muy líricos, alternando los primeros con los segundos repetidamente, pero haciendo cada vez más incapié en el lirismo. Pasión, fuerza, amor, tensión, dulzura, angustia…

Cuando su esposa llegó a casa se lo encontró allí, en el sofá, con los ojos rojos, llenos de lágrimas.
Le tomó la mano y él sintió, tal vez por primera vez desde hacía años, la calidez de su piel, su suavidad, su aroma.
Se levantó y la siguió de la mano hasta la habitación.

Los siguientes días estuvo con su esposa, casi sin hablar, pero más cerca de ella de lo que nunca habían estado.
Visitó a sus dos hijos ya independizados y éstos se conmovieron con la humanidad de su padre, sin entender demasiado lo que le estaba sucediendo.
También visitó a sus amigos y éstos se sorprendieron cuando le oyeron decir lo mucho que los quería.

Cada mañana iba al mercado a comprar. No compraba mucho, pero disfrutaba en silencio viendo el colorido de las paradas, el vaivén de la gente, los gritos de los vendedores…
Le gustaba probar aquello que compraba y disfrutaba como si fuera la primera vez que se llevaba a la boca aquel melocotón, aquella pera. La fruta era más sabrosa que nunca y sus papilas notaban los sabores con más intensidad que nunca.

Se acostumbró a ir a la playa con su esposa al atardecer, a ver ponerse el sol. Le gustaba sentir en su piel el calor de los últimos rayos del día.
También fueron a la montaña a pasear por los bosques en los que el otoño era patente. Los árboles estaban repletos de hojas con distintos colores, todos ellos cálidos y era una verdadera delicia pasear por aquellos caminos alfombrados de hojas caídas.

Habló mucho con su esposa. Rompió con ella, aquella rutina de tópicos que con los años se había interpuesto entre los dos, volviéndole a abrir su corazón y haciéndola partícipe de sus sentimientos más íntimos.

Descubrió que seguía amándola y lamentó no haber estado más cerca de ella durante tantos años de simple convivencia.
Se entregaron el uno al otro todos y cada uno de los días que les quedaban para estar juntos.

Un día, cuando se cumplían los dos meses desde la visita al médico, al regresar a casa, su esposa le estaba esperando en la puerta de entrada. Abrazándole, le dijo:

– Acaba de llamar el médico. Quería hablar contigo, pero no estabas.
– ¿Si?. ¿Qué quería?.
– Quería decirte que hubo un error en los análisis que te hicieron. El laboratorio se equivocó de paciente y tu análisis es negativo. ¡No tienes cáncer! – le dijo ella, abrazándole de nuevo.
– ¿Cómo?. ¿Equivocado?.
– Si, querido. El médico te quería pedir perdón por el error.
– ¿Perdón?. Te aseguro que he vivido más en estos dos meses que en toda mi vida.

Llegó a una oficina en que se leía, en una placa al lado de la puerta: “Gabinete psicológico. tratamientos especiales”. Entró.
– Buenos días Sra. El doctor Pascual está esperándola. Pase, pase.
Entró en el despacho. Tras la mesa el doctor, con una bata blanca, se levantó y le estrechó la mano. Luego hizo un ademán para que se sentara.

– Por lo que parece, ha sido todo un éxito el tratamiento.
– Si. Se me hizo duro al principio, pero fue hermoso. Y sigue funcionando.

– Ya sabe, señora, tal como estaba su marido no podíamos hacer otra cosa que el tratamiento de choque. Aquel amago de infarto que tuvo seis meses atrás, era un aviso. Estaba estresado, dormía poco y vivía únicamente para el trabajo. La alternativa era la muerte, en pocos meses. Ahora es una persona diferente. Ha relativizado su trabajo, duerme, hace al amor, disfruta del paseo, de una conversación, de la comida y ahora sabe que no ha de dar a los problemas más importancia de la que merecen. Ha aprendido a vivir. Mi enhorabuena.

– Muchas gracias por todo, doctor. Gracias a usted vuelvo a tener marido y lo que es mejor, ahora estoy segura de que vivirá muchos años.

Agua cara siempre es mala

Aquella tarde llegué al bar de Santiago, relajado y tranquilo tras una jornada de trabajo tranquila. Mi jefe estaba de viaje y estaba temporalmente tranquilo de sus maquinaciones.

– Hola Santiago. Me tomaría una de esas tapas de tortilla que tan bien te salen. Y unos pulpitos a la gallega, si me ayudas con ellos.
– No hay problema. Esta tarde está el bar muy tranquilo. Además quería hablarte de una persona, por cierto, asiduo visitante del bar.
Cortó un buen trozo de tortilla, lo sirvió en un plato, me pasó una barra de pan y un cuchillo, para que lo cortara y se metió en la cocina. Tras cortar unos cuantos trozos de pan, llevé el plato de tortilla a una mesa, luego el pan, me serví una caña, la puse sobre la mesa y me senté a esperar a Santiago.
Llegó de la cocina con el plato de madera en el que estaba el pulpo, rodeado de patatas hervidas.
Se sentó, tras haberse servido un vaso de agua del grifo y empezamos a comer.
La verdad es que ambos estábamos muy hambrientos, ya que nos costó arrancar a hablar.

Empecé yo.
– Bueno, Santiago. Cuéntame quien es ese cliente de quien me querías hablar.

– Tu sabes que soy una persona a quien me gustan todas las acciones que pretenden cambiar en algo nuestra sociedad. Este hombre, Ricardo, es una persona como cualquier otra. Vive en las afueras de la ciudad, en un piso de una comunidad en la que todos los vecinos son jóvenes como él.
Me contó que durante los primeros años fue conociendo a sus vecinos y, descubrió con agrado que la mayoría eran también vecinos comprometidos con la sociedad. Descubrió que, al igual que él, sus vecinos no estaban de acuerdo con muchas cosas que hoy en día se dan como normales.

– Navegando por Internet, Ricardo descubrió un informe acerca del agua en el mundo y se maravilló con lo que descubrió. Nueve países se reparten el sesenta por ciento del agua dulce mundial. Europa consume el setenta por ciento del agua del mundo. Esta situación está agravada por el hecho de que muchas empresas están convirtiendo un derecho social en un bien económico.

– Afortunadamente hay países que empiezan a actuar en contra de ello. Uruguay es uno de esos países. En su constitución se reconoce el agua como un bien necesario para todos los ciudadanos.
La cuestión es que Ricardo lo habló con sus vecinos y se pusieron de acuerdo en dejar de comprar agua embotellada. Por ello pusieron una descalcificadora en la comunidad y notaron de inmediato sus ventajas. Luego todos los vecinos compraron depuradoras por ósmosis para cada una de las viviendas.

– Acabaron así con la molesta compra y posterior carga de packs de botellas de agua embotellada. Ahora disfrutan de agua que sabe a agua y no pagan el 1100 de más que cargan las embotelladoras por distribuir agua embotellada.

– En muchos casos, el 25 por ciento, más ó menos, el agua que venden embotellada no es más que agua depurada – como hacen los vecinos de Ricardo – a la que han añadido minerales, simplemente. Cuando se trata de agua de manantial, su extracción en muchas ocasiones, excede la velocidad de regeneración del agua en el subsuelo. Cerca de aquí, en las montañas, la población de la zona, está viendo como dos empresas están vaciando el agua de su subsuelo, a una velocidad tal, que en pocos años, quedará desecada toda la comarca.

– Es sorprendente – dije.

– Hay aún más. Los envases son de PVC que es tóxico, cuando se fabrica y se consume. Produce dioxinas, que son cancerígenas. Además el PVC tarda 1000 años en degradarse, a no ser que se incinere, lo cual suelta a la atmósfera gases contaminantes.

– Resumiendo, el agua embotellada del primer mundo es una estafa en muchos casos. El marketing ha logrado convencer a la sociedad de que el agua embotellada es sana.

– Por suerte ya hay acciones para corregir eso. El Ayuntamiento de París, para disuadir del uso del agua embotellada, creó la campaña Eau de Paris. Con una botella de lujoso diseño, pero vacía, recordaba a la gente que el agua del grifo es igual de buena que la Evian o Perrier, las más consumidas en París. Otra empresa hace campaña contra las botellas de agua. Neau es una botella que se vende vacía para que la llenes de agua del grifo. Es una campaña de una fundación holandesa que tiene un doble objetivo: concienciar sobre el uso del agua del grifo y recaudar fondos para abastecimiento de agua potable en el Tercer Mundo.

– Ya ves que sigue habiendo gente que se va concienciando para evitar caer en la trampa del consumismo. Porqué incluso el agua embotellada no es otra cosa que consumismo. Por eso admiro a Ricardo y a los compañeros de su comunidad por haber dado este paso.
Por cierto, ¿quieres tomar algo más?.
– Creo que me tomaré un café y un poco de agua. Mejor del grifo, claro.

– Yo también voy a dar un paso, como Ricardo – me dijo Santiago -, la semana que viene me pondrán un depurador de agua por ósmosis. Cuando un cliente me pida agua le pondré agua depurada y, además gratis. He de aportar mi grano de arena a la sociedad.