Ernesto se enfada (primera parte)

Al entrar en el despacho miré distraídamente toda la ostentación de la que hacía gala, mientras pensaba que esa era la primera vez que estaba realmente tranquilo frente al director. Hasta entonces nunca me había sentido demasiado sosegado en su presencia, quizás debido a la importancia del cargo y al derroche de lujo de su despacho.

Desde la puerta hasta la mesa del gran hombre había casi cincuenta metros que recorrer. Miré la mesa, allá a lo lejos y vi que el director general de la gran industria farmacéutica me hacía un gesto con el brazo para que me acercara. Su otro brazo sostenía el auricular del teléfono con el que estaba hablando.
A medida que me acercaba me iban llegando fragmentos de su conversación.

– … Desde luego que si… No, claro… ¿quien demonios es ese tío?… ¿y no hay forma de pararle los pies a ese tal Pamies?… No me digas eso, que para algo te estoy pagando. ¿Quién crees que te puso en el cargo?. ¿Piensas que te puse ahí para que ahora me digas que no puedes hacer nada?. Ese cabrón está regalando esa maldita planta a quien se la pide… ¿No tenía abiertos un par de expedientes sancionadores?. Pues métele un par de multas millonarias y acaba con él… ¿Qué?. ¿Slow Food?. ¿Es de la organización?… ¡El tío no es tonto!, por lo que veo.

Llegué por fin a la mesa y sin esperar la invitación, me senté frente a él. El director me miró con cara de contrariedad y sigió hablando:
– El asunto de la “Stevia» hay que solucionarlo y lo antes posible. Si corre la voz, nuestras ventas caerán en picado. ¿Que tienes presión social?. Como no actúes te voy a hacer sentir en tu propia carne lo que es verdadera presión… Oye. Vamos a hacer una cosa. Deja que indague sobre ese Pamies y te digo lo que has de hacer. ¿Vale?. Muy bien. Adiós.

Colgó el auricular y, sin mirarme, lo volvió a descolgar.
– Maria. Quiero en media hora un informe sobre un tal Josep Pamies, miembro de Slow food y de algo así como «som lo que sembrem«…

Volvió a colgar el teléfono y entonces me vio.
– Oh. Perdona Ernesto. Tenemos una crisis y de las gordas. Hay un cabrón que anda cultivando y repartiendo stevia por todo el mundo.
– Imagino que es una planta – le dije -. ¿Una droga?.
– No. Ojalá lo fuera. Se trata de una planta que tiene propiedades curativas para la diabetes.
– Fantástico, entonces.

– ¿Fantástico? – gritó enfurecido -. Esa puta planta puede dejarnos a todos sin trabajo. Si la gente empieza a utilizarla, se nos acaba el negocio de la diabetes. Hasta ahora teníamos a millones de personas que iban viviendo y regulando su enfermedad a base de nuestras pastillas. Si resulta que esa planta hace lo mismo que nuestros medicamentos, estamos hundidos. Lo peor es que los políticos, que al fin y al cabo pagamos nosotros, no se atreven a atajar la situación, por temor a la reacción popular…

Sonó el intercomunicador.
– ¿Si?.
– Ya tenemos el informe. Hace ya unos meses que vamos siguiéndole la pista a ese tal Pamies.
– ¡Tráigalo!.

Casi al momento se abrió la puerta y la secretaria cruzó con largas zancadas la habitación, hasta llegar a la mesa. El director cogió la carpeta que ella le dio y le hizo ademán de que se fuera.

Una vez salió la secretaria, el director abrió la carpeta y empezó a ojearla.
– Menudo el pajarraco… En contra de las multinacionales farmaceuticas, en contra de los transgénicos… Nos acusa de crear medicamentos paliativos y no curativos…
– Lo cual es básicamente cierto… – añadí.

– También está en contra de las patentes de los medicamentos, de las normas de etiquetado de los productos
– No me extraña – dije -. Que nosotros podamos hablar de las propiedades del Omega 3 en nuestros productos lácteos y que no se pueda decir lo mismo en una lata de sardinas que es de donde se extrae, clama al cielo.

– ¿De parte de quién estás, Ernesto? – el director dejó el expediente sobre la mesa y me miró enfurecido.

– Mientras fui un pobre imbécil que desconocía los manejos de esta empresa, estuve a favor de ella. Pero han pasado cosas. No puedo creer que lo único importante para vosotros sea el dinero. Pamies tiene razón cuando dice que nos interesa más crear medicamentos que mejoren a los enfermos que curarlos del todo. Así nos aseguramos unos ingresos constantes. Tampoco veo con buenos ojos la táctica de crear nuevos medicamentos prácticamente idénticos a otros, para prolongar las patentes. Tampoco entiendo que corrompáis a los políticos para que impidan el uso de plantas capaces de curar lo que nuestros medicamentos no son capaces. No puedo creer tampoco que haya en esta empresa gente tan corrupta que permita el uso de ingredientes que se ha demostrado son cancerígenos, a base de corromper organismos de sanidad y hacerles modificar informes – callé un momento y añadí -. ¿Sabes?. Hace un mes regresé de Africa.

– Ah, si. Fuiste a un safari fotográfico, ¿no?. ¿Cómo te fue?.
– Aprendí mucho. Descubrí que ya no estamos enviando medicamentos contra la malaria a aquel país. Hay millones de enfermos de esta enfermedad y nada para curarlos.
– Si. Lo dejamos, por no ser rentable.

Me puse de pie.
– Mi esposa cayó enferma de malaria. Y no pude hacer nada por ella. No fui capaz de encontrar ni un puñetero medicamento para salvarla. Murió al cabo de una semana.

Saqué la pistola del bolsillo y apunté a su pecho. No dijo nada. Me miraba como quien no cree lo que está viendo.
Disparé y volví a disparar…
Vacié el cargador.
Luego oí un ruido en la ventana y sentí un pinchazo en el cuello.
Después, oscuridad.

Paco y el spam

Santiago se dio cuenta inmediatamente de que Paco no estaba de buen humor.

Su saludo fue algo así como un bufido, al entrar en el bar.
Tras secarse las manos con una toalla, le sirvió una caña y siguió sacando los vasos del lavaplatos para ponerlos en las estanterías.

Paco le observaba trabajar, dando algún que otro trago a su vaso de cerveza.
– Sospecho que hoy no ha sido un buen día, para ti – le dijo Santiago.
– Sospechas bien. ¿Se me nota?.
– Hombre… Si tenemos en cuenta que eres una persona que habla por los codos, tu visita de hoy no se ajusta al estándar que se espera de ti- contestó Santiago -. Aunque también el hecho de que estés de mala leche sirve para revalorizar mi bar,

– ¿Revalorizar el bar?.
– Claro. Los bares tienen muchas más funciones que las de dar de comer y beber. También sirven como lugar de encuentro de personas… No sabes la cantidad de empresas que se han gestado aquí, ni de matrimonios que se han formado aquí… Y separaciones, robos, algún asesinato… Incluso aquí se gestó un poker amañado para desplumar a un proxeneta mafioso, ¿recuerdas?.
– Si, claro…

En aquel momento entraba Don Mariano y Santiago lo saludó con la mano. Este se acercó a la barra y saludó a Paco. Luego se sentó en un taburete, al lado de sus amigos. Santiago le puso una cerveza y siguió hablando:
– Creo recordar también que fue en este bar que se organizó una boda de conveniencia. Un español y una Argentina. Por cierto, Paco, ¿cómo está Sonia?.
– Tan guapa como siempre. Te aseguro que desde que estamos casados mi vida ha cambiado – contestó y tras pensarlo, añadió – . Y para bien.
– ¡Que mujer tan encantadora es Sonia! – dijo Don Mariano.

– Y aquí llegamos a otra función de los bares – añadió Santiago -. La función de conseguir que los seres humanos no lleguen a casa de mala leche. En este bar la gente llega cabreada con el trabajo, harta de las tonterías que hace, escucha y tiene que tragarse todo el día. Harta de reuniones estúpidas, de vocablos sin sentido que pertenecen a la «cultura de empresa», aunque más bien diría «incultura de empresa». Si no existieran los bares, ¿qué pasaría?. Simplemente que un montón de gente se llevaría su mal humor, su desánimo, su indignación a casa. Y pagarían el mal rollo los familiares. Habría más separaciones, en consecuencia e incluso los hijos tendrían problemas con los estudios al tener que tragarse la mala leche de sus padres. ¿Te das cuenta, Paco?.

– Ahora te entiendo, Santiago – dijo Paco, riendo- Eso explica la razón de que en nuestro país haya tantos bares y tan pocos psicólogos.
– Veo que se te ha pasado la mala leche – dijo Santiago – . Creo que ha llegado el momento de que nos cuentes lo que te ha pasado hoy.

– Lo de hoy ha sido la gota que ha colmado el vaso. Simplemente , estoy harto de encontrarme cada día en mi buzón tropecientos anuncios de supermercados, de abogados, de compradores y vendedores de pisos, de gestores de multas de tráfico, de compañías unificadoras de deudas… Al subir al coche, invariablemente encuentro anuncios en mi parabrisas. Recibo unos diez mensajes publicitarios en mi móvil al día. En la oficina hemos tardado años en reducir el spam en el correo y aún así encuentro cinco mensajes diarios. Incluso estamos recibiendo publicidad en el fax del despacho.

– ¿Y la gota que colma el vaso?.
– La gota que colma el vaso, es la propia empresa. Ahora que hemos conseguido reducir el spam que nos llega al correo, la misma empresa se dedica a enviar spam a todos sus empleados, contando las excelencias del trabajo bien hecho, de sus proyectos de futuro, de lo importantes que son sus logros y de la gran importancia que le dan al factor humano. Lo cual no deja de ser paradójico, ya que es evidente que si quisieran hacernos sentir orgullosos de trabajar en la empresa, no necesitarían hacerse publicidad. Mejorarían nuestras condiciones. Y no me refiero al salario… No es de recibo que en mi departamento siga reinando la cultura del miedo, porqué la empresa permite que mi jefe, un psicópata, haga de las suyas.

– Lo que han de hacer – continuó – es ganarse la buena fama en base a actuaciones y no a publicidad triunfalista falsa.
– Sospecho que la persona que sustituyó a Nuria en la Multinacional, no tenía los mismos principios que su predecesora – dijo Santiago -. Siempre hay alguien que hace los trabajos sucios.

– Todo es denunciable – dijo Don Mariano -. Puedes denunciar el spam que llega a tu móvil, a tu correo e incluso el que envía tu empresa. Para eso está la Agencia de Protección de Datos. Sin embargo, en relación a tu empresa, poco podrás hacer. Ellos dirán que se trata de «información» que te hace llegar, para tenerte informado. En realidad se trata de un abuso de autoridad para con sus trabajadores, ya que consideran que, al darte un empleo, pasas a ser «propiedad» de la empresa y te has de tragar el spam propio que ellos te envían. Conste que puedes denunciarlos e incluso ganar el pleito. Pero dudo puedas conservar tu empleo para conseguirlo.
– Quizás el comité de empresa… – dijo Santiago.
– El comité de empresa es fiel a su nombre: es el comité «de» la empresa – repuso Paco -. Hacen lo que ésta les dice.

Terminó la cerveza y continuó:
– Hace unos días recibimos una encuesta sobre la ética de la empresa. Al rellenarla te iba contando la posición de la Multinacional para cada tema particular. Y, sin embargo, a nadie de los que la cumplimentaron se le ocurrió pensar que si eran consecuentes con su «ética de empresa», no tenía sentido alguno que participaran en la Olimpiada de Pekin.
– El eterno dilema de la política y el deporte – dijo Don Mariano.

– No. No hablo de política. La política admite el debate. Los derechos humanos no. Y nadie, ni países ni empresas, ha faltado a la Olimpiada. La verdadera ética solamente ve dinero.