Paco y el spam

Santiago se dio cuenta inmediatamente de que Paco no estaba de buen humor.

Su saludo fue algo así como un bufido, al entrar en el bar.
Tras secarse las manos con una toalla, le sirvió una caña y siguió sacando los vasos del lavaplatos para ponerlos en las estanterías.

Paco le observaba trabajar, dando algún que otro trago a su vaso de cerveza.
– Sospecho que hoy no ha sido un buen día, para ti – le dijo Santiago.
– Sospechas bien. ¿Se me nota?.
– Hombre… Si tenemos en cuenta que eres una persona que habla por los codos, tu visita de hoy no se ajusta al estándar que se espera de ti- contestó Santiago -. Aunque también el hecho de que estés de mala leche sirve para revalorizar mi bar,

– ¿Revalorizar el bar?.
– Claro. Los bares tienen muchas más funciones que las de dar de comer y beber. También sirven como lugar de encuentro de personas… No sabes la cantidad de empresas que se han gestado aquí, ni de matrimonios que se han formado aquí… Y separaciones, robos, algún asesinato… Incluso aquí se gestó un poker amañado para desplumar a un proxeneta mafioso, ¿recuerdas?.
– Si, claro…

En aquel momento entraba Don Mariano y Santiago lo saludó con la mano. Este se acercó a la barra y saludó a Paco. Luego se sentó en un taburete, al lado de sus amigos. Santiago le puso una cerveza y siguió hablando:
– Creo recordar también que fue en este bar que se organizó una boda de conveniencia. Un español y una Argentina. Por cierto, Paco, ¿cómo está Sonia?.
– Tan guapa como siempre. Te aseguro que desde que estamos casados mi vida ha cambiado – contestó y tras pensarlo, añadió – . Y para bien.
– ¡Que mujer tan encantadora es Sonia! – dijo Don Mariano.

– Y aquí llegamos a otra función de los bares – añadió Santiago -. La función de conseguir que los seres humanos no lleguen a casa de mala leche. En este bar la gente llega cabreada con el trabajo, harta de las tonterías que hace, escucha y tiene que tragarse todo el día. Harta de reuniones estúpidas, de vocablos sin sentido que pertenecen a la «cultura de empresa», aunque más bien diría «incultura de empresa». Si no existieran los bares, ¿qué pasaría?. Simplemente que un montón de gente se llevaría su mal humor, su desánimo, su indignación a casa. Y pagarían el mal rollo los familiares. Habría más separaciones, en consecuencia e incluso los hijos tendrían problemas con los estudios al tener que tragarse la mala leche de sus padres. ¿Te das cuenta, Paco?.

– Ahora te entiendo, Santiago – dijo Paco, riendo- Eso explica la razón de que en nuestro país haya tantos bares y tan pocos psicólogos.
– Veo que se te ha pasado la mala leche – dijo Santiago – . Creo que ha llegado el momento de que nos cuentes lo que te ha pasado hoy.

– Lo de hoy ha sido la gota que ha colmado el vaso. Simplemente , estoy harto de encontrarme cada día en mi buzón tropecientos anuncios de supermercados, de abogados, de compradores y vendedores de pisos, de gestores de multas de tráfico, de compañías unificadoras de deudas… Al subir al coche, invariablemente encuentro anuncios en mi parabrisas. Recibo unos diez mensajes publicitarios en mi móvil al día. En la oficina hemos tardado años en reducir el spam en el correo y aún así encuentro cinco mensajes diarios. Incluso estamos recibiendo publicidad en el fax del despacho.

– ¿Y la gota que colma el vaso?.
– La gota que colma el vaso, es la propia empresa. Ahora que hemos conseguido reducir el spam que nos llega al correo, la misma empresa se dedica a enviar spam a todos sus empleados, contando las excelencias del trabajo bien hecho, de sus proyectos de futuro, de lo importantes que son sus logros y de la gran importancia que le dan al factor humano. Lo cual no deja de ser paradójico, ya que es evidente que si quisieran hacernos sentir orgullosos de trabajar en la empresa, no necesitarían hacerse publicidad. Mejorarían nuestras condiciones. Y no me refiero al salario… No es de recibo que en mi departamento siga reinando la cultura del miedo, porqué la empresa permite que mi jefe, un psicópata, haga de las suyas.

– Lo que han de hacer – continuó – es ganarse la buena fama en base a actuaciones y no a publicidad triunfalista falsa.
– Sospecho que la persona que sustituyó a Nuria en la Multinacional, no tenía los mismos principios que su predecesora – dijo Santiago -. Siempre hay alguien que hace los trabajos sucios.

– Todo es denunciable – dijo Don Mariano -. Puedes denunciar el spam que llega a tu móvil, a tu correo e incluso el que envía tu empresa. Para eso está la Agencia de Protección de Datos. Sin embargo, en relación a tu empresa, poco podrás hacer. Ellos dirán que se trata de «información» que te hace llegar, para tenerte informado. En realidad se trata de un abuso de autoridad para con sus trabajadores, ya que consideran que, al darte un empleo, pasas a ser «propiedad» de la empresa y te has de tragar el spam propio que ellos te envían. Conste que puedes denunciarlos e incluso ganar el pleito. Pero dudo puedas conservar tu empleo para conseguirlo.
– Quizás el comité de empresa… – dijo Santiago.
– El comité de empresa es fiel a su nombre: es el comité «de» la empresa – repuso Paco -. Hacen lo que ésta les dice.

Terminó la cerveza y continuó:
– Hace unos días recibimos una encuesta sobre la ética de la empresa. Al rellenarla te iba contando la posición de la Multinacional para cada tema particular. Y, sin embargo, a nadie de los que la cumplimentaron se le ocurrió pensar que si eran consecuentes con su «ética de empresa», no tenía sentido alguno que participaran en la Olimpiada de Pekin.
– El eterno dilema de la política y el deporte – dijo Don Mariano.

– No. No hablo de política. La política admite el debate. Los derechos humanos no. Y nadie, ni países ni empresas, ha faltado a la Olimpiada. La verdadera ética solamente ve dinero.

Buscando en el desván

Muchas veces ciertos recuerdos pasados, nos quedan ocultos en algún recóndito lugar de nuestro cerebro, debido a un trauma sufrido.

Nuestros recuerdos pasan a un desván, cualquiera de los miles de desvanes que tenemos en nuestra memoria y no es fácil acceder a aquella página que quedó allí archivada.

Lo peor de todo es que, asociados al trauma, al dolor, se esconden también en el desván, recuerdos hermosos que no merecerían pasar al olvido.

Cuando salió del despacho de Bárbara, estaba algo desconcertado.
La semana anterior había muerto un buen amigo de la infancia, Pepo, a quien hacía muchos años que no veía. Se enteró unos días más tarde.
La verdad es que aún no había asimilado demasiado aquella pérdida.
Pertenecía al pasado y formaba parte de todo aquello que había intentado olvidar.

Pero aquel apellido, que había leído en un diploma en aquel despacho no dejaba de darle vueltas a la cabeza.
No se trataba de un apellido habitual y por ello estaba desconcertado. No podía haber mucha gente con aquel apellido.
Y él había conocido a una persona que lo tenía.

Empezó a recordar cómo había conocido aquel apellido.
Fue cuando tenía unos diecisiete años.

Pepo le había llamado por teléfono. Tenían una semana de vacaciones por delante y le preguntó si quería ir a esquiar.

– No tengo ropa de esquí – le contestó.
– No te preocupes. Ven a casa y verás como te encontramos algo.

Tras pedir permiso a su madre, fue a casa de su amigo y, tal como éste había predicho, en media hora estaba equipado para ir a esquiar.
– Iremos con mi hermana y su novio – le dijo Pepo.

Era el novio, por cierto, quien tenía aquel apellido tan original.
Fue una semana mágica. Los cuatro pudieron disfrutar de unos días inolvidables.

Era sorprendente que aquel apellido estuviera asociado al novio de la hermana de su amigo, muerto la semana anterior, sobre todo cuando habían pasado tantos años desde entonces.

Al día siguiente volvió al despacho de Bárbara.

– Tu segundo apellido me resulta muy familiar, Bárbara – le dijo -. Hace un montón de años fui a esquiar con un amigo mío, su hermana y el novio de ella. El novio tenía este apellido. La hermana se llama Rosa.

– Se trata de mis tíos Hugo y Rosa. Él es notario.
– Y ella estudiaba medicina. ¿Terminó la carrera?. ¿Tienen hijos?.
– Si. Pero no ha ejercido. Tienen tres hijos.
– Fantástico. No sabes cuanto me alegro.
– Bueno. Ella tuvo un problema. La tuvieron que internar de urgencias. Tuvo una embolia cerebral. Estuvo dos meses y medio en coma. Un buen día despertó y empezó a recuperarse. Le tuvieron que operar de un ojo, ya que le habían quedado secuelas de la embolia. Pero se está restableciendo muy bien. Ahora está con su marido en París, en algo así como una segunda luna de miel.
– Menos mal. Pobre. Rosa es una persona maravillosa, como lo era su hermano Pepo – la miró a los ojos -. ¿Lo sabe?.
– Si. Lo sabe.

Cuando salió de despacho de Bárbara sintió la necesidad de estar solo. Desgraciadamente no consiguió estar consigo mismo hasta que no llegó a casa, por la noche.
Se preparó la cena y decidió acompañarla con una buena botella de vino. El mejor que tenía.
Luego puso un lied de Mahler y empezó a cenar, dejando que sus pensamientos fluyeran libremente.

Poco a poco empezó a recordar aquella época de su vida, su adolescencia.
Volvió a oir los gritos de su padre, el miedo que sentía entonces, cuando los oía; el ambiente denso que casi podía tocarse; el miedo en los rostros de sus hermanos; la rabia que sentía en aquellas situaciones; la violencia a la que asistía cada día; el terror a que llegara el fin de semana…
¡Que dura había sido aquella época de su vida!.
Menudo infierno fue la separación de sus padres.

Entonces se acordó de Pepo, su amigo. De las tardes y más tardes en las que jugaban al millón en la máquina de un bar, en las muchas películas que habían compartido yendo al cine, de las miles de partidas de ping pong que habían jugado en casa de Pepo. Siempre ganaba Pepo, pero nunca le había importado perder.
Y sobre todo, recordó, aquellas tardes en las que iban al cuarto de Rosa a estudiar. Aquella habitación era como un santuario. Se sentaban los tres alrededor de la mesa, desplegaban los libros, ponían música y empezaban a estudiar. Allí no existía el tiempo, ni los problemas. El carácter de ambos hermanos te lo hacía olvidar todo.
Estudiar, lo que se dice estudiar no estudiaban mucho, ya que cualquier excusa servía de pretexto para empezar una conversación.
Allí no regía el cerebro. Solamente actuaba el corazón. Había una verdadera distensión. No existían temas tabú. Se hablaba de todo. No había rencor, ni rabia, ni miedo – sobre todo miedo – ni tristeza.
Fueron años, lo que duró aquello.
Y un buen día aquello se terminó, tras aquella semana de esquí cargada de magia.
Al empezar la universidad nuestro amigo fue enviado a otra ciudad y se perdió el contacto.

Y ahora, varias décadas después, una persona terminó su cena, tras acceder a un desván que tenía olvidado.
Luego, se puso a llorar.