Misterio en la fábrica

Tenía trabajo. En época de crisis, tenerlo, es todo un lujo. En realidad no acababa de entender la razón por la que tenían que contratar a un detective para una tontería así. Al parecer no cuadraban las cuentas de la empresa que llevaba el vending de una fábrica de la multinacional.

En esa fábrica había seis máquinas. Un par en el almacén, dos en las oficinas y dos en la zona de entrada a la fábrica.
No tuve más que mirar los registros de las máquinas para comprobar cual era la que quizás no funcionaba bien. Estaba situada en el almacén que daba a los muelles de carga de los camiones.
Comprobando las existencias iniciales y deduciendo las ventas hechas durante el día, nunca cuadraban las existencias finales.

Durante un fin de semana, cuando la fábrica estaba cerrada, fuimos el técnico y yo a comprobar el funcionamiento del monedero de la máquina. En todos los casos funcionó correctamente y eso que lo intentamos todo para conseguir que se equivocara con el cobro o que suministrara el producto gratis.

A pesar de estar cargada de barritas de chocolate, patatas fritas, frutos secos y palitos de pan, no nos dio una triste bolsa sin cobrar el precio indicado.
Intentamos simular la entrada de las monedas a base de enviar a la máquina impulsos eléctricos. No nos hizo ni caso. Tal vez años atrás, hubiera funcionado el truco, pero con el tiempo todos los errores que daban pie a la picaresca, habían sido corregidos con los sucesivos modelos que fueron saliendo y aquella máquina era de un modelo muy reciente.

Al final del domingo seguíamos sin tener la menor idea de cómo podían extraer los productos sin pagarlos y menos aún sobre quién era el que lo hacía.

La semana siguiente no pude dedicarme a seguir investigando por tener otro caso entre manos. Un cliente me contrató para que echara de su piso a unos okupas que se habían colado, cambiado cerraduras y vivían allí desde hacía una semana. No era asunto fácil.

Visité el piso y hablé con los okupantes. Me dejaron muy claro que querían dinero a cambio de abandonar el piso. De otra forma me auguraban años de juicios hasta que el juez los echara.
Estaba claro que aquella gente no pertenecía a ninguno de los grupos habituales dedicados a la okupación. No se movían por razones políticas ni tampoco por la necesidad de una vivienda. Su única razón era económica.
Durante días estuve espiando a aquella gente. Por un momento pensé que en alguna ocasión abandonarían todos a la vez aquel piso, momento que yo aprovecharía para entrar con un cerrajero y el propietario y así solucionar el problema.

El tiempo y la observación me demostraron que aquella gente siempre dejaba a alguien dentro. Imposible llevar a cabo mi plan.

Cuando me llamaron desde la fábrica me dijeron que había habido novedades.
Me bastó un vistazo para descubrir el truco que se había utilizado para sacar productos de la máquina del almacén.
Esperé a que fuera de noche y esperé al carretillero que hacía el turno nocturno.

Lo llamé y nos encerramos en un despacho.
– Bueno – le dije -. Creo que al fin he descubierto quién es el que desvalija la máquina de productos del almacén.
– No sospechará de mi, ¿verdad?.
– No. No sospecho. Tengo la certeza de que fue usted – le contesté yo.
– ¿Cómo? – se le encendieron todos los colores.
– No es difícil deducir cómo lo hizo. Con la carretilla usted empujaba la máquina y la tumbaba en el suelo en el que había puesto una manta para evitar quedaran huellas. Una vez la máquina en el suelo, las bolsas de productos salían de su sitio y usted podía cogerlas sin problema. Luego volvía a poner la máquina de pie con ayuda de la carretilla…
– ¿Cómo lo ha podido descubrir?.
– Me dedico a eso. Lo único que me queda por hacer es comunicarlo a la empresa.
– ¡No!. ¡No lo haga!. Estoy pluriempleado y aún así no cobro lo suficiente para mantener a mi familia. Durante el día soy bombero y por la noche vengo aquí, a trabajar por cuatro euros.
– ¿Así que es bombero?. Quizás podamos llegar a un acuerdo.
Cuando nos despedimos le dije riendo:
– Ah. Por cierto. Ponga bien la máquina. La dejó boca abajo.

Aquella noche hubo un incendio. Las bombas de humo que puse en el patio interior de la casa en la que vivían los okupas cumplieron su cometido a la hora prefijada.
No tardó en aparecer un camión de bomberos.
Los bomberos desalojaron la casa y entraron en la misma para apagar el fuego. Tras dos horas de trabajo, el humo se disipó y el jefe de bomberos dio permiso a los vecinos para regresar a los respectivos pisos.

De todos los vecinos, solamente los okupas no pudieron regresar al piso. Se encontraron todas sus pertenencias en la entrada. Cuando llegaron al piso descubrieron que la cerradura de la puerta de entrada al piso había sido cambiada y ya no tenían acceso.
Tras dos semanas de vigilancia, el propietario pintó, amuebló el piso y ahora vive en él.

No hay constancia en el parque de bomberos de una salida la noche del incendio.
El carretillero nocturno y bombero durante el día, sigue trabajando en el almacén. Fiel a la promesa que me hizo, ya no come productos de la máquina.
Lleva un bocadillo.
Yo he tenido que confesar mi fracaso para descubrir la causa de la desaparición de productos en la máquina vending.

Los detectives fracasamos algunas veces.

Aquí hacemos el trabajo bien hecho

Últimamente han aparecido en determinados aseos de la multinacional, unos avisos que algún gracioso ha puesto: «aquí hacemos el trabajo bien hecho».

Cuando Paco llevaba ya tres cuartos de hora esperando a que su mujer se decidiera por uno de los doce ó trece pares de zapatos que se estaba probando en la zapatería, decidió salir y dirigirse al bar de Santiago, que estaba cerca.

– Buenos días Paco – le dijo Santiago al verlo entrar -. ¿Un cafetito?.
– Si, por favor, Santiago. Acabo de descubrir que el amor hacia mi esposa tiene su mejor demostración cuando la acompaño a comprar ropa. En la zapatería, cuando las dependientas la han visto entrar, se han puesto a temblar, pensando en el par de horas siguientes que iban a tener por delante.
– ¿Cómo van las cosas, Paco? – preguntó Santiago mientras servía el café -. ¿El trabajo bien?.

– Bueno. Divertido. La multinacional sigue intentando educarnos con sus filosofías baratas. Nunca entenderé como pueden creerse con derecho a machacarnos con sus maravillosas ideas. «Involúcrate», «planifica tus reuniones», que por cierto no deja de sorprenderme, ya que la asistencia a las reuniones no la decido yo. Son mis jefes los que lo hacen. En fin. No es otra cosa que basura ideológica. ¿Cuando entenderán que nos pagan por hacer un trabajo y que eso no les da derecho a hacernos asistir a cursos sobre las ocurrencias de algún gurú o a machacarnos con un sinfín de emails repletos de lemas estúpidos?. Por si fuera poco, todos los pasillos tienen también posters con más lemas estúpidos. Algún imbécil quiere convertir la empresa en una especie de iglesia intentando enseñarnos cómo hemos de portarnos.

– Bueno, Paco. Ya será menos.
– ¿Menos?. A otro idiota ó quizás al mismo, se le ha ocurrido que hemos de presentar unos objetivos a cumplir a lo largo del año. Evidentemente, mi único objetivo es ganar más dinero. Pues mira por dónde que ese es el único objetivo que no podemos poner. Hemos de ceñirnos a estupideces como «mejorar el trato con nuestros compañeros», «aportar ideas en las reuniones»…

– Quizás quieren ser consecuentes y mejorar la empresa – dijo Santiago.
– Te voy a contar una cosa. ¿Has leído algo por Internet sobre la multinacional?.
– No.
– Pues se ha montado un buen revuelo con una red social.
– ¿Si?. ¿Qué ha pasado?.

– Te cuento. Resulta que Greenpeace ha descubierto que la multinacional está comprando un aceite barato para uno de sus productos. Se trata de aceite de palma, que se compra en Indonesia. Resulta que para extraer este aceite, el proveedor de allí está talando a destajo bosques de palmeras en los cuales habita el orangután, que está quedándose sin habitat para vivir, lo cual significa su extinción…

– ¿Y tu empresa lo sabía?.
– Se supone que tienen un código de conducta empresarial y han de aplicarlo no únicamente con sus empleados. También a los proveedores y clientes. Greenpeace lo descubrió y la multinacional no le hizo ni caso cuando protestaron por ello. Luego hicieron un vídeo que publicaron en el Youtube. Ese anuncio fue visto por miles de personas que se indignaron con la actitud de la empresa.

– Reacionarían, supongo.
– Y tanto. Lo primero fue un comunicado diciendo que iban a cambiar de proveedor. Pero llegaba tarde. Estuvieron jugando con lo prohibido confiando en que no los iban a pillar. Tuvo que ser Greenpeace quien descubriera el pastel. Eso ya demuestra mala fé.
– Es verdad. Pero por lo menos han reaccionado…

– La historia tenía que haberse terminado aquí – continuó Paco -. Pero aún hay más. Resulta que en su día, cuando surgieron las redes sociales, la multinacional decidió apuntarse a una de ellas, en Facebook. El tiempo ha demostrado que fue ese un grave error. Para que una empresa esté en una red social, no ha de tener trapos sucios. Y ahí la cagaron. A raíz del vídeo de Greenpeace, los internautas han encontrado el lugar en el cual descargar su ira y lo están haciendo.

– Alucinante.
– Y aún hay más. Alguien puso en Facebook una foto del producto en cuestión, arreglada para que, en lugar de poner la marca original pusiera la palabra «Killer». La multinacional amenazó con eliminar las entradas con la foto retocada, por vulnerar la propiedad intelectual. Y eso ayudó a empeorar el ambiente y a extenderse la foto retocada.
– Increible – dijo Santiago -. El noble arte de hacer las cosas de la peor manera posible.
– Si – dijo Paco dejando una moneda en la barra -. Y lo que es peor. Se creen con derecho a darnos lecciones a los empleados.