Aquí hacemos el trabajo bien hecho

Últimamente han aparecido en determinados aseos de la multinacional, unos avisos que algún gracioso ha puesto: “aquí hacemos el trabajo bien hecho”.

Cuando Paco llevaba ya tres cuartos de hora esperando a que su mujer se decidiera por uno de los doce ó trece pares de zapatos que se estaba probando en la zapatería, decidió salir y dirigirse al bar de Santiago, que estaba cerca.

– Buenos días Paco – le dijo Santiago al verlo entrar -. ¿Un cafetito?.
– Si, por favor, Santiago. Acabo de descubrir que el amor hacia mi esposa tiene su mejor demostración cuando la acompaño a comprar ropa. En la zapatería, cuando las dependientas la han visto entrar, se han puesto a temblar, pensando en el par de horas siguientes que iban a tener por delante.
– ¿Cómo van las cosas, Paco? – preguntó Santiago mientras servía el café -. ¿El trabajo bien?.

– Bueno. Divertido. La multinacional sigue intentando educarnos con sus filosofías baratas. Nunca entenderé como pueden creerse con derecho a machacarnos con sus maravillosas ideas. “Involúcrate”, “planifica tus reuniones”, que por cierto no deja de sorprenderme, ya que la asistencia a las reuniones no la decido yo. Son mis jefes los que lo hacen. En fin. No es otra cosa que basura ideológica. ¿Cuando entenderán que nos pagan por hacer un trabajo y que eso no les da derecho a hacernos asistir a cursos sobre las ocurrencias de algún gurú o a machacarnos con un sinfín de emails repletos de lemas estúpidos?. Por si fuera poco, todos los pasillos tienen también posters con más lemas estúpidos. Algún imbécil quiere convertir la empresa en una especie de iglesia intentando enseñarnos cómo hemos de portarnos.

– Bueno, Paco. Ya será menos.
– ¿Menos?. A otro idiota ó quizás al mismo, se le ha ocurrido que hemos de presentar unos objetivos a cumplir a lo largo del año. Evidentemente, mi único objetivo es ganar más dinero. Pues mira por dónde que ese es el único objetivo que no podemos poner. Hemos de ceñirnos a estupideces como “mejorar el trato con nuestros compañeros”, “aportar ideas en las reuniones”…

– Quizás quieren ser consecuentes y mejorar la empresa – dijo Santiago.
– Te voy a contar una cosa. ¿Has leído algo por Internet sobre la multinacional?.
– No.
– Pues se ha montado un buen revuelo con una red social.
– ¿Si?. ¿Qué ha pasado?.

– Te cuento. Resulta que Greenpeace ha descubierto que la multinacional está comprando un aceite barato para uno de sus productos. Se trata de aceite de palma, que se compra en Indonesia. Resulta que para extraer este aceite, el proveedor de allí está talando a destajo bosques de palmeras en los cuales habita el orangután, que está quedándose sin habitat para vivir, lo cual significa su extinción…

– ¿Y tu empresa lo sabía?.
– Se supone que tienen un código de conducta empresarial y han de aplicarlo no únicamente con sus empleados. También a los proveedores y clientes. Greenpeace lo descubrió y la multinacional no le hizo ni caso cuando protestaron por ello. Luego hicieron un vídeo que publicaron en el Youtube. Ese anuncio fue visto por miles de personas que se indignaron con la actitud de la empresa.

– Reacionarían, supongo.
– Y tanto. Lo primero fue un comunicado diciendo que iban a cambiar de proveedor. Pero llegaba tarde. Estuvieron jugando con lo prohibido confiando en que no los iban a pillar. Tuvo que ser Greenpeace quien descubriera el pastel. Eso ya demuestra mala fé.
– Es verdad. Pero por lo menos han reaccionado…

– La historia tenía que haberse terminado aquí – continuó Paco -. Pero aún hay más. Resulta que en su día, cuando surgieron las redes sociales, la multinacional decidió apuntarse a una de ellas, en Facebook. El tiempo ha demostrado que fue ese un grave error. Para que una empresa esté en una red social, no ha de tener trapos sucios. Y ahí la cagaron. A raíz del vídeo de Greenpeace, los internautas han encontrado el lugar en el cual descargar su ira y lo están haciendo.

– Alucinante.
– Y aún hay más. Alguien puso en Facebook una foto del producto en cuestión, arreglada para que, en lugar de poner la marca original pusiera la palabra “Killer”. La multinacional amenazó con eliminar las entradas con la foto retocada, por vulnerar la propiedad intelectual. Y eso ayudó a empeorar el ambiente y a extenderse la foto retocada.
– Increible – dijo Santiago -. El noble arte de hacer las cosas de la peor manera posible.
– Si – dijo Paco dejando una moneda en la barra -. Y lo que es peor. Se creen con derecho a darnos lecciones a los empleados.

La fuerza de Internet

La mesa del consejo estaba abarrotada, cuando entró el Presidente.

Todas las voces callaron cuando se sentó en la presidencia de la larga mesa.

– Amigos, tengo que daros noticias – les dijo -. Es por ello que he convocado esta reunión urgente.
Cerró los ojos y no los abrió hasta que todos los murmullos se acallaron completamente.

– Nuestro director general actual ha estado haciendo unos cuantos cambios, allá abajo. En realidad él no quería llevarlos a cabo, pero la opinión pública se le estaba echando encima. Estaba perdiendo clientes a mansalva y la empresa empezaba a hacer aguas.

– Pero… ¿Qué ha pasado para que se estén perdiendo tantos clientes? – preguntó Inocencio.

– Creo que el movimiento de protesta comenzó en Internet. Un usuario de Facebook tuvo la peregrina idea de proponer la creación de un código de conducta para nuestra multinacional – dijo el Presidente -. Al principio no obtuvo demasiado eco, pero otro usuario la puso en Digg y empezó a correr la voz. En pocos días había varios millones de clientes exigiendo el código.

– Nunca nos hemos doblegado a la voluntad de nuestros clientes – gritó Gregorio -. Si yo fuera el director hace tiempo que hubiera acallado estas voces…
– Pero ya no lo eres, Gregorio – dijo el Presidente, mirándolo con dureza -. En su día ya lo hicistes. Todavía recuerdo la afluencia de gente que tuvimos gracias a tu gestión.

Gregorio abrió la boca pero el gesto de la mano del Presidente, le hizo volver a cerrarla.

– Continúo – dijo el Presidente -. La cuestión es que en menos de un mes había tantos millones de clientes exigiendo el código, que nuestro director no tuvo más remedio que reunirse con los delegados para hallar solución al problema. Además, los clientes, habían dado un ultimátum. Si no se cumplían las exigencias, iban a pasarse a la competencia, ó lo que es peor, iban a dejar de comprar nuestro producto.

– Pero – dijo Pío -, ya tenemos un código de conducta…
– Si. Lo tenemos. Pero nunca se ha cumplido. Recuerdo que lo tuve que escribir un par de veces. Y era muy claro, por cierto. Lo que siempre me ha sorprendido es que nunca se haya cumplido. Y es sorprendente, ya que nuestra empresa hubiera tenido que dar ejemplo en lugar de convertirse en el principal tergiversador de nuestro código – miró a los asistentes con enfado -. Ninguno de los aquí presentes puede negar que incumplió el código.

– Pero necesitábamos el poder, para captar clientes – dijo Gregorio -. Con nuestra gestión extendimos el negocio a todos los confines del mundo.
– Pero el fin no justifica los medios, colegas. Y en este momento, nuestro director general está tomando medidas para que se cumpla nuestro código. A partir de ahora no se perdonará omisión alguna. Toda la empresa ha de acatar el escrito que entregué en su día a Moisés.

– Estoy totalmente de acuerdo – dijo Inocencio .- Hay que tomar un nuevo giro, como lo demandan los tiempos actuales.
Varias voces se adhirieron a la propuesta.

– Pues así será – dijo el Presidente. Luego esbozó una sonrisa maliciosa -. Por cierto, no os lo he dicho. Se van a aplicar las nuevas directrices en el día de hoy… – soltó una carcajada -. ¡Con carácter retroactivo!.
– ¿Cómo? – dijeron todos.
– Pues tal como lo digo, colegas. Van a revisar la historia de la empresa y van a aplicar las directrices, excomulgando a todo aquel que haya incumplido cualquier punto del código de conducta.

– ¡Lo impugnaremos! – gritó la muchedumbre, puesta en pie.
– Lo siento, pero no puede haber impugnación posible.
– Pero los estatutos… – dijo Pío Nono.
– Precisamente no eres tú, Pío, la persona más indicada para hablar de estatutos – dijo el Presidente -. Recordarás que cuando eras el director ejecutivo, se te ocurrió proponer en el llamado Concilio Vaticano Primero la “infabilidad” del Director, ó Papa, como lo llamais en la Tierra. Te recuerdo que ganasteis la votación con sólo dos votos en contra. Por ello nadie de este Consejo tiene autoridad para revocar las decisiones del Director…

Muchas miradas de odio se concentraron en Pío Nono.
Luego, apareció una nube negra que envolvió la sala.

Cuando se despejó, solamente quedaba el Presidente, a quien llaman en la Tierra, Dios.