Carlos, el auditor

– ¿Cómo ha ido la inspección de la tienda, Carlos? – preguntó el jefe del departamento de auditoría de la multinacional, al nuevo auditor.

– Bien. Parece ser que el escrito anónimo era bastante cierto. Los dos encargados se llevaron un montón de género, dándolo de baja por defectuoso ó por extraviado.

– Es un buen punto para ti, que acabas de entrar en la empresa. ¿Ya has redactado el informe? – preguntó su jefe.
– Si. Aquí está – le contestó Carlos, entregándole una carpeta de plástico -. Por cierto, ¿se sabe quién fue el que escribió la carta denunciando a los encargados de la tienda?.
– Me han dicho que se trata de un chico externo que trabajaba con los encargados y fue despedido, pero no sé la razón – dijo el jefe, leyendo por encima las hojas del informe.
– Yo tengo una idea. Parece ser que había más problemas.

– ¿Problemas?.
– Bueno. Más irregularidades. En lo que respecta a la tienda no he encontrado ninguna deficiencia mas, pero he comprobé las horas del personal y no me cuadraban con el tiempo de presencia.
– ¿Qué quieres decir?.
– Resulta que el personal de mantenimiento externo no estaba en la empresa el número de horas facturado. Preguntando a unos y a otros me he ido enterando de cosas. Al parecer el señor Serra, el jefe del departamento los envía en horas de trabajo a su casa, para que le hagan tareas particulares. Arreglar una cañería, una persiana, cambiar la moqueta, pintar paredes…

– ¡Que tío más cabrón!. No es espabilado ni nada el pájaro. ¿Se ha llevado material de la empresa?.
– No. Al parecer, solamente utiliza la mano de obra.
– ¿Has puesto todo eso en el informe, Carlos?.
– Claro.

– Pues vete a tu mesa y elimina todo lo relativo al señor Serra.
– ¿Cómo?.
– Haz lo que te digo. ¿Quieres seguir trabajando en la multinacional?.
– Si, pero como auditor he de reflejar todo aquello que pueda ocasionar gastos no justificados y el señor Serra está abusando de su posición y eso cuesta dinero a la empresa.
– Haz lo que te digo, Carlos. Arregla este informe.

– Pasa, Carlos – dijo Ramona, la jefa de personal -. Siéntate.
Cuando Carlos se sentó, Ramona le preguntó:
– ¿Por qué quieres irte de la empresa?.
– Porqué no entiendo esa doble moral que tenéis aquí. Por un lado despedís a dos trabajadores por robar género y cuando se trata de un jefe quien lo hace, miráis hacia otro lado.

– ¿Te refieres al señor Serra?.
– Si, claro.
– Mira, Carlos. Serra es un tío que tiene muy buenos amigos. La empresa le está muy agradecida, sobre todo por haber dedicado los últimos años a despedir gente, para externalizar los diferentes trabajos. Se trata de un tío sin escrúpulos, que no tiene la menor piedad a la hora de echar a alguien. Quizás sea algo psicópata. Yo lo creo. Sin embargo su director lo tiene en gran estima, porqué sigue al pie de la letra las políticas de la empresa en época de crisis. Si echo a este cabrón – que no puedo, me falta poder – la siguiente sería yo.

– Eso no es justo, Ramona.
– ¿Justo, Carlos?. Eres un pimpollo. Acabas de salir del cascarón y piensas que la justicia existe. Las cosas no son blancas ó negras. Existe un sinfín de tonos intermedios. Con los años te darás cuenta de ello. Ya ves. Tengo rango de directora y no puedo despedir a ese tío – Ramona golpeó en la mesa con el puño -. Pero puedo hacer algo…

Descolgó el teléfono y marcó una extensión.
– ¿Serra?. Hola. Tengo aquí en el despacho alguien de auditoría que se marcha de la empresa por tu culpa… ¿qué por qué?. Pues mira. Resulta que ha descubierto que te nutres del personal de aquí para hacer arreglitos en casa… No. No machaques a los que se han ido de la boca. Casi sería preferible que subvencionaras tu mismo y en su totalidad, las obras que haces en casa… Vale. Espero que la renuncia de este chico sirva de algo. Adiós.

Lanzó un suspiro profundo y miró a Carlos.
– Eso es todo lo que podía conseguir. Ya no creo que Serra lo haga más. Siento que nos dejes, Carlos. En esta casa no veas la de irregularidades que podrías descubrir. Hace años trabajó aquí un abogado que iba anotando todo lo que hacía, día a día. Él ya está jubilado y conserva las anotaciones. No las quiere publicar y eso que tienen sustancia. Lo jodido será el día que muera, si a su hijo le da por sacar a la luz las anotaciones de su padre… – se levantó y Carlos hizo lo mismo.

Se dieron la mano.
– Mucha suerte, Carlos. No sé si llegarás muy lejos. Eres consecuente y eso no funciona en esta época.
– Gracias Ramona. Ha sido un placer conocerte.

El pueblo se expresa

Cuando entró en el bar se acallaron todas las conversaciones.

Se acercó a la barra y se sentó en una de las sillas altas.
– Por favor, un café – pidió al camarero, que no cesaba de mirarlo.
Uno de los clientes se encaró al camarero.
– ¿No hay aquí un cartel de «reservado el derecho de admisión»?. Si le sirves el café, me perderás como cliente.
– Y a mi también.
– Y a mi – sonaron varias voces.
El camarero no sabía que hacer.
Anticipándose a la situación, el hombre se levantó de la silla, fue hacia la puerta y salió haciendo un leve ademán de despedida.

Cuando llegó a la estación de metro, bajó por las escaleras, notando que cada escalón le provocaba mayor temor. Su corazón estaba bombeando a un ritmo frenético, cuando llegó a las taquillas. Se dirigió a una de las máquinas expendedoras de billetes, notando como se iban multiplicando las miradas de la gente en su persona.
– Papá, ¿no es ese…? – oyó decir a un niño.
– Si, hijo. Es ese cabrón.

Sacó el billete, recogió el cambio y pasó por el torno, mientras se iba concentrando gente que empezó a insultarle.
Cuando llegó al andén se sentía como un apestado. Todas las miradas convergían en su rostro.
Sacó del bolsillo su móvil y se lo puso en la oreja, fingiendo que hablaba con alguien.

Al fin llegó el tren. Se dirigió a una puerta y esperó a que bajaran los que salían del vagón. Luego subió, y fue a sentarse en un asiento vacío.
Cuando arrancó el tren todos los pasajeros del vagón estaban mirándole. Poco a poco empezaron a oirse insultos que fueron aumentando en intensidad.

– Tierra, trágame – pensó.

Fué un chico melenudo el primero que le escupió en la cara.
Luego fueron acercándose más personas que le escupieron también.
Cuando el hombre llegó a su destino tenía en su traje y en su cara, las huellas de un montón de escupinajos e incluso fragmentos de huevos y tomates que le habían tirado.

Cuando subió las escaleras del congreso de los diputados, aparecieron como por arte de magia un centenar de periodistas. Sacaron miles de fotos mientras le preguntaban:
– Presidente. ¿Le ha tratado bien el pueblo?. ¿Tiene alguna declaración que hacer?.
– He constatado que, en general, la gente me quiere, aunque una minoría me ha dejado ver que no estaba de acuerdo con mi política – dijo el presidente.

– ¿Una minoría? – dijo alguien.
Un corro de carcajadas respondieron a aquella voz.

El presidente siguió su camino y entró en el congreso.
Al llegar a su despacho le esperaba el vicepresidente.
– ¿Qué?. ¿Cómo te ha ido?.
– ¿No lo ves?. Me han dejado hecho un asco. ¡La madre que parió a mi predecesor!. ¿A quien se le ocurre crear el «día del pueblo» y obligar así a que el gobierno vaya al parlamento sin coches, escolta y en transporte público?.

– A él le iba bien. El pueblo lo quería.
– Y a ti, ¿no te han hecho nada?. Tienes buen aspecto – dijo el presidente mientras se sacaba la chaqueta y después la camisa.

– Yo he venido pronto, para evitar la hora punta, pero he llegado en un estado más lamentable que tu. Ya me he cambiado. Incluso me he duchado. No veas como han llegado las ministras. Por cierto, la ministra de sanidad está ahora en tu ducha, sacándose las babas del pueblo.

El presidente se sacó los pantalones y fue corriendo hacia la puerta del baño.
– ¿A dónde vas, presi? – inquirió el vicepresidente.
– A aprovechar el tiempo. Hace años que le tengo ganas a esa tía.

Mientras el presidente se sacaba los calzoncillos y abría la puerta del baño oyó la voz del vicepresidente que le decía.

– No os retraseis demasiado. Hay votación en media hora. Y recuerda que luego has de regresar en metro a la Moncloa.