Robledo se emborracha

Menuda tajada la que llevaba Robledo después de la cena de empresa que la Inombrable había celebrado en una discoteca de la ciudad.

Fiel a su táctica de «una de cal y otra de arena», la multinacional se había gastado un buen pastón en organizar una celebración por todo lo alto. De esta forma compensaba los despidos que había llevado a cabo los últimos meses. El pretexto de la cena, era el mismo que utilizaba para echar a la gente: el cumplimiento de los objetivos. Cada año, todos los trabajadores de la empresa recibían por parte de sus superiores, una lista de cosas a mejorar. Teóricamente esos objetivos tenían que negociarse entre trabajador y jefe y además, tenían que ser mensurables, para verificar su cumplimiento, pero siempre se introducía algún concepto no mensurable, que hacía alusión a la actitud, al comportamiento del trabajador, lo que permitía a la empresa tener un argumento para poner en la calle a quien quisiera.

Robledo intentó llegar a la barra de la discoteca, arrastrando los pies. Una vez conseguido su objetivo, se subió a una banqueta, cerró los ojos y los abrió de inmediato cuando descubrió que aumentaba su sensación de mareo.

Interiormente se reprochó el exceso de bebida durante la cena. Se sintió como Bronchales, su inmediato superior, que bebía siempre en exceso durante las cenas de empresa, para vencer su timidez.

Robledo era jefe de departamento. Hacía ya casi veinte años que su empresa había sido comprada por la Inombrable y las cosas, desde entonces habían cambiado mucho. Recordaba aquellos tiempos en los que sus subalternos sentían ilusión por la empresa y se entregaban a fondo a su trabajo. Cuando la Inombrable tomó cartas en el asunto, lo primero que hizo fue poner un reloj de marcar en las oficinas y la gente, rebotada, dejó de hacer más horas que las que tocaban.

Cuando hicieron el traslado a las oficinas de la Inombrable, todo el personal fue repartido en los diferentes departamentos de la empresa y, la gran mayoría, degradados. Robledo mismo, dejó de ser jefe para convertirse en comodín, utilizado por cualquiera de sus nuevos jefes. Como buena persona que era, se dedicó a ayudar a los suyos, intentando infundirles una cierta ilusión por su trabajo. Pasaron los años y consiguió no únicamente sobrevivir, sino convertirse de nuevo, en jefe de un departamento.

– Hola. ¡Si es el abuelo Cebolleta!.
– ¿Cómo?. ¿Me has llamado abuelo Cebolleta?.
– Así es como te llaman tus pupilos.
– Ya les cantaré las cuarenta a esa pandilla de «cachondos».
– ¿Bailas?.
– Sólo si me sujetas para que no me caiga. No estoy muy estable. ¿Quíén eres? – preguntó Robledo -. Tu cara me es familiar. ¿Trabajas en la Inombrable?.
– Me llamo Laura y hace muchos años fuiste mi jefe. Siempre he guardado un buen recuerdo de ti. Eres una buena persona – le tomó la mano y lo llevó a la pista de baile donde, afortunadamente, sonaba un lento. Empezaron a bailar. Ella acercó su boca al oído de él.

– ¿Cómo te han ido estos años, Robledo? – preguntó.
– No demasiado bien. Esto va de mal en peor.
– ¿Cómo?. Si has llegado a ser jefe de nuevo.
– Un jefe que no manda. Que no está de acuerdo con las políticas de la dirección y que no puede decir nada. No sabes lo difícil que está siendo tener que participar en los despidos que están haciendo de gente que es muy buena, sin poder oponerme a ello.
– ¿Por qué no puedes decir nada?.
– Porqué perdería el empleo.
– Y, ¿qué más te da el empleo?. A tu edad ya podrías jubilarte. Has cambiado, Robledo. Noto en tu voz una gran dosis de amargura.

– ¿Cómo quieres que esté?. Me ha tocado hacer el papel de malo. Yo, que siempre he dado confianza a los demás. Yo, que siempre he creído en mis subalternos – sus ojos empezaron a brillar y una lágrima resbaló por su mejilla. Laura de soltó, le cogió la mano y le dijo con ternura:
– Ven. Te voy a llevar a casa.
Condujo ella, al principio en silencio. Luego él empezó a hablar:

– ¿Sabes?. Toda una vida de trabajo intentando sacar lo mejor de mis subalternos para acabar relegado a ésto. Recuerdo que, hace años me encontré a un excompañero que no paraba de decirme de que lo que más recordaba de mi era mi gran humanidad. Si me conociera ahora, seguro que ya no diría lo mismo. Lo peor es que no tengo más remedio que callarme. La política del director es que si no estás de acuerdo conmigo, estás contra mi.

– Te vuelvo a preguntar. ¿Por qué no dices lo que piensas y te largas de esa empresa?. Seguro que a estas alturas ya tendrás pagada la hipoteca…
– Voy a tener que hacerlo. Tengo grabada la imagen de la mirada de uno de los chicos que me tocó despedir. No consigo que se vaya y algunas veces me despierto viendo su cara. Esto no puede continuar.

Cuando ella dejó a Robledo, éste se alejó con paso vacilante. Laura se lo quedó mirando, sentada en el asiento del coche. Luego recordó al Robledo que conoció años atrás y en el que acababa de dejar en su casa. Silenciosamente, empezó a llorar.

Robledo no recordó nada al día siguiente. Nunca supo quien le había acompañado a casa. Y hoy sigue jugando al papel que le toca jugar en la empresa.

La conciliación de la vida familiar y profesional

– ¡Manolo!. ¡Ponte al teléfono!. ¡Es tu jefa!.

– Hola Felisa. ¿Cómo estás?.
– Bien, ¿y tu?.
– Bien, gracias.
– Mira Manolo. Este sábado tenemos trabajo urgente. Hemos de aplicar todos los parches pendientes a los servidores. ¿Cómo lo tienes para venir?.
– Uf. Me pillas en mal momento. Este sábado estoy muy liado. He de llevar a mi hijo a un partido, luego como en casa de los suegros y por la noche toca kiki a la parienta, tras una cena preparada por mi.
– Bueno. Pero lo de los servidores es mucho más urgente.
– También lo es la conciliación de la vida familiar y profesional, Felisa. Lo siento pero es imposible.
– Esta bien. Llamaré a Lucas.
– OK. Hasta el lunes.

Felisa colgó el teléfono y volvió a marcar. Odiaba aquellas situaciones. En realidad la culpa había sido suya por no leer aquel email que la había enviado la central, dos meses atrás. Y ahora todo eran prisas…
– ¿Lucas?. Hola. Soy Felisa y quería pedirte un favor…
– Si puedo hacerte el favor, lo haré, Felisa…
– Se trata de venir mañana a aplicar unos parches a los servidores…
– ¿Mañana?. ¡Imposible!. Tengo la agenda muy apretada…
– Pero Lucas. Si no tienes responsabilidades. Eres soltero.
– Deja que mire la agenda…

– Ya la he mirado yo y no tienes nada…
– Claro. Has mirado la del trabajo, pero también tengo una particular. A ver. Deja que mire… Mal. Lo tengo muy mal. Sábado, sábado, ¡aquí lo tengo!. Por la mañana empiezo un libro y ello requiere dedicación al completo. Luego he quedado con mi sobrina para ir a dar de comer a las palomas. Luego comida con una amiga y si se tercia, tarde de sexo, hasta la hora del partido. Después cena y discoteca…

– ¿Y el domingo?. ¿Cómo lo tienes?.
– Jodido, si ligo en la discoteca la noche anterior. Y si no ligo, iré a la salida en moto que ha programado la peña motorista. Tal vez a las siete de la tarde esté de vuelta y quizás podría… No. Espera. Tampoco es posible. He quedado con mi sobrino y unos amigos suyos para jugar a la canasta.
– Ya veo que no me puedes hacer el favor. En fin. Ya veré que hago. Adios.
– Lo siento. Hasta el lunes.

Felisa marcó otro número, el de su jefe Bronchales.

– Bronchales. Soy Felisa. No va a ser posible hacer lo de los servidores este fin de semana…
– ¿Cómo?. ¿Sabes lo que dirán en la central?.
– ¿Qué quieres que te diga?. No sé quien tuvo la genial idea de promover la “conciliación de la vida familiar y profesional” en esta empresa. Ahora nadie se apunta a trabajar fuera de horas. Y además todos salen a la hora de salida. Nadie hace ni media hora de más…
– Pues hay que tener hecho lo de los servidores para el lunes. Si es necesario lo haces tu misma.
– No puedo, Bronchales. Mañana me toca el polvo anual. Es el aniversario de boda y no voy a dejar pasar algo tan importante.
– Pues ve a trabajar el domingo.
– Imposible. Tu no sabes como me deja mi marido,tras esa noche. Normalmente no puedo ni andar hasta el final de la tarde. Además no tengo idea de como se aplican parches a los servidores. Piensa que soy jefa y estas cosas están fuera de mi ámbito…
– Éstas y muchas otras, por cierto. Bueno. Pues haz venir a un externo. Por lo menos los que vienen de empresas subcontratadas, no tienen políticas como las nuestras.
– Pero eso nos costará un huevo – Felisa empezaba a preocuparse.
– A la empresa no le costará nada, ya que te lo voy a descontar de tu sueldo.
– ¿A mi?.
– Claro que a ti, Felisa. Si hubieras actuado cuando recibiste aquel mail ahora no estaríamos hablando. Da recuerdos a tu marido y um, también la gran admiración que siento por él. Adiós.

Cuando colgó, Felisa estaba feliz. Había salvado su noche de aniversario. Solo por pensarlo, notó un cosquilleo agradable en la espalda. Luego descolgó el teléfono y llamó a la empresa de outsourcing.