Manage up

Sara, una chica, en la edad de querer comerse el mundo entró en la Inombrable y no tardó en darse cuenta de que allí podía aportar mucho y mejorar el trabajo en muchos aspectos. No se tenía que ser un lince para darse cuenta de que había mucho trabajo innecesario, repetitivo e incluso inexistente, cuando se trataba de aspectos importantes.

A pesar de las enormes ganas que tenía de comunicar a sus superiores aquellas deficiencias encontradas, optó por dejar pasar un tiempo prudencial. Sabía que, recién entrada en la empresa, lo inmediato tenía que ser tantear el ambiente de su alrededor.
Como su trabajo requería mucha relación con otros departamentos, poco a poco fue conociendo la casa y no llevaba ya un mes trabajando cuando descubrió con amargura que había entrado en el peor departamento de la empresa.

Aquello se asemejaba mucho a una fábrica de la revolución industrial y no a una oficina moderna, a pesar de que se celebraban frecuentes reuniones, en su mayoría convocadas por las causas más nimias. Allí acudían Sara y sus compañeros con caras de fatalidad, dispuestos a evitar les cayera un nuevo trabajo extra, ya que, para eso se organizaban las reuniones.
En esas reuniones participaban únicamente los jefes ya que el resto de los asistentes habían constatado que cualquier iniciativa para cambiar un procedimiento se iba a estrellar invariablemente con el muro de las «best practices», el eterno argumento utilizado por los jefes para mandar al traste cualquier propuesta, por buena que fuera.

Sara maldijo su mala suerte y esperó el tiempo necesario para poder agregar en el curriculum su presencia en la Inombrable y se marchó de la empresa.

Santiago sirvió una cerveza a Sara, sentada en la terraza del bar.
– ¿Cómo te va, Sara?. ¿Echas a faltar tu trabajo en la Inombrable? – le preguntó a la chica.
– En absoluto. Ahora estoy en una empresa seria y mi trabajo es valorado por mis superiores. Siempre es mejor tener un jefe de verdad a alguien que parecía más bien un capataz. Siempre me he preguntado cómo demonios hicieron jefes a aquellos tíos. Incultos, egocéntricos, gandules, que carecían de empatía y sin el menor rastro de respeto por los demás.

– Quizás te pueda dar la respuesta.
– ¿Tu, Santiago?.
– Yo no, pero Pascual si – señaló a un hombre sentado en una mesa próxima -. Pascual es psicólogo y conoce la Inombrable bastante bien. Ocasionalmente le contratan para algún trabajo y además tiene bastantes trabajadores de esa empresa como pacientes, ya que es una empresa líder en provocar desajustes en sus empleados. Espera. Voy a buscarlo.

Santiago volvió a la mesa de Sara con Pascual e hizo las presentaciones.
– Así que tu trabajaste en la Inombrable y te largaste… – dijo Pascual.
– Si. No me gustaba aquel ambiente opresivo.
– Sospecho que estuviste en el departamento de la Zagal, ya que el resto de departamentos, salvo el de Felisa, han ido humanizándose.
– Si. Estuve con esa tía y sus sicarios – dijo Sara -. Siempre me he preguntado como ese conjunto de incompetentes ha podido llegar ahí.

– Puedo contarte cosas, pero no puedo revelarte aquello que vaya en contra del secreto profesional entre médico y paciente.
– Adelante, cuenta, cuenta.
– Mira. Existe una nueva moda en el ámbito de la mal llamada «filosofía de empresa». Quizás hayas oído hablar de Manage up.
– Pues no.

– Se trata de una corriente que dice que en la empresa, el empleado ha de «ganarse» a su jefe, si quiere ascender. Unos cuantos gurús del mundo de la empresa han creado este eufemismo para lo que antes llamábamos «hacer la pelota». Incluso se han escrito libros al respecto y se imparten cursos sobre el arte de manipular a tu jefe.
– Increible. Vamos. Que ya no se trata de hacer bien el trabajo sinó de caerle bien a tu superior.

– Exacto. Claro que estas cosas encajan en ciertas empresas y en otras no. Todo depende de los implicados en Manage up. Si los jefes son vanidosos, los pelotas tendrán muchas opciones de triunfar. Se trata de encontrar los puntos débiles de tu superior y explotarlos para tu beneficio.
– Pero así, lo que prima no es el trabajo…
– Eso es lo malo. Cuando consiguen llegar a un lugar de poder, su departamento empieza a deteriorarse, más ó menos rápido, en función de la competencia de sus subordinados y el departamento se convierte en un grupo de gente quemada. Afortunadamente, en la Inombrable, poco a poco van ascendiendo buenos profesionales, salvo los departamentos como allí donde estuviste tu.

– ¿Cómo ascendió Zagal?.
– No puedo contártelo.
– No insisto, ya que, supongo, es secreto profesional.
– No. No es eso. Es que me gusta hablar de sexo.
– ¿Cómo?. Pero si esa mujer no vale nada…
– Pero tiene buena labia…

La vanidad es lo que mata la humanidad

Seis meses le había costado a la secretaria de La Inombrable conseguir reservar mesa en aquel restaurante de lujo, para el director general y su esposa.

Por eso le sorprendió la llamada de su jefe, a eso de las doce de la noche, desde el restaurante.
– Hola Mercedes.
– Buenas noches señor Bertrán. No me diga que no ha podido cenar en el restaurante. He llamado esta mañana para confirmar la reserva…
– No. Todo bien, Mercedes. Hemos podido cenar sin problemas. Una cena exquisita.
– Bien. Me alegro mucho…

– El único pero ha sido el café. He pedido un descafeinado y me han traído el de la competencia. ¿Cómo puede ser que no utilicen el nuestro, que es el mejor?.
– No lo sé, señor. Le trasladaré su pregunta al director comercial.
– Bien, Mercedes. Eso es todo. Buenas noches.

Mercedes colgó el teléfono indignada. Llamarle para eso y ni siquiera dignarse a darle las gracias por haber conseguido aquella reserva, que al común de los mortales les costaba dos años conseguir.
Luego envió un SMS al director comercial y se volvió a la cama sin pensar en la cadena de llamadas que había generado su mensaje.

Le costó toda la mañana del domingo conseguir entrevistarse con el dueño del restaurante. Desde primeras horas de la madrugada, estaba en pie. De nada le sirvió explicarle a su jefe de zona que ya había visitado el restaurante varias veces y que siempre se había encontrado con la negativa del dueño a comprar el café descafeinado de su empresa.
– Gómez, haga lo que sea necesario. Si es necesario le regala el producto.

El director del restaurante le estrechó la mano.
– Hombre, señor Gómez. Lo suyo es la constancia. ¿Cuántas veces ha venido a verme?. Ya casi le considero de la familia.
– No me hable, señor Espina. Menuda noche llevo…
– ¿Puedo ayudarle en algo, Gómez?.
– Mire. Resulta que anoche vino a cenar el director general y resulta que ustedes no tienen nuestro descafeinado.
– No siga. El tío lo comenta y todo el mundo a correr, ¿no?.
– Algo así.

– Lo siento pero no puedo comprarle su marca, por varias razones. La primera es que la marca que usamos le da cien vueltas a la suya en lo que sabor se refiere. Lo cual me permite usarlo también en mis postres, sin que sea posible distinguirlo del café normal. Además no tengo demasiado claro el papel de su empresa en la situación de Costa de Marfil y ante la duda, prefiero abstenerme de seguirles el juego.
– ¿Y si se lo regalo?.
– No lo quiero ni regalado.
– Pero podría tenerlo guardado para sacarlo cuando venga a cenar nuestro director…
– Si eso le ayuda a mantener el empleo, sea. Venga. Traiga ese café – Espina miró fijamente a Gómez -. Tiene usted mala cara. ¡Menudas ojeras!.
– No le extrañe. Llevo levantado desde la una de la madrugada.
– ¿Por esa estupidez del descafeinado?.
– Si.
– Vaya al coche y tráigame ese café. Le espero.

Al salir Gómez, el señor Espina llamó a su ayudante.
– Enrique. Prepara una mesa para el señor Gómez. Se va a quedar a comer. Monta una de las mesas que tenemos para imprevistos.

Cuando llegó Gómez, éste le entregó una caja con el descafeinado a Espina.
– No sabe cuanto le agradezco que se quede con esta caja, señor Espina.
– Nada. No se preocupe, que si viene algún capo de su empresa le pondré su café. Por cierto, le he preparado una mesa para que coma.
– Ni se le ocurra. Lo que cuesta un cubierto aquí, representa mi nómina de todo el mes.
– Por eso no se preocupe. Yo le invito…
– Pero…
– Nada. Venga conmigo.

Una vez en la cocina, Espino le dió a su ayudante la caja que le había entregado Gómez.

– Enrique. Pon esa caja en el armario de los «engreídos». Si seguimos así podremos montar un mercadillo con todos los productos que nos regalan. Y acuérdate de poner a La Inombrable en la lista negra, para que no se les acepte reservas en el futuro. Lo siento por Mercedes, la secretaria, que es muy maja, pero eso es algo que ellos se han ganado a pulso. Con esos directores de multinacionales y los políticos, no me sorprende que el mundo vaya como va. ¡Pandilla de vanidosos!.