La sentencia

– Pase por aquí, señorita – el guardia abrió una puerta y se hizo a un lado para que Susy, la detenida, entrara en la habitación. Luego le señaló una silla para que se sentara.

Cuando entró el funcionario del tribunal, el agente salió del recinto.
– Supongo ya sabrá que la sentencia no le ha sido favorable – dijo mientras se sentaba delante de la prisionera.
– Si. Ya me han entregado el veredicto.
– Sintiéndolo mucho, tendrá que pasar toda su vida en la prisión que ha elegido el juez para usted.

– ¿La conoce?. ¿Sabe como es esa prisión?.
– Desde luego que la conozco. Se trata de un lugar en el que reina un pequeño grupo de personas sobre el resto de la población carcelaria, que está esclavizada.
– Desde luego las perspectivas no son muy esperanzadoras – repuso Susy -. ¿No hay guardias en esa prisión?.
– Si se refiere a los sujetos que obedecen al grupo dominante, desde luego que si los hay. No solamente hay guardias, también tienen ejércitos a sus órdenes.
– Pero no se podrá entonces denunciar ciertas actitudes…

– Mire, Susy. Se trata de un lugar en el que la palabra carece de valor. Los dirigentes y sus representantes, actúan de una forma y su discurso es opuesto a esas acciones. Todas sus maldades son justificadas mediante retóricas que en la mayoría de los casos, son aceptadas por el resto de los presidiarios.
– ¿Y cómo es el resto de la población?.
– ¿Los que carecen de poder?.
– Si.

– Se trata de gente que está experimentando una especie curiosa de esclavitud, basada en tener muy poco para sobrevivir, pero alimentado por el temor a perderlo todo si se cuestionan las retóricas de los poderosos. Afortunadamente los dirigentes ya se han encargado de impedir el conocimiento que les permitiría luchar por cambiar el sistema y los únicos mensajes que les llegan, son para adoctrinarles en la docilidad y la aceptación de su realidad como algo natural.
– ¿Existe algún tipo de rebaja de condena por buena conducta?.

– La verdad es que no la hay – contestó el funcionario -. Pero va a tener que plantearse la vida que quiere llevar en ese penal. Yo veo tres posibilidades. Por un lado puede intentar entrar en el grupo de los dirigentes, lo que significa que tendrá que dejar de lado todos sus principios sin importarle el daño que pueda hacer al resto de los reclusos. Se trata de personas temibles. Su avidez de poder no tiene límite. Crean crisis artificiales para reducir los pocos privilegios del resto de los reclusos. Incluso trabajan en la sombra, ya que tienen a otras personas para que den la cara, frente al resto de la población penal.
– Supongo que si me integro en este grupo no podría purgar mi pena.

– No. Eso está claro. La otra opción sería vivir en el mundo de los esclavos, aceptando el miedo como algo inherente a su vida. Es el camino de la docilidad, de la sumisión. Tampoco se lo recomiendo demasiado. Son gente que, a la vista de cualquier vejación a un semejante, miran hacia otro lado y no tienen las agallas suficientes para protestar. Se trata de gente gris, que intenta llevar una vida anónima y sórdida debido al miedo que sienten a cualquier situación que implique un cierto riesgo a su precaria, aunque estable situación.

– Tampoco así podré limpiar mi expediente…
– No. Es cierto. La última posible acción sería luchar de forma abierta o encubierta para cambiar el sistema. Se trata de ser fiel a los principios y actuar con valentía, sin importar demasiado los riesgos que se vayan a correr. Posiblemente es un método que suele acortar mucho la vida, pero tiene muchas satisfacciones, además de ser la única forma de no tener que repetir sentencia.

– Y, ¿cómo se llama este penal?.
– Se llama la Tierra.

– Creo que he ganado la apuesta – dijo el funcionario 301, sentado en la sala de descanso de los funcionarios.
– ¿Por?. ¿Ya sabes cómo le ha ido a Susy? – contestó el funcionario 409.

– Todo el mundo lo sabe – dijo el funcionario 102 -. Esa mujer está haciendo lo mismo que en las últimas vidas anteriores: prostituirse.
– No lo entiendo – dijo el funcionario 409 -. Muchas mujeres se prostituyen y no les caen sentencias como a esa Susy.

– Porqué las prostitutas normales se dedican a dar amor a la gente de su nivel: gente que se siente sola y que necesita algo de cariño. Sin embargo Susy lo hizo para entrar a formar parte del grupo de los dirigentes y ¡vaya que lo ha conseguido! : directora adjunta de una multinacional. Ahora es más cruel que la gente que la encumbró.
– Es sorprendente, 301 – dijo el funcionario 409-. Yo me encargué de que fuera criada en una familia que fuera capaz de inculcarle principios…
– Pues vamos uno a cero, 409. Tu dijiste que con dos reencarnaciones se redimiría y yo sigo pensando que necesitará por lo menos diez…
– Empiezo a pensar que tenías razón…

El protocolo

– Chicas… – Santiago estaba serio -. Las cosas se están poniendo feas. La policía tiene orden de cerrar las casas de prostitución. Algún día puede que vengan.

– Venga, Santiago – dijo Verónica -. Esta piso no lo conoce nadie.
– Siempre habrá vecinos que no estén de acuerdo con lo que se hace aquí – contestó Santiago -. Y con ganas de denunciar.
– Además está el protocolo – añadió Verónica.
– ¿Protocolo?.
– No. Nada, nada.

Fue el miércoles cuando, por la noche, al abrir la puerta, un sujeto dijo ser policía.
– Perdone, pero si algo hemos aprendido de los políticos, es el escaso ó nulo valor de las palabras – dijo Julia -. Por favor, muestre su identificación de policía.

El policía, de mala gana sacó su cartera, mostró fugazmente su identificación y la volvió a guardar.
– Yo no he visto nada.
– Le acabo de mostrar el documento que me identifica como policía. ¿Puedo pasar?.
– Pues no me ha dado tiempo para ver su carnet – otra chica se acercó a la puerta. Estaba hablando con el móvil -. Si no me deja ver su identificación de policía le cierro la puerta. ¿O es usted de antidisturbios, esos que ocultan su identificación?.

El policía volvió a sacar su cartera y mostró su identificación. Julia tomó la cartera y leyó detenidamente el contenido del carnet. Su compañera dejó de hablar con el móvil, lo acercó a la cartera y tomó una foto.
– ¡Eh!. ¿Qué hace? – gritó el policía.
– Sacar una foto a su identificación. Hemos de protegernos…
– Dame el móvil – se acercó a las chicas y les arrebató el móvil.
– Eso que hace es ilegal – dijo Julia.

El policía, distraído, estaba mirando las fotografías. Al fin descubrió la de su carnet y observó que había salido borrosa. Aún así, la borró. Luego devolvió el aparato.
– Lo siento, pero soy policía. Protéjanse de los delincuentes, no de la policía.
– Ah. ¿Pero hay diferencia? – preguntó Julia.
– Supongo que el uniforme – respondió su compañera riendo.
– No sigan por ahí, no sea que me vaya a enfadar – el policía se iba encendiendo -. ¿Me dejan pasar?. ¿Ó prefieren que organice una redada y les cierre el burdel?.
– Pase -. Lo condujeron a la sala en la que tres chicas mas estaban viendo la televisión. El policía se sentó en una silla.

– No me ha gustado su calificación de este piso como burdel – dijo Julia al policía.
– Es lo que es – contestó él -. Aquí ustedes cobran por prostituirse.
– Prostitución es lo que hace el presidente del gobierno, sus ministros y no hace muchos días, la cámara de diputados nos hizo una maravillosa demostración del arte de la prostitución – dijo Verónica -. ¿Le suena, señor policía?. Me refiero al cambio en la Constitución, a instancias de los alemanes y los gabachos…
– Por no decir – añadió Cristina, una chica hermosísima de rasgos orientales -, la gran cantidad de personas capaces de hacerle un trabajo buco-faríngeo a su inmediato superior, a cambio de mejoras salariales en el trabajo…
– O esos policías – añadió Gabriela -, capaces de pasarse por la entrepierna sus principios, si es que tienen alguno, con tal de obedecer la orden de sus superiores.

El policía se levantó enfadado, se acercó a Gabriela y le estampó una sonora bofetada en la mejilla. Todas las chicas se levantaron asustadas y fueron hacia Gabriela.
– ¡Ahora me vais a oír todas! -gritó el policía.
– ¿Pero usted se cree que puede entrar en un domicilio particular sin orden de judicial y sacudir a gente a su antojo? – chilló Julia.
– Si quieres recibir tu también, sigue hablando, ramera – dijo el policía acercándose a ella con la mano levantada.

Julia se calló.
– Ahora me vais a escuchar. Este tinglado que tenéis en el piso es ilegal y ello significa que os lo puedo cerrar cuando se me antoje y llevaros a comisaría a todas – el silencio se adueñó de la sala y el policía dejó que se prolongara unos segundos más -. A no ser que me queráis ayudar a la crianza de mis hijos con parte del dinero que ganáis y quizás alguna de vosotras tenga que liberarme del sobrante de mi gran energía sexual que mi mujer es incapaz de liberar. Quizás esta chica de rasgos orientales podría servir…

Las chicas se miraron y Verónica tomó la palabra.
– Se equivoca, agente. En este piso vivimos un grupo de amigas y todas nosotras estamos estudiando y trabajando. Si quiere comprobarlo le dejaremos ver nuestro historial académico.
– Tonterías. Todas estáis fichadas por ejercer la prostitución.
– En su día dejamos de ejercer y gracias a Santiago, un buen amigo que nos rescató de las mafias que nos explotaban, lo dejamos.
– ¿Me vais a decir que en este piso no atendéis sexualmente a hombres?.
– Exactamente.
– No es lo que dicen vuestros vecinos.
– Desde luego aquí cada una puede traerse a su novio cuando quiera. Pero eso no es ilegal.
– Bueno. No os creo nada de lo que me decís. Tenéis hasta el viernes para tomar una decisión sobre lo que os he dicho. Y según lo que decidáis, ateneos a las consecuencias.

Estaba en casa, delante del ordenador, charlando con los compañeros de trabajo, en el foro de policías, quejándose, como siempre, de la indefensión de sus compañeros de antidisturbios, acusados por sus actuaciones violentas, frente a los indignados.
Bling. Un correo acababa de llegar. Fue a la página y abrió el único e-mail no leído.

Título: La ansiada respuesta.

Tras unos días de profunda meditación hemos llegado a la conclusión de que no vamos a plegarnos a sus imposiciones.

Cada mes nos visita un policía con idénticas pretensiones a la suya y si tuviéramos que pagar a tanto «aprendiz de proxeneta» no ganaríamos lo suficiente ni para comer. Es por ello que declinamos su oferta y confiamos en no volver a saber de usted.

Adjuntamos dos documentos. Por un lado la foto de su identificación policial – le gustará saber que cuando mi amiga tomó la foto de su carnet, intercambiamos mi cámara y la de ella, antes de que usted se la quitara y así usted borró la foto borrosa que tenemos siempre preparada para estos casos.

El otro adjunto es un enlace a Youtube para que disfrute de la filmación integra de su visita a nuestro piso. Hace ya años que tenemos cámaras ocultas para este tipo de situaciones. Podrá observar que la calidad de la filmación es inmejorable por lo que un juez la podría aceptar como prueba de un delito de abuso de autoridad. Esperamos haberle dado argumentos suficientes como para que se olvide por completo de nosotras.

Reciba un saludo.