El aleteo de las alas de una mariposa…

Teoría de la evolución (síntesis).

Primero hubo unas cuantas amebas. Las amebas degeneradas se adaptaron mejor al entorno y acabaron por convertirse en monos. Luego llegó la Gestión de la Calidad Total.

Scott Adams


Fue un comentario intranscendente que dejó caer el director general de la Multinacional, en la sala del consejo, delante de los directores de las diferentes áreas de la empresa.

– Esta mañana, cuando venía hacia aquí, me ha parado en un bar para desayunar y me han puesto un descafeinado soluble de la competencia, en lugar del que hacemos nosotros. Le he preguntado al camarero si tenían de nuestro café y me ha dicho que es demasiado caro. Que les sale mucho más barato el de la competencia. En fin. Bueno. Vamos a empezar la reunión…

Fernández, el director comercial salió de la reunión preocupado. La anécdota del director no dejaba de ser una anécdota intranscendente, pero había creído ver en su mirada un cierto reproche hacia él, hacia su gestión.

Se encerró en su despacho y le dijo a su secretaria que avisara a Martín, el jefe de ventas de la zona.
– Lo quiero ver ya.
– Está de viaje.
– Que lo deje todo y venga. Lo quiero aquí lo antes posible.

Martín llego al despacho dos horas más tarde. Encontró a su director con mala cara, visiblemente alterado y nervioso.

– Le he llamado porqué tenemos una crisis. Esta mañana el director, viniendo al trabajo, ha parado en un bar y ¡no le han dado nuestro café descafeinado!.
– Y ¿eso es una crisis? – contestó Martín.
– Desde luego que lo es. Su comentario ha dejado en entredicho mi gestión.
– Su gestión no está en entredicho por una tontería así. Su gestión ha conseguido un aumento en las ventas de un doce por ciento anual.
– Ya veo que no vale la pena perder el tiempo hablando con usted. Dígale a Gutierrez, el subjefe que venga.

Marín fue a su despacho y dijo a Gutierrez que fuera al despacho del director comercial.
Luego sonó su teléfono.
– Señor Martín. Soy Ramona, la jefa de personal. ¿Puede venir a mi despacho?. Se trata de algo importante y urgente.
– Ahora voy.

En el despacho de Ramona, Martín fue informado de su «cese voluntario» en la empresa, ordenado por el director. De todas maneras, Ramona le dio un talón que le hizo sentir vértigo. Martín firmó los papeles necesarios y salió del despacho. Tras recoger sus cosas y llevarlas al coche, se despidió de sus subalternos y se marchó.

Gutierrez tuvo más suerte que Martín. Quizás por el hecho de que se trataba de una persona que carecía de ideas propias, podía vanagloriarse de que sus ideas nunca le habían llevado al fracaso, ya que siempre había utilizado las de sus superiores en rango. De la misma forma que un camaleón absorve en su piel las tonalidades lumínicas, Gutierrez se identificó con el problema de su director.

Al salir del despacho, tenía instrucciones claras de lo que tenía que hacer.

Contrató a un detective y le ordenó seguir con disimulo al director general en su recorrido desde su casa a la Multinacional.
Una vez conocido el recorrido, hizo una lista de todos los bares y restaurantes del mismo.

Luego envió a varios comerciales a todos y cada uno de los locales para que colocaran allí su café descafeinado en lugar del de la competencia, a precios especialmente competitivos.

Dos de los bares se negaron en redondo a cambiar de producto.
A éstos, los fue a visitar el propio Gutierrez. A uno lo convenció, ofreciéndole el producto gratis por diez años.

Al otro bar lo tuvo que sobornar. Ofreció seis mil euros al dueño para que, si entraba el hombre de una foto que le entregó, le pusiera el descafeinado de su empresa.
Desde entonces en aquel bar, la persona que está en la caja, compara las caras de todos los que entran, con la foto que tiene en un marco y tiene órdenes de tocar una campana si ve entrar al director general, para que el camarero que sirve las mesas le ponga el café descafeinado de su empresa, al director general.

Gutierrez es ahora el nuevo jefe de ventas de la zona.
Una de sus primeras ideas – inducidas, claro – en el nuevo cargo, ha sido sustituir todos los anuncios que hay en la carretera que va desde la casa del director general a la empresa, por anuncios de las propias marcas.
Desde que sale de casa, el director no ve otros anuncios que los de la propia empresa.

Las ventas han bajado pero Fernandez, el director comercial, duerme mucho mejor.

Seis meses más tarde el director general volvió a parar en un bar para desayunar.
Le dieron café descafeinado de la competencia.
Cuando preguntó por qué no tenían el de la marca de su empresa, enrojeció cuando le dijo el dueño del bar:

– Vino un vendedor y le compramos muy barato. Pero cuando me enteré de que al del bar de al lado se lo regalaron, ya no volví a comprar más.

El director general no tuvo que hacer muchas averiguaciones para descubrir que su comentario de seis meses atrás, había costado un despido y unos doscientos ochenta mil euros a la empresa.
Desde entonces se lo piensa mucho, antes de hacer algún comentario.

Julian el inmigrante

– No. Otra vez no.

Julian estaba saliendo de la estación y los vio llegar. Dos policías se pusieron delante suyo.

– Los papeles, por favor.

Mientras Julian metía la mano en el bolsillo de su cazadora se fijó en unas diez personas de color, algunos y otros con rasgos hispanos, que estaban pegados a la pared, custodiados por otros dos policías que no les quitaban la vista de encima.
Reconoció a Darío, un chico de dieciséis años, vecino del edificio en el que vivía.
Sacó la cartera y extrajo el carnet. Se lo dio al policía que le había pedido los papeles.

– Que duro es ser inmigrante en Europa – pensó.
El policía leyó detenidamente el documento y miró la foto, comparándola con la cara de Julian. Luego le devolvió el carnet.
– Puede irse.

Julian puso el carnet en la cartera y se la guardó en el bolsillo de su cazadora.
– ¿Qué van a hacer con estas personas? – preguntó.
– Eso no es de tu incumbencia – contestó el policía.
– Conozco a alguien del grupo. Es vecino mío. ¿Qué van a hacer con él?.
– Repatriarlo. No tiene papeles. Lárgate. No es tu problema.

Julian se alejó mirando a Darío, quien sostuvo su mirada. Luego, cuando estuvo lo suficientemente alejado del grupo, se apoyó en una pared y se quedó observando a los policías. Éstos se dedicaron a parar a otras personas. Pero solamente a quien fuera negro, tuviera el aspecto de hispano, ó de rasgos orientales. En cinco minutos pararon a diez personas, cuatro de los cuales terminaron en el grupo de los que no tenían papeles.

– Hoy en día, no tener rasgos occidentales – pensó – es como llevar un cartel de delincuente colgado del cuello.
Recordó que al bajar del vagón del tren lo habían parado dos guardias de seguridad.
Le pidieron el billete. Cuando lo mostró lo dejaron seguir y se dedicaron a parar a otros inmigrantes. Solamente inmigrantes.

Ya en la calle, se dirigió a unos grandes almacenes. Quería comprar un regalo a su hija. Se dirigió a la sección de juguetes y mientras pensaba qué comprarle, se percató de que dos personas estaban pendientes de sus movimientos. De seguridad, pensó. Eligió un juguete y lo llevó a la caja para pagarlo. Luego se marchó de los almacenes y se dirigió a su casa.
Antes tenía que ir a ver a la vecina para contarle lo de la detención de Darío, su hijo.

Cerca de casa, decidió entrar en un bar para beber un vaso de cerveza y armarse de valor.

– Hola Julian. ¿Qué quieres tomar?.
– Hola Paco. Ponme una cerveza. ¡No!. Espera. Mejor un vaso de vino.
– A ti te pasa algo, Julian – Paco le miró a los ojos. Luego le sirvió un vaso de vino y fue a sentarse a su lado.
– Cuéntame lo que te pasa, Julian.
Cuando Julian terminó de explicarle que Darío estaba a punto de ser deportado, Paco le dijo.
– No hagas nada. Quédate aquí en el bar y déjame hacer. Atiende a los clientes.
Se levantó y salió corriendo del bar.

Ricardo, el diputado, estaba desasosegado. Sentía una cierta ansiedad, sin saber el motivo. Miró hacia atrás y no vio nada sospechoso. Como siempre, se dirigió a casa utilizando el metro. Era algo que hacía años, desde que fue nombrado diputado, se había prometido y lo cumplía a rajatabla.

El tren no tardó en llegar y subió a un vagón. Luego vio a Paco.
Hizo como que no lo veía y sacó el móvil de su bolsillo. Marcó un número y se puso a hablar.
Dos minutos después se le aproximó Paco quien lo saludó con una sonrisa.
Ricardo contestó el saludo y siguió hablando por el móvil.

Paco le dijo:
– No hace falta continues haciendo teatro con el móvil. Hace ya rato que tengo activado el inhibidor de móviles.
Ricardo se ruborizó hasta las orejas y guardó el teléfono en su bolsillo.
– Necesito tu ayuda, Ricardo – le dijo Paco -. Se trata de un chico ecuatoriano que ha sido detenido por la policía. Vive con su madre, que está enferma. He pensado en ti porqué he recordado que me debes un favor…

Julian estaba barriendo el suelo. No quedaba nadie en el bar. Cuando llegaron Paco y Darío, apenas lo podía creer. Corriendo fue a abrazar a Darío.
Después se sentaron.
– Un político me debía un favor – explicó Paco -.Lo guardaba como oro en paño para cuando llegara la ocasión. La parte negativa es que era la última bala que tenía. Pero ha valido la pena. Darío no será deportado. Ahora trabaja para mi. Y tiene contrato de trabajo. Lo cual le permitirá tener los papeles de residencia.

Lo celebraron con una cena. Luego se despidieron y Julian fue hacia su casa. Por el camino iba pensando que su vida se estaba complicando cada vez más. Aquel día había perdido el trabajo debido a la crisis de la construcción. Y si no encontraba trabajo pronto, perdería su permiso de residencia.

Angustiado entró en casa y abrazó a su esposa y a su hija.
Después celebraron el cumpleaños de la pequeña y Julian le entregó el regalo que había comprado en los almacenes.
No dijo nada.

Pero aquel fue el primer día que Julian sintió angustia y miedo por ser inmigrante en una sociedad que no le daba facilidades para establecerse.
Ese miedo lo acompañaría el resto de su vida.